LUZ DE GLORIA

Historias para niños sobre los primeras días de nuestra iglesia recopiladas por Linna Rapkins

Con la colaboración en la traducción y dos historias nuevas de Miguel A.Cano

 

  1.   Una historia de Navidad, por June Saunders
  2.   Abonim nace en una pequeña granja de Corea del Norte, por Chris García
  3.   Un niño muy especial, por June Saunders
  4.   El muchacho y el matón, por Vicky Henry
  5.   Abonim y los pajaritos, por Esther Tanahashi
  6.   El muchacho que nunca se da por vencido, por Ken Weber
  7.   Abonim y las anguilas, por Esther Tanahashi
  8.   Un adolescente oye la voz de Dios, por Linna Rapkins
  9.   Abonim emprende la búsqueda de la verdad, por Linna Rapkins
  10.   Abonim estudia en Seúl, por Miguel Cano
  11.   Amando a sus enemigos: Abonim va a estudiar a Japón, por Nora Spurgin
  12.   Abonim trabaja de carbonero en Japón, por Nora Spurgin
  13.   Ha nacido una princesa, por Linna Rapkins
  14.   El dolor de una madre se convierte en alegría, por Barbara Pavey
  15.   Corea consigue la independencia, por Miguel Cano
  16.   El mensaje va al norte, por Ken Weber y Linna Rapkins
  17.   Un ejemplo de verdadero amor, por Esther Tanahashi
  18.   Una nube de testigos, por Chris García
  19.   Abonim sufre tortura en la prisión de Pyongyang, por Lisa Ellanson
  20.   El falso juicio de Pyongyang, por Ken Weber y Linna Rapkins
  21.   Las mazmorras del infierno, por Sandra Lowen
  22.   La liberación del campo de Hung Nam, por Sandra Lowen
  23.   Tigres de montaña, por Chris García y June Saunders
  24.   Refugiados, por Linna Rapkins
  25.   El viaje hacia Pusan, por Renee Balise
  26.   La vida en Pusan, por Linna Rapkins
  27.   La cabaña construida en una roca, por Linna Rapkins
  28.   Abonim escribe los Principios, por Linna Rapkins
  29.   Un poco de paz, por Chris García
  30.   La abuela, por Sandra Lowen
  31.   La misionera, por Sandra Lowen
  32.   La primera pionera, por Linna Rapkins
  33.   De vuelta en Seúl, por Linna Rapkins
  34.   Una isla de pureza, por Linna Rapkins
  35.   El profesor tullido, por Chris García
  36.   Nace la Iglesia de Unificación, por Linna Rapkins
  37.   Un encuentro con la Universidad Ehwa, por Linna Rapkins
  38.   Encarcelado, por Linna Rapkins
  39.   El príncipe, por Linna Rapkins
  40.   La primera condición de 40 días, por Linna Rapkins
  41.   El novio, por Linna Rapkins
  42.   Las Bodas del Cordero, por Linna Rapkins
  43.   La Bendición de las 33 parejas, por Linna Rapkins
  44.   Marchemos adelante, soldados celestiales, por Linna Rapkins
  45.   El curso de Omonim, por Linna Rapkins

 

1. Una historia de Navidad

por June Saunders


Seguramente habréis oído la historia del nacimiento de Jesucristo, el Mesías, que ocurrió hace mucho tiempo en Israel. Cuando Jesús nació, una estrella errante cruzó el cielo y los ángeles se aparecieron a los pastores anunciándoles su nacimiento. Incluso los animales del establo se inclinaron ante el recién nacido, Señor de la Creación. También vinieron tres Reyes Magos de Oriente a visitar al niño Jesús y le ofrecieron regalos. Pero, sólo unos pocos vieron y oyeron estas cosas, la mayoría de la gente del mundo nunca tuvo noticias sobre Jesús hasta cientos de años más tarde.

En el tiempo del nacimiento de Jesús, Israel era una nación muy pequeña y sin importancia. La gente vivía una vida muy sencilla. La mayoría eran pastores y campesinos. No tenían electricidad ni agua corriente. Los judíos ni siquiera eran libres. Bajo el Imperio Romano, no podían hablar ni hacer lo que quisieran; tenían que obedecer las leyes de Roma.

Igual que el antiguo Israel, Corea en 1920 era una pequeña nación de campesinos, sin importancia a los ojos del mundo. Ni siquiera era libre. Estaba bajo la opresora dominación del Japón Imperial.

Cuando Abonim nació en 1920, en una pequeña granja de Corea del Norte, hubo también muchas señales espirituales. Sus padres tuvieron sueños acerca de su grandeza venidera. No hay duda que los ángeles cantaron alegres canciones y los animales de la granja estaban felices y excitados sabiendo que el verdadero Señor de la Creación por fin había nacido. Pero el milagro más grande era que había nacido un hombre de verdadero amor. Igual que Jesús, Abonim siempre ha sentido pena por toda la gente infeliz del mundo y ha deseado ayudarles a encontrar el amor de Dios.

Sabemos muy poco acerca de la niñez de Abonim, así como sabemos poco de la niñez de Jesús. Sabemos que los coreanos en aquel tiempo eran muy pobres. Las cosechas no siempre eran buenas y los campesinos no tenían para comer. Sabemos que Abonim, sus padres y sus abuelos, siempre daban su comida a las personas que eran más pobres y necesitadas que ellos. Cuando alguien llamaba a su puerta pidiéndoles algo de comer, le daban lo mejor que tenían, incluso aunque ellos mismos tuvieran que pasar necesidades. Había un antiguo proverbio que decía que se debía ser hospitalarios con los forasteros porque podrían ser Dios mismo disfrazado. ¡La familia Moon creía firmemente en este proverbio! Trataban a todos los viajeros y mendigos como si fueran reyes.

Abonim nació en una familia que luchó por la libertad de Corea. El 1 de Marzo de 1919, un año antes de que naciera Abonim, el pueblo coreano se levantó valientemente en contra de la ocupación japonesa, con el fin de intentar liberar su país. Japón hoy es una nación próspera y buena que vive en paz con sus vecinos, pero por aquel entonces, estaba regida por un régimen imperialista que oprimía sin piedad al pueblo coreano.

Los coreanos decidieron ese día manifestarse en contra de la ocupación japonesa y salieron a la calle gritando — ¡Manse! — que es una palabra que usamos en nuestro movimiento, cuyo significado en coreano es — ¡Diez mil años! — y había sido usado como un grito de victoria para desear un largo reinado a un soberano justo y bueno, algo parecido a —¡Larga vida al rey! — o simplemente — ¡Viva! — Pero en aquella ocasión — ¡Manse! — significaba que los coreanos querían ser libres. La manifestación fue reprimida violentamente. En aquel día murieron muchos patriotas coreanos. Algunos de los parientes de la familia de Abonim eran luchadores por la libertad, por ello, toda la familia recibió malos tratos por parte de las autoridades japonesas.

Un tío abuelo de Abonim estaba muy involucrado en el movimiento secreto por la independencia de Corea, pero no podía decírselo a nadie. Todo el mundo pensaba que se jugaba el dinero de la familia, cuando en realidad lo estaba dando en secreto a la causa de la libertad de Corea. Era un héroe anónimo, una persona que estaba haciendo cosas grandes y nobles, pero apenas nadie lo sabía. De hecho, cuando Abonim era niño, a él y sus hermanos, se les decía que este tío abuelo era una mala persona. Los vecinos del pueblo también decían lo mismo. Sólo más tarde todos comprendieron que este tío abuelo era un gran patriota, un héroe que había sido mal interpretado por casi todo el mundo.

Abonim admiraba mucho a su tío abuelo. Pensaba que era muy noble no hablar de todas las cosas buenas que uno hacía, sin importarle que todos hablen mal de uno, sabiendo que algún día la verdad saldrá a la luz. Abonim, también, siempre ha vivido según esta norma. Los padres de Abonim tuvieron trece hijos; una gran familia, como la que tiene Abonim ahora. Aún así, de entre todos los hijos, Abonim era el favorito de su madre. También, su hermano mayor y único hermano, dijo una vez — Mi hermano es lo más precioso para mí de todas las cosas del mundo — ¿Por qué creéis que su madre y su hermano tenían esta opinión de él? Era porque Abonim brillaba como una estrella de amor. Siempre que sus hermanos y hermanas estaban enfermos, Abonim sentía los mismos síntomas. Abonim sentía el dolor de los demás como si fuera el suyo propio, por ello, siempre deseaba ayudarles.

Ocurrieron algunas cosas extrañas cuando Abonim era muy pequeño. Una vez, una chispa del fuego del hogar se prendió en el tejado de paja y se incendió la casa. Abonim dijo una vez, que cuando iba a visitar otro pueblo, ocurrían cosas como que una vaca se moría o un pozo se secaba de repente. La razón de esto era que, dondequiera que fuera Abonim, Dios y Satán estaban en lucha constante. Abonim era el campeón de Dios y Satán trataba de pararle los pies. Así que en la niñez de Abonim, su familia experimentó muchas penalidades.

Como sabéis, tampoco fue muy divertido nacer de la forma como Jesús nació, en un establo sucio y frío, sin un doctor ni ropas adecuadas, ¡Ni siquiera tuvo una cuna para dormir! El pesebre, donde comían los animales, no era un lugar limpio y adecuado para un bebé. Aunque vinieron los Reyes Magos a verle, tuvieron que irse muy pronto por miedo al rey Herodes. La niñez de Jesús también estuvo llena de penalidades y sucesos extraños.

Jesús era muy inteligente, sus padres le encontraron enseñando a los ancianos en el Templo acerca de Dios y las Escrituras cuando tenía sólo doce años. Pudo haberse convertido en un gran rabino o un líder político, pero decidió dedicar su vida a la búsqueda de la verdad, a tener compasión por los demás y ayudarles en sus problemas. Abonim era tan inteligente y tenía tantas capacidades que podía haber escogido una carrera que le hiciera rico y famoso. Fue el primero de la clase cuando se graduó en la enseñanza superior. Pero, como Jesús, decidió dedicar todas sus energías y talentos para solucionar el sufrimiento de la gente que veía a su alrededor, incluso si fuera posible teniendo más amor que Jesús.

El verdadero milagro de la Navidad, más grande que el resplandor de cualquier estrella, era el amor que brillaba en el corazón de Jesús y de Abonim. Ellos sólo deseaban dar sin parar a los demás. Cada vez que damos amor a alguien, actuamos como ellos y creamos el milagro de una pequeña Navidad. De esta manera, cada día, si nos lo proponemos, puede ser Navidad.

El milagro real de la Navidad, más que las señales y estrellas, es darse a los demás con verdadero amor en nuestro corazón.

 

2. Abonim nace en una pequeña granja de Corea del Norte

por Chris García


Hubo algunas señales espirituales antes del nacimiento de Abonim y su familia tuvo sueños acerca de su grandeza venidera. Hemos oído que ocurrieron algunos sucesos milagrosos. Basándome en esta información escribí este relato. No debe ser tomado al pie de la letra. Es un relato hecho para expresar el sentimiento que circundaba su nacimiento, el ambiente en Corea... un relato de cómo podría haber sucedido.

Al amanecer, el horizonte se volvió rosado en Chonju, provincia de Pyongan Buk Do. La anciana mujer apartó la colcha pesada de su lecho y estiró sus brazos. Sus nietos la llamaban Jalmoni (Abuela, en coreano). El suelo estaba aún templado porque las piedras que había debajo todavía mantenían el calor de la noche anterior. Pero el aire invernal era helado y el aliento, al salir, casi se congelaba al instante. En la oscuridad, brillaban los cristales de hielo que había en los bordes de las ventanas de blanco papel aceitado. A pesar de su edad, ya estaba bien despierta. Era coreana y los coreanos estaban orgullosos de sus feroces inviernos.

Se puso una falda acolchada blanca que le llegaba a los tobillos. Luego, una blusa blanca de algodón y una chaquetita bordada en púrpura con pequeños bolsillos. Se calzó con unas zapatillas que parecían como pequeñas canoas con las puntas levantadas. Finalmente, se puso un largo chaquetón de piel, atándoselo con un cordel. Abrió la puerta de papel y salió afuera. Atravesó el patio de la granja dirigiéndose hacia la pila de leña, con sus arrugados y finos dedos metidos debajo de sus brazos para guardarlos calientes.

La pila de leña era una torre en forma de pirámide de palos y madera cortada, tan alta como la casa. En el establo, que estaba al lado, el gallo empezó a cantar y los demás animales comenzaban a despertarse. Cogió un buen montón de palos y se volvió hacia la pequeña casa.

Dentro de la casa, las tres niñas pequeñas estaban ya despiertas. Se apresuraron para cogerle la madera a la abuela y comenzaron a hacer fuego en el hogar de la cocina, para preparar el arroz del desayuno.

— ¿Dónde está el kimchi? — preguntó la abuela.

— Iré a cogerlo, Jalmoni — dijo la niña más joven. Se puso las botas de fieltro gris de su padre y fue rápidamente a coger una porción de kimchi de una gran vasija que estaba semienterrada en el patio.

Entretanto, en la habitación de al lado, Jarabochi (Abuelo, en coreano) estaba ya de pie y vestido. Llevaba un pantalón azul bombacho atado a cada tobillo y una camisa blanca de mangas anchas, con cordones en vez de botones y, como Jalmoni, vestía una chaquetita con bolsillos pequeños. Tenía una cara redonda, con largos bigotes, barba blanca espigada y sin ningún pelo en lo alto de su cabeza.

El hijo de Jarabochi, el granjero Moon, era el padre de familia. Estaba hablando cariñosamente con su esposa que se encontraba encinta. Acababa de levantarse de la cama. La miraba con preocupación, pues el bebé nacería pronto.

Su hijo mayor, que aún era muy joven, entró en la habitación, se inclinó con respeto ante sus padres y con diligencia recogió las colchas y las esterillas. Colocó una mesa baja, que estaba apoyada en la pared, en medio de la sala y puso cojines alrededor de ella. Jarabochi entró y se sentó en la mesa con su hijo, el Sr. Moon, mientras una de las niñas traía una gran tetera cobriza de humeante té de cebada.

— Padre — dijo el Sr. Moon — mi esposa dice que el bebé nacerá esta noche — al mismo tiempo que servía el té en pequeñas tazas color esmeralda.

Jarabochi saboreó su té. Jalmoni entró portando una bandeja con tazones de arroz y kimchi.

— Dice que nacerá esta noche — le dijo Jarabochi. Ella sonrió y salió apresuradamente de la habitación.

Después de quedarse solos degustando el arroz y el kimchi, Jarabochi le dijo a su hijo — Puedo ver en tu cara que tienes otra cosa que contarme.

— He tenido dos sueños esta noche — dijo el Sr. Moon. Jarabochi cerró sus ojos para mostrar que prestaba toda su atención. Todos sabían que podía interpretar el significado de los sueños.

— En el primer sueño, vi un gallo dorado posado en la tumba de nuestros antepasados. Era de noche, pero el gallo estaba cantando y no cesaba de cantar. En la tumba se quemaba incienso y había un rollo de papel atado con un lazo. Entonces, vino Confucio, abrió el rollo de papel y pude ver que estaban pintadas en el papel las seis líneas Yang. Luego me desperté.

Sin vacilación, Jarabochi dijo — Las seis líneas Yang significan que el bebé va a ser un niño y, si vino Confucio, ¡significa que el niño llegará a ser un santo, un hombre verdadero! — Hizo una pausa. Luego, con una voz temblorosa, dijo — ¡Esto es realmente notable! El hombre verdadero es muy sabio, generoso y vive por los demás.

— También — continuó Jarabochi — cuando el gallo canta al amanecer, significa que todos los espíritus malos deben volver a los abismos para escapar de la luz del día. Pero, cuando canta de noche, quiere decir que el Cielo ha ganado una victoria. Significa que ha nacido un santo.

— Mi otro sueño era incluso más impresionante — dijo el Sr. Moon — soñé con el Dragón Brillante del Cielo.

Jarabochi dio una palmada sobre la mesa — ¡Esto es increíble! —dijo sorprendido — No he oído nunca que alguien haya soñado con el Dragón Celestial.

— Pero es cierto, padre. Fue un sueño muy claro — insistió el Sr. Moon.

— Bien, entonces, no interpretaré este sueño — dijo Jarabochi — Debes consultar con la Mudang. Puede que el Cielo quiera decirte algo. Ella lo sabrá.

Así que aquella mañana, después de alimentar a los animales, el Sr. Moon preparó un talego de arroz para llevárselo a la Mudang. Se puso su ropa blanca, las botas de fieltro grandes y su sombrero de pelo de caballo. Sólo se ponía este sombrero en ocasiones muy señaladas. Estaba hecho de pelo de caballo y pintado con laca negra, para que se quedara rígido. Tenía forma de un cono, plano en lo alto, con una visera ancha y redonda. No se encasquetaba realmente en la cabeza, sino que se posaba sobre el pelo y se sujetaba con una cinta de seda negra atada debajo de la barbilla. El Sr. Moon parecía un hombre sabio cuando se ponía este sombrero.

Para la gente de las pequeñas aldeas campesinas, la Mudang era como un doctor y un sacerdote. Cuando alguien se ponía terriblemente enfermo, ella lo curaba con sus hierbas. Cuando tenían problemas con malos espíritus, los echaba con sus cantos, bailes y amuletos. Podía leer también el futuro como si estuviera leyendo un libro. La Mudang vivía en un mundo donde el mundo del espíritu y el mundo físico estaban juntos. Todo tenía un espíritu. No solamente los animales, las plantas y las personas, sino también las ollas y cacerolas, las lámparas de aceite, las piedras y el viento que surcaba entre los árboles. Todo tenía algo que decirle a ella, porque sabía como escuchar.

El Sr. Moon llegó a la casa de la Mudang. Estaba un poco nervioso cuando llamó a la puerta. No hubo ninguna respuesta. Llamó nuevamente. Luego la abrió un poco y dijo en voz alta — ¿Mudang, estás en casa?

— Entra — respondió la Mudang. Mientras se quitaba sus botas, vio que estaba sentada en el suelo detrás de una mesa baja. Sobre la mesa había una pila de huesos de tortuga, un bol de agua y otro de sal. Tenía el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza.

El le explicó sin rodeos el asunto que le traía.

— Anoche soñé con el Dragón Brillante del Cielo — le dijo.

Ella se quedó por un momento en silencio, con los ojos cerrados, escuchando. Finalmente, asintiendo con su cabeza, dijo despacio, con una voz temblorosa — Hay una antigua leyenda coreana que relata la historia del primer hombre, Taegun. Tu sueño nos dice que ahora, después de todos estos milenios, Taegun, el Hombre Verdadero, nacerá en tu casa.

Levantó sus cejas sorprendido, pero podía ver que ella hablaba bastante en serio. No hizo ninguna pregunta. Parecía que había terminado de hablar, así que respetuosamente le dejó el talego de arroz y se inclinó. Se puso con rapidez sus botas y se dispuso a salir de su casa. Cuando salía por la puerta, oyó su voz — Vendré a su casa para la ceremonia de ofrecimiento dentro de ocho días.

— ¿El Hombre Verdadero? ¿Taegun? ¿En mi casa? — pensaba el Sr. Moon, mientras caminada en el silencio. Todas estas cosas eran demasiado para él.

Aquella noche, nació el niño.

Cuando había un nacimiento, las mujeres se hacían las dueñas de la casa. Echaban a los hombres fuera del dormitorio y se apresuraban para ayudar a la madre.

Al Sr. Moon y a Jarabochi no les importaba retirarse a la cocina. Se sentaron cerca del fuego del hogar y jugaron al Ma Jong, un tipo de juego de cartas. El nacimiento era una parte natural de sus vidas y ellos habían presenciado muchos nacimientos, de hombres y de animales. Sin embargo, ambos sentían que éste era muy especial. Era difícil concentrarse en el juego. Finalmente, el granjero Moon dejó las cartas y se inclinó contra la pared pensativo — ¿Y si fuera una niña?

De repente, se oyó el llanto de un bebé, seguido por los gritos felices de las mujeres y las niñas.

— ¡Es un niño! — gritaron ellas a los hombres llenas de alegría. En una familia de tres hijas y un hijo, esta era una buena noticia. Pero, para los dos hombres, tenía un significado más profundo.

El Sr. Moon rápidamente se puso de pie y fue a la otra habitación para unirse a la alegría general. Vio a las mujeres y a las niñas que pasaban con las caras resplandecientes. Su esposa le sonrió. Ella bajó la mirada hacia la carita de su hijo.

— Lo llamaremos Yong Myung — dijo sosegadamente. Yong Myung significa "Dragón Brillante."

Jarabochi se quedó sentado pensando sobre todo lo que había sucedido en ese día. Su nieta entró en la cocina, pidiéndole que viniera también. El le dijo que no con la mano y se puso de pie. Abrió la puerta de papel y salió afuera en el aire helado de la noche.

Era el 6 de Enero de 1920, según el calendario lunar. El reflejo de la luna brillaba sobre la delgada capa de nieve. El aire estaba lleno de una luz plateada. Un sentimiento de paz y buena voluntad parecía resonar en sus oídos. Parecía que Jarabochi se elevaba hacia el Cielo con sus pensamientos. Vio una estrella especialmente brillante y susurró —Gracias.

En la lejanía, en el arrozal que resplandecía con la luna, un gallo comenzó a cantar.

Más adelante, el Padre Celestial le dio la dirección a Abonim de que se cambiara el nombre en Sun Myung Moon. Moon significa Verdad; Sun es un símbolo de los Cristianos; Myung significa Luz. Así, su nombre, Sun Myung Moon, significa "La Luz de la Verdad ha venido a los Cristianos."

 

3. Un niño muy especial

por June Saunders


Era ya tarde por la noche cuando la señora Kyung Kye Kim estaba aún muy atareada confeccionando una nueva camisa para su hijo. Este era el momento más tranquilo del día. Los niños estaban durmiendo y así podía adelantar muchas de las cosas que tenía que hacer. Siempre estaba muy ocupada durante todo el día con la cocina, limpieza, lavado de ropa, costura; en fin, todos los deberes de una ama de casa y madre de una familia numerosa. No paraba de trabajar, incluso hasta que se le hinchaban las piernas de estar de pie todo el día. Aún así siempre encontraba más cosas que hacer, que se acumulaban de un día para otro. La mayoría de las tareas tenía que hacerlas con los niños pequeños alrededor, que le tiraban de la falda para reclamarle su atención, o para pedirle de comer o beber. Siempre hacían travesuras como cuando se acercaban demasiado al fuego obligándola a correr para rescatarlos. Bueno, había veces que pensaba que se iba a volver loca.

Por la noche, cuando solo había silencio a su alrededor, era el único momento que podía respirar tranquila y pensar en sus cosas. Se había preparado una taza de té de cebada caliente, pero cosía con tanta rapidez y sin interrupción que el té al final se enfriaba a su lado.

La camisa era para su hijo Sun Myung. A sus espaldas había dado su camisa a otro niño que la necesitaba. Así que no tenía más remedio que hacerle otra. Aquel era un hábito ante el cual ella era impotente.

Sabía de quién lo había heredado. Su marido siempre atendía a cada mendigo que se acercaba a la puerta. El abuelo había hecho siempre lo mismo. Un mendigo era como algo sagrado para ellos. Le ofrecían la mejor comida que tenían. A veces, su marido incluso le gritaba a ella para que se apresurara a servir a los mendigos.

Había ocasiones en las cuales preparaba algo especial para su familia con mucho esmero y con la esperanza que les gustara mucho. Entonces, Sun Myung cogía su parte y se la daba a otra gente. Solía dar las cosas a otros niños que pasaban necesidades. Cuando le preguntaba por qué lo había hecho, le respondía — ¿No es bueno dar comida a quién la necesita? — Entonces, no podía decirle nada.

Bueno, ¡de tal palo tal astilla! Podía comprender que diera su comida, pero, ¿tenía que dar también su ropa? Aún así, ¿qué podía decirle? Siempre tenía una buena respuesta preparada que ella no podía rebatir.

Había consultado con el abuelo acerca de esta costumbre de su hijo de darlo todo, pero él le había dicho que le dejara dar lo que quisiera, pues quizás en el futuro sería un gran hombre. Así que, por ese lado, no consiguió su apoyo.

Se enderezó y movió su cuello, pues le dolía por estar agachada tanto rato para ver bien la costura que estaba haciendo a la luz de un pequeño candil. Entonces, apareció una dulce sonrisa en sus labios.

— ¡Qué hijo tan especial tengo! — susurró para sí misma. No era igual que sus hermanos ni que ninguno de los niños del pueblo. Siempre tenía algo que decir. Cada día le contaba algo interesante. Aunque estuviera muy cansada, le escuchaba atentamente, pues sus historias le fascinaban. A ella le gustaba conocerlo todo, así que, cuando le contaba algo, le preguntaba — ¿Qué ocurrió entonces? ¿Y luego qué pasó? — Su hijo ya era famoso en todo el pueblo, pues había hecho muchas cosas especiales.

Una vez le contó, que sin haberlo visto, predijo que alguien venía por el camino y resultó cierto. Siempre era el primero en llegar a la escuela, aunque tenía que andar varios kilómetros para llegar allí. Sabía cuando iba a llover y conocía las costumbres y peculiaridades de todas las clases de pájaros y animales que vivían en los alrededores. Predecía también si a una pareja de novios les iba a ir bien o mal. Como siempre acertaba, la gente venía a consultarle antes de comprometerse en matrimonio.

Sí, era un chico fuera de lo normal. A veces, después de un día de duro trabajo. Sun Myung se fijaba en sus hinchadas piernas y la miraba con un corazón lleno de tanta compasión y amor, que ella sentía como reclinar su cabeza en su pecho buscando su consuelo.

Se inclinó sobre la costura de nuevo y siguió con su trabajo. Algo que le preocupaba eran las peleas. Siempre se enfrentaba a los niños mayores que él, cuando estos maltrataban a los niños más pequeños. Ella temía que le hicieran daño y aunque trataba de impedirle que saliera de casa, no podía retenerlo. Pero al final siempre vencía y ella se maravillaba de que nunca le pasara nada.

La gente del pueblo decía que si él seguía el camino del bien, podría ser un rey y si seguía un camino malo podría ser el peor de los criminales.

Sí, ¡Sun Myung Moon era realmente un problema!

Sin embargo, lo amaba como ninguna madre amaba a su hijo. Siempre estaba pendiente de él, de cada cosa que decía o hacía. Para ella, era el más guapo del mundo, incluidas las pecas de su cara. Sus ojos, siempre llenos de amor y simpatía, eran la luz que iluminaba su vida. Cuando estaba exhausta y tremendamente cansada, a punto de decirles a todos que se apañaran como pudieran y la dejaran en paz, Sun Myung Moon le decía o hacía algo para animarla, o simplemente al ver su actitud de dar y preocuparse siempre de los demás, la consolaba y le daba fuerza para seguir adelante. Una vez, su hijo había estado llorando durante tres días, cuando se enteró que un niño se había suicidado. Ella pensaba que alguien que se preocupaba tanto por los demás tendría que llegar a ser una persona muy buena. Pero, ¿por qué tenía que dar siempre su ropa a los demás?

Se afanaba en la costura aunque tenía los ojos muy cansados. Cada puntada la hacía con mucho amor y cuidado. Tenía la esperanza que quizás esta vez, Sun Myung se quedara con la camisa para él.

Pero... sabía que volvería a dársela a alguien.

Aunque esta costumbre de Abonim de dar todas las cosas a los demás, hacia trabajar más a su madre, ella tenía un amor muy profundo por este hijo suyo tan especial.

 

4. El muchacho y el matón

por Vicky Henry


Cuando Abonim era un niño, aún desde muy temprana edad, distinguía muy bien la bondad de la maldad. Siempre que veía algo malo, como cuando alguien robaba o hacia daño a alguien, quería tratar de impedirlo. A veces esto significaba que tenía que luchar con sus puños, aunque no deseara hacerlo. Primero, Abonim siempre trataba de hablar con la persona que estaba haciendo algo malo. Deseaba hacerle comprender que estaba mal hacer aquellas cosas y que debía dejar de hacerlas. Si la persona no le escuchaba, entonces Abonim sentía que no tenía mas remedio que luchar.

Abonim sólo luchaba en caso de que alguien fuera muy malo. En el mundo no debería haber nada malo, porque Dios desea que el mundo sea un lugar agradable para vivir. Abonim deseaba la misma cosa. También, Abonim sólo luchaba con alguien que fuera mas fuerte que él. Sentía que no sería justo luchar con alguien mas débil.

En la escuela de Abonim había un muchacho muy malo, que siempre hacía daño a los otros niños o les hacia llorar. Era famoso como el matón de la escuela y los niños más pequeños tenían miedo de ir a la escuela por su culpa. Abonim trató una y otra vez de convencerle de que dejara de hacer daño a los niños, pero el muchacho no le escuchaba y se burlaba de él. Abonim tenía ocho años y el matón doce. Por lo tanto, éste era más grande y más fuerte.

Un día Abonim decidió que no había otra opción sino pelear con el muchacho. El matón estaba dispuesto a pelear porque pensaba que sería muy fácil vencer, ya que Abonim era más joven y más pequeño que él. Pero Abonim sabía que tenía la razón y que la bondad debería vencer a una persona tan malvada.

La lucha comenzó. Lucharon por mucho tiempo, dándose golpes y tumbándose. Abonim resultó herido y la lucha tuvo que terminar. Aún así Abonim no se dio por vencido. En vez de esto, decidió seguir un entrenamiento especial. Tendría que volverse más duro y más fuerte. Así que empezó a ir a la colina que estaba a las afueras de su pueblo. Allí Abonim se entrenaba golpeando un árbol fuerte y sólido. Se imaginaba que aquel árbol era el matón y luchaba contra el árbol. Sus puños se quedaban magullados y doloridos, pero continuó entrenándose hasta que se volvieron duros y fuertes. Abonim cada día golpeaba con más fuerza, ¡hasta que el árbol acabó rompiéndose! Sintió como si el Padre Celestial le aplaudía. Entonces, se dio cuenta que estaba preparado para enfrentarse de nuevo con el matón.

A la mañana siguiente, Abonim se levantó, preparó el almuerzo y salió para la escuela como de costumbre. Pero cuando llegó, en vez de ir a clase fue a buscar al matón. Abonim no estaba dispuesto a permitir nunca más que una persona tan mala hiciera daño siempre que le diera la gana a los demás niños.

Abonim le encontró muy pronto, se dirigió hacia él y una vez más le dijo que dejara de molestar a los niños. El matón se rió y no le hizo caso. Así Abonim no tuvo más alternativa que luchar de nuevo con él.

La lucha comenzó otra vez. El matón inmediatamente se sorprendió de que los brazos de Abonim se habían vuelto tan fuertes y sus puños tan duros como roca. Aparte de esto, parecía como si Abonim tuviera un poder misterioso. El matón luchó con todas sus fuerzas y trató de acabar con Abonim rápidamente. Pero ahora tenía enfrente a alguien que podía vencerle. Esta vez Abonim ganó la pelea. Después de esto, siempre que Abonim estaba presente, el matón nunca hacia daño o hacia llorar a los demás niños.

Si te esfuerzas al máximo por luchar por la bondad, el Padre Celestial luchará a tu lado.

 

5. Abonim y los pajaritos

por Esther Tanahashi


Era muy temprano por la mañana. El sol aún no se había levantado. Todavía estaba un poquito oscuro. Los primeros pájaros comenzaban a cantar sus canciones. Muy pronto cada vez más pajaritos se unían a ellos formando un coro maravilloso.

Abonim estaba seguro de que no sólo cantaban, sino que sus canciones estaban llenas de significado — Quiero entender su lenguaje — pensó Abonim — ¡No volveré a casa hasta que lo consiga! —. Entonces, se subió a un árbol muy alto que le gustaba mucho a los pájaros. En aquel árbol había muchos nidos. Parecía que era el árbol preferido de los pajaritos.

— ¿Cantáis porque estáis alegres? ¿Qué es lo que os hace estar alegres? ¿Es la luz del sol al amanecer, o el poder volar por los aires sobre las olas del viento? ¡Oh, debe ser un sentimiento maravilloso! ¡A mí también me gustaría poder volar, cabalgar sobre el viento y mirar todas las cosas desde todo lo alto! ¡Qué fascinante debe ser! ¿Es esto lo que os hace más feliz? ¿O será dar de comer a vuestros polluelos? ¿Será, quizás, las canciones que os cantáis unos a otros?

Abonim se hacía estas preguntas cuando estaba sentado en lo alto del árbol con los pájaros, escuchándoles y observándoles. A medida que pasaba el tiempo, Abonim se hizo amigo suyo, así que ya no huían de él. Parecía como si sentían el amor y la admiración de Abonim.

Comenzaron a hacer más acrobacias en el aire, y a cantar y piar sin parar. Era como si estuvieran actuando para Abonim — ¿Hacéis esto solo para mí? ¿Es esto lo que os hace más feliz? — pensaba Abonim.

— ¿Es ser amados por las personas? ¿Claro, de qué otra manera podríais sentir el amor del Padre Celestial sino es a través de mí? ¡Si, debe ser esto! Lo que os hace más feliz es ser amados por las personas.

El sol se estaba ya ocultando, lanzando sus últimos rayos dorados sobre las colinas. Abonim se había olvidado del tiempo. ¡Se había pasado todo el día subido en el árbol! Ahora era el turno de Abonim. Con todo su corazón comenzó a silbar una canción para ellos. Era una canción tan hermosa que los pájaros se quedaron callados, disfrutando muchísimo posados en las ramas uno al lado del otro.

Cuando Abonim acabó, descendió del árbol mientras los pajaritos hacían un gran alboroto piando muy fuerte. Era como si le dijeran a Abonim — ¿Debes irte ya? ¡Por favor, vuelve pronto!

Abonim se sintió muy conmovido en su corazón por los pajaritos.

Sí, ahora sé que es posible comprenderles — pensó Abonim.

 

6. El muchacho que nunca se da por vencido

por Ken Weber


Cuando observáis a Abonim podéis preguntaros cómo es que puede hacer tantas cosas. Comenzó simplemente como una persona que no tenía nada. Pero Dios le dio el trabajo más grande de todos, el hacer del mundo un lugar maravilloso. Seguramente, esto debe haberle parecido como un trabajo imposible. ¿Cómo podía incluso soñar en hacerlo?

Una razón por la cuál Abonim puede hacer tantas cosas es porque tiene una voluntad increíblemente fuerte. Cuando escucháis las historias de su niñez os dais cuenta de que esto es cierto. Una vez que se proponía hacer algo, nunca se daba por vencido hasta tener éxito. Así fue el caso de una noche cuando era un muchacho joven y vio las huellas de una comadreja en la nieve.

Abonim siempre ha estado muy interesado en la naturaleza. Conocía todo lo que había en millas alrededor su casa. Conocía a todos los animales, los peces y todos los tipos de árboles que había. Así cuando vio las huellas de una comadreja sintió que sería muy emocionante perseguirla hasta alcanzarla.

Había luna llena y una gran claridad, pues la luz de la luna se reflejaba en la nieve. Lentamente, el muchacho se arrodilló y tocó las huellas grabadas en la nieve. ¿A qué distancia estaría la comadreja? Las huellas eran frescas, así que no podría estar demasiado lejos. Levantó la vista y se imaginó que la comadreja le podría estar mirando en la obscuridad.

Pausadamente, comenzó a seguir las huellas. Desaparecieron debajo de una mata, así que caminó alrededor de ella. Sí, allí aparecían de nuevo por el otro lado y se dirigían hacia un arroyo cercano. Siguió las huellas hasta el borde del agua y allí las huellas se desvanecieron nuevamente. Buscó en ambos lados del arroyo, pensando que quizás la comadreja había cruzado al otro lado. ¡Pero, nada! Las huellas no continuaban allí. Continuó mirando por todos los lados.

Muchos acabarían abandonando la persecución en aquel momento, sintiendo que la pista se había perdido para siempre. Pero una vez que Abonim comenzaba a hacer algo, lo seguía hasta el fin. Finalmente, encontró las huellas a alguna distancia río abajo y continuó siguiéndolas de nuevo.

Adondequiera que las huellas iban, Abonim las seguía. Por mucho que la pista se torciera y diera la vuelta, siempre iba tras ella. Si las huellas cruzaban algunas rocas y se perdían, Abonim buscaría alrededor del borde de cada roca hasta que encontraba donde continuaban de nuevo.

Eran ya las tres de la madrugada y Abonim estaba muy lejos de su casa. Cruzó por su mente el pensamiento de que debería abandonar la búsqueda y volver. ¡Pero, no! No había cogido aún a la comadreja. ¡Debía continuar! Entretanto, la comadreja había estado observando a Abonim y preguntándose quién era aquel muchacho que le seguía con tanta determinación. ¿Por qué no abandonaba la persecución? El animal cansado y escondido en otro grupo grande de rocas, dio un giro brusco y fue hacia el norte. Se dirigió a un arbusto que estaba en el borde de las rocas y se ocultó. Ciertamente, se sentía seguro ahora. Pero, al mirar hacia atrás, observó que Abonim se acercaba.

El muchacho no estaba desconcertado cuando la pista cruzó las rocas. En vez de esto, continuó buscando en cualquier trocito de tierra o cualquier ramita rota, algo que indicara por donde el animal podría haber pasado. ¡Ajá! Había rasguños en el borde de una de las rocas donde la comadreja había resbalado y se había encaramado de nuevo. La pista se dirigía directamente hacia aquel arbusto. Abonim avanzó de nuevo.

¡La comadreja salió corriendo! Ahora la persecución se convirtió en una batalla de ingenio. La comadreja desesperadamente trataba de engañar a Abonim. Giró sobre sus pasos, andó en la dirección contraria durante un trecho y se ocultó de nuevo. Abonim siguió la pista hasta que se interrumpió de repente y miró a su alrededor. Pero, supo al instante lo que había sucedido. Dio la vuelta y comenzó a seguir la pista al revés, buscando el lugar donde las huellas de la comadreja dejaban la pista. ¡Sí! ¡Allí estaba! El muchacho corrió hacia adelante y la comadreja, saliendo del lugar donde se ocultaba, se escapó nuevamente.

El cielo se empezaba a aclarar por el este y Abonim pudo ver que estaba cerca de la aldea vecina. La persecución había durado seis o siete horas. Ahora, Abonim con la luz podía ver la comadreja con más claridad. La comadreja estaba exhausta y había perdido toda esperanza de escapar. Entonces se encontró cara a cara con el muchacho pero estaba demasiada cansada para escapar. Rápidamente, el muchacho corrió y asió a la comadreja. ¡La persecución había acabado!

Pero Abonim amaba a los animales. Su persecución había sido motivada por la curiosidad y la determinación. No tuvo la intención de lastimar a la pobre comadreja. En vez de esto, la acarició con cariño. Entonces, suavemente colocó la comadreja en el suelo y la dejó ir.

Abonim visitó la aldea vecina. Tenía hambre. Entró en una casa y le pidió a su dueño que le diera algo de desayuno y luego comenzó su larga caminata de vuelta a casa.

¿Cómo Abonim es capaz de conseguir tantas cosas? Una razón es que nunca se detiene hasta lograr el éxito. Una vez que decide una meta, no cesará de esforzarse hasta cumplirla. Abonim tiene este tipo de naturaleza. Nunca se da por vencido.

 

7. Abonim y las anguilas

por Esther Tanahashi


El pueblo donde Abonim creció, era un pueblo pequeñito donde todos los vecinos se conocían. A Abonim le querían todos, especialmente los niños. Iban siempre detrás de él, porque parecía que tenía una inacabable imaginación para encontrar nuevos y divertidos juegos que les gustaban mucho.

La familia de Abonim era también muy conocida, incluso por los vecinos de otros pueblos, porque los padres de Abonim daban la bienvenida en su casa a todos los viajeros, ofreciéndoles comida y un sitio para dormir. Sabían también que nunca rehusaban dar un plato de comida a ningún mendigo.

Quizás, por esto es por lo que Abonim tenía un corazón tan sensible al sufrimiento de los demás desde que era muy pequeño.

Su pueblo era un pueblo de campesinos. Los inviernos eran largos y muy fríos. Había mucha gente del pueblo que sufría porque a veces no tenían comida para alimentar a su familia. A la familia de Abonim no les iba muy mal, pues tenían mucha tierra para cultivar. Comían de una manera muy sencilla. Cada día comían kimchi, arroz y a veces pescado. No tenían mucho, pero al menos no pasaban hambre.

Cuando Abonim visitaba las casas de sus amigos se daba cuenta de que muchos de ellos lo pasaban mal. Cuando miraba las caras de sus padres, veía sufrimiento en sus ojos. A menudo, no tenían suficiente comida para sus hijos y aún así se esforzaban en encontrar algo para darle a Abonim cuando les visitaba.

Después de estas visitas, Abonim se sentía afligido en su corazón. — ¿Cómo podría aliviar su dolor? ¿Cómo podría conseguirles un poco de comida extra? — Aunque Abonim era muy joven no era indiferente al sufrimiento de la gente de su alrededor.

Un día, después de la escuela, cuando estaba jugando con su primo en el río, se le ocurrió de repente — ¡Las anguilas! Debe haber suficientes anguilas para alimentar a todo el pueblo — Si, había muchas anguilas en el río, pero eran muy difíciles de coger. Las anguilas construyen túneles en el lecho del río y apenas salen de ellos. Encima de eso, son muy resbaladizas y, por ello, muy difíciles de agarrar.

Pero estas cosas no iban a detener a Abonim. Pensó que debía haber alguna manera de cogerlas. A partir de aquel día, Abonim fue muchas veces al río con su primo y otras veces solo. Probaban muchas maneras de atrapar a las anguilas.

Abonim estudió la vida de las anguilas. ¿Qué es lo que las hace salir de sus agujeros? ¿Cómo construyen los túneles en la arena? ¿Tienen una salida o varias? Abonim aprendió un montón de cosas sobre ellas. Sabía que sería muy difícil cazarlas, pues además eran temerosas y huidizas.

Al final, se le ocurrió un plan. Fue a la casa de su primo y le dijo —¡Podremos cogerlas! ¡Ahora se cómo! ¡Ven, vamos al río! — Al primo de Abonim le gustaban siempre estas nuevas ideas y se fue con él muy contento. Cuando llegaron al río Abonim le dijo — Asusta a la anguila por esta boca del túnel y yo iré al otro lado. ¡Ya verás como la cogeré! Espera aquí hasta que te haga una señal.

Abonim fue al lugar donde estaba la otra entrada del túnel, hizo una señal a su primo y sumergió la cabeza debajo del agua. El primo con una mano comenzó a agitar el agua para asustar a la anguila, al mismo tiempo que tapaba la boca del túnel con la otra mano. Así la anguila sólo podía salir por el lado que estaba Abonim.

Abonim estaba esperándola con la boca abierta y las dos manos alrededor de la boca. Era algo peligroso, porque la anguila estaría asustada y saldría con toda su fuerza. Abonim tenía que estar muy atento y actuar con rapidez. Tan pronto como saliera, tenía que morderla con los dientes y sujetarla con fuerza. Podía atragantarse si no la mordía con suficiente rapidez. Con las manos era imposible coger a las anguilas, pues eran muy resbaladizas. Abonim tenía que sujetarla con fuerza con sus dientes hasta llevarla a la orilla.

Los dos chicos estaban tan contentos de poder cazar anguilas de esta manera que se quedaron todo el día. Cuando luego fueron a repartir las anguilas a diferentes familias, la gente se ponía muy contenta, dándoles las gracias y haciéndoles muchas inclinaciones. Algunos abrazaban a los chicos con lágrimas en sus ojos.

Abonim pudo ver como las personas se sentían conmovidas cuando se les satisfacían sus necesidades. Abonim y su primo se hicieron unos expertos en coger anguilas que luego distribuían por todo el pueblo.

A medida que pasaba el tiempo, Abonim comenzó a ver que la gente en todos los sitios estaba sufriendo, no sólo por ser pobres. Se dio cuenta de que había sufrimientos incluso más profundos, como cuando, dentro de una misma familia, no podían amarse el uno al otro, o cuando guardaban resentimientos entre sí durante muchos años.

A nadie le gusta sufrir. Todo el mundo desea ser feliz, pero cuanto más estudiaba Abonim a las personas veía que todas sufrían por una causa o por otra.

Abonim hasta entonces había tenido la meta de conseguir tres Doctorados. Pero ahora comenzó a hacerse estas preguntas —Seguramente que habrá habido mucha gente que haya conseguido estas metas, pero con todo sus conocimientos no han podido acabar con el sufrimiento del mundo. ¿Por qué? ¿No será una meta más importante encontrar una solución a todos los problemas del mundo?

Si, era entonces cuando el Padre Celestial estaba preparando a Abonim para su misión. El corazón de Abonim se hizo cada vez más sensible hacia los demás. Pronto se dio cuenta que nunca podría ser feliz a no ser que los demás también lo fueran.

 

8. Un adolescente oye la voz de Dios: Una revelación de Jesús

por Linna Rapkins


Cuando Abonim tenía diez años, toda su familia se convirtió al cristianismo. A partir de entonces asistía con sus padres al servicio dominical y empezó a leer y estudiar la Biblia.

Abonim dijo una vez que por aquellos años sentía ya una inquietud espiritual tan grande que se iba solo a las montañas a orar y le pedía a Dios cosas extraordinarias.

Oraba de esta manera — Te pido para que pueda ser más sabio que el rey Salomón, para poder ayudar así a otras personas. Te pido para que pueda tener una fe más grande que el apóstol Pablo. Te pido para que pueda tener un amor más grande incluso que el de Jesús.

Abonim también tenía muchas preguntas. Se daba cuenta, al estudiar la Biblia, que Jesús se había ido al Cielo sin haber dicho todas las cosas que hubiera deseado contar.

En una ocasión, en la Iglesia, le preguntó al Pastor — Si creemos en Jesús, ¿podemos llegar a ser como él? — El Pastor le respondió — No. Debido a que somos pecadores, nunca podremos ser como Jesús — Sin embargo, Abonim le respondía — Si Dios es nuestro Padre Celestial, ¿por qué no podemos ser Sus hijos, como Jesús lo era? Si Jesús vino a salvarnos, ¿por qué no podemos dejar de ser pecadores? — El Pastor no sabía cómo contestar estas preguntas y al final le decía que eran misterios de Dios que no podíamos comprender. Abonim siguió buscando las respuestas directamente de Dios a través de la oración.

Aunque nadie se lo pedía, siempre se levantaba temprano por la mañana antes de ir a la escuela para orar en una pequeña colina al lado de su pueblo. Para él la oración era algo muy serio

Era la mañana de Pascua de Resurrección, el 17 de Abril de 1930. Abonim ya era un adolescente de 16 años. Esa mañana se levantó antes de que amaneciera. Se vistió y subió a una montaña alta que estaba más alejada de su pueblo. Allí, en la cima, comenzó su oración matinal. No oraba pidiendo tener nuevas ropas ni cosas buenas para comer o tan siquiera un bol de arroz más grande. En vez de esto, oraba por los coreanos que estaban en este tiempo pasando por grandes sufrimientos. Oraba para poder comprender todas las cosas sobre Dios, sobre Jesús y sobre el mundo.

Después de haber transcurrido un tiempo sumido en la oración, ocurrió algo que hizo de esta mañana de Pascua la más importante de su vida. ¡De repente, de pie delante de él había un hombre! Parecía que había surgido de la nada.

— Hola — dijo este hombre — ¿Me reconoces? Soy tu amigo Jesús.

Abonim se quedo muy sorprendido. Tanto que no podía hablar —¿Es posible que sea verdad? — pensó — ¿Esto está ocurriendo en realidad o estoy soñando? — Jesús parecía bastante real, pero Abonim deseaba estar seguro. Entonces, pudo darse cuenta que era realmente Jesús, porque, de repente, como si estuviera viendo una película, Abonim comenzó a ver todas las cosas que le habían ocurrido a Jesús en su vida. Vio cuando Jesús nació en un establo; cuando predicaba en la montaña; cuando curaba a los enfermos; cuando murió en la cruz; ¡todas las cosas!

Luego, Jesús le habló — Hace casi 2000 años vine a la tierra a salvar a este mundo de las manos de Satán. Vine como el Mesías. Quería convertir este mundo en un lugar maravilloso y lleno de amor donde toda la gente pudiera ser feliz. Pero ellos me mataron antes de que pudiera terminar mi trabajo. Ahora, otra persona debe ser el Mesías y acabar la obra que yo empecé. Ayudaré a esta persona. Hoy he venido a visitarte, Sun Myung Moon, para decirte que Dios te ha escogido para ser esta persona tan especial.

Abonim escuchó muy atentamente, sintiéndose un poco aturdido. El había pedido comprender todas las cosas sobre Dios y el mundo. ¿Pero ser el Mesías? Esto era mucho más de lo que había pedido. Se sintió muy indigno. Pero pensó en ello muy en serio.

— Es una enorme responsabilidad — le respondió a Jesús con su más sincero corazón — Deseo hacer la Voluntad de Dios más que cualquier otra cosa del mundo. Deseo vivir una vida dedicada a Dios. Pero no deseo tomar esta responsabilidad a la ligera. Si digo que la acepto, debo estar completamente determinado a cumplirla.

Luego, oró para recibir una guía del Padre Celestial. Quería comprender lo que Dios realmente esperaba de él. Oró por largas horas. Entonces, Abonim comenzó a sentir una gran agonía y dolor. Comenzó a llorar. Cada vez derramaba más lágrimas. Pronto empezó a llorar desesperadamente — ¡Oh, me duele mucho! — gritó a Dios — Mi corazón está en agonía. Me siento como si nunca podré parar de llorar. ¿Por qué me ocurre esto?

Estaba encogido por el dolor. Sentía el dolor que había experimentado el corazón de Dios por tanto tiempo. Estaba sintiendo la miseria de toda la gente que había sufrido aquí en la tierra. Sentía el dolor del pueblo coreano que había sufrido por muchos años. Comenzó a comprender porque Dios le necesitaba tanto. Sabía que nunca podría abandonar al corazón entristecido de Dios, ni a toda la gente infeliz del mundo.

Aquel día se comprometió ante Dios y Jesús — Tomaré la responsabilidad de esta importante misión. Dedicaré toda mi vida a vencer al mal de este mundo, hasta que sea de nuevo un jardín hermoso y feliz.

A partir de este momento, por mucho que sufriera o estuviera cansado y desanimado, Abonim nunca cambiaría su compromiso. Nunca diría — ¡No puedo más, es demasiado difícil! — En vez de esto, siempre diría — ¡Estoy determinado a hacerlo!

 

9. Abonim emprende la búsqueda de la verdad

por Linna Rapkins


Después de aquella mañana de Pascua, aunque Jesús había dicho que Dios y Jesús mismo ayudarían a Abonim, de hecho, lo dejaron solo por muchos años. Abonim tuvo que cumplir la primera parte de su misión completamente solo — Pero, ¿qué es lo primero que tengo que hacer? —se preguntó a sí mismo — He aceptado completar el trabajo de Jesús. Pero, ¿cómo empiezo? ¿Le digo simplemente a toda la gente que soy el Mesías?

Cada día oraba y oraba sin cesar. A menudo iba a la misma montaña a orar. Incluso estando soñoliento y hambriento no paraba de orar. A veces caminaba por las riberas de los riachuelos pensando y orando, pensando y orando. Otras veces, con desesperación, se arrodillaba y golpeaba el suelo con sus brazos — ¿Cómo puedo salvar a la gente de la esclavitud de Satán? ¡Dios! ¡Por favor, muéstrame cómo hacerlo!

Gritaba y lloraba — Dios, si estás ahí, ¿quién eres Tú? ¿Cómo eres? ¿Por qué existes? ¿Por qué nos creaste? ¿Qué relación deberíamos tener contigo? ¡ Por favor, dímelo! — continuaba golpeando la tierra con sus puños y llorando. Finalmente, un día Dios le dio una respuesta — Deberíamos ser como un padre y un hijo.

Entonces comprendió lo importante que era esto — ¡Ah, sí! Dios es nuestro Padre. El es el Padre Celestial. Yo soy Su Hijo. ¡Esto es! ¡La verdad más importante de todo el universo! Oh, gracias Padre Celestial, gracias.

Luego hizo la siguiente pregunta — ¿Qué ocurrió? ¿Por qué no tenemos esta relación íntima de padre e hijo? ¿Por qué no somos una gran familia feliz? ¿Fue Satán el culpable? Pero, ¿quién es Satán? ¿Cómo se originó? Tu eres sólo bueno. Satán es malo. Tu no creaste nada malo, ¿no es verdad?

— No, no lo hice — contestó el Padre Celestial. Pero Dios tenía que dejar que Abonim encontrara por sí mismo la causa del mal.

— Entonces, ¿cómo entró el mal en el mundo? ¿No pudiste simplemente destruirlo? Tu eres Todopoderoso. ¿Por qué permitiste que existiera el mal? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Abonim se hacía las mismas preguntas que toda la humanidad se había hecho durante siglos y siglos. Quizás vosotros mismos le habéis hecho alguna vez estas preguntas a Dios. El Padre Celestial no podía contestar a Abonim más de lo que había contestado a la gente del pasado. Dios siempre ha deseado dar estas respuestas, pero era responsabilidad del hombre descubrir esta verdad y vencer al mal.

Así que Abonim, representando a toda la humanidad, tenía que encontrar las respuestas por su propio esfuerzo. Abonim tuvo que luchar en medio de unas terribles tinieblas espirituales. ¿Habéis escuchado el refrán que dice que "es más difícil que encontrar una aguja en un pajar"? Era algo así. Buscando las repuestas, Abonim se sentía en medio de una inmensa y tenebrosa obscuridad tratando de encontrar un rayito de luz que pudiera indicarle el camino.

Abonim tenía que encontrar las respuestas por sí mismo y luego preguntar a Dios si eran las correctas. Poco a poco, pudo aprender muchas cosas acerca de Dios, Jesús y el mundo.

Entonces tuvo otro problema, Satán. A medida que Abonim comprendía cada vez más cosas, Satán se enfadaba muchísimo — ¡Eh! — gruñó —Si este tipo descubre lo que ocurrió en el Jardín del Edén estoy perdido. Tengo que impedirlo a toda costa. Desde que vino Jesús a la tierra nunca lo he pasado tan mal.

Satán trató desesperadamente de parar a Abonim. Le contó mentiras, trató de engañarle diciéndole que no existía ningún Satán. Intentó tentar a Abonim para que dejara su misión. Le hizo ver lo mucho que sufriría si seguía adelante con su trabajo y lo feliz que sería si simplemente se fuera a su casa y llevara una vida normal. Satán era muy inteligente, pero Abonim lo era aún más. Siempre descubría los trucos de Satán.

Satán, entonces, trató de golpear a Abonim, incluso intentó matarlo. Tenía mucho poder y reunió a muchos malos espíritus para que le ayudaran. Lucharon con todas sus fuerzas. Pero Abonim tenía tanta determinación y tanto coraje que al final venció.

Entonces, Abonim comenzó a hacerle preguntas a Satán — ¿Qué es lo que hiciste en contra de Dios? — le gritó — ¿Qué le hiciste a Adán y Eva? — Satán se negaba a contestar. Se cruzaba de brazos y miraba fijamente a Abonim con una mueca de enfado en la cara. Así que Abonim tenía que adivinar las cosas.

— ¿Eras un ser humano? — Satán sólo sacudía la cabeza y gruñía.

— ¿Eras un ángel? — Satán se enfadaba, pero no tenía más remedio que admitir que sí, que era un ángel.

Abonim era demasiado listo. Cada vez le sacaba más cosas a Satán. Incluso comenzó a comprender como se había sentido Satán en el Jardín del Edén.

— Debiste sentirte muy sólo, ¿no es verdad? — le preguntó Abonim.

— Sí — lo admitía Satán.

— Debiste desear estar con Adán y Eva, ¿No es verdad?

— ¡Sí! — exclamaba de mala gana Satán.

— Eras más feliz cuando estabas con Eva que con Adán, ¿no es verdad?

— ¡Sí, sí! — respondía Satán enfadándose mucho y tratando de escaparse.

Pero Abonim luchando con él conseguía que le escuchara y que le respondiera. Poco a poco, Abonim consiguió descubrir todo lo que ocurrió a través de sus respuestas. Satán estaba furioso. Abonim había averiguado su crimen secreto, ¡algo que ni siquiera Jesús había conseguido antes!.

Durante nueve años a partir de los 16 años, Abonim estuvo descubriendo todos los secretos del universo. Incluso exploró el mundo espiritual.

Fue la primera persona que se dio cuenta que Dios estaba sufriendo a causa de lo que Satán había hecho — Oh, Padre Celestial — oraba —Tu no tenías boca para decirnos como te sentiste. No tenías brazos para abrazarnos. No tenías pies para correr detrás de nosotros cuando huimos con Satán. Si alguien hacía daño a uno de Tus hijos, Tu no podías hacer nada para evitarlo. Todo lo que podías hacer es sentir el dolor Tú mismo y llorar sin cesar. ¡Oh, pobre Padre Celestial! ¡Estoy apenado de que nadie haya podido consolarte durante todos estos años!

Continuamente lloraba orando al Padre Celestial — Nunca te abandonaré. Lo único que deseo es trabajar para Ti y hacer que te sientas mejor — Abonim no podía parar de llorar. Lloraba día tras día, noche tras noche. Su cara se quedaba tan hinchada por las lágrimas que a veces sus vecinos no podían ni siquiera reconocerle

Todo esto era muy importante para el Padre Celestial y para Jesús. Las lágrimas de Abonim les ayudaron a sentirse mejor. ¡Al final, alguien comprendía cómo se sentían! Llegaron a amar a Abonim con todo su corazón.

La compasión de Abonim por el sufrimiento de Dios y la humanidad le ayudó a luchar en contra de las mentiras de Satán y descubrir la luz de la verdad.

 

10. Abonim estudia en Seúl

por Miguel Cano


Abonim siempre fue un buen estudiante. Aunque la escuela estaba un poco lejos de su casa, siempre era el primero que llegaba a la clase. Sin embargo, para los maestros a veces era un problema, pues hacía muchas preguntas que ellos no sabían contestar.

Desde los 7 hasta los 13 años, estudió en la escuela confucionista de su pueblo, llamada Sodang. Antiguamente esta era la única escuela que había en los pueblos. En ella los niños aprendían a escribir los caracteres chinos y a leer los libros clásicos de la literatura china.

Desde los 14 hasta los 18 años estudió la enseñanza general básica en una escuela pública cerca de su pueblo.

Después de graduarse, en la primavera de 1938, dejó su pueblo para estudiar electrónica, por tres años, en la Escuela de Industria y Comercio de Seúl, la capital de Corea del Sur.

Vivía con varios estudiantes, compañeros suyos, en una pequeña casa alquilada. Ellos mismos se preparaban la comida y se lavaban la ropa. Habían ya pasado tres años desde que se le apareció Jesús en la montaña. Desde entonces Abonim en su corazón sabía que había sido escogido por Dios para salvar a toda la humanidad. Pero aún no podía contárselo a nadie, así que llevaba la vida de un estudiante normal.

Para Abonim, éste era un tiempo de búsqueda de la verdad. Secretamente oraba mucho. A veces se iba a la ribera del río Han o a las montañas cercanas a Seúl, pasando incluso noches enteras orando.

En sus oraciones tenía una comunicación muy íntima y profunda con Dios y Jesús. Derramó muchas lágrimas porque sentía el corazón afligido del Padre Celestial y de Jesús. Especialmente, Jesús le contó muchos secretos acerca de su nacimiento, su vida y su muerte. Después de conocer la vida tan miserable que había llevado Jesús no podía parar de llorar.

En Seúl, Abonim asistía a una iglesia cristiana llamada la "Iglesia de Jesús" Esta era una de las iglesias preparadas por Jesús para recibir a Abonim. Ellos creían que Corea era la nueva nación escogida por Dios y que el Mesías nacería en Corea. Un domingo, Abonim oró delante de toda la congregación. Su oración fue tan profunda e inspiradora que todos se quedaron asombrados porque nunca habían oído una oración semejante. Casi todos los presentes se sintieron tan conmovidos que derramaron lágrimas. Muchas señoras, después del servicio dominical, le abrazaban y besaban agradecidas por la inspiración que habían recibido de este joven de 19 años.

Abonim, en aquel tiempo, aprovechaba cualquier oportunidad para dar testimonio. Iba al parque con su primo para hablar con la gente de la Palabra de Dios. Un día, en la estación de trenes, se subió en un banco y empezó a predicar sobre Dios con una voz muy fuerte, lleno de pasión y entusiasmo. Mucha gente se arremolinó alrededor. Aún era el tiempo de la ocupación japonesa, así que unos policías vinieron a ver que pasaba y luego trataron de hacerle callar. Pero Abonim les contestaba — ¿qué tiene de malo hablar de Dios? — y seguía predicando. Su primo, que siempre le acompañaba, trató de persuadir a los policías para que lo dejaran hablar. No había nada ni nadie que pudiera impedir a Abonim seguir hablando de Dios y del significado de la vida.

Abonim durante estos años también era el responsable de enseñar a los niños los domingos las historias de la Biblia. Abonim ponía tanto entusiasmo al hablar que todos los niños estaban encantados. El les hacía reír, llorar o gritar de júbilo con sus historias. Siempre, de cada historia de la Biblia, sacaba una enseñanza que los niños podían comprender. Abonim desde muy joven tenía unas cualidades extraordinarias para llegar al corazón de la gente, ya fueran niños o mayores.

En Febrero de 1941 terminó sus estudios en Seúl y volvió a su pueblo con sus padres por unas cortas vacaciones.

 

11. Amando a sus enemigos: Abonim va a estudiar a Japón

por Nora Spurgin


Habían transcurrido 5 años desde que Jesús se apareció por primera vez a Abonim y le hizo saber cual sería su misión. Durante este tiempo había aprendido muchas cosas sobre Dios, el universo y Satán. Aunque había estado orando mucho y buscando estas verdades, siempre había asistido a la escuela.

Ahora Abonim tenía 21 años y había terminado ya sus estudios superiores. En este tiempo se preguntaba si Dios quería que siguiera estudiando, quizás en la universidad. Mientras oraba en la montaña le preguntó al Padre Celestial — Tu me has dado una gran misión. Ahora he acabado la enseñanza superior. Siempre he deseado ir a la universidad. Pero quiero saber que es lo que Tu quieres que haga ahora.

Todo estaba muy tranquilo en la montaña. De vez en cuando un pájaro planeaba silenciosamente por el aire. Abonim esperaba en recogimiento la respuesta de Dios. En lo más profundo de su ser Abonim escuchó a Dios que le decía — Ve a Japón a la universidad. Debes aprender sobre Japón y sobre el pueblo japonés — Abonim inclinó su cabeza cuando oyó esto — Padre Celestial, iré a Japón. Pero necesitaré Tu ayuda, pues nunca he estado antes en otro país.

Era una aventura el pensar en ir a Japón. Cuando Abonim tenía 21 años Corea estaba invadida y oprimida por Japón. Eran dos países enemigos. Abonim pensó en los soldados japoneses que vinieron a su pueblo. Nunca sonreían. Sólo daban ordenes a los coreanos. Los soldados japoneses obligaron a todos los coreanos a hablar la lengua japonesa en vez de la coreana. Era muy duro el tener que aprender la lengua de los enemigos. Se sentía muy bien cuando podía hablar en coreano con sus padres en casa, pero en la escuela Abonim tenía que hablar japonés.

Allí en la montaña Abonim pensaba en todas estas cosas. Pero siempre que sentía miedo parecía como si Dios le rodeaba con sus brazos, haciendo que se sintiera fuerte y bien interiormente. Abonim le dijo a Dios — Sé que Tu no quieres que el pueblo coreano y el japonés sean enemigos. Iré allí en Tu lugar.

Abonim volvió a casa y comenzó a hacer los preparativos. Consiguió una vieja maleta marrón y guardó su ropa. Luego, ya en la estación de tren cercana a su pueblo, se despidió de sus padres y hermanos. Se subió al tren. Se despidieron agitando las manos hasta que el tren desapareció de la vista. Siempre que Abonim pensaba en Dios, podía sentirse fuerte y valiente. El pensar en Dios le ayudó a dejar su familia.

Fue hace muchos años, así que el tren tenía una de aquellas locomotoras grandes y negras que andaban muy despacio y chirriaban ruidosamente. El viaje duró todo el día y no había nada que hacer aparte de mirar por la ventanilla y contemplar los campos de Corea. Esta era la primera vez que Abonim veía la parte más sur de Corea. Mientras el tren avanzaba lentamente, Abonim vio lo pobre que realmente era el pueblo coreano. No tenían coches ni camiones ni tractores. Los campesinos tenían que hacer todo el trabajo duro con sus propias manos. Los veía agachados trabajando en los campos de arroz. Tendrían seguramente las espaldas doloridas.

Cuando Abonim miraba a la gente, veía en sus caras que estaban cansados. Tenían muchas arrugas. Tenían ropas viejas y gastadas. Pero la gente mayor seguía trabajando duramente. Abonim observó a una abuela muy anciana que llevaba un pesado paquete en su espalda. Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Abonim. Se las secaba, pero venía cada vez más.

Una señora muy agradable estaba sentada al lado de Abonim en el tren. Ella le vio llorar — ¿A dónde te diriges? — le preguntó. Abonim le dijo — Voy a Japón, a estudiar en la universidad.

— Oh, querido — dijo ella — debes estar muy triste por dejar tu casa. Trató así de consolarle. Tenía una cara muy bondadosa, como la de su madre, pero Abonim continuó llorando.

No lloraba por dejar su casa. Estaba llorando porque el pueblo coreano era muy pobre. Le dijo al Padre Celestial — Sé que tienes un plan especial para Corea, pero, ¿por qué elegiste a Corea? Es un país tan pobre. ¿Cómo podré conseguir alguna vez que este país llegue a ser grande? —. Abonim también sintió pena de que los coreanos fueran como esclavos de los soldados japoneses que estaban en todas las partes, controlándolo todo. Sabía que Dios deseaba que Corea fuera libre — En Japón trabajaré para liberar a Corea — se prometió a sí mismo.

Finalmente, la gran locomotora chirrió aminorando la marcha y se paró. Había llegado a su destino sin ningún percance y todos estaban contentos. Abonim aún tenía lágrimas en los ojos cuando se despidió de la amable señora que había estado sentada a su lado en el viaje. Pero ella nunca supo por qué él había estado llorando.

Descendió del tren y miró a su alrededor. Ahora tenía que encontrar el muelle y tomar el barco para Japón. Le preguntó a un hombre — ¿Dónde está el barco que va a Japón? — El hombre le indicó que fuera por la izquierda. Cogió su maleta y caminó el largo trecho que le separaba del puerto. Allí estaba el barco que esperaba a que los pasajeros embarcasen. Abonim subió junto con otros pasajeros que viajaban a Japón. Después de un ruidoso y polvoriento viaje en tren, en el barco se sentía mucha paz y tranquilidad. El mar estaba en calma y Abonim se despidió de Corea, su hogar, y navegó por el mar rumbo a Japón.

En su corazón Abonim pensaba — Debo trabajar en Japón para que algún día los coreanos y japoneses puedan ser como una sola familia, no como enemigos — Pensando sobre esto, Abonim se sentó al lado de su maleta. Mientras el barco se deslizaba suavemente por el agua a la luz de la luna, el suave balanceo del barco hizo que Abonim se durmiera profundamente. Dios lo observaba con amor, pues sabía que su trabajo iba a ser muy duro.

Cuando el barco entró en el puerto en Japón, el sol estaba ya brillando. Abonim estaba de pie en la cubierta, despierto, excitado y ansioso de experimentar la vida en su nuevo hogar.

Abonim era un joven muy inteligente. Sabía muy bien lo que hacer para que todo saliera bien. Así que había decidido ir a una universidad famosa en Japón llamada Universidad Waseda. Empezó a estudiar ingeniero electrónico. Cada día iba a clase y estudiaba con sus compañeros. Pero a Abonim no se le permitía hablar de Dios en Japón. Nadie sabía la verdadera razón por la que estaba allí. Muchas veces, sus compañeros le trataban despectivamente. A veces los chicos decían — Ahí va ese coreano de nuevo — A menudo se sentía muy solo.

Abonim siempre encontraba la manera de hacer amigos. Tenía talentos en muchas cosas, en los juegos y en el trabajo, así que los demás a menudo se reunían a su alrededor. A veces le dirigían la palabra porque admiraban lo fuerte que era.

Abonim sentía compasión por la gente pobre, sufriente y solitaria. Cuando se sentaba en el tren al lado de un anciano o anciana, nunca pensaba que eran viejos y feos. Pensaba que podrían ser sus abuelos y les trataba con cariño. A la mayoría de la gente joven no les gustan las personas ancianas y prefieren pasárselo bien con sus amigos, pero a Abonim le gustaba escuchar las historias que le contaban los abuelos y él también les hablaba de su casa. Sabía que el corazón de Dios estaba más cerca de los más pobres, de los más triste y los más solitarios.

Un día cuando Abonim estaba caminando por la calle, vio a un grupo de mendigos al otro lado de la carretera. Abonim antes había pensado en lo pobre que eran los coreanos, así que ahora también sintió pena por los pobres japoneses. Se dijo a sí mismo — Iré a ver a estos mendigos y cuidaré de ellos.

Abonim volvió a su habitación y cogió arroz. Los mendigos estaban sentados en medio de la suciedad y extendían la mano pidiendo algo de dinero o comida a cualquiera que pasara por la calle. Cuando vieron a Abonim sus ojos incluso parecían más hambrientos. Estaban esqueléticos y sucios. Tenían el pelo largo y enredado. Abonim se acercó ellos y les dijo — Aquí os he traído un poco de arroz — Debido a que estaban hambrientos, agarraron el arroz y se lo comieron rápidamente. Uno de ellos levantó la mirada y le dijo a Abonim — Arigato gosiamas —Esto significa "gracias" en japonés. Estaban muy sorprendidos que un estudiante coreano fuera amable con ellos.

Así Abonim se convirtió en su amigo. A menudo les llevaba arroz. Un día les sorprendió sacando unas tijeras y diciéndoles — Hoy voy a cortaros el pelo — Uno a uno se sentaron en una caja y pronto el suelo estaba lleno de mechones de pelo sucios. Uno le dijo agradecido — Ahora me siento de nuevo como un ser humano — Este comentario hizo sonreír a Abonim.

Cuando Abonim terminó se sentó en una caja de madera con ellos. Le contaron cosas sobre sus familias. Abonim les dijo que no importaba el hecho de ser coreano o japonés — Somos todos una única familia — les explicaba. ¡Estaban tan sorprendidos de oír esto!

Al cabo de muy poco tiempo, llegaron a querer a Abonim muchísimo. Era algo digno de ver, cuatro mendigos japoneses y un estudiante coreano charlando y riéndose juntos. En ocasiones, Abonim tenía que estudiar para un examen y dejaba varios días de ir a verlos. Esos días estaban muy aburridos, se pasaban todo el día esperando a Abonim — ¿Dónde estará el joven Moon? — se preguntaban — Le echamos de menos — Siempre se acordaban del joven coreano que les llenaba de alegría sus corazones y también sus estómagos. Sus países eran enemigos, pero ellos se querían porque eran seres humanos. Abonim lo había aprendido en la montaña; todos los hombres son hijos de Dios.

 

12. Abonim trabaja de carbonero en Japón

por Nora Spurgin


Para poder estudiar en la universidad en Japón, Abonim llevaba una vida muy dura. Tenía que comprar los libros y pagar su alquiler. También tenía que pagar su manutención, así que no tenía más remedio que ganar dinero para comprar todas estas cosas. A menudo, cuando buscaba trabajo, el patrón le miraba y le decía — Tu eres coreano. No puedo darte el trabajo — Así, muchas veces fue tratado como un siervo.

Un día encontró un trabajo que consistía en descargar carbón de un barco y transportarlo al almacén. Abonim tenía que cargar con pesados sacos de carbón. Acababa agotado y negro por el hollín. La mayoría de la gente no quería este tipo de trabajo pesado y sucio. Cada vez que Abonim subía una calle empinada con un saco de carbón en la espalda, la gente se reía de él. Los niños le señalaban gritando — ¡Mirad a ese hombre negro! — Abonim apretaba los dientes y continuaba adelante. Le decía a Dios — Padre Celestial, estoy haciendo esto para traer Tu amor a Japón. Pero ellos no lo saben. Por favor, ayúdame a amar a esta gente.

Abonim quería ganar dinero en poco tiempo, porque tenía muchas cosas que hacer. Tuvo una idea brillante. Si se trabajaba en equipo para transportar el carbón, se podría acabar en poco tiempo. Abonim corrió a ver a sus amigos — Escuchad, chicos. He encontrado un trabajo de descargar carbón ¿Por qué no trabajamos en equipo? Así haremos el trabajo rápidamente y todos podremos ganar mucho dinero — Sus amigos estaban de acuerdo — Si, hagámoslo — Todos fueron al muelle y comenzaron a descargar los pesados sacos. Trabajaron todo el día.

Pronto estaban cubiertos de polvo negro. El sudor les corría por la cara haciéndoles dibujos — Uf, este trabajo es duro — dijo uno — Claro que sí — contestó otro — Pero, trabajando juntos, podemos acabarlo más rápidamente que si lo hiciera Sun Myung sólo.

Oscurecía y continuaron la tarea. Trabajaron toda la noche. Amaneció y continuaron trabajando el día siguiente. Abonim continuamente los animaba, dándoles coraje para seguir adelante. Finalmente, llevaron el último saco de carbón al almacén. Abonim, junto con su pequeño grupo de compañeros, con las caras negras y llenas de chorreones de sudor, andando a duras penas fueron a ver al patrón — Hemos venido para recibir nuestra paga — le dijo Abonim —¿Qué? —respondió el patrón — ¿Cómo habéis terminado tan rápido? Normalmente se tarda más de una semana, ¿no será un truco? — Pero todos los sacos de carbón habían desaparecido del muelle y estaban bien amontonados en el almacén.

El patrón moviendo la cabeza dijo — No puedo creerlo, pero, bueno, aquí tenéis la paga — Abonim y sus amigos se la dividieron contentísimos. Luego cada uno se fue a su casa con un paquete de billetes en el bolsillo. Abonim estaba terriblemente cansado, pero antes de echarse a dormir, agradeció a Dios el poder tener dinero para comprar comida para muchos días y así tendría tiempo para hacer cosas más importantes.

Debido a que el transportar carbón era un trabajo muy sucio, en Japón sólo la gente pobre estaba dispuesta a hacer este trabajo. Abonim comenzó a trabajar en una empresa de carbón. Suministraba el carbón a las casas para pasar todo el invierno. De esta manera ganaba suficiente dinero para pagar sus gastos.

Una fría noche Abonim iba a entregar una carga de carbón a la última casa de su ruta. Era un edificio grande, hacía un tiempo helado y Abonim estaba deseando volver a su habitación para calentarse. Cuando estaba esperando en la puerta, estaba pensando — ¿Por qué la gente tiene que ser tan pobre? Dios deseaba que disfrutásemos de la creación y sintiésemos alegría. Por culpa de Satán la gente es muy pobre y miserable — Estos pensamientos hacían que Abonim se enfadara mucho contra Satán. Entonces, el encargado del edificio salió a la puerta. Tenía una cara agradable. Después de recibir la carga, cuando le estaba pagando el carbón, sacó de su bolsillo un dinero extra y le dijo a Abonim — Esto es para ti — Abonim se quedó muy sorprendido y contento. Por lo general, en Japón no lo habían tratado con amabilidad debido a que era un coreano.

Esa noche cuando Abonim hizo sus oraciones, le agradeció a Dios que una persona japonesa hubiera sido generosa con él — A causa de este buen hombre, me será más fácil perdonar a todos los japoneses que no han sido amables — Luego Abonim fue a dormir con el corazón más feliz y en paz.

Hubo otra persona que fue muy buena con Abonim en Japón. Era su casera. El alquiló una pequeña habitación en su casa. Cuando Abonim volvía de clase, siempre le daba la bienvenida. Abonim la saludaba y le contaba las cosas que le habían pasado ese día. Amaba a Abonim como si fuera su propio hijo. Nunca supo que Abonim era un hijo especial de Dios, que tenía la misión de ser el Mesías. Abonim siempre recuerda su amabilidad. A causa de ella, Abonim podía perdonar más fácilmente a las personas que le trataban mal durante el día ¡Así que en una nación de enemigos pudo encontrar amigos!

Todos somos hermanos y hermanas porque Dios es el padre de todos, aunque parezca que seamos enemigos. El amor y la amabilidad pueden convertir a los enemigos en amigos.

 

13. Ha nacido una princesa

por Linna Rapkins


En la misma provincia de Corea del Norte donde nació Abonim, una mujer joven, llamada Soon Ae Hong estaba a punto de tener su bebé. Vivía en casa de sus padres. Aquella tarde estaba sentada en un pequeño taburete preparando mandu, una especie de empanadillas de carne, para la cena. Tenía un hermano, pero se había ido de casa y nadie sabía donde estaba. Su propio marido también se había marchado, así que sólo quedaban en casa ella y sus padres. Mientras hacía las empanadillas de carne picada mezclada con vegetales, sus pensamientos volaron hacía los recuerdos de sus años jóvenes.

— Mi madre era una buena cristiana, siempre me decía que pronto iba a venir el Señor — pensaba para sí — Todavía no me he encontrado con el Señor, pero siento que algo está ocurriendo. Soon Ae había pertenecido ya a varias Iglesias que esperaban al Señor de la Segunda Venida. La primera fue la "Orden del Santo Señor" de la Sra. Song Do Kim.

— Era sólo una adolescente — recordó ella — pero, ¡cómo cambió mi vida en aquel tiempo! Fueron tan bonitos todos aquellos años ¿Cuántos fueron, trece, catorce? No, fueron quince años — Ahora Soon Ae tenía 30 años.

Una sonrisa vino a sus labios — Me encantaba que la gente llamara a la Sra. Kim Kamsa Jalmoni —. Cuando venían a la Iglesia de Kim Jalmoni, casi siempre tenía maravillosas experiencias espirituales. Entonces, todos se inclinaba una y otra vez diciéndole — Kamsa Jamnida, Kamsa Jamnida (En coreano, significa gracias) —. Luego, comenzaron a llamarla Kamsa Jalmoni, que significa algo así como "Gracias Abuela". Todos la querían mucho y vinieron muchos de todas partes de Corea para asistir a los cultos de su Iglesia.

Mientras hacía el mandu, Soon Ae hablaba en voz alta — Kim Jalmoni, ¿cómo aprendiste todas las cosas que sabías? Tuviste muchas revelaciones, ¿no? Nos enseñaste que Jesús no vino para morir tan joven, sino para destruir a Satán y construir un mundo de amor. Además, nos dijiste que el Señor vendría de nuevo y que no vendría Jesús mismo, como todo el mundo piensa. ¡Nacería en Corea como un hombre!

Con frecuencia, Soon Ae pensaba en ello con alegría, pero también con impaciencia — ¿Dónde está el Señor, Kim Jalmoni? ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar? Si pudiera leer todos tus mensajes — continuaba pensando Soon Ae mientras ponía agua sobre el arroz y lo colocaba en el fuego. Ella sabía que Kim Jalmoni había escrito todos sus mensajes en doce rollos de papel, de ocho pies cada uno, pero unos parientes suyos los habían quemado para que los japoneses no pudieran encontrar ninguna prueba en contra de ella.

¿Podéis creer que alguien deseara hacer daño a una señora tan querida por todos? Sí, los japoneses que dominaban Corea, habían oído que ella había dicho que Japón pronto sería derrotada en la guerra y esto no les hizo ninguna gracia.

Fue un día trágico, el día que Kim Jalmoni fue arrastrada a prisión para ser interrogada. Los cientos de personas que asistían a su Iglesia no pudieron hacer nada por ayudarla. Fue interrogada y torturada durante 100 días. Fue algo terrible. Siempre que pensaba en esto, Soon Ae sentía un dolor profundo en su corazón. Los soldados no pudieron probar nada, así que tuvieron que dejarla partir, pero aquella buena señora de 62 años se debilitó de tal manera por el maltrato recibido que pronto enfermó y murió. Esto fue también el fin de su Iglesia.

— Es tan triste — sollozaba Soon Ae mientras freía el mandu —Mucha gente sufrió mucho para preparar la venida del Señor y al final murieron sin poder verlo. Yo deseo, más que cualquier otra cosa del mundo, poder encontrarme con el Señor. Sería una alegría inmensa poder cocinar para él.

Mientras cogía las empanadillas de la satén con largos palillos de madera, sus pensamientos se dirigieron a una de las discípulas de Kim Jalmoni, la Sra. Hyo Bin Ho. Cuando ya había muerto Kim Jalmoni, ella comenzó a recibir revelaciones que le decían que deberían prepararse para el Señor; que el Mesías nacería pronto en Corea.

Pero, había una diferencia. Cuando la Sra. Ho oraba, su vientre comenzaba a moverse mucho, como si un bebé estuviera bailando dentro. La Sra. Ho pensó que esto era una señal de que el Señor de la Segunda Venida nacería del vientre de una mujer. Era la forma que tenía Dios de decir que el nuevo Mesías nacería de una mujer, igual como nació Jesús. Ella vivía en Pyongyang. A medida que la gente se reunió a su alrededor, fueron conocidos como la "Iglesia del Vientre." Su marido le habló a Soon Ae de las revelaciones de su esposa, así pues, se unió también a aquella iglesia.

Jesús le había pedido a la Sra. Ho que hicieran ropa para él y para el Señor de la Segunda Venida. Así que Soon Ae comenzó a ir a Pyongyang a ayudar a la Sra. Ho a hacer ropa para Jesús, desde la talla de un bebé hasta la edad de 33 años. Naturalmente, Jesús hacía ya muchos años que había ido al mundo espiritual, pero su corazón siempre había estado lleno de sufrimiento. El nació como el Rey de Reyes, sin embargo, desde su nacimiento fue muy pobre y nunca tuvo nada para ponerse. Pasó mucho frío y mucha hambre.

— ¡Pobre niño Jesús! — Suspiraba Soon Ae, recordando cómo nació Jesús — Sólo tenía harapos para cubrir su cuerpecito después de nacer en aquel frío establo. ¡Sólo con la ayuda de Dios pudo sobrevivir!

Más tarde, la Iglesia de la Sra. Ho empezó también a preparar ropa para el Señor de la Segunda Venida. De hecho, esperaban encontrarle pronto. No querían que tuviera que vestirse con harapos, como Jesús. Deseaban prepararle una ropa adecuada para un Rey.

— Tan pronto como tenga el bebé, iré de nuevo a ayudar a la Sra. Ho — se prometió a sí misma — ¡Hay tanto que hacer! — Pero, de momento estaba en casa de sus padres, en Anju, un pueblo de la provincia de Pyongan Nam Do.

Mientras descansaba un poco para aliviar el dolor de su espalda, se sentía muy agradecida a sus buenos antepasados. Gracias a ellos, podía comprender ahora estas cosas. Gracias a las cosas buenas que ellos hicieron, Dios podía trabajar a través de ella. Nadie le había explicado esto, simplemente lo sentía en su corazón.

— ¿No es interesante — pensó — que yo sea la única hija en mi familia, y que mi madre sea la única hija en la suya, y que la abuela fuera también hija única? Me pregunto cuál será el significado — Mientras, escurría el aceite del mandu.

Entonces, sus pensamientos se dirigieron a cosas más recientes. Había conocido a un joven llamado Han. El pertenecía a otro grupo que también esperaba al Señor. Este joven había recibido una revelación que le decía — Debes casarte con la hija de Yoo-il Hong, si tienes un niño será el rey del universo, y si es una niña será la reina del universo.

Se habían casado y ella ahora estaba a punto de tener su bebé. Siempre que pensaba en su marido, las lágrimas le corrían por las mejillas. Sus padres le querían mucho. Debido a que su hijo se había ido de casa, le pidieron a este joven que se convirtiera en su hijo.

— Por favor, permítenos que te adoptemos — le dijeron.

Pero el joven Han era muy orgulloso. ¿Cómo iba a permitir ser adoptado por la familia de su esposa? Un día desapareció y no volvieron a verle más.

— Bueno, cuando el bebé nazca, volverá — pensaba ella esperanzada. Se puso la mano en el vientre y sintió una leve tensión en los músculos. Pero pronto desapareció.

Al día siguiente, a las cuatro y media de la tarde, cuando el sol invernal se reclinaba en el horizonte, se escuchó el llanto de un bebé en la casa de los Hong.

— ¡Es una niña! — exclamaba la partera. Según el calendario lunar, el que se usaba normalmente en Corea, era el 6 de Enero de 1943. La nueva madre había olvidado, por el momento, que su niña sería la reina del universo. Sólo se sentía muy feliz. Era para ella simplemente una niña hermosísima. Después de contemplarla con los ojos amantes de una madre, dio de mamar de su pecho a la pequeña princesa.

Cuando el sol se ocultó detrás de los árboles y la madre descansaba, la abuela le trajo una taza de sopa de algas bien caliente. Todas las madres coreanas saben que esto es lo que sus hijas deben tomar después de tener un bebé. Luego, se comparte la sopa con toda la familia.

Mientras se incorporaba para tomarse la sopa, le dijo a su madre — Omma (Mamá, en coreano) la llamaremos Hak Ja, que significa "Garza Blanca," será una niña hermosa y dulce — La abuela sonrió y salió de la habitación.

De repente, se sobresaltó tanto que casi se derrama la sopa encima. ¡Había alguien en la habitación! Vio una silueta oscura, fea y maloliente. Estaba aterrorizada. Cuando empezó a hablarle, se dio cuenta estremecida que debía de ser Satán. No sabía que hacer.

— ¡Soon Ae Hong! — le gritó amenazante — debes matar a tu hija esta noche. Si esta niña vive el mundo tendrá un grave problema — Ella, temblando, dejó la taza a un lado y agarró con sus brazos a su bebé.

— Pero, ¿por qué tengo que matar a mi hija? — gritó mientras la abrazaba con fuerza en su pecho. Satán sólo tuvo tiempo de echarle una mirada siniestra antes de que entrara de nuevo la abuela en la habitación.

— ¡Dios mío! ¿qué te ha ocurrido? — exclamó la abuela cuando vio a su hija, con la cara pálida de miedo, abrazando con fuerza a su bebé contra su pecho. Se inclinó a su lado y comenzó a acariciarle el pelo, tratando de tranquilizarla.

— ¿Qué te ha pasado? — insistía la abuela. La oscura figura había desaparecido. Aún temblorosa y pálida, le explicó lo ocurrido —Satán ha estado aquí, y me dijo que matara a mi hija.

La abuela no sabía que decirle, simplemente continuó acariciándola con cariño — Bueno, bueno, no debes preocuparte ahora. Ya ha pasado todo, sólo ha sido una pesadilla — la consolaba así, aún sabiendo que no había sido un sueño.

Soon Ae estuvo preocupada toda una semana — ¿Qué significa esto? ¿Estamos en peligro? ¿Qué tengo que hacer? — Cada día oraba y meditaba sobre lo que le había ocurrido, sin poderse quitar la angustia de encima.

Siete días más tarde, mientras descansaba en su habitación, otra figura se le apareció. Esta vez era el espíritu de Kim Jalmoni. Inmediatamente, sintió a su alrededor una atmósfera cálida y luminosa, confortable y amorosa. ¡Qué diferencia tan grande con la otra aparición!

— Mi querida Soon Ae — le dijo Kim Jalmoni — he venido para asegurarte que Hak Ja Han es la hija de Dios. Ella llegará ser la reina del universo. Dios es Su padre, tu sólo la estás cuidando en Su lugar. Debes considerarte como si fueras su niñera, no como su madre — Entonces, desapareció.

— Gracias, gracias — respiró Soon Ae tranquila. Ahora ya sabía que Satán la había mentido, que había tratado de engañarla porque no quería que "su" mundo tuviera serios problemas. Guardaría siempre aquellas palabras en su corazón y cuidaría muy bien de su niña, mejor dicho, de la pequeña princesa de Dios.

Tan pronto como se recuperó, cumpliendo su promesa, Soon Ae volvió Pyongyang a trabajar con la Sra. Ho. Mientras que la pequeña niña se quedaba en casa con su abuela, ella confeccionaba la ropa para el Señor que estaba por venir.

No sabía que ya había nacido en la misma provincia que nació su hija. Tampoco sabía que ya tenía más de 20 años y que pronto vendría a Pyongyang. Y, menos aún, que su hija estaba destinada a ser su esposa.

La madre de Omonim fue una devota sierva del Señor. Gracias a sus méritos y a los de sus antepasados, pudo nacer de ella esta hija tan importante para Dios.

 

14. El dolor de una madre se convierte en alegría

por Barbara Pavey


En el año 1944, cuando aún no había acabado la 2ª Guerra Mundial, Abonim estaba todavía en Japón. Había estado estudiando en la universidad y trabajando allí por varios años. Entonces llegó el tiempo de volver a Corea.

La situación en aquel tiempo de guerra era muy peligrosa, pues habían muchas batallas y bombardeos. Nunca sabías si te ibas a encontrar en medio de una batalla o ser alcanzado por la explosión de una bomba. A pesar de todos los peligros Dios quería que Abonim regresara a Corea en aquel tiempo. Abonim amaba a Dios sobre todas las cosas, así que estaba dispuesto a seguir Sus instrucciones, aunque pusiera en peligro su vida.

Durante el tiempo que Abonim estuvo en Japón, su madre, que le amaba muchísimo, pensaba en él día y noche. Siempre se preguntaba qué estaría haciendo y cuándo volvería a Corea. Abonim también amaba a su madre profundamente. Por ello, cuando llegó el tiempo de volver a casa, le mandó un telegrama diciéndole cuando arribaría su barco y el lugar exacto donde desembarcaría.

Su madre se puso muy contenta cuando recibió el telegrama. ¡Por fin su querido hijo regresaba a casa! Había estado orando por mucho tiempo por su vuelta, así que apenas podía creerse que finalmente había llegado el momento.

De repente, unos días más tarde de recibir el telegrama, su alegría se convirtió en lágrimas. ¡Recibió una terrible noticia! El barco dónde viajaba Abonim fue alcanzado por un torpedo y se había hundido. Su corazón quedó hecho pedazos y todo lo que podía pensar era en ir al puerto donde el barco debería haber llegado, pues quizás habría supervivientes. Se dirigió a la puerta y corrió camino abajo. Recorrió muchos kilómetros corriendo por los campos de Corea. No se daba cuenta que tenía hambre y estaba sedienta. Ni siquiera advirtió de que se había olvidado de ponerse los zapatos. No sentía el dolor al andar descalza ni cuando pisaba guijarros puntiagudos. ¡Corrió descalza desde su casa hasta el puerto!

Lo único en lo que podía pensar era su hijo. ¿Qué posibilidades habría de que hubiera sobrevivido? ¡Probablemente habría muerto! Para una madre que amaba tanto a su hijo, este era el pensamiento más terrible. Estaba totalmente desecha por el dolor.

Las madres aman a sus hijos más que a sus propias vidas. Ella demostró realmente que tenía esta clase de corazón. Finalmente llegó al puerto, cojeando y con la mano en el costado. Esperó por noticias. Preguntaba a todo el mundo que se encontraba si habían habido supervivientes. No había respuestas.

Entonces, ¡tuvo una gran sorpresa! Alguien le dijo que Abonim no estaba en el barco que había sido hundido. Debido a que Abonim era tan importante para que Dios realizara Su Voluntad, Dios le protegió y por alguna razón Abonim cambió de barco en el último momento. Por lo tanto, llegó sano y salvo al puerto en el siguiente barco.

Cuando su madre le vio bajar por las escalerillas del barco, en ese momento, era la madre más feliz de todo el mundo. Podéis imaginaros lo feliz que estaba cuando divisó a su hijo vivo y con buen aspecto. Daba saltos y lloraba de alegría. El corazón de Abonim estaba conmovido al ver cuánto le amaba su madre y al abrazarla con ternura, lloró con ella.

Hasta una semana más tarde no se tranquilizó de la excitación de ver de nuevo a su hijo sano y salvo en casa. Fue entonces cuando advirtió que tenía una profunda herida en la planta del pie. Estaba hinchada e infectada, pero a ella no le importaba esto. Se pasaba todo el día sonriendo y cantando. Aquello le enseñó a Abonim una lección que nunca olvidaría: que el amor de un padre o una madre es el amor más grande de todos. No pudo nunca olvidarse de como ella corrió descalza tantos kilómetros porque temía que habría muerto.

Abonim se imaginó que dado que Dios es nuestro Padre, Su amor debe ser así; incluso más grande porque es el Padre de todos Sus hijos perdidos. Siempre que alguien está herido, perdido o con problemas, Dios desea correr a ayudarle porque es Su hijo. Dios no tiene un cuerpo, así que necesita que haya gente en la tierra que haga esto en lugar Suyo.

Viendo el amor de su madre, Abonim se determinó más profundamente a ayudar a Dios a salvar a Sus hijos perdidos. Debido a tener este tipo de corazón, Dios ha protegido a Abonim de muchos peligros.

Abonim amaba a su madre mucho, pero amaba aún más a Dios.

El amor de los padres por sus hijos es tan fuerte que no se dan cuenta del propio dolor cuando están buscando a sus hijos perdidos. Todo lo que les preocupa es encontrar a ese hijo sano y salvo. Dios siente de la misma manera por toda la gente, ya sea en este mundo o en el mundo espiritual.

 

15. Corea consigue la independencia: Dios prepara a Corea para recibir al Mesías

por Miguel Cano


Con la derrota de Japón en la 2ª Guerra Mundial, el 15 de Agosto de 1945, Corea por fin fue liberada de la opresión japonesa. Todos los coreanos ese día salieron a la calle llenos de júbilo, gritando y bailando de alegría, dando gracias a Dios por su liberación.

Abonim, que estaba en ese tiempo trabajando en Seúl, participaba de esta alegría general de los coreanos, pero sabía que este día tenía un significado más profundo para los planes que tenía el Padre Celestial para Corea.

Dios había escogido hacía ya tiempo a Corea para que fuera la nación donde nacería el Mesías. Para preparar a Corea para recibir al Mesías, Dios había hecho que muchísimos coreanos se convirtieran al cristianismo. Pero Satán, conociendo los planes de Dios, trató de oprimir esta nación y destruir a los cristianos. Así, durante los 40 años que duró la ocupación japonesa, los japoneses persiguieron a los cristianos, les obligaron a adorar a Shinto, un dios japonés, y si se negaban, los torturaban, los encerraban en la cárcel y los mataban.

Durante este tiempo los cristianos y en general todos los coreanos sufrieron mucho. Jesús se apareció a muchos buenos cristianos diciéndoles que perseveraran y tuvieran fe. Les dijo que el Mesías nacería en su país, que Corea era el nuevo Israel, la nueva nación escogida de Dios, que serían liberados de los japoneses y luego se encontrarían con el Mesías. Algunos de estos cristianos fundaron nuevas Iglesias que reunieron a muchos que oraban y se preparaban con la esperanza de encontrarse con el Mesías.

Hasta aquel momento Abonim había guardado en su corazón lo que Jesús le había contado cuando se le apareció, pero ahora después de la liberación de Corea, sabía que era el tiempo de darse a conocer a aquellas Iglesias cristianas preparadas. El Padre Celestial esperaba ansiosamente que los coreanos pronto experimentaran una alegría mucho mayor, la de encontrarse con Su hijo amado y juntos construir el Reino de Dios, que es un reino de paz, felicidad y amor eterno.

Incluso antes de la liberación Abonim estuvo trabajando para unir a todos los cristianos, empezando con las iglesias cristianas que había sido preparadas por Dios y Jesús.

En el mes de Noviembre de 1945, Abonim se encontró con una comunidad cristiana llamada "El Monasterio de Israel". Su fundador, el Sr. Paek Mun Kim, había recibidos muchas revelaciones. Jesús le había pedido que fundara un seminario para educar y preparar a los discípulos para el Mesías. Eran ya más de mil miembros, cada día oraban y se purificaban, arrepintiéndose de sus pecados y preparándose para ayudar al Mesías a construir el Reino de Dios. El Sr. Kim tenía la misma misión que Juan Bautista de preparar el camino para Jesús.

Abonim, que en aquel tiempo era un joven desconocido, ingresó en la comunidad. No habló con nadie de su misión, sino que adoptó una actitud muy humilde de servicio y amor a los demás. Se sentaba siempre en el último lugar, se ofrecía voluntario para limpiar la iglesia y hacer los trabajos más humildes. Sin embargo, Dios comenzó a obrar milagros. Muchas de las seguidoras devotas del Sr. Kim, que hasta aquel momento le amaban y respetaban como si fuera Jesús mismo, tenían sueños en los que se les decía que aquel joven Moon era alguien muy importante y que debían seguirle. Abonim, mientras tanto, oraba profundamente por todos los miembros de la comunidad.

Pasaron seis meses. Era domingo y todos estaban reunidos. El Sr. Kim estaba dando el sermón del servicio dominical, cuando, de repente, su cara se iluminó por una extraña luz. Paró de hablar y se quedó por un momento con la mirada elevada hacia el cielo, como si estuviera viendo algo maravilloso. Después de unos segundos, volviendo en sí, el Sr. Kim dijo en voz alta — ¡Joven Moon, acércate! — Abonim, que, como siempre estaba sentado en los últimos lugares, se levantó y se dirigió al púlpito donde se encontraba el Sr. Kim. Cuando llegó frente a él, el Sr. Kim le dijo con una voz solemne — ¡Arrodíllate! — Luego posó sus manos sobre la cabeza de Abonim y como si estuviera inspirado por el cielo exclamó con una voz potente — ¡Sun Myung Moon, poseerás la gloria y sabiduría del Rey Salomón y todo el mundo se rendirá ante ti!

Un gran estremecimiento sacudió a todos los presentes. Muchos se preguntaban — ¿Quién será este joven? ¿No será el Mesías? — Más aún que antes muchos miembros empezaron a sentirse cada vez más atraídos hacia Abonim.

Mientras Abonim volvía a su sitio, el Sr. Kim recuperó totalmente su consciencia. Durante unos días se sentía muy contento e inspirado por la revelación que había tenido. Pero pronto le vinieron dudas — ¿Cuál era el significado de aquella revelación? — se preguntaba a sí mismo — ¿Significaba que aquel joven Moon era el Mesías? — En vez de orar a Dios pidiéndole una aclaración o preguntarle a Abonim su opinión, el Sr. Kim empezó a juzgar a Abonim humanamente — ¿Cómo es posible que éste joven sea el Mesías? Yo tengo más experiencia y conocimientos que él. Puede ser que esta revelación signifique otra cosa.

Además, el Sr. Kim se sentía celoso de Abonim, porque sus discípulos, que hasta entonces lo amaban y veneraban mucho, ahora querían más a aquel joven recién llegado. Sentía como si Abonim le estuviera robando el amor de sus discípulos.

Pero no podía negar la revelación que recibió delante de todos. También, los miembros estaban un poco confundidos no sabiendo si Abonim era el Mesías o no. Así que un domingo, el Sr. Kim volvió a llamar a Abonim delante de todos y les dijo — Este joven es alguien muy importante. Debéis respetarle tanto como a mí.

No quiso reconocer a Abonim como el Mesías que estaban esperando porque tenía celos de él. No quiso convertirse en su discípulo y hacer que todos los demás siguieran a Abonim, porque no quería dejar de ser el jefe. Fracasó como Juan Bautista que había traicionado a Jesús.

El Padre Celestial y Jesús estaban muy tristes y apenados por esto, pues todos aquellos buenos cristianos que ellos habían preparado no pudieron reconocer a Abonim y unirse con él, a causa de la ignorancia del Sr. Kim. Aún así, había otras iglesias preparadas y Abonim siguió buscándolas con la esperanza de encontrar los colaboradores necesarios para unir a todos los cristianos y a la nación de Corea.

 

16. El mensaje va al norte: Abonim en Pyongyang

por Ken Weber y Linna Rapkins


Abonim tenía un mensaje para la humanidad. Dios quiere a todo el mundo y desea que todos vivamos juntos como una gran familia. Abonim vino a realizar lo que Jesús no pudo conseguir en vida, restaurar el Jardín del Edén sobre la tierra. Este mundo podría ser maravilloso si todos juntos cooperásemos con Dios y llegáramos a ser sus verdaderos hijos e hijas. Pero nadie comprendió este mensaje. Abonim sirvió y amó a la gente tratando de enseñarles lo que había aprendido del corazón de Dios. Trabajó mucho durante dos años en Seúl tratando de unir a las iglesias cristianas. Pero no pudo encontrar ni siquiera a una persona que se hiciera su discípulo y le ayudara. Alguien que se dedicara totalmente a cumplir la voluntad de Dios.

Oró y lloró por la gente por muchas horas y buscó una manera de ganarles el corazón. Pero se encontró con un obstáculo tras otro. Un día recibió una revelación de Dios — Ve al norte — Dios le dijo — Hay muchas Iglesias allí preparadas para recibir Mi Palabra — Abonim obedeció inmediatamente la orden de Dios.

El día 6 de Junio de 1946, emprendió el camino a pie. Dejando a las Iglesias del sur, marchó hacia el norte.

Eran tiempos difíciles para Corea. La 2ª Guerra Mundial había acabado y los japoneses se habían marchado, pero los soldados comunistas del ejército soviético invadieron la parte norte de Corea. Muy pronto aterrorizaron a la gente y trataron de acabar con la religión. Cerraron una Iglesia tras otra. Muchos cristianos fueron arrestados y desaparecieron sin dejar rastro.

Los soldados comunistas amenazaron a la gente diciéndoles — ¡Dios no existe, idiotas! ¡Debéis dejar de ir a la Iglesia! ¡Os mataremos si vais a la Iglesia!

Los coreanos tenían miedo de estos hombres terribles. Muchos ataban con sábanas todas sus pertenencias y cargándoselas a la espalda, dejaban su hogar, y abandonando todo lo que no podían llevar con ellos se escapaban hacia el sur. Los caminos y carreteras se llenaron de refugiados, que andaban portando pesados paquetes y con lágrimas en los ojos. Algunos de ellos tuvieron que abandonar a los familiares que, por edad o salud, no podían hacer el viaje.

Abonim caminaba hacia el norte. Sabía que era muy peligroso ir en aquella dirección, pero era allí donde tenía que ir. Dios se lo había ordenado. Además, allí había muchos cristianos que estaban esperando al Mesías. Mientras caminaba, se encontraba con miles de pobres coreanos yendo en la dirección opuesta. Le miraban extrañados y algunos le preguntaban —¿Por qué vas hacia el norte, joven? ¿No sabes que es peligroso? — Más tarde supo que más de 5 millones de personas habían huido abandonando sus hogares para escapar de los comunistas. Abonim lloró por ellos, pero no dio media vuelta para regresar al sur temiendo por su vida, sino que continuó hacia el norte.

Por fin, Abonim llegó a Pyongyang. En aquella ciudad había muchas Iglesias. Después de que los japoneses se hubieron marchado, los coreanos reconstruyeron rápidamente sus iglesias en ruinas, para así poder celebrar de nuevo juntos sus cultos. Era una ciudad tan espiritual que la llamaban la "Segunda Jerusalén".

Cuando los soldados comunistas vinieron, trataron de impedir que los cristianos asistieran a las Iglesias, pero éstos amaban tanto a Dios y a Jesús, que los comunistas no tuvieron éxito. Cada domingo, a las 5 de la mañana, las campanas sonaban por toda la ciudad. A esta hora tan temprana se reunían en las Iglesias para orar. A veces había hasta 12.000 personas congregadas y orando al unísono. Muchos tenían que quedarse de pie fuera de las Iglesias porque no había suficiente sitio dentro. Ni el frío ni la nieve les impedían quedarse.

Abonim se alojó en una pequeña habitación en casa de una familia cristiana. Sin perder tiempo, empezó a ir a las Iglesias para encontrarse con los cristianos. Invitaba a las personas a su pequeña habitación, donde les enseñaba acerca de nuevas revelaciones de Dios. Muy pronto, se propagó la voz y muchos cristianos vinieron a oírle hablar. Muchas de estas personas eran señoras mayores que había sido guiadas hacia Abonim por revelaciones del mundo espiritual. Una y otra vez, hora tras hora, día tras día, Abonim enseñaba con su pequeña Biblia, que estaba ya gastada por su constante uso.

Había una tal Sra. Kim, que venía muchas veces. Durante toda su vida había anhelado que volviera Jesús. Amaba a Jesús muchísimo y tenía la firme creencia de que vendría a Corea. Pero tenía muchas preguntas que nunca se las contestaban en su Iglesia. Cuando oyó hablar a Abonim por primera vez, todas sus preguntas recibieron respuestas. De repente, le invadió un calor muy grande y su corazón empezó a latir más deprisa. Las palabras de Abonim le hacian vibrar todo el cuerpo — ¡Es la verdad! ¡Es la verdad! — exclamaba con una gran excitación. Después del encuentro corrió a ver a todos sus amigos y familiares diciéndoles que fueran a escuchar a este hombre.

Llena de alegría, compartió estos sentimientos con su marido. Pero a él no le hizo ninguna gracia — No estoy interesado en esa persona — le respondió — Y no quiero escuchar lo que dice, ¡olvídate de él!

La Sra. Kim esperaba que sus sentimientos podrían cambiar, así que trataba de ganárselo. Ella lo intentaba de todas las maneras posibles, mantenía la casa muy limpia y le preparaba buenas comidas. Le servía y le daba las mejores atenciones. Sin embargo, su marido tenía sospechas y sentía celos porque ella continuaba visitando a Abonim.

— ¿Por qué vas a la habitación de ese hombre? ¿Es que te has enamorado de él? ¡Creo que está tratando de separar a todas las esposas de sus maridos! — Se reunió con otros maridos, cuyas esposas iban también a escuchar a Abonim, y buscaron una forma de acabar con las charlas de Abonim — Es un hereje — les dijo a todos — Debemos echarlo de la ciudad — Pero, Abonim continuó dando testimonio y enseñando la verdad.

Sólo al cabo de muchos años este hombre pudo cambiar de actitud. Después de observar a su esposa durante mucho tiempo y ver la fe y el amor tan grande que siempre tenía, finalmente se arrepintió. Ayudó a Abonim y animó a sus hijos a entrar en su Iglesia.

Mientras tanto, la Sra. Kim dio testimonio a su sobrino que tenía 18 años. Acababa de terminar la escuela superior cuando fue a casa de su tía, para pedirle consejo acerca de lo que debería hacer en la vida. Respetaba mucho a su tía, así que cuando le dijo que fuera con ella a escuchar el mensaje de Abonim, obedeció sin rechistar. Al día siguiente fue de nuevo. Y el siguiente también. Nunca hablaba o hacía preguntas porque era tímido y pensaba que no tenía mucha educación. Pero le gustaba estar allí porque sentía mucha paz cerca de Abonim. Abonim le miró y le dijo — Meditas mucho, ¿no es verdad? Pero necesitas concentrarte en una sola cosa — Se quedó muy sorprendido. ¡Era totalmente cierto! El nombre de esta persona era Won Pil Kim y llegó a ser el primer discípulo de Abonim. Era el mes de Julio de 1946, cuarenta días después de que Abonim llegara a Corea del Norte.

Cuando venía a escuchar a Abonim las primeras veces, en pleno mes de Julio, el tiempo era bochornoso y la habitación era tan pequeña que el calor era insoportable. Abonim siempre hablaba muy fuerte y con gran energía durante siete u ocho horas sin interrupción, desde el desayuno hasta la cena. No paraba ni siquiera para tomar un descanso para comer, y parecía que nunca estaba cansado. Cuando Abonim hablaba, en medio de este calor bochornoso, le chorreaba el sudor por todo el cuerpo. Siempre que terminaba de hablar, sus ropas estaban tan empapadas de sudor que parecía que a Abonim acababa de caerle encima un chaparrón. A veces, Abonim se quitaba la camisa y la retorcía con las manos para escurrir el sudor.

Won Pil Kim estaba maravillado — ¿Cómo es capaz de hacerlo? —se preguntaba a sí mismo — ¡Es tan fuerte y tan especial! — Así se determinó a ayudar a Abonim en todo lo que pudiera y ser un buen discípulo para siempre.

Won Pil Kim siempre estaba con Abonim cuando hablaba a la gente. Tomaba notas de todas las cosas que Abonim decía y las estudiaba una y otra vez hasta memorizarlas. Así podía llevar las palabras de Abonim en su corazón a dondequiera que fuera.

Aparte de enseñar a las personas que venían a su habitación, Abonim pasaba mucho tiempo en meditación y oración, especialmente los domingos. Antes de dar el servicio dominical, oraba durante varias horas. Después, todos juntos iban al campo y allí conversaban. Era la ocasión de hacer preguntas a Abonim para comprender mejor sus palabras.

— Won Pil — dijo un día Abonim — ¿Tienes alguna pregunta? Tu nunca me preguntas nada.

— No, Abonim — contestó Won Pil Kim.

— Quiero que recuerdes una cosa — siguió Abonim — Nuestro grupo es diferente de cualquier otro grupo en la historia — Won Pil Kim comprendió estas palabras más tarde, cuando se dio cuenta que Abonim era el Mesías para toda la humanidad.

A medida que venía más gente comenzaron a ocurrir cosas sorprendentes. Siempre que Abonim enseñaba la verdad de Dios, la gente se quedaba sentada como si estuviese pegada al suelo, sin apartar la vista de la cara de Abonim. Era como si no quisieran perderse ni una sola palabra. Entonces sentían como un calor en todo su cuerpo, como electricidad o fuego, sólo que no hacía daño sino, por el contrario, les hacía sentirse muy bien. Estaban tan excitados que se olvidaban de sus problemas y empezaban a arrepentirse por todas las cosas que habían hecho mal en sus vidas. Se arrepentían, lloraban, oraban y, después de un rato, era como si se hubieran librado de una gran carga. Se sentían liberados. Se ponían de pie y, como se sentían tan alegres y ligeros, comenzaban a bailar.

En las ciudades de Corea, las casas estaban muy cerca las unas de las otras. Las paredes eran muy delgadas y las puertas eran tan finas que por la noche se podía ver a través de ellas. Cuando los primeros seguidores de Abonim se reunían, oraban y lloraban, cantaban y bailaban. Hacían tanto ruido que todo el vecindario podía oírlos.

— ¿Quién es esta gente? — se preguntaban unos a otros — No lo sé, pero hay hombres y mujeres, y se quedan hasta muy tarde por la noche.

— Yo los he visto bailando todos juntos.

— Deben estar locos. Quizás son peligrosos.

A los vecinos no les gustaba que ocurriera algo así en su barrio, por ello, denunciaron a la policía al pequeño grupo de Abonim. A la policía comunista tampoco le gustaba Abonim. Pensaron que podría ser un espía de Corea del Sur, debido a que apareció de repente y no tenía ninguna identificación. También, la policía acababa de arrestar a todos los miembros de otra Iglesia, la llamada "Iglesia del Vientre", y pensaron que el grupo de Abonim actuaba de la misma manera.

En Agosto, apenas dos meses después de llegar a Pyongyang, Abonim fue arrestado y conducido a la prisión. Fue un tiempo muy, muy triste.

Abonim pagó un gran precio yendo al norte y enfrentándose al peligro. La iglesia comenzó a dar frutos debido a su sacrificio, pero después del éxito vino la persecución.

 

17. Un ejemplo de verdadero amor

por Esther Tanahashi


Eran los primeros días de nuestra Iglesia en Corea del Norte. Cuando Abonim comenzó a predicar la Palabra de Dios, mucha gente se reunía a su alrededor. Estaban profundamente conmovidos por conocer tantas verdades sobre el Padre Celestial y Su larga historia de sufrimiento.

En aquel tiempo había una señora, llamada Lee, que se convirtió en una fiel discípula de Abonim. Nuestra Iglesia era pequeña y humilde, pero siempre estaba llena de gente. La Sra. Lee venía muy a menudo a escuchar a Abonim. Había sido siempre una persona muy buena y amante del Padre Celestial. Tenía una familia muy grande, que en su mayoría eran buenos cristianos.

La Sra. Lee amaba y respetaba mucho a Abonim. Iba casi todos los días a la Iglesia. Volvía tarde a casa y a veces pasaba la noche en la Iglesia. Entonces, fue cuando su familia comenzó a preocuparse por ella.

Un buen día, La Sra. Lee no vino a la Iglesia. Transcurrió el día y no apareció. Abonim oró mucho por ella. Al día siguiente Abonim estuvo esperándola casi todo el día. Sin embargo, no vino tampoco. Abonim sabía que algo ocurría con su familia y que seguramente tendría problemas.

Era mediados de Enero y hacía mucho frío. La familia de la Sra. Lee vivía en el otro extremo de la ciudad. Al día siguiente, muy temprano por la mañana, cuando hacía un frío atroz, Abonim fue caminando hasta su casa. A aquella hora tan temprana de la mañana de un helado día invernal, no había nadie en la calle.

Abonim, en su corazón, echaba de menos muchísimo a sus discípulos. La mayoría de ellos eran mayores que él, pero para Abonim eran como sus hijos. Oraba por cada uno de ellos con profunda preocupación. Si tenían alguna dificultad o problema, Abonim siempre lo sabía incluso antes que se lo dijeran.

Cuando Abonim llegó a casa de la Sra. Lee, se quedó de pie delante de la casa, esperando a que, quizás, se asomara a la ventana y así poder verla por un instante. Abonim esperó mucho tiempo. Parecía que no sentía el frío tan grande que hacía ¡Deseaba tanto verla, aunque fuera solo por un momento!.

Para cualquiera que pasara por la calle, le parecería muy extraño. ¿qué hacía ese joven esperando por tanto tiempo en medio del frío? Esperaba que una señora mayor se asomara por la ventana.

Algunas cosas sólo el Padre Celestial y Abonim podían entenderlas. Sí, era un secreto entre los dos. Abonim echaba mucho de menos a la Sra. Lee, tanto que se olvidaba del hambre y del frío, y de todo lo que ocurriera a su alrededor. Esta era la forma como el mismo Padre Celestial echaba de menos a Su preciosa hija, la Sra. Lee. Como sabéis también os echa de menos a vosotros de la misma manera.

Sí, el Padre Celestial estaba allí junto con Abonim esperando por ella. Entonces, la gente más buena del mundo espiritual comenzaron a reunirse en aquel lugar. Había cada vez más seres espirituales — ¡Oh, qué amor más hermoso! — se decían unos a otros. Vinieron atraídos, como por un imán, por el profundo amor que Abonim tenía por la Sra. Lee.

Sin embargo, dentro de la casa se estaba desarrollando una escena completamente diferente. Todos los parientes de la Sra. Lee se habían dado cita en ese día. Estaban reunidos para discutir qué hacer con ella. Hacía ya dos días que la tenían encerrada en contra de su voluntad. Toda la familia estaba alarmada porque iba a la nueva Iglesia del Sr. Moon. La encerraron para que no pudiera ir allí.

No tenían ni idea de quién era el joven que estaba de pie en la calle y ni mucho menos del poder que tenía su gran amor. Todos los parientes estaban sentados dispuestos tomar la decisión definitiva. Era un momento muy intenso. La Sra. Lee, que ya había pasado dos días muy difíciles, ahora estaba desesperada. ¿Qué podría hacer si todos decidían seguir encerrándola en casa y no dejarla ir a ver a Abonim? El le había dado una nueva vida. El le había explicado lo que ninguna otra Iglesia acerca del Padre Celestial. Ella sentía que se moriría si la apartaban de Abonim y de la Iglesia. En ese momento oraba desesperadamente al Padre Celestial para que ocurriera algo.

¡Y algo ocurrió! Todos los buenos espíritus, que se habían reunido alrededor de Abonim, se precipitaron para rescatar a la Sra. Lee. Sabían lo que estaba ocurriendo y reunieron todas sus fuerzas para influir en la situación.

Aquellos buenos espíritus se esforzaron mucho. Horas tras horas trataron de influir en las mentes de los allí presentes, diciéndoles:

— La Sra. Lee puede que tenga razón.

— ¿Y si ella dice la verdad?

— ¿Y si el reverendo Moon está en lo cierto?

— Puede que estéis equivocados tratando de retenerla en contra de su voluntad.

— Ella es una mujer mayor, no es una jovencita, para no poder tomar sus propias decisiones

— ¡No tenéis derecho a retenerla en casa!

Era ya media noche y aún continuaba la reunión. Los parientes de la Sra. Lee eran gente muy testaruda. Estaban determinados a encerrarla hasta que cambiase de opinión con respecto de Abonim y la Iglesia.

La única alternativa que les quedaba a los buenos espíritus era hacer algo dramático. Igual que la Sra. Lee, estaban desesperados. Todos hicieron un último esfuerzo para que ocurriera algo extraordinario.

De repente, la Sra. Lee se quedó paralizada. No se podía mover. Incluso ella misma no podía comprender lo que le estaba pasando.

Fue como un conmoción para todos los que estaban en la habitación. Algunos se quedaron aterrorizados. Otros la sacudieron, pero no había nada que hacer. No podía moverse en absoluto.

Cuando los parientes se quedaron impotentes ante esta situación, se asustaron muchísimo. ¿Qué harían con ella ahora? ¿Se habría vuelto loca? Muertos de miedo decidieron que era mejor dejar que volviera a la iglesia. Algunos gritaban — ¡Dejadla que vaya a donde quiera! ¡Se va a volver loca!

La Sra. Lee estaba más sorprendida que nadie. ¡El Padre Celestial y los buenos espíritus lo habían conseguido! En el momento en que finalmente decidieron dejarla ir, pudo mover su cuerpo de nuevo.

Apenas estaba amaneciendo, pero la Sra. Lee no se iba a quedar en su casa ni un momento más. Se fue andando lo más rápidamente que pudo, hacia la pequeña Iglesia de Abonim.

— ¿Será verdad que ya soy de nuevo libre? — se preguntaba a si misma, mientras andaba tan deprisa que casi corría.

Cuando divisó la pequeña casa a lo lejos, se quedó sorprendida al ver que Abonim estaba de pie junto a la puerta en aquella hora tan temprana — ¿Me estará esperando?

Entonces, aceleró el paso hasta que corrió hacia Abonim, con lágrimas en sus ojos. Se sentía rebosante de un inmenso amor. Era como si el mismo Padre Celestial le diera la bienvenida a través de Abonim, quién la hizo pasar adentro con una cálida sonrisa.

 

18. Una nube de testigos

por Chris García


Ju Kyung Lee y su madre son personajes de ficción. Los niños reconocieron a Jesús debido a que tenían un corazón puro e inocente. Así que no es difícil imaginarse a la pequeña niña de nuestro relato. No obstante, los sucesos y circunstancias que aparecen en el relato en relación con la "Iglesia del Vientre", son hechos reales.

La pequeña Ju Kyung Lee se despertó tan pronto como se dio cuenta que su madre ya no estaba en la cama con ella. Escuchaba a Omma (Mamá, en coreano) moviéndose en la oscuridad, poniéndose la ropa y preparándose para salir.

— Omma — susurró suavemente Ju Kyung.

— Chisss... — respondió Omma.

— Omma — repitió Ju Kyung.

— Silencio, vas a despertar a tu padre.

Ju Kyung sabía que eso era imposible, así que susurró de nuevo — Omma, me dijiste que esta mañana podía ir contigo.

— Vuelve a dormir. Debes descansar.

— Dijiste que podía ir.

— Bueno, está bien. Pero vístete sin hacer ruido.

Ju Kyung se deslizó con cuidado por encima de su padre. Ella no temía despertarle, ya que hacia varios días que no había podido dormir. Aunque hubiera fuego en la casa le costaría despertarse.

Cuando los comunistas invadieron Pyongyang y el resto de Corea del Norte, le asignaron el trabajo de descargar cajas de mercancías en la estación de tren. A veces había retrasos en la descarga y tenían que seguir descargando día y noche hasta que terminasen el trabajo. Volvía a casa exhausto y dormía como si estuviera muerto. La noche anterior regresó a casa después de tres días de trabajo. Cuando tomó su cena, Ju Kyung le había estado observando fascinada como se le cerraban los ojos mientras comía.

Era Agosto de 1946 y hacía bastante calor. Ju Kyung se puso un vestido ligero y se arregló sus largos cabellos haciéndose una coleta con un lazo, como Omma le había enseñado. Mañana cumpliría seis años, pero como estaban muy escasos de dinero, parecía que este año no habría regalo de cumpleaños. Sin embargo, estaba muy contenta de poder ir hoy con su madre y ayudarla en su trabajo en la Iglesia de la Sra. Hyo Bin Ho. Su hermosa carita parecía brillar en la penumbra del dormitorio.

Omma la cogió de la mano y juntas salieron afuera por la puerta de papel aceitado en aquella fresca mañana. Mientras andaban juntas por la calle, Ju Kyung charlaba con excitación.

— ¿Hablará Jesús hoy a la Sra. Ho? — le preguntó a su madre.

— No lo sé, Ju Kyung.

— ¿Vas a hacer hoy más ropa para Jesús?

— Sí, Ju Kyung.

— ¿Qué tipo de traje, Omma? ¿Un traje coreano o un traje occidental?

— Un traje coreano.

— ¿Por qué no le haces un traje occidental, Omma?

— Hay otras señoras que le hacen trajes occidentales.

— Tu también puedes hacerle trajes occidentales, Omma.

— Jesús quiere que yo le haga trajes coreanos.

— Pero, Omma...

Omma le dijo — ¡Chonmaneyo! (que significa en coreano, "¡hablas mucho!") — al mismo tiempo que agitaba la manita de la niña para que se callase.

Caminaron un rato en silencio. Tuvieron que levantarse tan temprano porque Jesús les había dicho que fueran las primeras en comprar en el mercado. No comprendían por qué esto era tan importante, pero como era algo importante para Jesús, lo cumplían al pie de la letra. Pasaron al lado del Ayuntamiento y de la policía, llegaron a la calle del mercado y se dirigieron al lado opuesto de donde estaban las barracas de los soldados.

Pasaron por una casa grande, que tenía un cartel escrito a mano y una cruz colgada en la puerta. Estaban contentas de escuchar los cánticos de un himno cristiano que venía de su interior.

Mientras tanto, calle abajo, un hombre estaba preparando su pequeño tenderete de telas. Colocó unas cajas de madera en el suelo y encima de ellas arreglaba las piezas de telas y sedas. Cuando estaba buscando el metro, levantó la mirada y vio a la Sra. Lee con su niña que bajaban por la calle.

Se puso muy contento; casi se puso a bailar. Ellas pertenecían a una Iglesia de una señora loca, la que todo el mundo llamaba la "Iglesia del Vientre". La gente la llamaba así porque cuando la señora decía que hablaba con Jesús, su vientre empezaba a moverse como si tuviera un bebé dentro. Esto era debido a que Jesús le quería decir que el Mesías nacería de nuevo del vientre de una mujer y crecería como un hombre aquí en la tierra. La Iglesia, dirigida por esta señora, que se llamaba Hyo Bin Ho, tenía unos mil miembros. Pero había una cosa que le gustaba mucho de ellos, compraban muchos tejidos y no regateaban el precio. Debían de tener mucho dinero. A pesar que le ponía los precios más altos, siempre pagaban lo que les pedía. Al tendero no le importaba que la gente los considerara locos, sino todo lo contrario, cuando los veía venir se ponía muy contento.

La Sra. Lee se acercó a su tenderete y le dijo — Sugojaseyo. (que en coreano significa "Trabaja Ud. mucho" y es una manera de saludar) Deseo comprar 15 metros de tela blanca y 5 metros de seda verde.

El tendero escogió las piezas, midió las telas y luego las cortó. Envolvió las telas y las ató con una cuerda. Luego le dijo el precio.

Ju Kyung se quedó sorprendida ¡Era un precio muy caro!

La Sra. Lee sacó el dinero de su bolsillo y empezó a contarlo.

— ¡Omma, no! — dijo Ju Kyung — Es demasiado caro...

Omma le dio unos golpecitos con sus nudillos en su cabecita como si estuviera llamando a una puerta.

— ¡Ay! — exclamó ella

El tendero, después de coger el dinero, le entregó el paquete de telas inclinándose cortésmente. Omma podía ver en sus ojos que se estaba riendo de ellas. Cuando iban andando, Ju Kyung, casi a punto de llorar, se tocaba su cabecita dolorida.

— Jesús dijo que no deberíamos regatear el precio de las telas — le explicaba Omma — ¿No crees en Jesús? Así que no debes quejarte más por eso — le regañó dándole un pequeño tirón de pelos.

La Iglesia que era conocida por la "Iglesia del Vientre" era en realidad un gran casa blanca que entre todos habían comprado. Todos los miembros estaban esperando encontrarse con el Mesías, incluso estaban dispuesto a morir por él.

Cuando Omma y Ju Kyung llegaron a la Iglesia, el salón estaba lleno de gente vestidos de blanco. Cerca de cien mujeres estaban a un lado del salón, mientras que los hombres estaban en el otro lado. Había un altar con un cuadro de Jesús en el medio. Cuando una señora mayor golpeaba un pequeño gong, todo el mundo hacía una inclinación hasta el suelo. Hacía sonar de nuevo el gong y todos se levantaban. Otra señora iba contando las inclinaciones en una pequeña pizarra.

El grupo estaba dirigido por la Sra. Ho por la tarde y por su asistente por la mañana. Tenían que inclinarse 300 veces cada día. Hubo algún día en el que se inclinaron 3.000 veces. Todo el mundo acababa sudando y sin aliento. Después de las primeras cien inclinaciones, era bastante difícil seguir, y muchos no eran tan jóvenes.

Al pasar por la cocina para subir por las escaleras al primer piso, pudieron oler el delicioso aroma de una rica comida coreana que estaban preparando para ponerla en el altar de Jesús. Se les dijo que tenían que preparar cada día dos comidas de la mejor calidad para Jesús y el Mesías que iba a venir. Cuando Ju Kyung olió aquellas fragancias, se le hizo la boca agua y su estómago empezó a hacer ruidos tan fuertes que Omma la miró avergonzada. Ellas no tenían apenas dinero para comprar comida y nunca se les ocurriría tocar el dinero que la Sra. Ho les había dado para comprar las telas.

Cerca de la escalera estaba la habitación de orar. La puerta estaba cerrada, pero se podía oír muy bien a la Sra. Ho orando desesperadamente en voz alta y golpeando el suelo con sus manos. Ju Kyung se sobresaltó tanto que su estómago dejó de hacer ruidos. Quizás Jesús estaba allí hablando con la Sra. Ho. Por fin llegaron a la habitación de costura donde Omma trabajaba.

La habitación estaba llena de mujeres de todas las edades, de rodillas o sentadas en el suelo con sus utensilios de costura alrededor. Un grupo confeccionaba los trajes occidentales y otro, dirigido por Omma, hacían los trajes coreanos. Cada semana tenían que terminar tres trajes coreanos y occidentales. No podían usar máquinas y una vez que empezaban no podían levantarse hasta acabar. Tenían que hacer un nudo cada tres puntadas. Al final del día Omma se levantaba con dolor de espalda. Ella esperaba que el Señor viniera pronto.

Todas estas actividades eran porque Jesús le había contado a la Sra. Ho la vida tan pobre y miserable que había vivido. Nunca había tenido ropas decentes para ponerse ni suficientes alimentos para comer. Fue terrible que el Hijo de Dios fuera tratado así. Nació como el Rey de Reyes y la gente debería haberle reconocido y tratado como tal. Por esto, la Sra. Ho se ofreció a hacerle ropas y prepararle comidas a Jesús. La comida ofrecida a Jesús era después distribuida entre todos como comida santa, de forma parecida a la Comunión Católica, y la ropa era guardada para cuando viniera el Mesías. Había ropas para todas las edades, desde niño hasta adulto. Todo esto que hacían servía de gran consuelo a Jesús, pues en vida muy pocas personas cuidaron de él apropiadamente.

Omma le dio las telas a una señora que estaba en medio de la habitación, que era la encargada de cortarla. Ju Kyung estaba muy contenta de haber podido venir y observar a todo el mundo. Se preguntaba si algún día se encontraría con el Señor. Trataba de imaginarse como sería. Quizás sería como un gigante, con grandes músculos y muy guapo. Podría volar por los aires y ver todo el mundo, incluso ver a los ángeles descender del cielo para traerle mensajes. Cuando te mirase sabría todo de ti.

De repente, se oyó un gran ruido y muchos gritos que venían de abajo y de la calle. Las mujeres asustadas dejaron la costura y se levantaron. Omma le dijo a Ju Kyung que se quedara arriba, pero ella bajó las escaleras detrás de su madre para ver lo que pasaba.

En el salón había muchos cristales por el suelo y una piedra muy grande. Había también un hombre arrodillado con las manos en la cabeza llenas de sangre. Los demás trataban de ayudarle.

En la calle, una banda de hombres estaban gritando:

— ¡Anticristos! ¡Adoradores del Demonio! ¡Vais a ir al infierno!

Ju Kyung estaba tan asustada que se agarró a la falda de su madre y se puso a llorar. Omma la cogió en sus brazos.

— Esta bien. Ya pasó todo. Esos hombres ya se han ido.

Ju Kyung levantó su carita aún llorosa y dijo — ¿Por qué hacen esto, Omma?

— No lo sé, hija mía.

— ¿Eran cristianos?

— Sí, querida.

— ¿Jesús no nos ama?

— Sí, claro que sí.

—Entonces, si ellos son cristianos ¿por qué no nos quieren?

— No lo sé. Bueno, no llores ahora — Acarició su pequeña cabecita y finalmente se tranquilizó. Al herido lo llevaron a la cocina para curarle y varias señoras trajeron unas escobas para barrer los cristales del suelo. Entonces, Ju Kyung se dio cuenta que la habitación de orar estaba abierta de par en par. Allí estaba la Sra. Ho con un vestido blanco que hacía resaltar su tez cobriza y pelo negro. Irradiaba solemnidad. Gente como el tendero se podía reír de ella a su espalda, pero no en su cara. No era una mujer cualquiera. Tenía una mirada penetrante que intimidaba a la gente. Cuando ella se determinaba a hacer algo, no había nadie que la hiciera cambiar de idea. También había dulzura en su cara. Era la cara de una espiritualista, una cara que era capaz de ver un mundo que los demás no podían ver.

— ¿Está bien nuestro hermano? — preguntó.

— Sí, Kyoje Chuin — dijo un hombre (en coreano significa "Líder de la Iglesia") — Se está limpiando la herida en la cocina. Tendrá que ir a casa a descansar.

Ella asintió con la cabeza. Echó una mirada al salón. Para ella este incidente no tenía la menor importancia y era ya algo acabado. Al ver a Omma y a Ju Kyung dijo:

— ¿Estarán los trajes listos para el servicio de esta noche?

— Casi hemos acabado. Voy a mandar a Ju Kyung a comprar más hilo.

La Sra. Ho echó una mirada a Ju Kyung con sus ojos oscuros y penetrantes y luego dirigiéndose a todos les dijo — No desanimaros por este ataque. La persecución sólo puede traernos cosas buenas. Dentro de unos días, todos nos encontraremos con el Señor. Jesús me ha dicho que me encontraré con el Señor en la prisión.

Las personas que estaban en la habitación empezaron a murmurar y hablar entre ellos.

— Kyoje Chuin — dijo en voz alta un hombre — Nunca permitiremos que te lleven a la prisión. Antes que eso, moriremos primero.

Ella levantó la mano y le dijo enfadada — Si lo que Dios quiere es que vayamos a prisión, ¿cómo podrás impedirlo? Debes ser humilde ante el destino que Dios tiene reservado para nosotros. Nos encontraremos con el Señor en la prisión. Pensad y orar sobre ello — Empezaron a murmurar de nuevo, mientras que la Sra. Ho se dirigió a la cocina para ver si estaba lista la comida de la ofrenda, para ponerla en el altar.

Omma llevó a Ju Kyung arriba y le dio un trozo de hilo.

— Ve a la pequeña tienda que está al lado de los baños públicos, esa que tu sabes, y pídele al dueño que te de tres bobinas de este hilo. Dile que le pagaré luego.

Ju Kyung cogió el hilo y se lo ató al dedo. Cuando iba por las escalera, miró temerosa a la calle, para ver si se habían ido los hombres que tiraron las piedras. Ya no estaban, así que salió sola a la calle para ir a la tienda.

Cuando llegó a la tienda, estaba llena de gente y pasó mucho tiempo hasta que el dueño se fijó en ella y le preguntó que quería. Deshizo el hilo que tenía atado al dedo y le dijo al hombre lo que su madre le había dicho.

La miró frunciendo las cejas y le dijo — Ah, tu madre es de la "Iglesia del Vientre", ¿no?

— Sí — respondió un poco temerosa Ju Kyung. Hasta ahora no había tenido miedo, pero después de lo que había ocurrido, su "Sí" había sido un poco indeciso. Pero, luego añadió desafiante — Sí, mi madre trabaja allí.

La gente paró de hablar para mirarla. El dueño la miraba también — ¡Oh, no! — pensó la pobre Ju Kyung — Por favor, Jesús, no dejes que esta gente me haga algo malo.

Entonces, el dueño se dirigió a una señora que estaba allí — Sra. Yee, será mejor que acompañes a esta pequeña a la Iglesia para ver si su madre aún está allí.

— ¿Aún allí? — pensó ella — ¿Qué significa eso? — Entonces, empezó a sentir otra clase de miedo. Esta gente no estaba enfadada con ella, pero hablaban como si algo malo hubiera pasado, que ella ignoraba. Bueno, ahora si que tenía miedo de verdad. La mujer la cogió de la mano y comenzaron a caminar rápidamente hacia la iglesia, sin decirse nada.

Cuando llegaron, vieron un camión del ejército aparcado enfrente y a muchos soldados comunistas que estaban cargando en el camión toda la ropa y la comida que había hecho para Jesús y el Señor de la Segunda Venida. No veía a su madre ni a nadie conocido.

Ju Kyung se soltó de la señora y corrió hacia los soldados gritando — ¡Omma! ¡Omma! ¡Omma! — Un soldado le impidió el paso. Ella empezó a golpearle en las rodillas y a llorar.

— ¿Quién es tu madre? — le preguntó el soldado sujetándola.

— ¡Omma! ¡Omma!

— ¿Quién es? ¿Es la Sra. Ho?

— ¡No, la Sra. Lee! ¡quiero ver a Omma!

— ¿Estaba en la Iglesia?

— Sí, ¿dónde está?

— Está en la prisión, donde merece estar — dijo orgulloso el soldado — Estos enemigos del pueblo han sido arrestados. Nuestro querido Padre Kim Il Sung ha liberado a esta Iglesia y ha confiscado sus bienes para el pueblo.

Cuando Ju Kyung oyó la palabra "prisión" se tiró al suelo llorando y gritando aún más fuerte. El soldado se retiró avergonzado.

— ¡Ooommmaaaaaa! — chilló.

Sintió unos brazos a su alrededor, pero los rechazó con rabia. La señora, que le había acompañado desde la tienda, de nuevo gentilmente trató de cogerla y levantarla del suelo diciéndole — Vamos juntas. Quizás la podamos encontrar.

Esta vez no tenía miedo, sólo pensaba en su madre. Pasaron por las barracas de los soldados, detrás de las cuales había una gran casa azul donde probablemente vivía Kim Il Sung, siguieron calle abajo hacia donde estaba la comisaría de policía y la prisión. Se acercaron a una de las ventanas con barrotes de la prisión y le preguntaron a un hombre que estaba mirando a la calle.

— ¿Conoces a los miembros de la Iglesia de la Sra. Ho, que fueron arrestados esta mañana?

— Sí — dijo — yo soy uno de ellos.

— Estamos buscando a la madre de esta niña.

— El hombre miró abajo entre los barrotes a Ju Kyung — Tu eres la hija de la Sra. Lee ¿no es verdad?

Ju Kyung dijo que sí con la cabeza.

— Creo que sé... espera un momento — desapareció por unos instantes para hablar con alguien y volvió de nuevo — Asomaros a la quinta ventana.

Cogidas de la mano caminaron hasta la quinta ventana. Ju Kyung se encaramó hasta poner su carita en los barrotes y miró adentro. De la oscuridad salió de repente Omma y la abrazó dando un grito de alegría.

— No debéis estar aquí — dijo — Si vienen los guardias os echaran.

— Quiero ayudarte, Omma.

— No te preocupes, Ju Kyung. Dicen que el Señor está aquí en la prisión en algún sitio. La Sra. Ho también está aquí y estamos todos esperando que ambos se encuentren.

— ¿Le ha visto alguien, Omma?

— No, aún no. Nadie sabe quién es. Pero tiene que estar aquí en algún sitio. Trata tu de hablar con el marido de la Sra. Ho ¿quieres?

Ella le dijo que sí con la cabeza y se dirigieron a la celda, que le había indicado Omma, que estaba en la esquina del edificio. Era la celda del esposo de la Sra. Ho. La Sra. Yee se alejó un poco para vigilar si venía alguien. Ella se asomó y vio dentro al marido de la Sra. Ho con un hombre joven. Ju Kyung no conocía al joven, no le había visto nunca. Era muy guapo, pero muy delgado. Parecía que hacía tiempo que no había comido bien. El joven estaba tranquilamente sentado en el suelo. A ella le caía bien, le parecía una buena persona.

Ju Kyung llamó suavemente al marido de la Sra. Ho, que no había advertido su presencia. Este se levantó y se dirigió a la ventana.

— Omma me ha mandado a ti para preguntarte como van las cosas. El marido le dio unas palmaditas en la cara y le dijo — Todo va bien, niña.

— ¿Quién es él? — preguntó ella.

— Su nombre es Moon.

Un pensamiento fugaz le pasó por la mente.

— ¿Es el Señor? — dijo sin pensárselo dos veces.

El marido contestó — No, claro que no.

Por tercera vez en el día, experimentó un nuevo tipo de inquietud o miedo. Esta vez no era miedo por ella, sino por lo que le pudiera pasar a los demás. Era un extraño sentimiento.

— ¿Está seguro de que no es el Señor? — le preguntó de nuevo.

— Claro — respondió el marido con confianza — es demasiado joven.

A ella se le pusieron los pelos de punta. Había algo que presentía. Ju Kyung siempre había pensado que el esposo de la Sra. Ho no podría nunca equivocarse, pero esta vez sentía que estaba cometiendo una equivocación muy grande.

— Sí, es muy joven, pero aún así ¿no podría ser el Señor?

— Si lo fuera, Jesús me lo habría dicho ¿no lo crees así?

Ju Kyung sentía como una voz en su interior que le inspiraba a seguir hablando — Y si Jesús espera que lo descubras por ti mismo.

— Bueno, bueno — respondió el marido un poco molesto por su insistencia.

Ella, entonces, al volver la vista hacia el joven, se encontró con su mirada. Al ver sus ojos pudo sentir en su corazón que aquel joven era el Señor. Estaba tan emocionada que se quedó sin habla.

— Ya tienes que irte — le dijo el marido con impaciencia — No deberías estar aquí. Debes volver a casa ahora.

Se fue corriendo hacia la ventana de la celda de su madre llena de emoción — ¡Omma, tengo que decirte algo!

Pero, entonces, apareció un soldado que empezó a correr hacia ella gritándole — ¡Eh, tu, fuera de ahí! ¿Qué estás haciendo?

La señora del mercado vino rápidamente y cogiendo a Ju Kyung de la mano se alejaron corriendo de allí.

— ¡Le he visto! — exclamaba Ju Kyung, mientras corrían — ¡Le he visto, le he visto! — La señora pensaba que se refería al soldado.

Al día siguiente, volvió sola para tratar de ver a su madre, pero los soldados la descubrieron y la echaron de los alrededores. Ese mismo día por la noche, esperó hasta que su padre se quedara dormido y después volvió de nuevo a la prisión. Estaba muy oscuro y esta vez los soldados no la vieron. Fue primero a la ventana donde había estado su madre, pero estaba vacía. Recorrió todas las ventanas, pero también estaban vacías. Al final, fue a la ventana donde vio al marido de la Sra. Ho, esperando ver allí al Sr. Moon de nuevo, pero, tampoco había nadie. Parecía que se habían llevado a todo el mundo a otra parte. Había una ventana que estaba tapada por una madera clavada. Cuando pasó al lado, no podía ver nada, pero escuchó unas voces dentro. Puso su oído pegado a la madera para escuchar mejor lo que hablaban.

Escuchó la voz de un hombre que gritaba — ¿Tu quién eres? ¿Por qué escribiste esta nota?

Se oían también unos golpes secos.

—¿Por qué le decías a la Sra. Ho que orara para saber quién eras tu? ¡Eh! ¿Quién te crees que eres?

— ¡Tu eres un enemigo del pueblo! ¡Dinos quién eres! ¡Responde Inmediatamente!

Parecía como si estuvieran golpeando a alguien con un palo. Ju Kyung se quedó aterrada — ¿Y si golpean también a Omma ? — pensó angustiada. Dejó aquella ventana y andó en medio de la oscuridad buscando a su madre, buscando al Sr. Moon. Aunque no lo conocía, sentía también preocupación por él. Al final, después de dar muchas vueltas, se dio por vencida y regresó a casa, más preocupada que nunca por su madre.

A la mañana siguiente, para sorpresa suya, su madre volvió a casa. La habían dejado salir. Cuando Ju Kyung la vio, corrió a sus brazos llorando. ¡Estaba tan feliz de ver a su madre de nuevo en casa, a salvo de aquel horrible lugar!

Ella le preguntó si la Sra. Ho también había vuelto a casa. Omma, con una expresión triste en su cara, le respondió que no creía que la Sra. Ho pudiera volver a casa y no quiso responder a más preguntas sobre ello.

— ¿Cómo pudiste salir? — preguntó Ju Kyung.

— Me dieron un papel y me dijeron que si lo firmaba me dejarían salir — respondió Omma.

— ¿Qué decía el papel?

— No lo sé, sabes que no sé leer.

En ese momento, alguien llamó a la puerta. Omma fue a abrir. Era una señora con una niña un poco más joven que Ju Kyung.

— Esta es la Sra. Hong — dijo Omma — Es un miembro de la iglesia, pero no estaba cuando vinieron los soldados. Esta es su hijita. ¿Por qué no jugáis juntas en la otra habitación mientras hablamos?

Las dos niñas fueron a la habitación de al lado. Mientras las madres hablaban de las cosas tan graves que habían ocurrido.

— ¿Cómo te llamas? — le preguntó a la niña Ju Kyung.

— Mi nombre es Hak Ja Han — respondió la recién llegada.

La "Iglesia del Vientre" fue preparada por Dios y Jesús para recibir al Señor de la Segunda Venida. Pero, desgraciadamente, cuando llegó el momento de encontrarse con el Mesías, sus líderes fallaron en reconocerlo.

 

19. Abonim sufre tortura en la prisión de Pyongyang

por Lisa Ellanson


Abonim fue llevado a la prisión de Pyongyang el 17 de Agosto de 1946. La Sra. Ho y otros miembros de la "Iglesia del Vientre" habían sido encarcelados en la misma prisión. De hecho, Abonim fue puesto en la misma celda que el marido de la Sra. Ho.

A través de él, Abonim supo que los comunistas le habían dicho a la Sra. Ho y a los miembros de su iglesia, que serían liberados si simplemente firmaban un papel negando las revelaciones que habían recibido. Ellos rehusaban hacerlo.

Abonim le encargó a su marido que le dijera a la Sra. Ho que debería firmar el papel y así poder salir libre. Este hombre habló con su esposa, pero ella se negó en rotundo. Se preguntó quién era aquel joven que se atrevía a pedirle una cosa así.

Abonim quiso comunicarse directamente con la Sra. Ho para decirle la misma cosa. De alguna forma, se las arregló para escribirle un nota en un trozo de papel. La nota decía: "Firma el papel para así poder salir de la prisión. Yo me hago responsable por esta decisión. Ora a Dios para saber quién es la persona que escribe esta nota." Se la hizo llegar metida en un bol de arroz a través de un guardián.

La Sra. Ho esperaba ver con sus propios ojos al Mesías en la prisión, por ello, no creyó que esta nota venía de él. No oró para saber quién era este joven, ni le dio importancia a la nota. Así que, más tarde, ella y algunos miembros de la "Iglesia del Vientre" fueron asesinados por los comunistas. Después de haber trabajado tanto, después de miles de oraciones para encontrarse con el Mesías, nunca le pudieron ver.

Los comunistas descubrieron la nota que había mandado a la Sra. Ho. Interrogaron a Abonim preguntándole una y otra vez quién era y por qué había escrito la nota. Le golpearon muchas veces tratando de que respondiera. Nunca negó su misión, pero tampoco dejó que supieran que era el Mesías.

Los guardias comunistas estaban muy enfadados porque Abonim no tenía miedo, así que decidieron torturarle. Querían quebrar el espíritu de Abonim. Debido a que muchos ministros cristianos había renegado de Dios al ser torturados, y habían muerto maldiciendo a Dios y a sus torturadores, los comunistas pensaban que Abonim haría lo mismo. Decían — Si golpeamos a este hombre lo bastante fuerte, maldecirá a su Dios.

Pero Abonim nunca hizo eso. Oraba a Dios de esta manera — Padre Celestial, soportaré la tortura y viviré para poder trabajar para Ti. Tomaré responsabilidad por los pecados de la humanidad y te liberaré de Tu sufrimiento.

Abonim sabía que si no podría sobrevivir a la tortura, entonces, el sufrimiento de Dios continuaría por muchos años. Aunque cada una de sus células gritara de dolor, nunca negaría su amor a Dios. Así Abonim se mantuvo firme y fuerte.

La primera cosa que le hicieron fue no permitirle dormir. No dejándole dormir, intentaron que Abonim se agotara de cansancio hasta volverse loco. Los comunistas hacían turnos de tres horas para vigilarle, para estar seguros de que no cerrara los ojos. Abonim, que tenía un gran control de si mismo, mantenía los ojos abiertos, aunque en realidad estaba durmiendo. Al ver que podía estar una semana "sin dormir," los guardias pensaron — El reverendo Moon tiene poderes mágicos — y comenzaron a tener miedo de él.

Dado que Abonim tenía una voluntad de hierro, los guardias se reunieron y hablaron entre sí — Debemos tratar de romper su resistencia con una tortura más severa —. Entonces, empezaron a usar el "tratamiento del agua", que consistía en introducir a la fuerza un embudo el la boca de Abonim y, luego, le inyectaban un chorro de agua. Querían que se sintiera como si se estuviera ahogando. Abonim acababa desmayándose y después de vomitar el agua que había ingerido repetían de nuevo el proceso.

Dado que Abonim no se daba por vencido, Satán estaba desesperado. Satán se dijo a sí mismo — Si no puedo doblegar a este hombre, si sobrevive, luchará contra mí sin descanso — Finalmente, Satán, haciendo que los guardias se encolerizaran cada vez más con Abonim, trató de quebrantar la voluntad de Abonim.

Los guardias ataron las manos de Abonim a su espalda con una cuerda muy fuerte. Usando una polea colgada en el techo, lo elevaron con la cuerda por encima de la cabeza de los guardias. Luego, de golpe, soltaban la cuerda dejando que Abonim se cayera. Pero antes de que golpeara el suelo, tiraban de nuevo de la cuerda hacia arriba, torciéndole los brazos. El dolor era tan terrible que era imposible soportarlo sin desmayarse.

Durante todo el tiempo que Abonim fue torturado, nunca paró de orar a Dios. Oraba en silencio — Padre Celestial, por favor, no te preocupes de mí. Sé que Tu has experimentado situaciones dolorosas mucho más miserables que la mía. Tendré fuerza para soportar esta tortura. Deseo continuar con el trabajo de la restauración y finalmente consolar Tu corazón. Por favor, perdona a estos guardianes, ellos están siendo usados por Satán, Tu enemigo, para destruir a la humanidad. Perdónalos, perdónalos...

Finalmente, cuando Abonim estaba ya casi exhausto, los comunistas empezaron a golpearle con palos. Le golpearon en la cara tan fuerte que le rompieron algunos dientes. Abonim tensaba los músculos para contrarrestar los golpes. También, le golpearon con fuerza en el estómago. Perdía tanta sangre que al final se desmayó. Los comunistas, entonces pensaron que ya estaba muerto.

En la noche del 31 de Octubre de 1947, el cuerpo de Sun Myung Moon fue arrojado en el patio de la prisión. Esa noche, uno de los discípulos de Abonim fue a visitarle. Cuando andaba hacia la prisión, vio el cuerpo de Abonim sobre un montón de nieve — ¡Oh, no! ¡Lo han matado! — exclamó palideciendo de estupor. Se acercó y tocó el cuerpo de Abonim. Aún estaba caliente — ¡Dios mío, sálvale! — exclamó.

Volvió a casa corriendo y reunió a varios discípulos. Con mucho cuidado, llevaron a Abonim a casa y allí le limpiaron la sangre — ¡Está muriéndose! — exclamaban. Incluso algunos empezaron a preparar el entierro.

Pero, entonces, ocurrió un milagro. Abonim comenzó a moverse, estaba volviendo a la vida. Cuando sus discípulos vieron esto, con gran alegría y con gran amor lo cuidaron hasta que se recuperó. Abonim estaba muy enfermo y débil. Won Pil Kim buscó medicinas y hierbas para curar a Abonim. Nuestro Padre tenía una fuerte determinación de vivir para hacer el trabajo de Dios. Su primer pensamiento siempre era sobre el Padre Celestial.

Debo comenzar a predicar de nuevo — dijo Abonim, tan pronto como tuvo suficiente fuerza para hablar.

 

20. El falso juicio de Pyongyang

por Ken Weber y Linna Rapkins


Después de la tortura en la prisión de Pyongyang, los discípulos de Abonim intentaron que descansara, pero Abonim en lo único que pensaba era en empezar de nuevo su misión. Al cabo de poco tiempo, comenzó de nuevo a celebrar reuniones. Enseñaba a la gente con una Biblia en la mano, hablando siempre con una voz muy fuerte y derramando muchas lágrimas.

Las reuniones eran muy interesantes, la gente ponía toda su atención. Tomaban notas tan rápidamente como podían porque no querían perderse ni una sola palabra. Aunque no tenían planeado quedarse hasta tarde, cuando Abonim hablaba se olvidaban del tiempo y de sus familias. Antes de que se dieran cuenta, se les venía la noche encima. Sentían en su interior como una especie de electricidad que les hacía dar saltos y bailar de alegría. ¡El amor de Dios hacía que se sintieran maravillosamente!

A veces ocurrían milagros. Algunos de los que venían eran gente rica. La comida que Abonim les servía era muy sencilla, pero a ellos le parecía más deliciosa que los manjares de un banquete. Un hombre rico que tenía problemas de estómago se curó después de comer la comida que le ofreció Abonim. Se corrió la voz que Abonim tenía una "comida milagrosa".

Muchas veces, a medida que Abonim hablaba, la gente obtenía las respuestas a preguntas que se había hecho durante muchos años. Se sentían tan inspirados y entusiasmados que no podían esperar para ir y contárselo a los demás cristianos.

— Voy a contarle todo esto a mi Pastor — se decían unos a otros — Estará muy feliz de escucharlo.

Pero, casi siempre, los Pastores de sus antiguas iglesias no estaban contentos en absoluto.

Ellos les decían — Estáis equivocados. Esas respuestas no son verdad y quién hace que la gente baile dentro de la iglesia debe ser el diablo.

Muchos dejaron de ir a sus antiguas iglesias. Los Pastores se enfadaron mucho de que estos miembros dejaran su iglesia, así que junto con algunos de sus miembros más fieles fueron a discutir con Abonim. Querían ponerle en un aprieto haciéndole preguntas difíciles para hacer ver a la gente lo equivocado que estaba. ¡Pero Abonim contestaba a todas sus preguntas!

— El Sr. Moon debe tener poderes mágicos — murmuraban entre sí — Seguramente que es el diablo. Debemos pararle los pies.

Esto es muy parecido a lo que le ocurrió a Jesús cuando estaba vivo. Estas eran el mismo tipo de cosas que las autoridades religiosas decían de Jesús cuando predicaba. Aquellos Pastores hicieron correr el rumor que Abonim era un hombre malo. Trataron de dar miedo a la gente. Incluso fueron a ver a las autoridades comunistas para acusar a Abonim de ser un individuo peligroso.

— Este hombre está destruyendo nuestras iglesias y nuestras familias — les dijeron — Seguramente querrá destruiros a vosotros también. Debe ser un espía que viene del sur. Tenéis que deshaceros de él.

Más de 80 Pastores escribieron cartas a la policía, acusando a Abonim de todo tipo de delitos. Los comunistas se pusieron muy contentos por estas cartas. Hacía ya tiempo que sabían que Abonim había sobrevivido a la tortura y vigilaban sus acciones. Pensaban que todo el que cree en Dios es porque es un enfermo mental. Así que querían eliminar a todos los creyentes, pero estaban aguardando a tener alguna excusa. ¡Ahora unas iglesias estaban acusando a otra! ¿Qué mejor ocasión para debilitarlas y deshacerse de una de ellas? Así que propagaron incluso más mentiras sobre Abonim.

El día 22 de Febrero de 1948, con la excusa de las quejas de los Pastores cristianos, los comunistas arrestaron de nuevo a Abonim y lo llevaron a juicio. Abonim había estado enseñando en Pyongyang durante un año y diez meses, casi dos años.

Pero esta vez Abonim se había hecho muy famoso, así que la sala del juicio estaba llena de gente. Fue conducido a la sala esposado y con la cabeza rapada. Fue acusado de sacarle dinero a la gente pobre para su propio beneficio. Fue acusado también de predicar mentiras a la gente.

El juez trató de hacer ver que Abonim era un ignorante por creer en Dios, algo que no podía ver. Trató de decir que el hombre había inventado a Dios, de igual manera que la electricidad había sido un invento del hombre. Le hizo algunas preguntas a Abonim sobre la electricidad y, debido a que Abonim era ingeniero electrónico, le respondió muy acertadamente. Abonim le dio la vuelta a los argumentos del juez respondiéndole que aunque la electricidad es una fuerza invisible, es algo que existe en realidad. La electricidad existe aunque no se pueda ver, así que Dios, aunque sea invisible, también puede existir. ¡El juez rápidamente dejó de hacerle preguntas a Abonim!

Cuando concluyó el juicio, el juez declaró culpable a Abonim. Todo el mundo sabía que en ese momento lo mejor era quedarse callado. Si el juez se enfadaba, podía hacer que el prisionero estuviera más tiempo en prisión. Sin embargo, Abonim se puso en pie y declaró que se había hecho una injusticia, pidió que se le retiraran todos los cargos, pues no había mentido ni engañado a nadie.

El juez se quedó atónito. Los dirigentes comunistas que estaban presentes se quedaron muy sorprendidos. Ellos habían tenido la esperanza de mostrar a la gente que los que creen en Dios son incultos y débiles, pero aquel hombre mostró que tenía cerebro y coraje. A Won Pil Kim, que estaba en la audiencia aquel día, se le llenaron los ojos de lágrimas cuando vio lo valiente que era su amado Padre. Hasta entonces, había visto sólo el lado amable y gentil de Abonim. En la sala del juicio vio a un hombre con un gran coraje.

Los cargos no fueron retirados y Abonim fue sentenciado a cinco años de prisión en un campo de concentración. Cuando Abonim era conducido fuera de la sala, se volvió y miró a sus discípulos sonriéndoles con confianza, como si les estuviera diciendo — ¡No desanimaros. Pronto volveré! — Se despidió de ellos levantando sus manos esposadas.

Los discípulos de Abonim se sintieron en ese momento muy tristes y desanimados, pero la cara de Abonim brillaba con la esperanza de que, a través de su sacrificio en la prisión, Dios pudiera dar grandes bendiciones a Corea.

El coraje de Abonim en el juicio demostró a los comunistas y a la audiencia que un hombre de fe no es estúpido ni débil. Un hombre de verdadera fe, como Abonim, es alguien inteligente y fuerte.

 

21. Las mazmorras del infierno: El campo de concentración de Hung Nam

por Sandra Lowen


Abonim fue mandado al campo de concentración especial Tong Nee en la ciudad de Hung Nam. Aquello no era como las prisiones occidentales, donde los prisioneros hacen trabajos ligeros y tienen mucho tiempo libre para escribir cartas, descansar, ver la televisión e incluso terminar sus estudios. Aquella prisión estaba emplazada en una fábrica de fertilizantes nitrogenados. Había una montaña de fertilizante endurecido que había que demoler y trasladar a otro sitio. Los prisioneros tenían que desmoronar el fertilizante, llenar sacos de 50 kilos y cargárselos a la espalda hasta un lugar donde eran almacenados. Cada grupo de diez prisioneros era responsable de llenar y transportar 1.300 sacos al día, lo que significaba casi un saco cada medio minuto. Los sacos eran muy pesados y el fertilizante les quemaba la piel de los dedos haciéndoles sangrar y produciéndoles llagas muy dolorosas.

Puede que penséis que alguien se podría negar a trabajar; pero esto no era posible en la prisión de Tong Nee. Si un grupo no cumplía su trabajo, ese día no le daban su comida. Para sobrevivir tenían que comer y para poder comer tenían que cumplir su cuota de trabajo. No comían ni filetes de ternera ni pollo, ni ninguna otra comida fuerte. Recibían sólo un cazo de cereales cocidos o un bol de arroz. Incluso aunque se tuviera la suerte de comer cada día, no era suficiente comida para mantenerse. Al cabo de varias semanas, los prisioneros se quedaban tan flacos que se les podía ver los huesos. Se les hinchaba el estómago del hambre. Muy pocos prisioneros vivían más de un año en aquel lugar. ¡Abonim había sido condenado a cinco años! ¿Cómo iba a poder sobrevivir?

Tan pronto como llegó, Abonim comenzó a planear como mantenerse vivo. La mayoría de las personas pensarían que el mejor plan sería concentrar toda la energía en encontrar la manera de ayudarse a sí mismo aún a costa de los demás. Esta no era la forma de actuar de Abonim, dado que sabía que no era la manera de actuar de Dios.

En primer lugar, al ver la penosa falta de alimento, pensó que si se obsesionaba desesperadamente con la comida, seguramente moriría. Observaba como actuaban los demás. Un día, un prisionero enfermo murió mientras comía su ración. Cuando se cayó al suelo, varios prisioneros se precipitaron a su lado para comerse la comida que quedaba en su plato. Tenían tanta hambre, que no se preocuparon de la persona que acababa de morirse.

Abonim decidió que, en vez de buscar la manera de conseguir más comida para sí mismo, compartiría su pequeña ración con los demás. Empezó a dividir su pequeña porción de arroz en dos y daba una mitad a otro prisionero. ¡Esto era revolucionario! La gente en la prisión estaba tan hambrienta que estarían dispuestos a hacer daño a los demás por conseguir más comida. ¡Abonim, en cambio, estaba dispuesto a hacerse daño a sí mismo para dar comida a los demás! Hizo esto durante varios meses, entonces sintió que Dios le decía que era el momento de que se quedara con toda su ración. ¡Por entonces, Abonim estaba tan acostumbrado a media ración que una ración entera era como una fiesta para su estómago!

Aquel tiempo previo a la guerra de Corea era muy difícil incluso para los que no estaban en prisión. A los discípulos de Abonim, como la Sra. Oak o Won Pil Kim, se les permitía visitarle cada dos meses. A veces le traían una bolsa de harina de arroz. Abonim podría haberse ido a un rincón tranquilo a disfrutar el solo de la harina de arroz, pero ésta no era su forma de actuar. Siempre compartía todo lo que recibía con los demás prisioneros. Solía hacer pequeños paquetes de harina de arroz y se los ponía en sus bolsillos cuando no le veían.

Un día Abonim recibió un saquito de harina de arroz. Antes de compartirlo con los demás advirtió que faltaba una parte considerable. Los demás prisioneros se enfadaron mucho. ¿Quién habría hecho algo así? Finalmente encontraron al culpable y lo llevaron ante Abonim para que pudiera denunciarlo. En vez de esto, tuvo compasión del ladrón. Abonim lo miró y le dijo — Debes haber tenido mucha hambre para atreverte a robar comida. Quien tiene mucha hambre tiene derecho a comer. Dame tu tazón — Abonim entonces se la llenó con la harina de arroz que le quedaba.

Abonim decidió trabajar más duramente que nadie con el fin de tener la confianza de soportar cualquier carga por muy grande que fuera. Los nueve compañeros de su grupo sabían que con Abonim podían cumplir siempre con la meta de trabajo. Así que todos los demás prisioneros querían integrarse en el grupo de Abonim. Por dos veces, los comunistas le dieron un premio a Abonim por su duro trabajo. ¡Incluso ellos, que estaban en el lado de Satán, tuvieron que admitir que Abonim era el mejor trabajador!

Abonim sufrió muchísimo en aquella situación. No podemos ni siquiera imaginarnos lo terrible que era aquella prisión. No había alegría ni música ni canciones y probablemente hablaban y se reían poco allí. Todo el mundo sólo estaba concentrado en sobrevivir y, a pesar de ello, muchos se morían. Sus ropas eran harapientas y sucias, sus camas eran duras, el retrete era un agujero maloliente que estaba en una esquina de la habitación. La mayoría tenían piojos y pulgas. Los guardianes los trataban con dureza, se burlaban de ellos y los insultaban. Incluso los jóvenes, al cabo de poco tiempo, parecían viejos y cansados.

Abonim humedecía un pañuelo en la poca agua que les daban para beber y se lavaba el cuerpo cada día. Esto ayudaba a Abonim a mantenerse sano y a mantener su orgullo y dignidad como hijo de Dios. El tenía que tratar a su cuerpo con respeto, a pesar de vivir en una situación en la que no se respetaban a las personas ni siquiera como seres humanos.

Exteriormente, Abonim parecía igual que los demás, un hombre miserable en una situación terrible. Pero, interiormente, era como una luz brillante en aquel sucio y oscuro lugar. Sus actos bondadosos eran sentidos por los demás como una mano amante y cálida que les daba golpecitos en la espalda, recordándoles que había una manera mejor de vivir. Quizás incluso recordándoles el amor de sus propias madres de antaño en sus infancias. Cuando, entrada la noche, todo el mundo estaba durmiendo, Abonim le hablaba a Dios y le cantaba canciones. Nunca se quejó a Dios. Nunca oró a Dios pidiéndole que le ayudara a salir de la prisión o a mejorar su situación. Por el contrario, trataba de consolar a Dios. Su primer pensamiento era que ya Dios debía estar sufriendo mucho al verle en aquella situación. Si se ponía triste, esto haría sufrir más a Dios, así que lo consolaba dándole ánimos.

— Nunca me daré por vencido, Padre Celestial — oraba con gran amor — Por favor, no te preocupes por mí — También le decía a Dios que saldría victorioso de aquella situación y cumpliría su misión.

Había poco tiempo para dormir, pero Abonim lo usaba para orar y meditar. Un prisionero, hablando del tiempo que pasó con Abonim en la prisión, dijo que cuando iba a dormir, veía a Abonim arrodillado orando. Cuando se despertaba, aún estaba orando. Los demás prisioneros llegaron a querer mucho a Abonim. Muchas veces se sentían tan conmovidos en sus corazones por Abonim, que se les saltaban las lágrimas. Abonim nos les podía decir ni una sola palabra acerca de su misión, ni siquiera hablarles de Dios o religión. Los comunistas lo tenían prohibido. Por ello, el mundo espiritual les daba testimonio. Muchos prisioneros tenían sueños en los que se les decía que aquel hombre era una persona muy especial y que tenían que atenderle. Incluso algunos guardias comunistas recibieron mensajes del mundo espiritual. Un tradicional espíritu guardián coreano se les apareció y les dijo que no debían maltratar a Sun Myung Moon. Abonim siempre parecía que conocía estos sueños antes de que se los contaran. Muchos de los guardias creían que Abonim tenía poderes sobrenaturales y tenía miedo de hacerle cualquier daño. De esta manera Dios protegía a Abonim.

Al menos doce prisioneros se convirtieron en sus discípulos. Uno de estos hombres se llamaba Jung Hwa Pak. El Sr. Pak era el jefe de una sección de los prisioneros. Abonim estaba en esta sección. El trataba, siempre que le era posible, de dar a Abonim un trabajo más fácil o comida extra, pero Abonim siempre rehusaba estos favores.

Los veranos eran extremadamente calurosos, pero Abonim siempre tenía una camisa puesta. Un día el Sr. Pak le sugirió amablemente — ¿Porque no te quitas la camisa y los zapatillas para que te las lave? — Pero Abonim sentía que el Padre Celestial deseaba que mantuviera su precioso cuerpo oculto a la vista de los demás.

En un momento dado, Abonim se puso enfermo de malaria. Podría haberse quedado descansando con los demás enfermos. Incluso los despiadados comunistas reconocían que alguien enfermo de malaria no podía trabajar. Pero Abonim continuó trabajando, sudando mucho y apenas teniendo energía para mantenerse de pie. Nadie podría haber sobrevivido en una situación así.

El número de Abonim era el 596. Cuando alguien lo pronuncia en voz alta en coreano suena parecido a una exclamación que significa "¡qué pena!"

De esta manera, el Padre Celestial expresaba la pena que sentía por el castigo injusto que recibía Abonim.

 

22. La liberación del campo de Hung Nam

por Sandra Lowen


En el campo de concentración de Hung Nam se extendió el rumor de que iba a haber una guerra. Algo estaba a punto de ocurrir.

Un día, uno de los discípulos de Abonim, un hombre muy mayor y un poco enfermo, vino a hablarle y le dijo que tenía la oportunidad de trasladarse a otro campo cerca, donde el trabajo era mucho más fácil. Le preguntó a Abonim si debería ir allí.

Abonim miró al hombre y le dijo — No, no vayas allí — Pero el hombre no dejaba de pensar que allí tendría un trabajo más fácil. Había trabajado muy duramente y sus huesos le pedían a gritos un descanso. Cuando vino la oportunidad decidió cogerla, así que se trasladó al otro campo.

Un segundo prisionero, un hombre más joven, vino a ver a Abonim y le dijo que tenía la oportunidad de trabajar en el mismo campo. Quería también pedirle a Abonim su consejo. Abonim lo miró por un momento y le dijo — Está bien, puedes ir. Pero si ves que ocurre algo sospechoso, escapa corriendo inmediatamente — Así, este hombre se fue también al otro campo. Un poco más tarde, en Junio de 1950, Corea del Norte atacó a Corea del Sur. Fue el comienzo de la guerra coreana.

En Agosto, el Sr. Pak fue liberado del campo de concentración. Antes de partir le preguntó a Abonim que tenía que hacer.

Abonim le dijo — Ve a Pyongyang y dile a todos los miembros que no se preocupen de mí. Pronto volveré.

La guerra siguió su curso y en Octubre comenzaron los bombardeos en el campo de concentración Tong Nee. Los guardias estaban aterrorizados. Temían morir y que los prisioneros se pudieran escapar. Decidieron que tenía que matar a todos los prisioneros, para así evitar que se escaparan. Empezaron por el campo que estaba un poco más apartado. El segundo hombre que recibió el permiso de ir allí, sospechó lo que iba a ocurrir y rápidamente se escapó del campo. Del primer hombre, que fue sin el permiso de Abonim, no se supo nada más.

Los prisioneros del campo principal fueron recluidos en sus celdas. Llamaban a todos los que estaban en una celda y los sacaban a todos juntos para ser fusilados. Así, una a una, iban matando a los prisioneros de cada celda sin dejar vivo a ninguno. Los comunistas llegaron hasta la celda anterior a la de Abonim y sacaron a todos los prisioneros para matarlos. Era una emergencia extraordinaria ¡La celda de Abonim era la siguiente! La vida de Abonim y la Providencia de Dios pendían de un hilo. ¡Faltaban unos segundos para que Abonim fuera fusilado! No había forma de escaparse.

El mundo espiritual estaba luchando junto con las fuerzas de las Naciones Unidas para liberar a Corea y liberar a Hung Nam. Tenían un único pensamiento: el Mesías estaba en un terrible peligro, había que ganar las batallas para rescatarle. El futuro del mundo dependía de ello. Aunque los soldados no lo sabían y pensaban que luchaban sólo por causas políticas, todo el mundo espiritual estaba luchando a su lado. Los buenos espíritus les susurraban cosas al oído, les agudizaban la vista, les daban coraje y fuerza para ir a luchar. Estos espíritus sólo tenían una meta en su mente: salvar la vida del Mesías en Hung Nam. Así las fuerzas del cielo y de la tierra lucharon fieramente para llegar a tiempo a Hung Nam.

Cuando los comunistas estaban llamando a los prisioneros de la celda de Abonim y poniéndolos en fila para salir, se vieron grandes resplandores y se oyeron ruidos ensordecedores, como los rayos y truenos de una gran tormenta. Eran bombas que caían en el campo. Las fuerzas de las Naciones Unidas habían llegado a Hung Nam.

Aterrorizados, los comunistas corrieron a los refugios subterráneos, dejando a los prisioneros, incluido Abonim, a la intemperie. Era casi imposible sobrevivir al bombardeo. Cientos de prisioneros murieron, pero Abonim recibió un mensaje de Dios diciéndole que ninguna bomba caería cerca de él.

Abonim no le dijo esto a sus discípulos, pero les dijo — Mantengámonos cerca unos de otros. Así viviremos juntos o moriremos juntos — Sus discípulos y otras personas se reunieron a su alrededor. Incluso algunos comunistas, a los que le había impresionado la forma de vivir de Abonim, también se reunieron a su alrededor y así se salvaron también.

Abonim fue liberado por las fuerzas de las Naciones Unidas el 14 de Octubre de 1950. Había sobrevivido casi tres años en aquel horrible lugar. Tardó diez días en llegar caminando a Pyongyang. Allí estuvo 40 días buscando a sus discípulos.

¿Por qué Satán no pudo matar a Abonim en la prisión? ¿Por qué Abonim no murió de hambre, o por el duro trabajo, o fusilado o incluso por el bombardeo? Fue debido a que Abonim logró una gran victoria de amor. Fue una gran derrota para Satán. El gana todas las batallas con el odio. Todos los males del mundo se han ocasionado por este odio de Satán. Pero ahora había sido derrotado por un poder más fuerte, el poder del amor. Debido a que Abonim, en aquellas terribles circunstancias había demostrado un amor incondicional hacia Dios y hacia sus compañeros de prisión, Satán no pudo matarle o derrotarle.

El amor triunfó en el campo de concentración de Hung Nam. Abonim demostró que el amor es el poder más grande del universo, un foco de luz brillante incluso en la más profunda oscuridad.

 

23. Tigres de montaña

por Chris García y June Saunders


Si hubierais estado allí, habríais visto a tres siluetas caminando entre los árboles a luz de la luna, bajando por un pequeño sendero, hablando entre sí en susurros. Descendían lentamente la montaña entre las ramas de los pinos. Habríais advertido que la mujer que iba detrás era bastante mayor, quizás de 60 años de edad; la mujer que iba delante era de mediana edad, puede que en los treinta; y la niña pequeña que caminaba entre ellas por el sendero era definitivamente de 6 años de edad.

El nombre de la niña era Hak Ja Han y por fortuna era de un carácter tranquilo por naturaleza. El vivir bajo el régimen comunista la había entrenado a ser incluso más tranquila. Debido a que hablaba muy dulcemente y era muy bonita, incluso los funcionarios comunistas estaban encantados con ella y le permitían comprar cosas buenas en sus tiendas, como manzanas. En aquella situación su amabilidad era como un salvavidas, pues un mal paso podría haber hecho sospechar a los soldados de Corea del Norte que tenían la intención de escapar hacia el Sur.

Su madre y su abuela estaban muy asustadas cuando se aproximaron a la zona fronteriza entre el norte y el sur. Sabían muy bien lo que era el comunismo. Habían pasado once días en la prisión, así que Soon Ae nunca más deseaba ver a un comunista. Caminaba mirando hacia el sur, donde le esperaba la libertad y el Señor venidero.

Estaba muy temerosa porque un vecino suyo que había tratado de escapar a Corea del Sur por la noche, igual que ellas ahora, pisó un trozo de metal enterrado en la tierra y se fue derecho al cielo con Jesús en medio de una gran explosión. Era una mina que estaba enterrada en el camino.

Todas estas cosas acongojaban el corazón de Soon Ae mientras iba abriendo el camino para su pequeña niña y para su madre. La noche estrellada estaba llena de peligros. En las montañas había muchos soldados, soldados del sur y soldados de Kim Il Sung. El disparo de un rifle desde algún matorral podría acabar con sus existencias en cualquier momento. Si se encontraban coreanos del sur, puede que estuvieran a salvo. Encontrarse con el ejercito del Norte era algo que no quería ni imaginárselo.

Fue a media noche cuando ella había despertado a Hak Ja Han y le había dicho que se levantara sin hacer ningún ruido pues de lo contrario tendrían un grave problema. Hak Ja Han obedeció sin decir una palabra. Sigilosamente abandonaron el pueblo y se internaron en la montaña camino hacia la frontera. Ella sentía con intensidad el mundo espiritual a su alrededor mientras buscaban a tientas el camino en medio de la oscuridad. El cielo estaba lleno de estrellas y se veía un trocito de luna creciente. En aquella fría noche, un viento suave y persistente producía un sonido como si fuera un murmullo de voces que estuvieran hablando acerca de ellas.

Omma — dijo la niña — ¿aún hay tigres en la montaña?

— No creo, querida — contestó Soon Ae. Según lo que ella tenía entendido, era verdad. Los campesinos y los buscadores de Ginseng le habían dicho que los animales salvajes habían huido de aquellas montañas debido a la guerra, buscando lugares más tranquilos para cazar. Pero nunca podían estar seguros de que no hubiera tigres siberianos, que no tenían miedo a nada.

— ¿Y fantasmas? — preguntó Hak Ja Han.

— Oh, quizás haya algunos — dijo Soon Ae, tratando de parecer imperturbable. Negar que hubiera fantasmas podría traer mala suerte. Pero su pequeña niña tenía una curiosa habilidad de saber cuando alguien no estaba diciendo lo que realmente pensaba.

— ¿Buenos o malos fantasmas, Omma?

— Estoy segura que son buenos fantasmas.

— Si oramos a Dios, quizás los buenos fantasmas nos protegerán de los malos.

— Sí, sí, claro — Soon Ae sintió el temblor de su propia voz esperando que su hija no lo notara ¡Estaban tan solas allí! Les podía ocurrir cualquier cosa. Satán antes había tratado muchas veces de destruir a su pequeña niña. Ella sabía que tenían un gran destino que cumplir para Dios y esta era la razón por la cual tenían que ir al sur. En algún lugar de Corea del Sur, el Mesías les estaría esperando. Pero, primero, tenían que superar muchos contratiempos. Tigres. Sí, tigres con rifles, con un corazón peor que el de los tigres, que sólo matan cuando tienen hambre. Estos tigres eran los soldados del ejercito de Kim Il Sung. Escudriñó la obscuridad y acercó a su hija hacia sí.

Cuando por fin cruzaron la frontera, Hak Ja Han preguntó si podía cantar una canción.

— ¿Aún tengo que cantar una canción para Kim Il Sung? ¿Puedo cantar una canción de Corea del Sur?

Antes de que Soon Ae pudiera contestar, hubo un disparo y un chispazo de luz detrás de los arboles. Era un rifle. De repente, la noche se llenó de destellos rojos y disparos. La abuela dio un grito cuando una bala se incrustó en un árbol a su espalda. Soon Ae oyó una bala pasar zumbando cerca de su oído. Se quedó aterrada. Pero su fe la movió a orar a Dios — ¡Oh, Padre, salva a mi preciosa hija!

Entonces, un singular sonido llegó a sus oídos, insólito en medio de terror de los disparos en aquella negra noche. Hak Ja Han estaba cantando una canción.

Su pequeña y dulce voz surcaba el aire en medio de la obscuridad, portando la melodía de una canción de Corea del Sur. En su voz había pureza y bondad, recordaba al hogar y la familia, a pueblos pacíficos y a los saludos amables entre vecinos. Cantaba con una gran confianza e inocencia infantil.

Un soldado gritó — ¡Alto el fuego!

Hubo un silencio y se encendieron unas linternas. El pecho de Soon Ae era como una jaula pequeña en la que su corazón daba saltos como un pájaro asustado ¿Qué iba a pasar ahora?

Las alumbraban con las linternas de tal manera que no podían ver quiénes estaban detrás. Hak Ja Han terminó de cantar suavemente.

— ¿Quiénes sois vosotras? — preguntó un soldado con rudeza.

— Somos del norte. Soy Soon Ae. Ellas son mi madre y mi hija — respondió temblorosa. Como creía haber detectado en el soldado un acento del sur, se atrevió a añadir — Escapamos de Corea del Norte.

Aparecieron más linternas. Las retiraron un poco de las caras de las mujeres y se podía sentir que estaban más relajados. La luz de una linterna iluminó la cara de Hak Ja Han, que brillaba como una blanca y pequeña luna llena. Sus grandes ojos negros estaban llenos de gratitud.

Se escucharon risas entre los soldados y el jefe del grupo con educación se presentó a ellas. Soon Ae se inclinó con respeto mientras que en su corazón daba gracias al Padre Celestial.

— Debéis haber pasado muchas dificultades — comentó el jefe — y más aun llevando a esta pequeña niña con vosotras.

Soon Ae asintió inclinando de nuevo su cabeza y dando de nuevo gracias a Dios, esta vez por la bravura y amabilidad de aquellos defensores de la libertad de Corea.

También los soldados estaban contentos de poder ayudarlas. Siempre que se topaban con refugiados se sentían conmovidos al ver el miedo y la desesperación de sus hermanos y hermanas del norte. Esto les hacía recordar la razón por la que estaban luchando. Aquella pequeña niña, su inocente cara y su voz melodiosa, les enterneció recordándoles a sus hijas y sobrinas. Estaban defendiendo también a sus familias en contra del régimen agresivo de Corea del Norte.

Aquellos soldados fueron muy amables con ellas. Les dieron la bienvenida en el sur y les ayudaron a emprender su viaje a Seúl, la capital de Corea del Sur. Incluso les dieron algo de dinero.

— ¡Seúl! — pensó Soon Ae, cuando se despedía de los amables soldados — Seguramente encontraremos al Mesías allí — y llena de esperanza volvió su cara en dirección de la gran ciudad.

La canción de Omonim hizo que los soldados dejaran de disparar. Su hermoso corazoncito había conmovido a los comunistas del norte y a los soldados del sur, protegiendo así a su madre y a su abuela en su peligroso viaje hacia la libertad.

 

24. Refugiados

por Linna Rapkins


Se podían distinguir tres figuras en la carretera que conducía a la ciudad. Cada poco tiempo se paraban y, colocando el reverso de sus manos en la frente, se inclinaban hasta el suelo tres veces. Después seguían caminando.

La ciudad era la capital de Corea, Seúl. Era el año 1948 y las tres figuras eran Soon Ae Hong, su madre y su hija de 6 años, Hak Ja Han. Aunque habían caminado muchos días desde que se escaparon de la prisión de Corea del Norte, la niña estaba muy animada y sus ojos resplandecían de interés por conocer la ciudad que ya estaban divisando.

No era una ciudad con rascacielos. Todos los edificios eran de menos de cinco pisos de altura, para que no fueran más altos que el palacio del emperador. La mayoría de la gente iba a pie o en bicicleta. Al alcanzar el destino de su viaje, Soon Ae estaba esperanzada. Su hermano podría estar allí. Quizás, solamente quizás, podrían descansar en una habitación caliente.

— ¡Qué niña tan buena! — pensó mirando a su hija — Nunca se ha quejado, siempre tan optimista y obediente. Es triste que no se hubieran arreglado las cosas con su padre después de su nacimiento.

Miró de reojo a su madre, que andaba detrás de ella — Mi madre fue muy dura con él, tratando de adoptarlo en su familia y provocando un gran escándalo cuando quiso llevarse a la niña a vivir a otro lugar. Su orgullo se sintió herido — suspiró — Bueno, al menos no le echo mucho de menos. Estoy segura que alguien nos podrá ayudar cuando lo necesitemos —. Cuidar de una hija, para una mujer sola, no era una tarea fácil en aquel tiempo en Corea.

Soon Ae recordaba el hogar que habían dejado atrás; los caminos de tierra de su pueblo, las casas con el techo de paja, los árboles de kaki, aquellas cosas que ya nunca vería jamás. Pensaba también en la desaparecida "Iglesia del Vientre." La Sra. Ho había rehusado negar ante la policía las revelaciones que había recibido, a pesar que un joven, que estaba en otra celda, le había mandado una nota diciéndole que las negara para así poder salir en libertad. Aquel joven le había dicho también que orara para saber quién era el que escribía la nota y darse cuenta así que el mensaje venía del cielo, pero ella no le hizo caso. Desobedeció a este joven (era Abonim) y no pudo salir ya nunca más de la prisión.

Otra mujer se convirtió en la nueva líder de la Iglesia. Hubo una corta, pero inolvidable, conversación entre la Sra. Hong y aquella mujer.

— ¿Quién es la niña? — había preguntado la mujer cuando vio a su hija.

— Es mi hija, Hak Ja Han — había contestado ella.

— ¿Qué edad tiene?

— Seis años.

Entonces, con bastante autoridad, dijo simplemente— ¡Ella será la novia del Señor!

Pensar en ello despertaba en la Sra. Hong el mismo sentimiento espiritual que experimentaba siempre que ocurría algo especial en relación con su hija, y que le renovaba su promesa a Dios de cuidar de ella muy bien. Sentía que esta era la misión de su vida. Cuando fueron llevados a prisión en el norte, no sabía qué pensar. ¿Debería mantener la calma, confiando que Dios protegería a su hija? ¿O debería luchar desesperadamente por salvarla? Al final hizo ambas cosas y después de siete días se escaparon.

¡Omma, Omma! — Hak Ja Han le estaba tirando de la manga para atraer su atención.

— ¿Sí, querida?

— ¿Llegaremos a Seúl hoy?

— Sí, hija, llegaremos hoy — contestó — Y no olvidemos que nos encontraremos con el Mesías muy pronto.

La Sra. Hong miró también a su madre para incluirla en lo que iba a decir — A medida que nos aproximemos a Seúl, debemos recordar que tenemos que tener el sentimiento de estar acercándonos al Mesías. Debemos continuar haciendo tres inclinaciones regularmente hasta que lleguemos a las puertas de la ciudad.

— Sí, Omma.

La madre de la Sra. Hong la miró con cara de cansancio y asintió con la cabeza. Al medio día, llegaron a la ciudad, pero aún tenían que caminar más.

— Esta ciudad es interminable — murmuró Soon Ae con una mirada de preocupación — Tardaremos unos días en encontrar a mi hermano. Su madre parecía preocupada también. Hacía muchos años que no veía a su hijo, el único que tenía, aparte de Soon Ae. ¿Sería capaz de reconocerlo?

— Podríamos orar, Omma — sugirió la niña.

— Es una buena idea, hija — asintió la madre.

La Sra. Hong, mientras caminaba, oraba en silencio pidiéndole a Dios que las guiara. Con el dinero que le dieron los soldados en la frontera, se pararon en un puesto de comida y tomaron algo de pescado frito y una sopa de tallarines. Mientras comía seguía orando interiormente.

Cuando se levantaron para seguir su camino entre los vendedores callejeros, la Sra. Hong, de repente, vio una cara familiar; era un amigo de su hermano. Esa era la respuesta a sus oraciones. Cuando le dijo que estaban buscándole, su respuesta fue entusiasta.

— ¡Sí, está aquí! Es soldado y ahora está destinado en Seúl — dijo sorprendido de verlas en Seúl — Últimamente, me hablaba mucho de su familia, deseando poder verla de nuevo después de tantos años ¡Y ahora estáis aquí! Bueno, entonces, venid conmigo. Os llevaré a su casa.

Después de tanto tiempo, la familia por fin reunida se estableció en Seúl. Hak Ja Han asistía a una escuela cercana y la Sra. Hong trabajaba para mantener a su familia.

Durante su primer año en Seúl, los comunistas de Corea del Norte se estaban convirtiendo en una seria amenaza. Trataban de todas las maneras posibles de darle problemas a Corea del Sur. Por ejemplo, de repente, cortaban la electricidad de Seúl. Esto era debido a que las plantas eléctricas estaban en el Norte.

En Junio de 1950, el ejercito comunista, con la ayuda de Rusia, comenzó a atacar algunos pueblos fronterizos, amenazando con acercarse a Seúl. Se llamó urgentemente a los americanos para que ayudasen. La atmósfera se cargó de tensión en aquel caluroso verano. Los habitantes de Seúl estaban huyendo por miles hacia el sur para escapar de los comunistas.

La Sra. Hong y su madre trataron de que Hak Ja Han no notara su preocupación. Después de que se acostaba la niña, discutían sobre lo que deberían hacer. Las cosas se estaban poniendo feas. Quizás los coreanos del norte atacarían Seúl. Quizás, rusos y americanos lucharían entre sí en Corea y a ellas les cogería en el medio de la batalla ¿Debería huir o quedarse? Entonces, un día, el hermano de la Sra. Hong entró corriendo en la casa sin aliento.

— Empaquetar todo lo que podáis en diez minutos — dijo nada más que entrar — A las familias de los soldados se les permite abandonar la ciudad en tren. Y hay uno que va a salir en seguida, ¡Pali pali kapsida! ( "¡Vámonos rápido!" en coreano)

Salieron corriendo cargándose a las espaldas todas las pertenencias que pudieron recoger. Era muy difícil correr hacia la estación cargados como estaban de bultos, pero lograron llegar antes de la partida del tren.

El viejo tren se alejó chirriando lentamente de la estación. Atravesó la ciudad y luego pasó entre los campos de arroz escalonados; más tarde por un puente muy largo y por la villa de Kanko. Entonces, comenzaron a sentirse tranquilas.

A través de las ventanillas, veían jeep con soldados americanos en retirada entremezclados con los coreanos. Aquellos soldados americanos parecían sufrir mucho con el calor y los mosquitos. A lo largo de las vías del tren había miles de personas, la mayoría mujeres, niños y ancianos con sus sombreros de pelo de caballo negro, caminando penosamente hacia el sur. Los pocos jóvenes que habían, iban cargando unos bultos muy pesados que apenas podían sostener a sus espaldas.

De repente ¡pom! ¡bang! ¡crach! ¿Qué estaba pasando? Todo el mundo sacó la cabeza por la ventanilla. Detrás del tren vieron una gran columna de humo negro que se elevaba al cielo y debajo de ella un gran agujero en el puente que acababan de pasar hacía cinco minutos. Si el tren hubiera salido unos minutos tarde... dejaron de mirar por la ventana no queriendo pensar en esa posibilidad.

Soon Ae cerró sus ojos — ¡Dios mío! — suspiró temblando — Gracias. Ahora de verdad sé que estás protegiendo a mi hija, que es tu hija.

Más tarde, se enteraron que fueron los americanos los que destruyeron el puente para retrasar el avance de los comunistas.

La guerra coreana había comenzado. La Sra. Hong, su hija y su madre llegaron a Taegu, donde decidieron quedarse. Allí se escuchaban las bombas del frente. Los comunistas les habían estado siguiendo de cerca. La voladura de los puentes no les retrasó demasiado. Ahora estaban tratando de entrar en Taegu.

— ¿Deberíamos huir hasta Pusan? — se preguntaba la Sra. Hong. Al final decidió quedarse y la guerra pasó a su alrededor como un gran tornado, destruyendo todo a su paso. Cuando la situación se calmó en Taegu, las tres mujeres rehicieron su vida allí. Hak Ja Han asistía al curso quinto de primaria. Siempre se sintieron protegidas por Dios.

De vez en cuando, Dios recordaba a la Sra. Hong que tenía que educar a su hija muy bien. Un monje budista le dijo una vez — Esta hija que tienes vale más que diez hijos. Es tan noble que cuando anda, sus pies no tocan el suelo. (En Corea hay un dicho que dice que si alguien es de una clase muy alta sus pies no tocan el suelo)

— Además — añadió — tu hija se casará muy joven. Se casará con un hombre mayor que ella, un hombre extraordinario y muy rico. Sus riquezas le vendrán del cielo, de la tierra y de los océanos.

En otra ocasión, cuando acababa de acostarse, la Sra. Hong escuchó una voz.

— Soon Ae Hong — dijo la voz.

— Estoy escuchando — respondió ella.

— Quiero que sepas que tu hija debe mantenerse pura. No debe tener ningún novio. Esto es muy importante y tu única misión debe ser protegerla durante todos estos años.

— Gracias — dijo la Sra. Hong — lo he entendido.

Ella ya sabía que su hija tenía algunos amigos, pero se relacionaban entre sí como hermanos y hermanas, así que no se había preocupado demasiado hasta ahora. Sin embargo, la Sra. Hong se había dado cuenta que cuando su hija andaba por la calle, algunos chicos más mayores se quedaban mirándola admirando su belleza. A veces, los más atrevidos le decían cosas como — ¡Qué guapa eres!

Miró a su hija. Sus ojos eran brillantes, su sonrisa hermosa y tenía una timidez encantadora. Su cara irradiaba una sensación de calma y frescura. Era sólo una niña pero estaba floreciendo como un capullo en flor. No era de extrañar que los chicos se fijaran en ella.

— Hak Ja Han — le dijo su madre, rodeándola con sus brazos — ¿Sabes que no debes responder a las insinuaciones de ningún chico?

— Sí, lo sé, Omma — respondió rápidamente ella, como si ya hubiera pensado antes en ello. ¿Pero, realmente lo comprendía? Esta era la gran preocupación de la Sra. Hong.

Un día vino una carta a su casa dirigida a Hak Ja Han. Cuando ella la abrió y la leyó su cara se puso roja y trató de ocultarla.

— ¿Quién te escribe? — le preguntó la madre. Hak Ja Han le dio la carta. Cuando la Sra. Hong la leyó, se le heló el corazón. Era un chico que le escribía — Querida Hak Ja. Eres muy hermosa. Te quiero muchísimo.

— ¿Conoces a este chico? — le preguntó su madre, tratando de parecer tranquila.

— Es sólo un compañero de clase — contestó ella.

— Bueno, hija, no le hables más ¿Me lo prometes?

— Te lo prometo, Omma.

Realmente deseaba hacer lo que era correcto. Sin saberlo su madre, ya había orado antes por mantener su pureza y vivir para Dios. Incluso había orado por encontrar un marido puro.

A partir de entonces, ocurrieron con más frecuencia cosas como estas, más comentarios en la calle, más visitas, más cartas. La Sra. Hong estaba preocupada día y noche.

— ¿Si esto es así ahora — se preguntaba — cómo será cuando tenga 15 o 16 años?

Meditando y orando sobre este problema, una idea comenzó a venirle a la cabeza, pero al principio la rechazaba. Era disparatada. Sin embargo, a medida que oraba lo veía más claro. Tenían que irse de allí. Deberían vivir solas. Tenía que abandonar todo para proteger a su hija.

Soon Ae tuvo que sufrir la guerra y pasar por muchas dificultades. No obstante, ella sólo pensaba en encontrarse con el Señor y en proteger a su hija del pecado.

 

25. El viaje hacia Pusan

por Renee Balise


— ¡Escapar hacia el sur! ¡Escapar hacia el sur!

Esta era la meta de todo el mundo. La guerra había empezado y los comunistas estaban avanzando. El sitio más seguro era el lugar más al sur al que pudieran llegar. Miles de personas se dirigían hacia Pusan, el extremo sur de la península de Corea. Las carreteras estaban llenas de gente aterrorizada.

Abonim, en cambio, no se dirigió al sur de inmediato. Fue caminando desde Hung Nam hasta Pyongyang. Tardó 10 días en llegar. Deseaba ver a sus discípulos de Pyongyang. — ¿Habrían ya huido hacia el sur? ¿Estarían todos bien? —. No abandonamos a quienes consideramos nuestra familia, y Abonim tenía que demostrar ante Dios y Satán que amaba más a aquellas personas que incluso a su propia familia. Sólo de esta manera puede crearse una verdadera hermandad entre todos los hombres.

Abonim se quedó en la peligrosa ciudad Pyongyang durante 40 días, buscando a sus discípulos perdidos. Al final no tuvo tiempo de ir al pueblo de sus padres. Desde entonces, nunca pudo ver de nuevo a sus padres, igual que les pasó a muchos coreanos, cuyas familias fueron divididas a causa de la guerra.

En Pyongyang, encontró a Won Pil Kim. Juntos fueron a visitar a los restantes discípulos. Fue muy doloroso para Abonim ver que muchos de ellos habían perdido la fe. Mientras que Abonim había estado sufriendo tanto en prisión, se habían desanimado y habían vuelto a su vida de antes. Abonim fue a visitar a cada uno tres veces para tratar de animarlos de nuevo.

Durante todo este tiempo, continuaba la guerra entre el ejercito comunista y las tropas de las Naciones Unidas. El líder de los comunistas era Kim Il Sung. Satán estaba usando a este hombre para construir el reino satánico en la tierra. Dios estaba usando a Abonim para construir el reino celestial en la tierra.

Entonces, Abonim decidió que era el tiempo de dirigirse hacia Pusan con dos de sus fieles discípulos, Won Pil Kim y el Sr. Pak. Abonim le dijo a Won Pil Kim — Tu y el Sr. Pak debéis prepararos para ir hacia el sur inmediatamente.

Won Pil Kim fue a buscar al Sr. Pak. Eran tiempos difíciles y peligrosos y el Sr. Pak tuvo la mala fortuna de romperse una pierna.

— Abonim — informó Won Pil — el Sr. Pak se ha roto una pierna y no puede andar. Lo encontré tendido en la cama, tiene la pierna escayolada y se sentía muy triste porque pensaba que ya nos habíamos ido sin él.

— Vamos a ir todos juntos — contestó Abonim.

Cuando el Sr. Pak lo supo le dio una gran alegría. Lloró de felicidad al ver que Abonim lo quería tanto. No es fácil encontrar a un verdadero amigo en circunstancias normales ¡Pero tener un verdadero amigo como Abonim, en aquellos tiempos tan difíciles, era una bendición increíble!

Encontraron una vieja bicicleta en la casa de la hermana del Sr. Pak y le subieron en ella a duras penas. El día 4 de Diciembre de 1950, en medio de un invierno muy frío, los tres hombres emprendieron el largo y penoso camino hacia Pusan, el extremo sur de Corea. Abonim arrastraba la bicicleta desde delante y Won Pil Kim que llevaba los bultos ayudaba empujando desde detrás.

Era un camino muy difícil y peligroso. No podían ir por las carreteras principales, debido a que estaban reservadas a las tropas de las Naciones Unidas. Los caminos secundarios estaban llenos de refugiados que huían hacia el sur, así que Abonim no tenía más remedio que ir por los caminos más pequeños, que atravesaban profundos bosques, arroyos helados y empinadas montañas. ¡Imagináos tratando de empujar a un hombre con una pierna rota subido en una bicicleta por un camino de montaña, a través de arroyos y bosques! Won Pil Kim estaba sorprendido de la fuerza de Abonim, a pesar de haber estado casi tres años en un campo de concentración. Estaba aún más maravillado por el espíritu tan fuerte que tenía. Abonim estaba completamente determinado a lograr la meta de llegar juntos a Pusan, estando incluso dispuesto a morir para lograrla. A veces los aviones comunistas disparaban a las columnas de refugiados. Cuando ocurría esto, la gente corría para salvarse ellos mismos, olvidándose incluso de sus propios familiares. Abonim nunca actuó de esta manera. No importa lo que ocurriera, siempre trataba primero de proteger al Sr. Pak y a Won Pil Kim.

Pero esto suponía un esfuerzo sobrehumano. Al final, el pobre hombre con la pierna rota estaba tan desanimado que quería que le abandonasen. Dijo — Abonim, no puedo seguir adelante. Voy a morir de todas las maneras, así que, por favor, dejadme aquí y salváos vosotros.

— ¡No! — dijo Abonim — ¡No hables de esa manera! ¿Cómo puedes decir una cosa así? Juramos a Dios que viviríamos juntos o moriríamos juntos ¡No debes decir esas cosas! — No estaba dispuesto por nada del mundo a abandonarle.

Al cabo de unos días los tres hombres llegaron a la provincia de Hwangae Do. A tres kilómetros de la costa había una isla llamada Yongmae. Escucharon que si podían llegar a la isla podrían coger un barco que los llevaría a Pusan. Esto sería más fácil que caminar. Había un único problema: ¿Cómo llegar a la isla? Sólo se podía pasar andando con el agua hasta las rodillas cuando la marea estaba baja.

— ¿Qué haremos ahora? — se lamentó el Sr. Pak — ¡No puedo andar por el agua con la pierna rota!

— Te llevaré hasta allí — le dijo Abonim.

— ¿Cómo lo vas a hacer? — preguntó el Sr. Pak, dudando de que fuera posible — No se puede empujar la bicicleta por el agua.

— Cuando baje la marea, te llevaré a cuestas en mi espalda.

El Sr. Pak estaba asombrado. Se preguntaba si Abonim sería capaz de conseguirlo. Con mucha seguridad, cuando bajó la marea, Abonim se cargó al Sr. Pak a la espalda y empezó a caminar por las heladas aguas fangosas y resbaladizas hacia la isla. A cada paso, sus pies se hundían en el fango, haciendo que la carga pareciera más pesada.

Mientras caminaba, Abonim pensaba y oraba de esta manera — Este hombre es un representante de todos los hombres del mundo. Si no tengo éxito en llevarlo hasta la isla, entonces es como si fallara en mi misión de salvar a todo el mundo —. Este pensamiento es lo que le daba fuerza a Abonim para cargar con el Sr. Pak. A pesar del hambre y sufrimiento que había pasado en la prisión, al final, haciendo un esfuerzo heroico, Abonim logró llegar, con aquel pesado hombre a cuestas, hasta la isla.

Abonim estaba tan cansado que llegó jadeando. Había un barco que estaba a punto de partir hacia Pusan, pero había tanta gente esperando que era imposible que todos pudieran embarcar, pues el barco estaba ya lleno. Abonim vio que algunos refugiados sólo pensaban en salvarse ellos mismos y no les importaba dejar en tierra a familiares queridos. Sintió una profunda pena y tristeza al ver que el ser humano pudiera actuar de esa manera. ¡Qué miseria tan grande!

Abonim apesadumbrado les dijo a sus compañeros — Hay demasiada gente que quiere embarcar. No creo que podamos coger este barco.

El barco zarpó y no había esperanza de coger otro barco que fuera a Pusan. Abonim sabía que tendrían que emprender el camino antes de que vinieran los comunistas, así que cuando bajó de nuevo la marea, se cargó al Sr. Pak a las espaldas e hicieron el camino de vuelta. De nuevo caminaron penosamente por el agua fangosa los tres kilómetros que separaban la isla de tierra firme.

Cuando emprendieron de nuevo el camino hacia el sur, Abonim pensó en dar algún regalo a sus dos compañeros. Oró a Dios — Padre Celestial, incluso aunque yo deba hacer algún sacrificio, deseo que les des algo bueno a mis hermanos que les reconforte y les infunda esperanza.

Comenzaron de nuevo a caminar. Abonim tenía el pelo cortado al estilo de la prisión de Corea del Norte. Un grupo de policías, que pasaba por allí, cuando vieron a Abonim creyeron por el corte de pelo que era un comunista y empezaron a pegarle con palos en la cabeza. Los demás les explicaron que Abonim era un Pastor que se había escapado de un campo de concentración. Abonim citó varios pasajes bíblicos de memoria y, por fin, los policías les creyeron y les dejaron en paz. Abonim oró, entonces, a Dios para que pudiera aceptar este sacrificio como pago para reconfortar a sus hermanos.

Pronto se hizo de noche. Los tres hombres caminaban, tambaleándose por el hambre y el cansancio, en la más completa obscuridad. De repente, vieron una luz centellear a lo lejos. A medida que se acercaban a la luz, se dieron cuenta que era una casa. El Sr. Pak y el Sr. Kim se pusieron muy contentos. Abonim llamó a la puerta y salió un joven maestro con su esposa. Estaban preparándose para ir al sur, pero aún no había salido.

— Mi nombre es Sun Myung Moon — les dijo Abonim — y estos son mis amigos Won Pil Kim y Jung Hwa Pak —. Abonim les contó las dificultades de su viaje y el hombre sintió compasión por ellos.

— Sois bienvenidos en mi casa — dijo el maestro — Vuestro viaje ha sido muy duro. No tengo mucho, pero lo que tengo me gustaría compartirlo con vosotros.

Les invitó a una buena cena y les ofreció para dormir la habitación más caliente de la casa, la que ellos normalmente usaban. A la mañana siguiente mataron un pollo y les ofrecieron un espléndido desayuno. Abonim se sintió muy agradecido a Dios por este maravilloso regalo. Esto pudo ocurrir debido a que Abonim estuvo dispuesto a sufrir por sus amigos.

Después del desayuno, emprendieron de nuevo el viaje. A mediados de Diciembre de 1950, llegaron a Seúl. Muchas de las casas estaban desiertas, debido a que los comunistas se estaban acercando. Parecía una ciudad fantasma. Abonim decidió que debían continuar hasta Pusan, el extremo sur de Corea. Caminaron kilómetros y kilómetros. A veces les ocurrían cosas milagrosas. Una vez llegaron a un pueblo en el que les dieron todas las manzanas que quisieron. En otro pueblo les dieron pasteles de arroz.

La pierna del Sr. Pak finalmente se puso mejor y se pudo quitar la escayola. Cuando llegaron a la ciudad de Kyung Ju, el Sr. Pak, agotado por el largo viaje, pidió quedarse en esta ciudad, pues allí tenía varios parientes. Abonim vio que esto sería lo mejor para él y estuvo de acuerdo.

Luego, Abonim y Won Pil Kim fueron a otra ciudad llamada Ulsan y allí pudieron coger un tren para Pusan. Era un tren de mercancías y en los vagones no había sitio para ellos, así que tuvieron que subirse en la locomotora donde estaba el carbón, al lado de la caldera. La ropa de Abonim se puso completamente negra del hollín, aún así aquello era mejor y más rápido que caminar.

El día 27 de Enero de 1951, casi dos meses después de emprender su viaje, llegaron a la estación de trenes de Pusan, donde comenzarían una nueva vida.

Bajo circunstancias desesperadas, Abonim pensó primero en sus amigos y se sacrificó a sí mismo para que las cosas fueran más fáciles para ellos.

 

26. La vida en Pusan

por Linna Rapkins


El calendario indicaba que era el día 27 de Enero de 1951. Era ya de noche cuando el viejo tren chirrió hasta detenerse en la estación de Pusan. Los dos jóvenes, que estaban subidos en los estribos de la locomotora, estaban tan negros de hollín y suciedad, y tan entumecidos por el viento helado invernal, que sus propios padres no les hubieran reconocido.

Durante dos largos meses, habían cruzado montañas pedregosas y aguas heladas, llevando consigo a un hombre con una pierna rota. Durante dos largos meses, habían comido raíces del campo o cualquier cosa que la gente les ofrecía por el camino, y habían dormido en pleno campo, sin tener ni siquiera una manta para abrigarse. Habían llegado al límite de sus fuerzas y aún así habían seguido adelante.

Se miraron el uno al otro y sonrieron. Con sus sonrisas querían decirse — ¡Por fin, Pusan! —. Pero sus cuerpos exhaustos les pedían a gritos — ¡Un pequeño descanso, por favor!

Andaron un poco por la estación y encontraron unas cajas de madera vacías de los soldados de las Naciones Unidas. Con ellas hicieron un fuego que les calentó un poco. Sentían aún el traqueteo del tren, pero pronto se quedaron profundamente dormidos.

Cuando empezó a clarear la mañana, Abonim y su amado discípulo, Won Pil Kim, se levantaron y sin perder tiempo se aventuraron por las calles frías y grises de Pusan. La ciudad estaba al borde del mar y arropada por empinadas colinas. Había muchos barcos cargando y descargando en su puerto, incluso en aquella hora tan temprana.

El primer pensamiento de Abonim fue — ¿Cómo podré encontrar a aquellos que trabajaron conmigo en Pyongyang y Seúl? Padre Celestial, Tu has estado llorando por ellos. ¡Debo encontrarlos rápidamente!

Mientras caminaban llenos de cansancio Abonim pensaba en sus discípulos. Recordaba lo triste que se sintió cuando estuvo buscándolos en Pyongyang, después de salir de la prisión, y sólo encontró a unos pocos, que incluso ya habían perdido la fe. Pensaba en la posibilidad de ver en Pusan a algunos de los que no pudo encontrar en Pyongyang.

Abonim y Won Pil Kim pasaron su primer día en Pusan, paseando por las calles, escudriñando entre las miles de caras de la gente con la esperanza de encontrarse con alguien conocido. Con el poco dinero que les quedaba, compraron algo de comida, el único alimento que ingirieron durante todo el día. A pesar de que la poca comida que pudieron comprar nos les dio mucha energía, continuaron recorriendo las empinadas calles de la ciudad. Pusan era la única ciudad que quedó fuera del control de los comunistas y por eso estaba abarrotada por miles y miles de refugiados que habían dejado sus hogares para escapar de los soldados comunistas. Los que tuvieron más suerte pudieron quedarse en las casas de familiares y amigos, el resto dormía en la calle, en cualquier lugar resguardado que pudieran encontrar. Ya que Abonim y Won Pil Kim eran de los últimos refugiados que llegaron a la ciudad, parecía que todos los lugares estaban ya ocupados.

Ese día se encontraron a alguien que Abonim conoció en Seúl hacía 5 años. Esta persona los invitó a su casa a pasar la noche ¡Qué regalo el poder dormir en una habitación y comer un plato de arroz! Aunque el arroz que se comía en aquellos tiempos de guerra, era un arroz duro y arenoso, mezclado con granos de cebada, no como el grano suave y limpio que comemos hoy.

La habitación donde durmieron estaba llena de familiares. Abonim no quiso causar más problemas de los que tenían ya, a aquella familia y a la mañana siguiente insistió en querer irse a otro lugar.

Won Pil Kim pensó para sí mismo — Debido a que somos dos, va ser difícil que alguien nos invite a su casa. Así que debo encontrar algo por mí mismo, para que sea más fácil para Abonim encontrar un lugar donde estar —. Habló con Abonim acerca de lo que quería hacer y pronto encontró un restaurante donde trabajar y un lugar cerca donde vivir.

El mismo día, Abonim notó que alguien le estaba observando. El hombre estaba fijándose en su ropa harapienta y sucia, y se estaba preguntando — ¿De qué conozco yo a este hombre? Su cara me es familiar. Pero yo no conozco a ningún mendigo —. Entonces, se le iluminaron los ojos al reconocerlo.

— ¡Moon! — exclamó excitado acercándose a Abonim. Entonces, Abonim reconoció a su compañero de estudios, Duk Moon Aum. Habían estudiado juntos en la universidad de Japón hacía ya tiempo. Se pusieron muy contentos de verse de nuevo, abrazándose y riéndose juntos.

El Sr. Aum inmediatamente invitó a Abonim a vivir en su casa. Se había convertido en un respetado profesor y arquitecto, no obstante, vivía en un pequeño apartamento con su familia. Apenas tenían dinero para mantenerla caliente y la comida era muy sencilla, pero Abonim se sentía muy agradecido, pues al menos era un lugar resguardado del viento helado de la calle.

En vez de relajarse, Abonim empezó a hablar al Sr. Aum sobre el mundo ideal y sobre Jesús. El Sr. Aum era budista, así que no sabía mucho acerca de Jesús.

Aquella noche tuvo un sueño sorprendente. En sueños se le apareció la hermana de Jesús.

— Cuando vivía Jesús — le dijo ella — nuestra madre no lo comprendía bien. Siempre estaba tratando de que se quedara en casa y se convirtiera en un buen carpintero. Ahora en el mundo espiritual, Jesús está un poco resentido contra ella. Hubiera podido tener éxito si su madre le hubiera preparado y apoyado para cumplir su misión como Mesías. La única persona que puede ayudar ahora a Jesús es su amigo, Sun Myung Moon. ¡Por favor, escúchale y ayúdale!

A la mañana siguiente el Sr. Aum le contó su sueño a Abonim.

— Tengo muchas cosas más que explicarte — le contestó.

Se sentaron en el pequeño salón y Abonim le habló sobre el mundo ideal, sobre la misión de Jesús y sobre el corazón de Dios. Mientras que el Sr. Aum escuchaba sus sabias palabras, llegó a comprender que Abonim era alguien muy especial. Aunque hasta ese momento se habían tratado como amigos, a partir de entonces, empezó a llamarle Sonsengnim (Maestro en coreano).

Al cabo de una semana, Abonim le dijo al Sr. Aum que tenía que ir a visitar a alguien. En realidad, no tenía ningún sitio a donde ir, pero viendo lo pequeña que era su casa, no quería ser una carga para su familia.

Mientras andaba por la calle, Abonim oraba con fervor. Fue un milagro que, entre las miles de personas que se cruzaba, se encontrara a otro conocido suyo. Era el Sr. Kim que había estado con él en el campo de concentración de Hung Nam. Era el prisionero que había seguido el consejo de Abonim de ir al otro campo cercano, en el cual era más fácil el trabajo y de que escapara si viera algo sospechoso. Se alegraron mucho de verse de nuevo.

— He deseado todo este tiempo verte — le dijo muy contento — para contarte que seguí tu consejo y, cuando los comunistas empezaron a matar a los prisioneros, pude huir del campo. Así que ahora tengo la oportunidad de darte las gracias por salvarme la vida.

Abonim lo miró con una gran sonrisa.

— Como puedes ver, pude venir hasta Pusan. Tengo un trabajo y me acabo de casar. ¿Por favor, no quieres venir a mi casa y conocer a mi esposa? Estaríamos muy honrados de que te quedases a vivir con nosotros.

Abonim accedió a ir. Cuando llegaron a su casa, vio que el Sr. Kim, de verdad, tenía una esposa muy amable, pero también vio que sólo tenían una pequeña habitación para vivir. Se quedó con ellos dos semanas, para así poder hablarles de los planes del Padre Celestial para Corea y para el mundo, pero comprendió lo difícil que es para una pareja recién casada tener a otro hombre viviendo en la misma habitación con ellos. Así que de nuevo se mudó de casa.

El deseo de Abonim era encontrar a más de sus seguidores. Sin embargo, tenía que ganar dinero para sobrevivir. Empezó a trabajar en el muelle, cargando y descargando barcos. Era un trabajo durísimo y eso que aún estaba debilitado por la vida en la prisión y el largo viaje hasta Pusan. Aunque la primavera estaba a la vuelta de la esquina, aún soplaban vientos helados por aquella ciudad portuaria.

Abonim vio que si trabajaba durante la noche, cuando hacía más frío, el trabajo le ayudaba a mantenerse caliente. Entonces, luego podía dormir durante el día al aire libre y no tener frío. Muy a menudo subía a alguna de las montañas de alrededor de la ciudad, donde podía orar y dormir sin que nadie le molestara.

Por las tardes, visitaba, de vez en cuando, al Sr. Aum y al Sr. Kim y más a menudo se acercaba a ver como le iba a Won Pil Kim en el restaurante. Un día llevó al Sr. Aum y al Sr. Kim al restaurante.

Won Pil Kim le preguntó a su jefe — ¿Puedo ofrecer a mi Maestro y a sus invitados algo de comer?

— Está bien — respondió el amable dueño — Utilizad la habitación privada interior y puedes servirles arroz con algunos otros platos.

Won Pil Kim ansiosamente apretaba el arroz en los tazones para así poder poner más encima. Estaba muy contento de poder servir. Abonim se lo agradeció vivamente y le preguntó qué tal le iba.

— Me va bien — contestó Won Pil Kim. El arroz de Abonim había desaparecido en un segundo. Won Pil Kim le volvió a llenar el tazón y de nuevo se lo comió casi inmediatamente. Entonces, comprendió que, aunque Abonim estaba feliz y contento y no pedía nunca nada, en realidad, estaba hambriento.

— ¿Por qué no me dice que pasa hambre? — pensaba Won Pil Kim — ¿Por qué no me pide algo especial para comer, en vez de aceptar simplemente lo que se le pone? — Entonces, se prometió a sí mismo — Cada vez que venga le prepararé mucha comida — Y siempre lo hizo así.

Hacía ya casi cuatro meses que estaban en Pusan. En Mayo, Abonim encontró una habitación barata en una casa para trabajadores.

Fue a visitar a Won Pil Kim y le sugirió — Podríamos alquilar una habitación en esa casa. Podríamos vivir de nuevo juntos y así ahorrar dinero. ¿Qué te parece?

— Me parece maravilloso — dijo Won Pil Kim entusiasmado, pues echaba mucho de menos no poder vivir con su amado Maestro.

Se cambiaron a una habitación que más bien parecía un armario. Ni siquiera podían estirar completamente los pies para dormir. Algunas veces, cuando el Sr. Aum se quedaba a dormir con ellos, tenía que dormir apoyado en la pared. Pero estas incomodidades no les preocupaban, lo más importante era que podían estar juntos de nuevo.

A medida que pasaba el tiempo, Won Pil Kim apreciaba cada vez más la grandeza de Abonim. Observaba como siempre estaba pensando en los demás. Veía como Abonim nunca se quejaba del frío que pasaba día y noche. Nunca mencionaba las heridas de la prisión que aún le dolían. Nunca mostraba que tenía mucha hambre. Nunca dijo — Oh, me gustaría probar un buen Pulgoki y un Kimchi fresco con un delicioso arroz blanco.

En vez de esto, miraba con cariño a Won Pil Kim y le preguntaba — ¿Estás bien? ¿Has comido bien hoy? ¿No tienes frío?

Won Pil Kim siempre le aseguraba que estaba bien, pero en realidad estaba hambriento y cansado la mayoría de las veces. Ninguno de los dos quería preocupar al otro, así era su cariño mutuo.

El dolor que Abonim sentía en su corazón cuando miraba a su joven y fiel discípulo, era más fuerte que el dolor de su cuerpo — Estoy apenado de que sufras tanto — pensaba para sus adentros — Tu has abandonado todo por mí y ahora estás mal vestido y con el estómago que siempre te pide algo de comer —. Abonim derramaba lágrimas por aquel joven que había viajado y estado siempre a su lado.

Este es el tipo de persona que era Abonim. Este es el tipo de persona que sigue siendo ahora. Quizás nosotros podamos decirle también — Abonim, no te preocupes de nosotros. Queremos ayudarte. Queremos ser tus discípulos. Entonces, sus ojos se llenaran de lágrimas. Los ojos de Dios también se llenaran de lágrimas y se sentirá consolado.

Aún no teniendo comida ni un lugar donde vivir, Abonim primero se preocupaba por el bienestar de los demás.

 

27. La cabaña construida en una roca

por Linna Rapkins


— Debemos tener un lugar que sólo sea nuestro — dijo Abonim, en una calurosa noche de verano — Llevamos aquí en Pusan ya seis meses. Si continuamos viviendo en esta pequeña habitación, nadie podrá venir a vivir con nosotros. No hay sitio para enseñar ni libertad para traer invitados.

Won Pil Kim asintió con la cabeza, pero sin mucha confianza. Mientras se limpiaba el sudor de la frente, pensaba para sí — ¿Dónde vamos a encontrar suficiente dinero para tener un lugar propio? ¿Y dónde encontraremos una casa vacía? Todas las casas de Pusan están llenas a rebozar.

A Abonim parecía no afectarle el calor. Mientras pensaba, fruncía la frente. Al cabo de un rato, dijo — Quiero llevarte a un lugar mañana, Won Pil.

A la mañana siguiente, Won Pil Kim siguió a Abonim por una empinada cuesta de una montaña llamada Pom Net Kol, adonde Abonim había ido muchas veces a meditar y orar. Llegaron a un lugar en el que sólo había una casa y un cementerio.

— La gente cuenta la historia — le dijo Abonim — de que en esta colina, una vez, se apareció un tigre. Por esta razón, nadie quiere vivir aquí. La gente es así de supersticiosa.

— Sí, Abonim — contestó Won Pil Kim.

— Construiremos una cabaña justo ahí — anunció Abonim, señalando una gran roca que sobresalía del terreno. Sin fijarse en la cara de sorpresa de su discípulo, continuó explicándole sus planes con entusiasmo — Recogeremos todas las piedras, maderas o cualquier otra cosa que nos pueda servir para construir la casa. Pero, primero, debemos nivelar este sitio. Ya encontré una pala y un saco. Podemos llenarlo de tierra de allí, traerla hasta aquí y apisonarla fuertemente. Este será el suelo de la casa.

Ya había ido a coger la pala y el saco que tenía escondido y se dirigía al lugar que había indicado antes. Won Pil Kim le siguió y muy pronto se vio sujetando el saco, mientras que Abonim lo llenaba de tierra con la pala. Cuando estuvo lleno, lo llevó al lado de la gran roca y lo vació en los desniveles del terreno. Cuando volvió, Abonim ya tenía más tierra preparada para llenar el saco. Al cabo de un tiempo, se intercambiaron las tareas. Abonim trabajaba tan rápido que Won Pil Kim no podía tener suficiente tierra preparada para cuando Abonim volvía a por otra carga.

Durante todo el caluroso mes de Agosto, después del trabajo diario y de visitar a gente, subían hasta la colina y seguían construyendo su pequeña cabaña. Muchas semanas sólo tenían tiempo de ir los domingos.

Abonim y Won Pil Kim recogieron piedras de todos los sitios y las llevaron al lugar elegido. Apilándolas cuidadosamente y pegándolas con barro, construyeron las paredes de la cabaña. El techo lo hicieron con cajas de madera y de cartón.

Una vez construida, se les derrumbó el techo. Lo intentaron de nuevo, y se les derrumbó otra vez, así hasta tres veces. Pero Abonim no se desalentó. Simplemente trataba de averiguar lo que habían hecho mal y comenzaban de nuevo. Finalmente, al tercer intento, lograron construir algo parecido a una casa, una choza, más bien. En las noches despejadas, Abonim y Won Pil Kim podían ver las estrellas a través de las rendijas del techo. Cuando llovía, se calaba y el suelo se convertía en barro. ¡Pero, estaban ansiosos de ir a vivir allí!

Un día de Septiembre, pudieron admirar su obra ya acabada. ¡Era su casa propia! Allí podrían estirar las piernas al dormir. Estarían libres de las miradas del casero. Podrían respirar aire fresco y, sobre todo, podrían invitar a quien quisieran, pues aquella casa no era para ellos solos sino para hacer la obra de Dios.

Antes de pensar en traer sus cosas, se arrodillaron para orar. Le dieron las gracias a Dios por esta nueva casa y se la dedicaron a Él. Esta humilde choza, hecha de piedras y cajas de cartón, fue aceptada por Dios como Su más sagrado templo.

Luego se trasladaron a su nuevo hogar. No había ni armarios, ni cocina, ni baño, solamente era una habitación lo suficientemente grande para que durmieran dos personas y un espacio en el fondo para guardar sus cosas.

Encontraron un trozo de lona para poner en el suelo de tierra. Esta sería su alfombra y su cama. Su mesa era una caja vacía de naranjas y se alumbraban por las noches con una vieja lámpara de petróleo.

Cerca de allí había una pequeña fuente de agua.

— Mañana cavaré alrededor de la fuente para que salga más agua — dijo Abonim — Pero esta noche nos sentaremos y disfrutaremos de estar juntos.

El antiguo compañero de estudios de Abonim, Duk Moon Aum, vino a su nuevo hogar y tuvieron una celebración. Cocinaron arroz para cenar, haciendo un fuego al aire libre, al lado de la cabaña. Como dijimos antes, el único arroz que tenían era duro y a veces con piedrecitas que hacían crujir los dientes cuando las masticaban sin querer. Este tipo de arroz, hoy se tiraría o se daría a los animales, pero ellos estaban muy agradecido de tener al menos esto. Abonim lo lavaba cuidadosamente el la fuente y le quitaba las piedrecitas. Había aprendido muy bien a cocinar el arroz de manera de que no se quemase el fondo. A cualquier mujer que se le pregunte si es capaz de cocinar arroz con una cazuela en una fogata al aire libre, responderá que es muy difícil que salga bien.

Comieron afuera, divisando las demás colinas y la ciudad que estaba afuera a sus pies. Cuando el sol se estaba ocultando, Abonim se volvió hacia el Sr. Aum y le dijo — Duk Moon, por favor, canta una canción para nosotros.

El Sr. Aum cantó una canción tradicional. Cantó con una voz melodiosa. Abonim le animó a cantar algunas más. Esto mismo iba ocurrir muchas otras noches. El Sr. Aum cantaría durante horas enteras, canciones tradicionales coreanas, canciones italianas, canciones de ópera, muchos tipos de canciones. Tenía una voz potente, que se dejaba oír por las colinas de alrededor como una especie de bendición.

Abonim estaba sentado, en silencio, observando las luces de la ciudad. Su mente parecía estar muy lejos y muy cerca al mismo tiempo. Parecía que pensaba en el pasado, en el presente y en el futuro. La música y la noche se mezclaban junto con los pensamientos de este hombre especial que llegaría a ser nuestro Verdadero Padre.

A veces, después de media noche, los tres hombres, después de ofrecer una oración, entraban en la pequeña casa para dormir. Aunque, para ellos, era como un palacio comparado con la que tenían antes, aún así era una habitación muy pequeña. Abonim y el Sr. Aum dormían al lado de la paredes, y Won Pil Kim, que era más joven, dormía entre los dos, pero al revés, con la cabeza abajo y los pies arriba, para que así pudieran caber los tres.

Las estrellas brillaban entre las rendijas del techo. Soplaba una suave brisa otoñal. Las colinas parecían devolver el eco de las canciones del Sr. Aum, añadiéndoles nuevas alegres notas de aliento. La pequeña fuente burbujeaba sin cesar y los árboles protegían con sus ramas aquella tierra santa.

Cada mañana, Abonim se levantaba antes del amanecer. Aún a oscuras, subía a unas rocas, que estaban un poco más arriba de la cabaña en la montaña de Pom Net Kol, para meditar y orar. Había ya recibido muchas revelaciones, pero todavía había más cosas que aprender. Oraba mucho para aprender nuevas cosas y para hacer planes para los meses y años venideros. Como siempre, pasaba muchas horas con el Padre Celestial, amándole y reconfortándole.

El sitio favorito de Abonim eran unas rocas que sobresalían de la colina formando como un pequeño acantilado. Detrás se alzaba el bosque de la montaña más alta. Delante, la ciudad de Pusan arropada entre valles y colinas. Desde este lugar, observaba cada día la vista hasta el punto de saberse de memoria cada promontorio o hendiduras de las demás colinas y valles.

Cuando oraba, derramaba lágrimas por el Padre Celestial, arrepintiéndose por el sufrimiento que toda la humanidad le había causado por miles de años. Se arrepentía por aquellas Iglesias que no habían podido unirse con él, para cumplir la voluntad de Dios. Se arrepentía también por aquellos discípulos que le habían abandonado.

Cualquier otra persona hubiera orado — Padre Celestial, he orado y llorado mucho por el mundo y he sufrido muchos años de prisión. Ahora estoy cansado y no puedo llorar más. Necesito un descanso.

Abonim nunca pensó de esta manera. Una y otra vez, oraba por todos los fallos en la historia de la Providencia, sollozando y sintiendo la agonía y soledad de Dios. Igual que había hecho cuando era un adolescente, lloró hasta que parecía que no le quedaba ninguna lágrima que derramar. Aún así, las lágrimas seguían brotando como de un torrente desde su cara hasta las piedras en las que estaba arrodillado. Cada mañana, oraba de esta manera.

Más adelante, sus discípulos llamaron a esta roca, donde Abonim solía orar, la "roca de las lágrimas". Es la roca más santa del mundo porque ha sido purificada muchas veces por las lágrimas de Abonim.

Debido al corazón de Abonim, aquella choza, hecha con piedras y cajas de madera, se convirtió en un lugar sagrado lleno de la belleza del amor de Dios.

 

28. Abonim escribe los Principios

por Linna Rapkins


Desde que Abonim y Won Pil Kim se fueron a vivir a la cabaña, que ellos mismos construyeron en la montaña de Pom Net Kol, cada día, antes del amanecer, Abonim subía a las rocas, que estaban un poco más arriba, para meditar y orar a Dios. Cuando bajaba de la montaña tenía muchas cosas que hacer. Su mente siempre corría más deprisa que su cuerpo, planeando lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Abonim siempre andaba muy deprisa a cualquier sitio que iba, como si estuviera viviendo en el momento más importante de toda la historia. Si alguien le acompañaba, apenas si podía seguirle.

Sentía una gran impaciencia, impaciencia por hacer las cosas, impaciencia por encontrar a más gente. Habían pasado muchos años y sólo había unas cuantas personas que le seguían en Pusan. Ya tenía más de 30 años de edad.

Ahora tenía un trabajo urgente que hacer. Debía poner por escrito todas sus revelaciones. Hasta entonces, Abonim personalmente había estado enseñando a la gente. Leía historias de su Biblia desgastada y luego explicaba a las personas lo que significaban.

Pero, Abonim sabía que no podría continuar para siempre enseñando él mismo a cada persona. Era importante que escribiera todo lo que se le había revelado, para que la gente pudiera leer estas historias y no se olvidasen de los detalles. Muy pronto, Dios le mandaría a una persona que pudiera reunir todas estas historias en un libro, para que así mucha gente pudiera escuchar la Palabra de Dios. Abonim tenía que estar preparado. Cada momento era precioso y urgente.

Así que cada mañana, después de volver de la oración, Abonim se sentaba inmediatamente a escribir. Muchas veces, cuando Won Pil Kim salía para su trabajo, Abonim ya estaba sentado en el suelo, escribiendo vigorosamente en un cuaderno, encima de la caja de madera que le servía de mesa, tratando de no perder toda la información que le venía por inspiración de Dios. Acostumbraba a sacar punta a muchos lápices antes de empezar, para no perderse ninguna palabra que le viniera a la mente. Otros días, cuando el Sr. Aum, Won Pil Kim o alguna otra persona estaba presente, su trabajo consistía en sacar punta a los lápices con un cuchillo. Abonim escribía tan rápido que gastaba la punta en un instante y, a veces, esta persona aún no había tenido tiempo de afilarle otro. De tanto escribir, le dolía la mano. De vez en cuando, la sacudía un poco y aunque le doliese seguía escribiendo.

Cuando Won Pil Kim volvía del trabajo, a menudo encontraba a Abonim trabajando en su pequeño "escritorio". Sus ojos estaban rojos de cansancio, su mano agarrotada de escribir y sus piernas doloridas de estar sentado todo el día. A veces se olvidaba de comer. Pero, a medida que pasaban los días, los cuadernos ya acabados crecían. En algunas ocasiones, a Abonim se le ocurría alguna idea cuando estaba haciendo otra cosa. Entonces cogía un lápiz y la escribía en los cartones de la pared o el techo. Muy pronto las paredes y el techo estaban llenos de escritos. La información venía del cielo a cualquier hora de la noche o del día, y había que escribirla en alguna parte antes de perderla.

Una noche, Abonim, de repente, se despertó y agarró a Won Pil Kim por el brazo diciéndole — ¡Won Pil! ¡Won Pil! ¡Despierta! ¡Enciende la lámpara, rápido!

Won Pil Kim se despertó sobresaltado y rápidamente encendió la lámpara de petróleo. Miró con los ojos, medio cerrados por el sueño, el lápiz y el cuaderno que Abonim le había puesto delante.

— Escribe, por favor, lo que te vaya dictando — le dijo Abonim sin darle más explicaciones.

Won Pil Kim cogió el lápiz y se preparó para escribir. Sacudió la cabeza para despertarse y con la otra mano se frotó los ojos para quitarse las legañas.

Abonim comenzó a hablar. La mano de Won Pil Kim se movía tan rápidamente como podía para no perderse ni una palabra de lo que dictaba Abonim. El tema era sobre el Señor de la Segunda Venida. Abonim explicaba por qué debe nacer el Señor en la tierra, qué debe hacer, cuándo vendrá y dónde vendrá. No se paró ni un momento para pensar lo que decir a continuación o para rectificar para que algo sonara mejor. Las palabras le salían de la boca como si ya estuvieran escritas en alguna otra parte. Venían directamente del Padre Celestial.

Muy pronto, Won Pil Kim tenía la mano dolorida. Abonim le afilaba los lápices para que pudiera continuar escribiendo. Las palabras seguían fluyendo. Entonces, se pararon tan bruscamente como empezaron.

— Gracias — le dijo Abonim — ya está acabado —. Y añadió este cuaderno a los que ya había escrito con anterioridad.

Won Pil Kim se tendió agradecido en la lona del suelo y cerró sus ojos. Le dolía aún la mano de escribir al echarse a dormir, por el poco tiempo que quedaba para la hora de despertarse. El primer libro del Principio Divino se había acabado de escribir y el último capítulo fue por su puño y letra.

Cuando amaneció el siguiente día, Abonim ya estaba en las rocas orando. Won Pil Kim se levantó y se preparó para el trabajo. Mientras tomaba el desayuno, pensó en lo que había ocurrido por la noche. Sentía un sentimiento muy especial.

— ¡Ahora lo veo claro! — exclamó para sí mientras bajaba por la colina — ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Sun Myung Moon es el Señor de la Segunda Venida! Por esto me dijo, hace años, que nunca encontraría un grupo como éste. He vivido y he trabajado con él todo este tiempo, y nunca lo he comprendido hasta ahora — Lo que había ocurrido aquella noche no se le quitaba de la cabeza.

Llegó al pie de la colina y siguió su camino por las calles bulliciosas de Pusan. Andaba abstraído, sin apenas notar la presencia de toda la gente que iba al trabajo en aquella hora de la mañana.

— Si yo no hubiera escrito ese capítulo por la noche, nadie hubiera podido dar testimonio de cómo había recibido la revelaciones de Dios. ¡Me despertó y me hizo escribir para que pudiera verlo y contárselo a todo el mundo! — pensaba ensimismado.

Sólo cuando llegó al trabajo, se dio cuenta de la gente de su alrededor.

— No tienen ni idea — pensaba, mientras los observaba corriendo de un lado para otro — Piensan que no hay otra cosa en la vida más que el trabajo y la comida. A todo lo que aspiran es a un tazón de arroz y un suelo caliente. ¡No saben que el Señor de la Segunda Venida está aquí y ahora, en Pusan!

Sentía ganas de proclamar la noticia a gritos a todo el mundo, pero cuando llegó a la puerta de su trabajo, se paró un momento.

— ¿Cómo puedo estar haciendo un trabajo tan trivial en el tiempo en que el Mesías está en la tierra? ¿No debería dejarlo y dedicarme por entero a su trabajo, a la obra de Dios? — pensó por un momento, dudando entre ir a trabajar o volver a la cabaña.

— ¡No! — se respondió a sí mismo — ¡De entre toda la gente de la tierra, soy la única persona que gana dinero para el Señor de la Segunda Venida!

Won Pil Kim atravesó la puerta de su trabajo. Aquel día trabajó con todo su corazón.

 

29. Un poco de paz

por Chris García


Won Pil Kim estaba sentado en la larga mesa del comedor del cuartel del ejercito, acabando su plato de patatas con jamón. Era un festín, pero la comida americana era tan diferente a todo lo que había comido antes, que le costaba trabajo acostumbrarse a ella. Aún así, sabía que jamón con patatas era un plato bastante mejor que la comida que la mayoría de los coreanos estaban cenando en ese momento.

De repente, pensó en el guiso twenjon shigue que le hacía su madre y en el kimchi de verano junto con una taza de arroz blanco cocido. Apenas había pensado en su familia antes, pero hoy sus pensamientos volaban hacia Corea del Norte y se preguntaban si aún estarían vivos. No lo sabía, no podía saberlo. La guerra había cambiado muchísimas cosas. De cualquier modo, sabía que tenía muchas cosas por las cuales estar agradecido. Cada día venía a la base americana y trabajaba pintando edificios con Ju Won, otro coreano refugiado.

Mientras pensaba se estaba limpiando las manos en su mono de trabajo gris, que estaba lleno de manchas de pintura y huellas de dedos. Sabía que Dios había sido muy bueno con él. Sentía que había recibido tantas bendiciones no por sus méritos, sino por los de Abonim. Con el trabajo de Won Pil Kim podían comprar las cosas imprescindibles para sobrevivir, y así Abonim podía continuar su misión para Dios. Esto era lo más importante.

Abonim había trabajado también por un tiempo en la base como carpintero. Parecía que podía hacer cualquier trabajo que se propusiera, incluso construir casas. Durante aquel tiempo, cuando Abonim terminaba su trabajo primero, entonces iba a donde Won Pil Kim estaba trabajando y le esperaba para volver a casa juntos.

Won Pil Kim terminó su cena con una taza de café. Estaba empezando a gustarle el café. Todos los americanos tomaban café. Casi le obligaron a tomar café. Tenía que tomárselo negro. — Como un hombre — como ellos le decían.

Los soldados le apreciaban porque tenía un carácter dulce y amable. Era abierto y nunca se quejaba, y no tenía que tener siempre a alguien que le vigilara para hacer bien su trabajo.

Alright — le decían. Les gustaba que trataba de aprender algunas palabras en inglés. También era apreciado porque nunca robaba nada de la base.

Se levantó y llevó sus platos y cubiertos a la cocina. Se los dejó a un coreano que lavaba los platos. Detrás de este hombre, vio una pila de fotos sobre una caja de cebollas.

— ¿Qué es eso? — le preguntó.

— Son las fotos de Ju Won — dijo el hombre — Las ha dejado aquí ¿Puedes decirle, si lo ves, que es mejor no dejarlas aquí? Se van a estropear.

Won Pil Kim entró dentro de la cocina para echar una ojeada a las fotos. Eran fotografías en blanco y negro de soldados y sus familias.

— ¿Por qué Ju Won tiene estas fotos? — preguntó.

— Creo que las pinta o algo parecido — le dijo quién lavaba los platos — No estoy seguro.

— ¿Le pagan por ello? — preguntó Won Pil Kim.

— Claro. A los soldados le gustan esas cosas.

— Es interesante — dijo Won Pil Kim.

Eran caras occidentales. Suponía que la mayoría de ellas serían americanos, aunque había en Corea soldados de muchos piases.

En aquel tiempo lo peor de la guerra ya había pasado. Se había firmado un armisticio y la mayoría de los soldados estaban volviendo a sus países, excepto los americanos. Gracias a Dios, el general MacArthur y sus hombres eran como un muro de contención para Kim Il Sung y el ejército norcoreano.

— Yo le llevaré las fotos — Se ofreció Won Pil Kim. Se dirigió al almacén y encontró allí a Ju Won, que estaba limpiando unos pinceles con aguarrás.

— Trabajas mucho — le dijo Won Pil Kim.

— No tanto — contestó amablemente Ju Won — Ya estamos acabando la jornada, ¿no?

— Sí. Te traigo tus fotos — le dijo mientras le alargaba las fotos.

Ju Won paró de limpiar los pinceles y levantó la cara sorprendido, mirando a Won Pil Kim por encima de sus gafas de gruesos lentes.

En Corea del Norte, este pintor había sido un abogado rico y muy respetado. Mucha gente acostumbraba acudir a él con problemas complicados que solía resolver con su aguda inteligencia. Ahora estaba pintando paredes y limpiando pinceles todo el día — Estas son cosas que pasan a veces en tiempo de guerra — pensó Won Pil Kim.

— ¡Ah, sí! Muchas gracias — contestó Ju Won. Entonces movió la cabeza mientras decía — No sé como voy a terminar todo este trabajo.

— ¿Qué haces con las fotos? ¿Crees que yo te podría ayudar? — preguntó Won Pil Kim.

— Estaría muy agradecido si pudieras ayudarme. Pinto retratos de personas fijándome en sus fotos — le explicó — Podrías ayudarme pintando el fondo después de que yo haga la cara.

Won Pil Kim se puso muy contento. Abonim había visto un dibujo suyo y le dijo que debería practicar un poco cada día para desarrollar esta habilidad. ¡Qué coincidencia!

Los dos jóvenes encontraron un lugar adecuado y comenzaron a pintar los retratos. Ju Won vio que Won Pil Kim pintaba muy bien. Se sintió mal que le estuviera ayudando sin ser pagado. Así que se le ocurrió una idea.

— Won Pil — le dijo — tengo más trabajo del que puedo hacer solo. Déjame que te dé algunas fotos para que tu hagas el dibujo y lo pintes como yo estoy haciendo. Aquí tienes pintura y papel. Te daré 10 won por cada retrato. ¿Qué te parece?

Alright — dijo Won Pil Kim, usando la única palabra que sabía en inglés. — Alright — respondió Ju Won riéndose.

Oscurecía cuando Won Pil Kim se levantó para volver a casa. Se paró en la puerta de la base militar para que le sellaran el pase. Cuando salía, los coreanos le miraban con envidia. Se sentía apenado por ellos, por todos ellos.

Sus pensamientos volaron hacia Pyongyang, la ciudad donde había vivido con su familia y amigos. Parecía que era un día proclive a los recuerdos. Había vivido en una casa bastante bonita, nada especial, pero siempre limpia y confortable. Su familia había vivido en ella durante varias generaciones, sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos. Sonrió cuando se acordó de su querida tía, la que le había invitado a escuchar a un hombre muy especial. Desde entonces su vida había cambiado completamente. Se convirtió en un miembro de la "iglesia de las lágrimas". Se la llamaba así porque Abonim lloraba mucho cuando oraba o daba el sermón, y cuando comenzaba a llorar, toda la congregación lloraba también. Así era la "iglesia de las lágrimas".

Mientras subía a duras penas la embarrada colina, pensaba que algún día a la gente le gustaría escuchar sus experiencias con Abonim. Pero, cuando se imaginaba a sí mismo en frente de una congregación como la que tenían en Pyongyang, le parecía imposible. Finalmente, divisó la pequeña cabaña y en la puerta vio a Abonim esperándole — ¡Por fin en casa! — exclamó.

— Buenas tardes, Won Pil — le saludó Abonim sonriente.

— Buenas tardes — contestó Won Pil Kim, iluminándosele la cara.

Cuando abrió la puerta hecha de cajas de cartón de la cabaña, una parte se le quedó en la mano. Pronto tendrían que reemplazarla.

La lámpara de petróleo iluminaba la habitación con una cálida luz amarilla. A un lado había una pequeña hornillo de carbón, que usaban para hervir agua o calentar algo siempre que no podían cocinar afuera. A veces, en el invierno, se levantaban por la mañana con nieve sobre sus mantas, que había caído por la noche a través de las rendijas del techo.

— Mira lo que traigo — dijo Won Pil Kim, sacando las fotografías, pinceles, pinturas y papel que tenía en su bolsa. Las puso en un lugar seco del suelo y se sentó. Abonim cogió las fotos y las acercó a la luz para verlas mejor.

— ¿De dónde las has sacado? — le preguntó.

— Ju Won me las dio. Si puedo pintar retratos fijándome en ellas, me dará 10 won por cada uno, ¿verdad que es buena idea?

Abonim parecía favorablemente impresionado. Examinaba las fotos con mucho detenimiento. Won Pil Kim se quedó observándole y esperando. A la luz de la lámpara, la cara de Abonim parecía delgada y con semblante grave. Era la cara de un hombre, que por muchos años no había comido ni descansado lo suficiente. Aún así, no tenía el aspecto de un hombre hambriento y cansado, sino de alguien que tenía muchas cosas que hacer y muchos proyectos en su mente.

— ¿Has comido hoy? — preguntó amablemente Won Pil Kim.

— No, creo que no — dijo Abonim, dejando las fotos — Compré algo de comida, pero se la ofrecí a la gente que vino hoy. Estuve enseñándoles y luego les invité a comer. Son gente que no tienen dinero. Lo que me quedaba lo usé para comprar cerillas. Siento que ya no haya dinero, pues tu trabajas duramente para conseguirlo.

— Está bien — contestó Won Pil Kim, sintiéndose un poco incómodo de que Abonim le diera tantas explicaciones. Pensaba que no tenía por qué darlas.

— Solo deseo que sepas cómo se ha gastado el dinero — persistió Abonim. Era su forma de hacerle saber que era muy cuidadoso con el dinero que ganaba Won Pil Kim, aunque pareciera que nunca había nada. Won Pil Kim no podía dejar de apreciar la honestidad de Abonim.

Cogiendo las fotos de nuevo, dijo Won Pil Kim — Nunca he visto a alguien así — Era una foto en blanco y negro de una hermosa chica de color con una nariz más bien chata y unos labios gruesos. Tenía el pelo oscuro y muy rizado — ¿De qué color crees que debo pintarla?

Abonim no estaba seguro. Tampoco había visto a alguien parecido — Quizás marrón — sugirió — sí, marrón quedará bonito.

Won Pil Kim se puso a trabajar en la pintura. Mientras tanto Abonim se sentó a su lado observándole. Tardó cuatro horas en acabarla. Finalmente terminó y dejó los pinceles a un lado.

Mientras se tendía en la esterilla, Won Pil Kim observaba medio dormido las paredes de la cabaña. Se fijó en los nombres impresos en las cajas de cartón, que eran todos en inglés, preguntándose que significarían. Las había traído de la base americana y todas estaban llenas de anuncios de comida o bebidas. Entre aquellos anuncios había muchas cosas escritas en caracteres chinos y coreanos que Abonim había escrito por todas las partes. A veces se le ocurría algo cuando estaba orando, otras veces se despertaba sobresaltado por alguna revelación que inscribía con las uñas inmediatamente en los cartones, sin tener tiempo para coger un lápiz y un papel. ¡Muy poca gente tenía las paredes empapeladas de esa manera!

Abonim apagó la lámpara y la habitación se oscureció al instante. Una brisa suave soplaba a través de las grietas de la pared. Won Pil Kim puso sus manos debajo de su cabeza, sintiéndose bastante cansado y un poco solo. Aunque amaba mucho a Abonim, vivir constantemente con él no era siempre fácil. Había ocasiones en las que se sentía con poco valor, con preocupaciones muy pequeñas. Las ideas y los sueños de Abonim eran demasiado grandes para él. A veces deseaba ser un árbol, un campo de arroz o un bosque de bambú que se pasa el día escuchando al viento silbar sobre las calmadas aguas.

Pero, muchas veces ocurre que Dios te escoge para algo grande, ya te sientas digno o no de ello. Y eso era un gran honor.

Podía escuchar los sonidos de la noche que venían del exterior: el ladrido de un perro en la lejanía colina abajo; los pequeños animales que correteaban entre las matas; unos pasos subiendo por la colina hasta la fuente que Abonim había construido, el sonido de un cubo, el sonido del agua, el sonido de pasos alejándose de la fuente.

Mucha gente que vivía colina abajo se había enterado de que había una pequeña fuente de agua cristalina al lado de la cabaña en la que vivían dos hombres. Subían por la empinada cuesta para coger un poco de agua, ya que el agua clara era difícil de encontrar en Pusan.

Won Pil Kim esperaba escuchar un sonido familiar. Allí estaba, sí, era Abonim orando. A veces la oración se convertía en una canción. Y luego venía otro sonido. Sí, ya se oía, eran sollozos. Poco después, eran lloros desconsolados. A Won Pil Kim le parecía estar de nuevo en sus sueños en la "iglesia de las lágrimas" de tiempos atrás en Pyongyang.

Al día siguiente le llevó la pintura que había hecho a Ju Won. Estaba un poco inseguro. ¿Le gustaría su pintura?

Ju Won la miró y inmediatamente apareció un gran sonrisa en su cara.

— ¡Está muy bien! — dijo — Eres muy buen pintor. Toma, te pagaré quince won en vez de los diez que te prometí.

Won Pil Kim se quedó muy sorprendido y realmente feliz.

— Gracias, gracias — dijo de corazón.

— ¿Te gustaría hacer más pinturas? — le dijo Ju Won.

— Claro — Así podría ofrecer más dinero a Abonim.

Aquella noche, Won Pil Kim se trajo a casa varias fotos. Mientras dibujaba y pintaba, Abonim se sentaba a su lado, observándole, animándole e incluso haciéndole sugerencias. A media noche acabó de pintar.

A la mañana siguiente todo estaba limpio y cada cosa en su sitio, y las pinturas estaban enrolladas cuidadosamente, listas para llevárselas. Abonim había hecho todo esto durante la noche.

Un par de noches más tarde, Won Pil Kim se retrasó y volvió a casa más tarde que de costumbre. Cuando estaba en las cercanías de la cabaña, vio a Abonim en el camino viendo a ver si venía.

— Oh, bien — dijo Abonim — Ya estaba preocupándome. ¿Estás bien?

— Sí — respondió Won Pil Kim — Todo está bien. Es sólo que tarde un poco más en encontrar las pinturas que tenía que hacer —. Entonces, Won Pil Kim pensó — Es realmente como un Padre para mi.

Se sentó para empezar a pintar. Esta vez Abonim le sorprendió al coger él mismo un pincel. Empezó a colorear el fondo de los retratos que pintaba Won Pil Kim. Aquella noche acabaron más temprano.

A medida que pasaban los días, Abonim también empezó a ayudarle a pintar las ropas. Won Pil Kim dibujaba y pintaba las caras y Abonim le añadía pequeños detalles, como las líneas del pelo.

De esta manera, terminaban cada pintura en veinte minutos, y así podían hacer entre quince a veinte pinturas cada noche. Incluso así, a veces no acababan hasta bien pasada la medianoche.

Esta era su vida. Después de un duro día de trabajo en la base americana, Won Pil Kim volvía a casa y pintaban juntos. Abonim había pasado también un largo día de oración, dar testimonio, enseñar, cocinar, hacer la compra, limpiar, y así y todo siempre estaba a su lado trabajando con las pinturas hasta bien entrada la noche. Hacían el trabajo juntos. Esto le daba mucha fuerza a Won Pil Kim.

Cuando acababa su última pintura se tendía para descansar y escuchar los sonidos de la noche. Escuchaba a Abonim comenzar sus oraciones y su corazón rebozaba de amor. La voz de Abonim le parecía como una mano que le acariciaba y le decía que descansara para estar bien para el trabajo de mañana. Sabiendo que Abonim oraba toda la noche, cuidaba de él y de otros, y sabiendo que él mismo estaba haciendo su trabajo bien y diligentemente, sentía que su mente descansaba profundamente... y en ese momento experimentó un poco de paz.

Un nuevo trabajo le vino a Abonim y a Won Pil Kim para mantenerse y tratar de establecerse en Pusan.

 

30. La abuela

por Sandra Lowen


La abuela Oak, como llamaban a la Sra. Se Hyun Oak, conoció a Abonim en Pyongyang y se convirtió en uno de sus primeros discípulos. Sirvió a Abonim por el resto de su vida. La Sra. Oak se encontró con Abonim el 11 de Noviembre de 1946, antes de ir a la prisión de Hung Nam.

Era una persona muy religiosa. Ella y su marido tenían una posición muy importante en su iglesia. Su hijo mayor había ido a luchar en la 2ª Guerra Mundial y ella oraba cada día por él. Incluso después de acabar la guerra continuó con sus oraciones diarias.

Un día, recibió la revelación de que se encontraría con un hombre muy especial y que tenía que ir a orar a la montaña para recibir más instrucciones. La Sra. Oak era una buena ama de casa coreana. Siempre tenía muchas cosas que hacer, lavar la ropa, cocinar, limpiar, remendar la ropa y hacer las compras.

— Después de que haga las cosas de casa — prometió — entonces iré.

Pero las tareas de casa no tenían fin. Día tras día, retrasaba el ir a la montaña a orar.

Un día pensó que no podía postergarlo más. Así que dejó el trabajo de casa sin hacer y se fue. Oró mucho tiempo en una montaña y el mundo espiritual le dijo dónde podría encontrar a aquella persona tan especial.

Siguió las direcciones que le dieron y así encontró la habitación donde vivía. Aquella persona le dio la bienvenida, le sirvió un té e inmediatamente comenzó a enseñarle cosas sobre la Biblia. Su mensaje era tan vigoroso y profundo que ella supo en seguida en su corazón que deseaba trabajar con él. Aquella persona era, naturalmente, Abonim.

Tenía todavía mucho trabajo en casa, por ello, la única manera de ir a visitarle era escapándose. Entonces, cuando estaba con Abonim perdía la noción del tiempo y las horas volaban sin darse cuenta. ¡A veces, se pasaba un día entero escuchando a Abonim! Cuando volvía a casa, toda su familia estaba muy enfadada. Al principio no les dijo donde había estado, pero, más tarde, cuando se enteraron que iba a ver a Abonim le prohibieron que volviera a verle. Sus familiares le dijeron que debería contentarse con asistir a su iglesia y hacer los trabajos de su casa. Por esta razón, no pudo volver a ver a Abonim por un periodo largo de tiempo, pero ella le echaba mucho de menos.

Abonim también la echaba de menos. Se preocupaba y deseaba hablar con ella. Una vez, se decidió ir a su casa para tratar de verla aunque fuera por un momento. Se quedó de pie cerca de su casa para ver si salía a tender la ropa en su patio. Sabía que era una buena ama de casa y que no tardaría mucho en salir a lavar y secar la ropa. Aunque tuvo que esperar un buen rato, Abonim se quedó aguardándola. Finalmente, ella salió sin saber que Abonim estaba allí. Sólo la vio de espaldas. Aún así, eso era suficiente para Abonim, pues sabía que estaba bien. Así que volvió a casa.

Unos días más tarde, la Sra. Oak estaba preparando la comida. Cuando iba poner madera en el fuego, escuchó una voz espiritual que le decía — ¿Qué haces aquí? Tu Mesías y Señor está sufriendo. ¿Crees que te he llamado sólo para que prepares el arroz para tu familia?

En aquel momento, sus manos comenzaron a temblar. Ella no podía pararlas. Cuando su familia la encontró temblando, se atemorizaron ¿Qué le estaba pasando? Trataron de ayudarla, pero no había manera de que parara de temblar.

Ella les dijo — He oído la voz de Dios que me decía que tenía que ir con mi maestro y ayudarle en su trabajo. Y entonces me comenzaron a temblar las manos.

Su familia estaba muy asustada. A ellos no les agradaba el Sr. Moon, pero, ¿qué podían hacer? No podían dejarla así temblando. Así que se reunieron toda la familia.

— ¡No debemos permitirla que vaya a ver al Sr. Moon!

— Sí, pero, ¡si no va y sigue temblando así, podría morirse!

— ¡No seas tonto! No he visto a nadie que se muriera por temblar.

— Yo tampoco, pero esto es algo espiritual, no es que esté enferma.

— Tienes razón. No se sabe lo que podría ocurrirle.

— Creo que debemos dejarla que vaya a ver al Sr. Moon.

Al final, decidieron dejarla ir a ver a su maestro. Inmediatamente, la Sra. Oak dejó de temblar y corrió a prepararse. ¡Por fin iba a poder estar con Abonim!

En aquel tiempo muchas personas sensitivas venían a ver a Abonim, especialmente mujeres que habían recibido revelaciones del mundo espiritual.

Un día vino una joven y dijo — Soy una persona muy sensitiva y mi madre también. Se nos ha dicho espiritualmente que vengamos aquí ¿Por favor, puede alguien contarnos algo sobre este grupo?

Los miembros le contaron muchas cosas. A la mañana siguiente, muy temprano por la mañana, se presentó la policía comunista. Aquella joven era una espía, y había ido directamente a contar a las autoridades cosas falsas y terribles acerca de Abonim. Cuando la abuela Oak vino a la mañana siguiente, se encontró con que Abonim, Won Pil Kim y dos señoras más había sido llevados a la comisaría. La Sra. Oak también fue arrestada e interrogada, pero su familia contrató un abogado y pagaron la fianza para que la liberaran.

Cuando Abonim fue llevado a la prisión de Hung Nam, la Sra. Oak fue varias veces a visitarle a pesar de que estaba bastante lejos. Durante el tiempo que Abonim estuvo en prisión, casi todos sus seguidores en Pyongyang perdieron la fe. Pensaron que nunca volvería. Sin embargo, siempre que Abonim le preguntaba a la Sra. Oak cómo estaban los demás, ella contestaba que estaban bien. No tenía el corazón de darle malas noticias, en especial cuando veía cuanto estaba sufriendo Abonim.

Llevaba unas ropas andrajosas y ¡se había quedado tan delgado! Siempre le traía arroz y ropas, aunque sabía que lo daba todo a los demás prisioneros.

A veces trasladaban a Abonim de un sitio a otro, así que no era fácil saber donde estaba Abonim. Justo antes de que empezara la guerra coreana no tuvo ninguna noticia de Abonim. A veces, Won Pil Kim y ella recorrían todos los campos de concentración buscándole. Preguntaban a los demás prisioneros sobre Abonim, pero nadie sabía donde estaba. Entonces, el mundo espiritual les decía que seguía vivo.

Más tarde, cuando Abonim, Won Pil Kim y el Sr. Pak emprendieron el largo viaje hacia Pusan a pie, la Sra. Oak se había ya trasladado con su familia a Pusan, perdiendo así el contacto con Abonim. Hacía ya varios meses que estaba en Pusan, trabajando y cuidando de su familia, cuando un día un joven apareció delante de su puerta. Era Won Pil Kim.

— Abonim me ha mandado a buscarte — le dijo simplemente. Aquellas fueron las palabras más esperadas que ella jamás había escuchado. Su corazón se sintió dolorido porque Abonim le había estado buscando por mucho tiempo y, por fin se había enterado en donde vivía por un Pastor cristiano.

— Dime — dijo con excitación — ¿qué ropas tiene?

— Tiene unos viejos pantalones verdes, una casaca gastada y unos pantalones de goma, las mismas cosas que lleva siempre, ¿por qué lo preguntas?

La Sra. Oak sacudió la cabeza — Son las mismas cosas que llevaba en Corea del Norte. Primero, le haré ropas nuevas y luego iré a visitarle.

Y así lo hizo.

A partir de ese momento, fue a la colina a visitar a Abonim siempre que podía. Le ayudaba con la limpieza y la cocina para que así Abonim tuviera más tiempo para enseñar y dar testimonio. Subió la colina hasta la pequeña cabaña muchas veces. Mas tarde, cuando se puso una tienda al lado de la cabaña para que se pudieran hacer reuniones de oración, ella a menudo se quedaba allí. Cuando había algo urgente por lo que se debía orar, ella estaba allí.

Abonim la quería muchísimo, su querida Oak Jalmoni.

El gran amor de Abonim por su seguidora la empujaba a estar cerca de él, a pesar de la oposición de su familia y la separación por la guerra.

 

31. La misionera

por Sandra Lowen


La Sra. Hyun Sil Kang era una persona muy religiosa que encontró a Abonim en Pusan. Asistía a un Seminario Presbiteriano que era muy estricto con sus estudiantes. Se les enseñaba a seguir la Biblia al pie de la letra. No compraban ni vendían nada en domingo. Tampoco bebían vino ni comían alimentos de lujo.

Un día, la Sra. Kang escuchó que un joven estaba enseñando cosas extrañas en una de las colinas de Pusan. Se dijo a sí misma — La Biblia enseña que en los últimos días mucha gente engañará a los demás para que pierdan su fe. Bueno, estamos en los últimos días, ¿no podría ser este hombre un falso profeta o el mismo anticristo?

La Sra. Kang no podía dejar de pensar en aquel hombre. Creía que Satán debería estar engañándole. Considerando que ese hombre tendría un alma eterna, pensó — Es también un hijo de Dios. Alguien debería tratar de ayudarle.

Cada día, la Sra. Kang oraba tres o cuatro horas y leía al menos treinta páginas de la Biblia. Todos los días visitaba como mínimo tres casas para hablarles sobre Dios. Quizás ella podría salvar el alma de aquel joven de la colina. No sabía como encontrarle pero confiaba que Dios dirigiera sus pasos.

El 10 de Mayo de 1952 recibió la inspiración de salir a la calle. Mientras estaba paseando vio a una persona de mediana edad junto a un arroyo. Esta señora la saludó y le preguntó — ¿Trabajas en algún sitio?

La Sra. Kang contestó — soy misionera.

— Me gustaría invitarte a venir a mi casa.

Sin saber por qué, aceptó su invitación. La señora no era otra sino la abuela Oak, que llevó a la Sra. Kang directamente a la cabaña de Abonim. Cuando la Sra. Kang vio la choza donde Abonim vivía no podía dar crédito a sus ojos. Era tan pobre y miserable que se preguntaba cómo alguien podía vivir allí sin quejarse. Entraron dentro y se sentaron, y al cabo de un momento entró Abonim. La Sra. Oak presentó la Sra. Kang a aquel joven mal vestido y luego salió dejándoles solos.

Abonim la miró por un momento y le dijo — Dios te ha estado dando mucho amor en los últimos siete años.

La Sra. Kang se quedó muy sorprendida. ¡Hacía siete años que había prometido dedicar su vida a Dios! ¿Cómo pudo saberlo?

— Hoy es un día muy especial — continuó Abonim — Eres muy afortunada de estar aquí —. Ella no lo sabía, pero Abonim justo aquel día había acabado de escribir el manuscrito original del Principio Divino.

Abonim comenzó a enseñarle sobre los Ultimos Días y la Segunda Venida del Mesías. Le explicó que el Mesías no vendría sobre las nubes como le habían enseñado; vendría como un hombre que nacería en Corea. Mientras que Abonim hablaba, la Sra. Kang pensaba — Bueno, eso ciertamente sería bonito, pero las cosas que dice son imposibles.

Abonim le contó que Jesús se apareció en los cielos de Corea del Norte. Un piloto americano vio muy claramente la imagen de Jesús en el cielo. Los periódicos de Corea del Sur publicaron artículos sobre aquel fenómeno. La Sra. Kang se sentía turbada por las palabras de Abonim, pero aún más por la potencia de su voz. Hablaba con una voz muy fuerte, a pesar que la habitación era muy pequeña y sólo había una persona escuchándole. Se retiró un poco de él, pero su voz de trueno la seguía perturbando. Cuando se fijó en su cara, vio que sus ojos brillaban como relámpagos, y se preguntó si era una persona normal. ¡ O quizás, era a ella a la que le estaba ocurriendo algo! — ¡Oh, Dios mío! — se decía a sí misma, tratando de apartar aquellos extraños pensamientos — ¡Tengo que ver la manera de irme de aquí!

Se levantó como para irse, pero Abonim le pidió que se quedara a cenar. Ella dijo que no, pero él insistió. Entonces, la Sra. Kang se asustó aún más. Las normas de conducta coreanas entre hombres y mujeres eran muy estrictas. No debería estar sola en una casa junto con un hombre, ¡Y ahora iban a cenar juntos! Pero no sabía como decir que no. Al menos esperaba que la comida fuera buena.

¡Era terrible! No había arroz, sólo granos de cebada, la comida que el gobierno repartía entre los refugiados. Junto con un poco de tofu y kimchi pasado. Abonim le pidió que ofreciera la oración, pero, ¿cómo podía orar por aquella comida tan mala? Además, estaba muy cansada. Así que fue Abonim quien ofreció la oración.

Aquella oración cambió la vida de la Sra. Kang. Nunca había oído una oración que expresara tanto amor a Dios y dedicación a Su Voluntad. La Sra. Kang se dio cuenta de la diferencia que había entre sus propias oraciones egoístas y la oración de Abonim en la que ofrecía su vida a Dios. La Sra. Kang le preguntó si podría volver otro día, y Abonim le contestó con una sonrisa que sería bien recibida a cualquier hora del día. Al cabo de unos días volvió y Abonim le explicó más cosas.

En una ocasión ella tenía que dar un sermón en el seminario. Le dijo a Abonim que tendría que irse antes para prepararlo. Sin embargo, estuvo hablando tanto que ella apenas tuvo tiempo de llegar a la hora que debía dar el sermón. Estaba segura que le saldría muy mal debido a que no había tenido tiempo para prepararlo. En lugar de ello, le salió espléndidamente, y todo el mundo le felicitó por la charla tan inspiradora que había dado. Más tarde, cuando se lo contó a Abonim, le dijo que ya que ella no había tenido tiempo de orar, él había estado orando por ella.

Aún así, no era fácil para la Sra. Kang seguir a Abonim. Ella tenía muchas dudas. Pero siempre que dudaba se sentía separada de Dios. A veces, incluso sentía un fuerte dolor en la cabeza y en el pecho. Entonces se arrepentía y el dolor desaparecía. Vino el día en el que la Sra. Kang sentía que ya no podía seguir adelante. Fue a decirle a Abonim que iba a dejar de venir. Se lo encontró a la puerta de la cabaña.

— Has venido a decirme que me vas a abandonar, pero, ¡te pido que no te vayas! ¡Te necesito desesperadamente!

La Sra. Kang se sintió temerosa. Éste hombre sabía todo lo que le ocurría. ¡Incluso sus pensamientos más íntimos!

— A nadie le gusta seguir un camino tan difícil, ni siquiera a mí — continuó Abonim —. Pero, Dios me ha llamado para que siga este camino. Es algo a lo que no puedo negarme. Si Dios le hubiera dado esta misión a otra persona, yo estaría dispuesto a ayudarle. ¿No me quieres tu ayudar?

El corazón de la Sra. Kang se ablandó. Pero, aún había muchas cosas que le molestaban. ¿Por qué Abonim era tan pobre? ¿Por qué vivía en aquella choza tan miserable? ¿Por qué no había podido ganar más dinero?

— Ora a Dios para obtener una respuesta — le dijo Abonim, leyendo sus pensamientos — Te puedo decir que algún día todos los hombres escucharan el Principio Divino.

Ella volvió a casa y oró a Dios para saber que hacer. Le vino una respuesta muy clara — Su situación es la misma que la de Jesús hace 2000 años. Los discípulos de Jesús le ayudaron. Ahora tu debes también ayudarle.

No tuvo más remedio que obedecer.

Un poco tiempo después, la Sra. Kang le dio testimonio a otra misionera conocida suya. Esta señora tuvo un sueño. Vio tres esferas luminosas, luego tres rosas de Sharon (la flor nacional coreana), y después la cara de Jesús. Entonces, divisó una montaña, una pequeña cabaña de refugiados y un joven que venía a saludarla. La Sra. Kang le dijo que el sueño significaba que la luz viene de Corea; es decir, que Jesús aparecería de nuevo en Corea. Acompañó a la señora a ver a Abonim. Cuando la mujer vio la cabaña, se dio cuenta que era la misma que había visto en su visión, y cuando vio a Abonim lo reconoció como el joven que había visto en su sueño.

Abonim le dijo a la señora que la visión que había tenido no había sido realmente para ella sino que era para la Sra. Kang. Aquella señora se unió a la iglesia y a veces pinchaba a la Sra. Kang diciéndole:

— En realidad, yo soy tu madre espiritual, en vez de tu hija espiritual, porque mi visión te salvó.

— ¡Puede ser que sea así! — se reía la Sra. Kang. Sólo sabía que se sentía muy feliz de servir a Abonim, se sentía feliz de haber sido salvada de la duda, y se sentía feliz de ser alguien que podía ayudar al Mesías cuando estaba comenzando su trabajo en la tierra.

Las pobres circunstancias en las que estaba Abonim provocaron dudas a la Sra. Kang, pero, al final, aprendió a tomar el punto de vista del Cielo y a tener fe en Abonim.

 

32. La primera pionera

por Linna Rapkins


— Vamos a hacer algunos cambios — anunció Abonim un día del mes de Julio de 1953.

Won Pil Kim, el Sr. Aum, la Sra. Oak, la Sra. Kang y algunos más que estaban presentes se miraron unos a otros y bajaron los ojos respetuosamente — ¿Cambios? ¿Qué querría decir?

El pequeño grupo de Pusan se había trasladado a una casa algo mejor que la cabaña hecha de piedras y cajas de cartón. Mucha gente venía a escuchar las charlas de Abonim y a orar juntos. Había mucho movimiento, pero había muy pocos que se dedicaran completamente a trabajar para Dios.

— Eso es, cambios — dijo Abonim, respondiendo a sus pensamientos — Es muy importante que rápidamente demos a conocer el mensaje a mucha gente. Sé que, en realidad, no estamos preparado para estar separados, pero no podemos esperar hasta que seamos más fuertes y estemos más capacitados. Parece que la guerra está acabando. Se ha firmado un armisticio. Nada definitivo, pero al menos hay esperanza. Así que ahora nos será más fácil viajar a otros sitios.

Miró a la Sra. Kang y le preguntó — ¿Te gustaría ser mi primera pionera y trabajar en la ciudad de Taegu? Está a mitad de camino desde aquí a Seúl y es casi tan grande como Pusan.

— Sí, puedo hacerlo — contestó ella.

Abonim parecía serio. — Claro que no será fácil. Estarás sola y realmente no has recibido una educación adecuada para ser pionera. No podemos darte mucho dinero. Sólo para el billete del autobús y quizás algunos won para ayudarte un poco a pasar los primeros días. Es muy importante llevar la revelación de Dios a mucha gente — le dijo Abonim mientras observaba su cara — ¿Te sientes realmente capaz de hacerlo?

— Sí, Abonim — contestó ella sin dudar un momento — Me siento muy honrada de tener esta misión —. Pensaba en todos los años que había estado dando testimonio en su vieja iglesia antes de encontrar a Abonim. Había tenido un excelente entrenamiento.

— Bien — dijo Abonim más tranquilo. Quizás estaba un poco preocupado pensando en lo difícil que sería la misión para su primera pionera, especialmente porque era una mujer y tendría que trabajar sola. Quizás también estaría pensando en lo mucho que la echaría de menos.

Entonces, se volvió a los demás diciéndoles — El resto de nosotros continuaremos por ahora en Pusan — Dirigiendo la mirada a Won Pil Kim siguió diciendo — Sabes, Won Pil, ahora estamos juntos, trabajamos juntos, comemos juntos, pero esto no puede durar para siempre. Este tiempo de siempre estar juntos tendrá que acabar más tarde o más temprano.

Won Pil Kim estaba demasiado aturdido para responder. Empezó a sentirse inquieto. Hasta ese momento habían estado tan unidos y habían pasado tantas cosas juntos que otra forma de vida le parecía imposible. Formaban un equipo, una unidad. Eran como dos en uno. Won Pil Kim pensaba en cómo Abonim le había esperado fuera de la cabaña cada tarde para darle la bienvenida después de su trabajo. Era como un padre maravilloso que le cuidaba o como un maestro fantástico que le educaba cada día. ¿Cómo podría vivir separado de él? Pensaba en ello, ¡pero, no! no podía imaginárselo.

De nuevo, el corazón de Abonim se sentía apenado por el pensamiento de tener que apartarse de sus queridos discípulos, pero si se separaban e iban a otras ciudades podrían encontrar a mucha más gente. La obra de Dios tenía que ser lo primero de todo.

La Sra. Kang trabajó sola en Taegu por un tiempo. Daba testimonio a muchos ministros cristianos. También hablaba con muchos tipos de gente, pero no pudo convencer a nadie para que creyeran en Abonim y en el Principio Divino.

Finalmente, Abonim se decidió a ayudarla. Abandonó Pusan y partió para Taegu. No tardó mucho tiempo en causar una gran conmoción en la ciudad. Oraba y enseñaba el mensaje de Dios durante todo el día y toda al noche. Este era su programa habitual. Entonces, el mundo espiritual le mandaba a muchas personas.

Muchas de las personas que venían eran amas de casa que se sentían muy inspiradas por las charlas de Abonim. Siempre que venían, tenían alguna experiencia espiritual y sentían tanta excitación que no deseaban irse y volver a casa. Se sentían tan entusiasmadas y felices que lo único que deseaban era seguir cantando y orando, y nunca acabar. Muchas veces se quedaban hasta bastante tarde por la noche.

Entonces, como ya podéis imaginaros, los maridos, muy enfadados, las esperaban detrás de las puertas de su casas cuando ellas volvían tarde al hogar andando de puntillas para que no las descubrieran. Ocurrió lo mismo que en los primeros tiempos, cuando los maridos celosos causaron tantos problemas en Pyongyang. Abonim se preocupaba mucho por estas señoras, pero no podía decirles que se fueran, Dios las necesitaba.

Las cosas fueron de mal en peor. Un día vino una mujer a la casa de Abonim, tenía toda la cara llena de heridas y moratones.

— ¿Qué ha ocurrido? — le preguntó Abonim, temiéndose la respuesta.

— Mi marido me ha pegado porque anoche volví tarde a casa — contestó ella.

— ¡Oh, lo siento mucho! — le dijo Abonim, mientras que se le saltaban las lágrimas. — Por favor, ten cuidado —. Deseaba decirle que se quedara en su casa, pero no pudo.

Unos días más tarde, vino otra mujer con los labios partidos y sangre que le corría por la cara.

— Estoy bien, Abonim. No te preocupes de mí — dijo ella, limpiándose la sangre con un pañuelo — Mi marido no comprende por qué es tan importante que venga aquí.

Abonim lloró por ellas. Se sentía muy apenado que estas mujeres tuvieran que sufrir de esta manera.

Al día siguiente vino otra mujer. Le habían cortado el pelo al cero. Estaba completamente sin pelo. Ninguna mujer coreana se hubiera atrevido a que la vieran de esa manera.

— Mi marido pensó que si me afeitaba la cabeza, no saldría de casa por la vergüenza que me daría — explicaba ella sin saber si ponerse a reír o llorar —. Pero, me sentiría como muerta si no pudiera venir aquí. Por favor, no me digáis que vuelva a casa —. Abonim no lo hizo.

Al día siguiente una mujer vino sin vestidos. Se había enrollado una manta y había corrido así hasta la casa de Abonim.

— Mi marido me ha escondido toda mi ropa para que no pudiera salir de casa — explicó ella — pero, aquí estoy de todas las maneras —. Decía esto con un tono de voz triunfante y determinado.

Pronto se extendieron rumores por toda la ciudad de que las mujeres corrían desnudas a la casa del Maestro Moon y se quedaban toda la noche en su casa. Se formó un escándalo muy grande. Abonim no podía dar testimonio a la gente pues toda la ciudad llegó a creer que era un hombre muy malo.

Finalmente, en Septiembre de 1953, Abonim le dijo a sus seguidores — Quizás los rumores desaparecerán si me voy de la ciudad por un tiempo. Por favor, trabajar todos juntos. La Sra. Kang se quedará a cargo de la iglesia — la miró con cariño y dijo — Confío en mi diligente misionera, mi primera misionera, para que lleve resultados a Dios en esta ciudad.

 

33. De vuelta en Seúl

por Linna Rapkins


Abonim volvió al corazón de Corea, la ciudad de Seúl, mientras que otros se quedaron en Pusan y Taegu. Abonim había tratado de empezar su misión allí hacía casi 10 años antes y fue completamente rechazado. Entonces, tuvo que ir a Corea del Norte y sufrir mucho en Pyongyang y en la prisión de Hung Nam. En su camino hacía el sur hasta Pusan, Abonim, Won Pil Kim y el Sr. Pak habían pasado por Seúl. Habían visto una ciudad llena de soldados y tanques, pues la mayoría de la gente había huido hacia el sur. Nadie quería estar allí cuando llegasen los soldados comunistas.

En un agradable día de otoño de 1953, Abonim de nuevo entró en Seúl. Lo que vieron sus ojos no era tan agradable. Donde antes había pequeñas casas y concurridas tiendas a lo largo de las calles, ahora sólo quedaban pilas de escombros y casas semiderruidas por los bombardeos por las que serpenteaban pequeños caminos de tierra entre montones de tejas, puertas y ventanas rotas.

El resto del mundo había hecho grandes esfuerzos por reconstruirse después de la 2ª Guerra Mundial, pero la guerra coreana había desolado y devastado a Corea.

Abonim recordó un mito coreano parecido al del ave Fénix que resucita de sus cenizas. Ahora Corea debía levantarse de sus cenizas y volver a vivir. Mirando los kilómetros y kilómetros de ruinas parecía algo casi imposible.

— ¡Oh, Seúl! ¡Seúl! ¡Mira en que situación te encuentras! ¡Cuantas veces traté de salvarte, pero tu no quisiste escuchar! —. La agonía que sentía en su corazón hizo que las lágrimas aparecieran en sus ojos — ¿Cuanto tiempo ha de pasar hasta que las risas y voces alegres llenen de nuevo el aire de tus calles y tus hogares? ¿Hogares? ¿Se pueden llamar hogares a estos montones de ruinas?

Abonim observó a familias andrajosas buscando cosas entre la basura. La alegría se había esfumado de sus ojos. Abonim deambuló por las calles con lágrimas en sus mejillas. Deseaba ardientemente gritar a toda la gente anunciándoles la nueva era que venía para Corea y para todo el mundo. Deseaba darles esperanza. Le hubiera gustado ser como una gran gallina que los recogiera a todos bajo las alas como si fueran sus pollitos.

Si se hubiera parado a pensar sobre su situación personal, Abonim fácilmente hubiera podido caer en la desesperanza. Podría haber pensado — Tengo ya 30 años, y no tengo nada, ni dinero, ni ropas bonitas, ni trabajo, ni familia, ni hogar. Los demás son pobres, pero al menos tienen a su familia. Yo no tengo ni esposa, ni hijos, ¡pobre de mí! —. Podría haber pensado de esta manera, pero sus pensamientos siempre estaban puestos en los demás y en el Padre Celestial.

Los días fueron pasando. Estuvo orando cada día, pasando muchas horas solo en una montaña cerca de Seúl. El mundo espiritual a veces le mandaba a personas y entonces les hablaba sobre el mensaje de Dios. Mientras les enseñaba, invertía todo su corazón en ellos, dándoles su amor y su energía. Sin embargo, era muy difícil convencer a alguien. La mayoría de la gente sólo se preocupaba por sobrevivir.

Durante dos meses Abonim trabajó en Seúl. Aparte de su apretado programa de oraciones, testimonio y enseñanza, había otra preocupación que siempre estaba en su mente: sus discípulos que estaban en Pusan y Taegu. No había teléfono, así que no podía hablar con ellos.

— ¿Qué estarán haciendo? — se preguntaba — Les echo mucho de menos, a la Sra. Oak, a la Sra. Kang, al Sr. Aum y a mi querido Won Pil Kim. Nunca me había separado de él desde que salí de la prisión. ¿Qué tal le irá? ¿Qué estarán haciendo todos los demás? ¿Habrán encontrado a nuevos miembros? Quizás no debería haberlos dejado solos.

En Diciembre, no resistió más e hizo el largo viaje hasta Pusan para visitarles en Navidad.

 

34. Una isla de pureza

por Linna Rapkins


Era el año 1953. La guerra coreana ya había acabado. Hak Ja Han, que entonces tenía once años, debería estar acabando el sexto grado y preparándose para entra en la escuela secundaria. En lugar de esto, se encontraba en una isla llamada Cheju.

Fue un choque para ella cuando su madre de repente le vino esta extraña idea a la cabeza.

— Vamos a dejar Taegu — anunció su madre un día — La guerra está terminando, así que no tenemos por qué quedarnos aquí por más tiempo. La abuela puede quedarse con el tío, y tu y yo podemos ir a la isla de Cheju.

Los ojos de Hak Ja Han se abrieron por la sorpresa — ¿Qué va a pasar con la escuela secundaria? Empiezo las clases dentro de pocos meses —. Ella no podía imaginarse que no iba a ir a la escuela.

— Bueno, nuestros planes han cambiado. Iremos a vivir a la isla — eso fue todo lo que dijo su madre. No hubo más comentarios.

Ahora estaban en la isla. Hak Ja Han aún no sabía por qué estaban allí. Caminó por los alrededores, mirando a la montaña que se alzaba en medio de la isla. El viejo volcán apagado desaparecía cada mañana entre las nubes, y se preguntaba si no desaparecería ella también entre las nubes, Allí no tenía a sus amigas, ni había escuela, ni calles llenas de gente, nada de lo que había estado acostumbrada.

— ¿Por qué estoy aquí? — susurraba al viento — Echo de menos a mis amigos ¿Por qué estoy aquí? — murmuraba a los bellos campos de flores amarillas. Se dio la vuelta y vio las olas del mar que se balanceaban rompiendo en la playa azotada por el viento. — Olas que van a todos los sitios, Olas que no van a ningún sitio — dijo hablándole al mar — pero, al menos, vosotras, olas, estáis acompañadas.

— ¡Hak Ja Ya! ¡Hak Ja Ya! ¡Ven aquí! — Era su madre que la llamaba, la única voz que escuchaba aparte de la suya.

— Estoy aquí, Omma — respondió respetuosamente, pero sin mucho entusiasmo, mientras caminaba hacia su madre.

— Hoy subiremos a lo alto de la montaña para orar — este era el mensaje que le trajo su madre.

— Pero, Omma, ya hemos estado orando esta mañana — replicó ella. Las oraciones ahora eran un poco diferentes, Había sido muy agradable cuando se levantaban a las seis de la mañana e iban a la iglesia a orar en voz alta con una multitud de gente, Entonces, le gustaba mucho. Pero aquí, en aquella isla extraña, todo era muy solitario, muy solitario. El viento sonaba solitario. Las montañas parecían solitarias. La oración era solitaria. Ella deseaba ser valiente, pero de repente sus ojos se llenaron de lágrimas que se deslizaron por su cara llena de tristeza. La Sra. Hong sentía angustia en su corazón cuando la veía tan triste.

— ¿Estaré haciendo lo correcto? — se preguntaba a sí misma, casi dispuesta a abandonar y volverse a casa. — Pero no, debo educarla con disciplina. Debe aprender a abandonar las cosas que no son importantes. Debe aprender a tener su propia conexión con Dios para que, no importa lo que ocurra, pueda ser siempre fuerte. No debe depender de otra gente para que la hagan feliz. Y, además de eso, tengo que mantenerla apartada de los chicos.

— Ven conmigo — dijo en voz alta, ignorando sus lágrimas —. Dios nos está esperando.

Empezó a subir la montaña. Hak Ja Han la seguía. Había aprendido a obedecer bien.

— Cuando estemos de vuelta — dijo la madre — tengo un nuevo libro sobre la vida de los santos para que lo leas.

Bueno, al menos disfrutaba leyendo libros. De hecho, era lo más interesante que hacía en la isla.

A medida que escalaban buscaban plantas para comer. Ellas vivía sólo de lo que se encontraban en el campo; no comían carne, ni mandu, ni kimchi y, desde luego, sin dulces. Llevaban un régimen vegetariano. Gracias a Dios que era una isla tropical y siempre podían encontrar frutas y vegetales.

Aunque era la parte más cálida de Corea, cuando llegaban los vientos del invierno, las ropas y las mantas que tenían no eran suficiente para que el frío no les calase hasta los huesos. Aún así, el problema más grande era la constante soledad. Su corazón se sentía oprimido, casi a punto de colapsar. Ya no saltaba, ni reía ni cantaba. Aprendió, no obstante, a levantarse temprano cada mañana y hacer largas oraciones, a perseverar y a obedecer.

Una mañana, después de la oración, su madre le tenía preparada una sorpresa — Hoy volveremos a casa. Todo lo que tenemos que hacer es preparar las maletas y partiremos tan pronto como llegue el barco.

Hak Ja Han miró a su madre. ¿Era realmente cierto? Se quedó sin decir una palabra, preguntándose si no sería una broma.

Su madre empezó a empaquetar las cosas. Entonces, volvió la cara y miró a su hija como si le estuviera leyendo el pensamiento. Parecía que estaba meditando sobre algo.

Luego, en un tono cariñoso le dijo — Sé que ha sido difícil para ti estar aquí. Pero era muy importante que aprendieras a llevar una vida pura y disciplinada. Por esa razón hemos estado aquí. Pero esta mañana he oído claramente la voz de Dios que me decía que fuéramos a vivir con la abuela y el tío — y haciéndole un guiño añadió — Me imagino que Dios se ha compadecido de ti.

Los ojos de Hak Ja Han se iluminaron.

— Sí — continuó su madre, ahora ya sonriendo, pero con lágrimas en los ojos — Había planeado que estuviéramos aquí más tiempo, pero Dios piensa que ya es hora de partir. La abuela y el tío están viviendo ahora en Chun Chon. No está muy lejos de Seúl y tardaremos varias horas para llegar allí. Creo también que el Señor, ya sabes, el Mesías estará en Seúl, pero por ahora podemos vivir en Chun Chon. ¿Bueno? ¿Qué te parece?

Hak Ja Han empezó a sonreír, a dar un pequeño saltito, luego un gran brinco y después se puso a cantar y bailar por vez primera desde hacía meses.

¡Qué bien! ¡Qué bien! — cantaba a los cielos — Querida abuela, querido tito, iremos a veros muy pronto.

Bailaba alrededor de su madre diciéndole — Y quiero ver las calles y las tiendas y la gente. Y quiero comer pulgoki. Sí, pulgoki con kimchi fresco, ¿verdad que sí, Omma?

— Claro que sí, hija — respondió su madre — Tendrás todas esas cosas.

¡Annyong Jaseyo, Jalmoni! ¡Annyong Jaseyo, Ayoshi! — saludó Hak Ja Han inclinando la cabeza y luego corriendo a los brazos de su abuela y su tío. Las lágrimas de la abuela caían sobre la cabeza de su nieta mientras la apretaba fuertemente entre sus brazos.

La mesa estaba preparada con pulgoki, arroz blanco y kimchi. Tan pronto como acabaron de comerse hasta el último grano de arroz, Hak Ja Han salió corriendo para comprar en la tienda de la esquina algunos dulces.

La gente abarrotaba la calle empujándose unos a otros, disputándose los pocos taxis vacíos que había. Los vendedores callejeros estaban sentados alrededor del brasero para calentarse.

— Todo es maravilloso — susurraba ella en medio de la calle.

Hak Ja Han tenía que completar el curso que le quedaba para poder entrar en la escuela secundaria, como estaba planeado hace tiempo. Así que pronto empezó con la rutina diaria de los estudios. Estudiaba mucho y era obediente y disciplinada. En su tiempo libre le gustaba dibujar y cantar.

Ahora, cuando estaba alejada de la isla, recordaba con mucho agrado la bellezas naturales que había contemplado allí. Dibujó las flores delicadas que había visto, las onduladas nubes que se alzaban desde el mar, la suave neblina que cubría las cimas de la montañas. Cantaba canciones a las flores de la montaña, a los amaneceres y al cielo azul.

Ahora se sentía con más paz y seguridad interior, y en sintonía con las vibraciones de Dios. Sí, la naturaleza le había enseñado muchas cosas buenas. Ya nunca se sentiría sola, pues Dios se le manifestaba a través de todas las cosas bellas de la naturaleza.

Aunque se sentía sola en al isla de Cheju, Hak Ja Han aprendió a amar a la naturaleza y a buscar a Dios en vez de depender de las cosas materiales y de las personas siempre que se sentía sola o tuviera alguna necesidad.

 

35. El profesor tullido

por Chris García


Vamos a jugar a un juego. Sólo tu y yo. Juguemos de esta manera:

Vamos a suponer que tu no eres tu; tu eres una persona diferente; tu eres coreano y estás viviendo en Seúl, hace mucho tiempo, en los años cincuenta o a primeros de los sesenta, cuando tus padres aún eran jóvenes. ¿Lo has comprendido?

Era verano y hacía mucho calor. Vas andando muy rápido porque tienes que estar en un sitio especial, y quieres llegar cuanto antes.

En aquella área no hay ni taxis ni autobuses, tienes que ir a todos los sitios andando. Casi has llegado. Pasas por una pequeña tienda que está en una esquina donde un hombre mayor vende frutas y pescado seco. Estás buscando el sitio mirando todas las casas porque las calles no tienen nombres ni letreros, pero sabes que estás cerca y lo reconocerás cuando lo veas.

Saludas al tendero diciéndole — Sugo jaseo, jarabochi — que es una forma de saludar coreana que significa — Trabajas mucho, abuelo —. No es tu abuelo, pero siempre que se saluda a una persona mayor se la llama abuelo. Llegas a una bocacalle y te metes en ella. Los niños están jugando en el suelo de tierra. Al final de la pequeña calle está la casa que estás buscando, el lugar donde un hombre cojo enseña sobre Dios.

Es un hombre especial. En la puerta de la casa, hay un letrero que dice: "Asociación del Espíritu Santo para la Unificación del Cristianismo Mundial". Es un nombre muy grande para una iglesia tan pequeña. Aquello no era ni siquiera una iglesia, sino una vieja casa casi en ruinas donde vivía el profesor. Era donde la gente se reunía para aprender las enseñanzas llamadas el Principio Divino.

Llegas a la casa y alguien te abre incluso antes de que llames a la puerta, porque para ellos, tu eres especial, y han estado mucho tiempo esperando y orando por ti. Te sientes bien. Son terriblemente pobres, pero les tienes mucho cariño. Aman a Dios mucho. Lo llaman "Padre Celestial".

Están muy contentos de ver que has venido y te llevan a una habitación donde hay una pizarra en la pared, como en una escuela. Pero, esta pizarra está colgada más baja de lo normal, porque el hombre que enseña no puede estar de pie mucho tiempo. A veces se apoya en un bastón cuando enseña, pero se tiene que sentar muy a menudo. Le cuesta también estar sentado en el suelo, así que a veces tiene que recostarse. Es extraño ¿no es verdad?

Cuando te ve, trata de acercarse a ti, pero tu, rápidamente inclinas la cabeza y te sientas para ahorrarle el esfuerzo. El profesor es el Sr. Hyo Won Eu. Es una persona real. Fue el primer conferenciante del Principio Divino. Lo que significa que fue la primera persona, aparte de Abonim, que enseñó el Principio Divino a la gente. Un conferenciante habla sobre algo. Un conferenciante es alguien que enseña.

Te sientas allí esperando a que se reúna más gente. Piensas — ¿Será la charla de hoy sobre Jesús? La manera como cuenta la historia de Jesús siempre me hace llorar, pues es una historia triste. Pero, también me hace ver lo mucho que Dios nos ama a todos —. Entonces, se te ocurre un idea — Quizás hoy tenga el suficiente coraje de preguntarle sobre su propia historia. Me gustaría saber algo sobre su vida. Debería preguntarle cuando haya acabado la charla. Quizás se sorprenda. Es probable que la gente no suela preguntarle sobre su vida. Puede que tenga deseos de contar su vida, pero es demasiado modesto para tomar la iniciativa.

La vida del Sr. Eu había sido muy difícil. Deseaba conocer a Dios con desesperación, hasta el punto de que a veces casi se volvía loco. Era una persona muy instruida. Tenía una mente lógica y científica. Esto significa que podía pensar con profundidad y reflexionar sobre todas las cosas. Era muy difícil que creyera en algo que no pudiera comprender. Así que estudió y aprendió muchas cosas, y por su cabeza pasaban muchos pensamientos. — ¿Cómo funcionan todas las cosas de este mundo? ¿Por qué fueron hechas de la manera que son? ¿Para qué fueron hechas? ¿Fueron creadas por Dios? Si Dios existe, ¿por qué no podemos verle? — se preguntaba muy a menudo.

El Sr. Eu tenía una mente muy inquisitiva y le gustaba conocerlo todo, pero la cosa que más trabajo le costaba comprender era la Biblia. A una persona científica como él, muchas cosas de la Biblia le parecían misteriosas. No tenían sentido y no sabía como encajarlas con sus conocimientos científicos.

El Sr. Eu tenía una enfermedad de los huesos, que hacía que casi estuviera invalido. De hecho, apenas podía andar. La mayor parte de su tiempo, por ello, lo pasaba estudiando y pensando.

Pensaba mucho sobre Dios y deseaba ser un hombre de Dios. Pero, ¿para qué podía servirle a Dios un hombre cojo? Era una frustración muy grande tener una mente tan brillante y un cuerpo tan débil. En muchas ocasiones, sentía que no había esperanza para él en este mundo, y a veces incluso pensaba en abandonar la lucha y suicidarse.

En aquellos momentos tan desesperados, siempre recordaba algo. Cuando era pequeño, su madre le amaba mucho. Ella tenía una gran confianza en él. Pensando en su madre, desistía de quitarse la vida.

Un día vino a verle un amigo y le dijo — Hyo Won, he encontrado a un hombre muy interesante. Su nombre es Sun Myung Moon. Es un Maestro, y las cosas que enseña sobre la Biblia son sorprendentes. Parece que conoce las respuestas a todos los misterios de la Biblia. Debes ir a comprobarlo por ti mismo.

El Sr. Eu no estaba muy interesado. Nadie es capaz de comprender los misterios de la Biblia. Más adelante, su amigo hizo que dos señoras mayores le visitaran. Quizás ellas podrían convencerle de escuchar aquellas enseñanzas. Tan pronto como le explicaron varias cosas, él comenzó a hacerles preguntas. Ellas trataban de contestarle, pero no podían porque eran personas sencillas que no sabían responder las cuestiones de un hombre tan inteligente e instruido. Así que comenzaron a llorar y a orar en silencio por él.

— ¿Quiénes son estas mujeres? — pensaba el Sr. Eu — ¿Por qué estoy sintiendo este extraño sentimiento, como calor, como electricidad? Mi corazón está latiendo apresuradamente. Siento como si quisiera llorar, pero, no debo llorar. Los hombres no lloran.

Al final, sentía que tenía que ir con ellas. No sabía por qué, pero la fuerza interior que le empujaba era cada vez más intensa. Su mente no estaba interesada pues no habían contestado a ninguna de sus preguntas, pero algo dentro de su corazón le empujaba a ir.

Fue con las dos señoras a la pequeña cabaña. Naturalmente, no pudo levantarse e ir por sus propias fuerzas. La casa estaba en una colina, y las colinas en Corea eran muy empinadas, así que lo subieron entre dos personas. Lo llevaron hasta la pequeña casa, y una vez allí tuvo que recostarse en el suelo porque le era doloroso estar sentado.

El grupo de personas que seguían a Abonim en aquel tiempo eran muy pocas. La Sra. Kang estaba en Taegu y Abonim estaba en Seúl. Los que quedaban eran el Sr. Aum, que siempre estaba muy ocupado con su trabajo; algunas señoras mayores, como la Sra. Oak; y Won Pil Kim, que era muy joven. Ya que Abonim estaba ausente, Won Pil Kim era el único disponible para enseñar. Al Sr. Eu le parecía que sólo era un chiquillo.

Won Pil Kim estaba un poco nervioso, y cuando le hacía preguntas no tenía la suficiente confianza para contestarlas. El Sr. Eu no sabía que pensar. — ¿Merece la pena escuchar estas enseñanzas? — se preguntaba a sí mismo — ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde están las señoras mayores? — Pero seguía sintiendo aquella extraña fuerza de atracción dentro de su corazón y aquella agradable sensación de calor o electricidad en su cuerpo. El Sr. Eu dejaba ver su lucha interior en la expresión de su cara. Won Pil Kim lo notó y se sentía mal de no poder enseñar tan bien como Abonim. Deseaba con todo su corazón que el Sr. Eu comprendiera que el Principio Divino era el mensaje más maravilloso de Dios para el mundo. Entonces, se le ocurrió una idea.

— Sr. Eu, ¿le gustaría llevarse prestadas estas notas sobre el Principio Divino y estudiarlas solo en su casa?

La cara del Sr. Eu se iluminó — ¿De verdad podría prestármelas?

— Sí, naturalmente. Están escritas por nuestro Maestro, el Sr. Moon. Es la única copia que tenemos, pero realmente deseo que pueda estudiarlas.

El Sr. Eu se las llevó a su casa. Las leyó. Las volvió a leer. Estudió cada palabra del escrito. ¡Todo tenía sentido! ¡Explicaban los misterios de la Biblia! Explicaban los misterios de la vida. Aún tenía muchas preguntas, pero sabía que deseaba unirse a ese pequeño grupo y dedicarse completamente a Dios. Fue la primera persona que se unió sin conocer a Abonim en persona.

El Sr. Eu esperaba ansiosamente poder ver a aquel gran Maestro. Cuando Abonim vino a visitarles desde Seúl en Diciembre de 1953, el Sr. Eu pudo verlo por vez primera. Se sorprendió que Abonim fuera más joven que él, pero pronto se dio cuenta que la edad no era lo importante. Le preguntó todas las cuestiones que tenía en su mente y Abonim las contestó todas. Después de la visita de Abonim, sintió que debería irse a vivir a Seúl para estar con él. Y así lo hizo de inmediato.

Después de encontrar una pequeña casa con una habitación para hacer reuniones, Abonim pasó muchas horas con el Sr. Eu, enseñándole, educándole y ayudándole a comprender el Principio Divino. Mientras que el Sr. Eu elaboraba diagramas y descripciones para que la gente pudiera comprenderlos más fácilmente, Abonim siempre estaba a su lado, asegurándose que todo fuera correcto.

El Sr. Eu se convirtió muy pronto en el conferenciante oficial. Incluso con el cuerpo dolorido daba charlas cada día, a todas las horas del día. Una y otra vez, enseñaba la verdad de Dios. Aunque no viniera nadie, aún así continuaba enseñando al mundo espiritual. Algunas personas que miraban dentro de la habitación y lo veían enseñar en una habitación vacía, se preguntaban qué es lo estaba haciendo. Algunas veces estaba de pie apoyado en un bastón, otras sentado. En ocasiones tenía que recostarse para enseñar debido a que le dolían mucho las piernas.

Al principio, Abonim escuchaba todas sus charlas, y a veces le ayudaba a explicar algún punto difícil o a contestar a alguna pregunta. A veces, el Sr. Eu lloraba y aún así continuaba dando la charla. Ahora ya sí pensaba que era adecuado para un hombre llorar.

El Sr. Eu, con todo el conocimiento que había adquirido de Abonim y la experiencia de dar tantas charlas, escribió el libro del Principio Divino. Fue la primera vez que las notas de Abonim se concretaron en un libro que todo el mundo podía leer.

El Sr. Eu, más tarde, llegó a ser el primer Presidente de la Iglesia de Unificación. Por eso se le llama el Presidente Eu. Amaba mucho a Abonim y se sentía apenado porque no podía mostrarle su respeto inclinándose ante él. De hecho, le amaba tanto que se hizo una operación especial para poder inclinarse ante Abonim al menos una vez en su vida.

La vida de este brillante hombre tullido había cambiado por completo. Ahora ya no pensaba nunca en quitarse la vida. Aunque su cuerpo era débil, Dios pudo usar su brillante mente para enseñar a los demás el Principio Divino. Dios siempre tiene una manera de usar a una persona si ésta realmente lo desea.

En 1970, el Presidente Eu fue al mundo espiritual. Pero siempre que escuchéis una charla del Principio Divino, o siempre que leáis el libro del Principio Divino podéis pensar en él. Y, en algún lugar del mundo espiritual, estará de pie, firme y derecho, enseñando el Principio Divino a los buenos antepasados, quizás a los tuyos también.

La fuerte mente del Sr. Eu venció a su débil cuerpo. Cuando encontró el Principio Divino, su corazón tuvo que luchar con su mente. Cuando venció su corazón se convirtió en el primer gran profesor del Principio Divino, después de Abonim.

 

36. Nace la Iglesia de Unificación

por Linna Rapkins


La inesperada visita de Abonim por Navidades a su pequeño grupo de Pusan se convirtió en unos maravillosos e inspiradores 21 días de reavivamiento espiritual. Al final del cursillo Abonim hizo los preparativos para su vuelta a Seúl. El Sr. Eu preparó sus cosas también. Se había unido al grupo antes de encontrarse personalmente con Abonim y ahora después de asistir al cursillo de 21 días tomó la decisión de trabajar a su lado y ser su ayudante para siempre.

Cuando llegaron a Seúl a primeros del año 1954, el Sr. Eu enseguida encontró un pequeño lugar donde poder vivir. De inmediato, Abonim comenzó a explicar el Principio Divino al Sr. Eu de una manera exhaustiva. También oraron largas horas para que el Padre Celestial guiara a muchas personas a venir a su casa. El Sr. Eu comprendió con rapidez lo ansioso que estaba Abonim por cumplir con su misión y lo difícil que sería su trabajo.

Al cabo de poco tiempo, algunas personas empezaron a venir, uno por aquí, otro por allí. Estaba bien, pero no era suficiente. Abonim sabía lo importante que era el ganarse la cooperación de las iglesias cristianas, así que junto con el Sr. Eu dieron testimonio a los cristianos una y otra vez, hablándoles acerca del nuevo mensaje de Dios y orando profundamente por ellos.

A pesar de sus grandes esfuerzos ocurrió lo mismo que había sucedido antes. Los cristianos escuchaban las enseñanzas de Abonim sobre Dios y Jesús, pero éstas eran muy diferentes de las que habían escuchado en sus iglesias, así que pensaban que lo que explicaba Abonim debía de venir de Satán y temerosos de perder su alma se apartaban de él.

En aquel tiempo, una de las personas que se había unido en Taegu llegó a Seúl para ayudar a Abonim. Era David S.C. Kim, el Presidente del Seminario Teológico de la Unificación en América. Este hombre había sido un alto funcionario del gobierno de Syngman Rhee durante catorce años. No era como los funcionarios de gobierno normales, pues era una persona con una inquietud espiritual muy grande. Dios había salvado su vida durante la guerra y le había concedido una experiencia espiritual que no podía olvidar. Realmente deseaba dedicar su vida a Dios, pero no se sentía seguro de que estuviera haciendo lo correcto. Asistía con regularidad a su iglesia y dirigía el coro, pero sentía que debería haber una forma más espiritual y más importante que aquella de trabajar para Dios.

Cuando en Febrero de 1954 su amigo, el Sr. Aum, le sugirió que visitara al pequeño grupo de Sun Myung Moon en Taegu, siguió su consejo y fue a visitarles. Después de escuchar las enseñanzas y de tener varias experiencias espirituales inspiradoras, se convirtió en uno de los seguidores de Abonim. Cuando apareció en Seúl, Abonim le dio la bienvenida calurosamente y lo puso en seguida a trabajar.

Un día, Abonim parecía que se había decidido hacer algo.

— Los cristianos no quieren trabajar conmigo. Si no tengo una iglesia, no podré unir a los cristianos. Y si no puedo unir a los cristianos que quieran trabajar junto conmigo, me pasará lo mismo que a Jesús. Me matarán y el cristianismo tendrá que sufrir de una manera terrible.

El Sr. Eu se quedó muy preocupado al escuchar aquello, pero no sabía qué podría hacer para ayudarle.

— Así que — continuó Abonim, sin esperar una respuesta — debemos crear nuestra propia iglesia y comenzar desde el principio.

El Sr. Eu levantó las cejas. Parecía una buena idea, pero, ¿sería posible? Sólo estaban ellos dos en Seúl.

Comprendiendo sus pensamientos, Abonim añadió — Hubiera sido mucho más fácil si las iglesias establecidas se hubieran unido conmigo, pero ahora ya no puedo esperar por más tiempo.

El Sr. Eu no se atrevió a pensar en todas las dificultades que habría. Simplemente dio a Abonim el apoyo que necesitaba y asintió con la cabeza.

La casa que encontraron para la nueva iglesia no parecía un templo en absoluto. Era vieja y destartalada. La puerta estaba combada por la lluvia y despintada, así que era muy difícil abrirla y cerrarla. El tejado estaba ondulado porque se estaba hundiendo por algunos lugares, y además le faltaban tejas. Los agujeros de las paredes estaban tapados con viejas tablas y muchos de los papeles de las ventanas estaban rajados. ¡Y lo más extraño de todo era que la mitad de la casa estaba pintada en rojo!

Abonim y su pequeño grupo no estaban acobardados ni desanimados. Entonces, pintaron un letrero que proclamaban quienes eran: "La Asociación del Espíritu Santo para la Unificación del Cristianismo Mundial". Después de colgarlo en su lugar, se retiraron unos pasos para admirar su obra de arte. De repente, estallaron en risas, el letrero era casi tan grande como la casa.

—¿Es éste un buen lugar para unir al cristianismo? — preguntó Abonim.

— Absolutamente — contestaron jovialmente el Sr. Eu y el Sr. Kim.

Inclinaron sus cabezas y agradecieron a Abonim Celestial el poder tener su propia iglesia, que más tarde llegó a ser conocida por el nombre más corto de la Iglesia de la Unificación. El día que se fundó oficialmente la Iglesia de Unificación fue el 1 de Mayo de 1954.

En aquellos días estaban de verdad muy atareados. Abonim no esperaba que Dios le dijera lo que tenía que hacer. Tomaba la responsabilidad de imaginarse lo que debía hacer y lo hacía.

Abonim siguió con su horario habitual. Cada mañana se levantaba antes que el sol y subía a una de las montañas de Seúl para orar. La oración era para él más importante que la comida.

El Sr. Eu trabajaba mucho también. Abonim deseaba que se dedicara a enseñar el Principio Divino, así que lo estudiaba durante muchas horas. Hizo resúmenes y diagramas para poder explicarlo mejor. Oraba mucho para comprenderlos bien. Pronto se convirtió en el profesor oficial. Durante sus charlas, Abonim se sentaba a su lado. el Sr. Eu podía sentir su apoyo y sabía que Abonim estaba orando por él todo el tiempo que duraba la charla. Si los invitados hacían preguntas difíciles, a veces Abonim ayudaba al Sr. Eu a contestarlas.

Al cabo de un tiempo, había seis miembros que vivían con Abonim, compartiendo una única habitación y tres viejas mantas. Comían del mismo plato. De hecho, hacían casi todo juntos. Pero, a pesar de este comienzo esperanzador, vino el tiempo en el que no podían convencer a nadie más para que se hiciera miembro. Un día tras otro, apenas nadie venía a escuchar el Principio Divino.

— Hyo Won — dijo Abonim un día — ¿cual es el plan para hoy?

— Orar, estudiar y dar testimonio — dijo el Sr. Eu.

— ¿No vas a enseñar hoy?

— No hay nadie a quien enseñar, Abonim.

— Hyo Won — continuó Abonim — deseo que sigas dando charlas de todas las maneras.

El Sr. Eu trató de no mostrar su sorpresa.

— A partir de ahora quiero que enseñes cada día, aunque no venga nadie. Será una buena condición para que la gente venga a escuchar. Y recuerda que el mundo espiritual está siempre escuchando.

— Sí, Abonim — prometió el Sr. Eu — enseñaré cada día.

Día tras día, oraban y daban testimonio. Cada día, apoyándose en un bastón o sentado en una silla, el Sr. Eu daba charlas durante largas horas, invirtiendo su corazón en miles de seres del mundo espiritual. Aún así, nadie venía. A medida que pasaba el tiempo era más difícil conseguir algo, Era como andar por un terreno fangoso, en el que los pies se hunden en el fango y se vuelven cada vez más pesados. Todo era indemnización. Era muy difícil continuar.

— ¿Vamos a ser sólo siete para siempre? — se preguntaban — Es posible que estemos locos.

Abonim estaba muy preocupado por ellos. ¿Cómo iba a poder impedir que se fueran?

— No os deis por vencidos — les urgía — Perseverad. Las cosas irán para mejor, os lo prometo. Podremos conseguirlo — y les recordaba — Dios os quiere mucho. No desea que sufráis, pero sois las únicas personas que podéis ayudarle ahora. Sois las personas más importantes de todo el mundo.

También solían cantar muchas canciones juntos. Había una canción que cantaban una y otra vez y que se convirtió en su favorita:

Jesús andaba por un valle solitario;

tenía que caminar solo.

Oh, nadie podía recorrerlo por él;

Tenía que caminar solo.

Jesús tenía que afrontar la prueba;

tenía que superarla solo.

Oh, nadie podía afrontarla por él;

tenía que superarla solo.

Nosotros debemos ir y afrontar nuestras pruebas;

Tenemos que superarlas solo.

Oh, nadie puede afrontarlas por nosotros;

tenemos que superarlas solo.

La cantaban una y otra vez, dos veces, tres veces, veinte veces, treinta. Entonces conseguían más fuerza y determinación.

Abonim les prometió — Al final de Octubre encontraremos nuevos miembros, y serán también personas con buenas cualidades.

Aún así hubo muchos días en los que no había ningún signo de esperanza aparte de estas palabras.

Llegó Octubre y tal como Abonim había prometido empezaron a venir nuevas personas. Los seis meses de indemnización habían pasado ya y ahora era más fácil tener esperanza.

El Sr. Eu tenía que enseñar durante todo el día y parte de la noche. Cuanto más enseñaba más experimentaba la misma inspiración que Abonim siempre había sentido, y continuaba enseñando durante largas horas por encima del limite de sus fuerzas. Los días transcurrían de esta manera:

Los invitados venían a escuchar las charlas por la mañana. Escuchaban las conferencias hasta el mediodía. Había un descanso para comer. Luego volvían de nuevo a la pequeña habitación y se sentaban en el suelo toda la tarde escuchando otra larga charla. Entonces, venía la hora de cenar y, después, el Sr. Eu y los demás se reunían con los invitados saludándoles y sonriéndoles.

— Por favor, quedaros con nosotros esta noche. Tenemos aún muchas cosas interesantes que nos gustaría contaros.

Abonim había aprendido que siempre que los invitados volvían a sus casas después de sólo un día de charlas, se envolvían en sus problemas familiares y muy pocos volvían de nuevo. Así que trataba de convencer a los invitados que se quedaran al menos tres días. Algunos hacían esto.

Aunque había terminado la guerra coreana, seguía en vigor el toque de queda. Esto significaba que nadie podía estar en la calle a partir de medianoche. El Sr. Eu siempre se sentía tan inspirado dando las charlas que se olvidaba del tiempo y del toque de queda. Pronto eran las once, luego las once y media. Los invitados empezaban a ponerse nerviosos, pero él no paraba de dar la charla. Cuando parecía que la charla estaba a punto de acabar, entonces anunciaba — Ahora deseo presentaros a nuestro Maestro Sun Myung Moon, la persona que ha recibido esta revelación de Dios.

El joven que había estado sentado en silencio al lado del Sr. Eu o en el fondo de la habitación se levantaba y saludaba a todos haciendo una inclinación. Durante todo el día, los invitados habían visto a este joven vestido con ropas sencillas y habían pensado que era sólo uno de los miembros. Dado que el Sr. Eu estaba enseñando y parecía conocer todas las respuestas, y además era el más mayor y el único que se sentaba en una silla, todos creían que era el líder del grupo. Sin embargo, después de la sorpresa del primer momento, estaban muy contentos de conocer a este joven misterioso llamado Moon. Tan pronto como Abonim empezaba a hablarles, podían sentir su fuerza y su amor, y se preguntaban por qué no le habían dicho antes quién era. Ahora sentían que ya no querían irse a sus casas.

A Abonim le gustaba pedir a sus discípulos que cantaran una canción para los invitados. Las voces de algunos de ellos no eran muy melodiosas, pero cantaban con tanto amor que parecía que Dios mismo estaba cantando. Los invitados captaban algo hermoso que conmovía sus corazones. Muy pronto se pasaba la hora del toque de queda.

— Siento el haberos retenido por tanto tiempo — se disculpaba Abonim — Ahora ya es muy tarde para volver a casa.

Ellos asentían con la cabeza sin saber que hacer, pero no teniendo ningún deseo de marcharse.

— Bueno, ¿os gustaría, entonces, quedaros aquí y pasar la noche con nosotros? — preguntaba Abonim. No tenían más remedio que aceptar su invitación. Si volvían a casa después de medianoche, podían ser arrestados por violar el toque de queda.

Todos dormían en el suelo. Cuando sólo eran pocas personas las que pasaban la noche, había mantas para todos, pero cuando eran muchas no había suficientes, así que tenían que depender del calor de sus propios cuerpos para no pasar frío. A la mañana siguiente les llevaban una palangana de agua fría para que se lavasen la cara.

Después de un desayuno sencillo, alguien les decía — Por favor, quedaros para escuchar otra charla.

— Bueno, ya he pasado un día y una noche — razonaban para sus adentros — Me imagino que otra charla no supondrá mucha diferencia. Pero, me pregunto por qué no deseo irme a casa —. Sentían como si un manto de amor los estuviera arropando.

Después de otro día de charlas ocurría lo mismo. Escuchaban a Abonim, comían algo de arroz y kimchi, cantaban algunas canciones, compartían algunas experiencias y... se pasaba la hora del toque de queda. Ya era demasiado tarde para volver a casa. Esta bien, de nuevo tenían que quedarse a dormir. El tercer día ocurría lo mismo. El Sr. Eu daba charlas durante todo el día. Cuando acababa la última charla era ya de noche. Cuando los invitados se levantaban par irse a su casa, los miembros les traían pasteles y dulces. Bueno, no podían rehusarlos.

El sentimiento que se percibía en la atmósfera era como estar en el cielo. Miraban a su alrededor mientras comían los pequeños pasteles preguntándose por qué se sentían como si estuvieran flotando. El amor impregnaba el aire y rebosaba en sus corazones. No podían explicarse por qué. Sólo sabían que estaban sintiendo algo muy bueno.

Aquella noche, ya de vuelta en sus casas, pronto bajaban a la tierra debido a los problemas habituales del trabajo y la vida familiar. Aún así, incluso al cabo de varios días, no se podían olvidarse de Abonim. Comenzaban a planear como podrían volver de nuevo.

Abonim se empujaba a sí mismo a hacer cada vez más cosas. Cuando estaba tan cansado que pensaba que no se podría mover ni un centímetro más, andaba otro kilómetro. Siempre sentía desesperación por encontrar nuevos miembros y por guardar los miembros que ya tenía. Abonim oraba por todos los miembros día y noche. También pasaba muchas horas con ellos enseñándoles todo lo que sabía. Se olvidaba completamente de sí mismo. Cuando alguien le traía algo de comida, o la ingería sin prestar atención o a veces ni siquiera la probaba. Muchos días se olvidaba completamente de comer, un día, dos días, tres días. No es que planeara ayunar, simplemente que se olvidaba de comer.

A veces llevaba a todo el mundo a una montaña a orar. Pasaban horas y horas orando al unísono, sus voces eran cada vez más fuertes, mientras que sus cuerpos temblaban de frío por el viento helado. Había momentos en los que sus voces se unían como si fueran una sola voz. Parecía como si estuvieran diciendo lo mismo, todos juntos, con el mismo ritmo. Se sentían como si estuvieran flotando en el aire y se olvidaban del viento helado.

Mientras oraban, algunos de ellos abrían los ojos y se daban cuenta que Abonim estaba con la mirada fija en el espacio y sus ojos brillaban como si estuviera viendo una visión. Miraban, entonces, al cielo pero sólo veían nubes. Una mujer que estaba espiritualmente abierta pudo ver, sin embargo, que Jesús bajaba en una nube y hablaba con Abonim. Había una luz brillante que lo inundaba todo, alrededor de Jesús, alrededor de Abonim y alrededor de los miembros. Era una luz deslumbrante.

Después de seguir durante semanas este ritmo de vida, Abonim llegó a un estado de agotamiento. Sus ojos se quedaron enrojecidos por la falta de sueño, y a veces no podía abrirlos completamente a la luz del día. Se sentía como queriendo cerrar los ojos y dormir al menos por un año. Le dolían los huesos y los músculos. Incluso tuvo el problema de que siempre sangraba por la nariz. Le dolía la garganta de tanto hablar y tenía llagas en la boca y la lengua. Cuando hablaba era como si le ardiera la boca. Algunos se dieron cuenta y lloraban por él.

— Por favor, descansa — le pedían — Es mejor que no nos hables esta noche.

Deseaban de alguna manera aliviar su dolor. Abonim apreciaba su amor, pero aún sentía el peso del mundo en sus espaldas, así que no podía descansar.

Este fue el humilde y difícil comienzo de la Iglesia de Unificación en Seúl, Corea. Sin embargo, las dificultades más grandes aún estaban por venir.

Esta historia nos cuenta el trabajo y las dificultades de la recién nacida Iglesia de Unificación y sus primeros miembros. Debido a sus sacrificios, aquella pequeña iglesia comenzó a crecer.

 

37. Un encuentro con la Universidad Ehwa

por Linna Rapkins


En Seúl había varias universidades en las que los jóvenes estudiaban sus carreras. Una de estas universidades era sólo para mujeres. Su nombre era la universidad Ehwa, que significa en inglés "Peral en Flor."

El Sr. Eu daba testimonio a todos sus conocidos, y una de estas personas era un familiar suyo, la Sra. Yang, que era profesora de música en la universidad Ehwa. Cuando le habló por primera vez acerca de Abonim y de una nueva revelación, no quiso venir. Después de todo, los profesores de universidad eran gente con una posición social muy alta. Tenían que pensar en su reputación. Aún así, sentía curiosidad por saber que era lo que había hecho cambiar la vida del Sr. Eu. Y un buen día su curiosidad le llevó a recibir una gran bendición. La Sra. Yang era una mujer muy sensible. Podía sentir espiritualmente lo que estaba ocurriendo a su alrededor, y saber si algo era bueno o malo o si venía de Dios o no. Escuchó atentamente las charlas del Sr. Eu, pero con una actitud escéptica. No obstante, a medida que pasaban las horas, sintió que crecía en su interior un extraña excitación.

— Siento a Dios en este lugar — se decía a sí misma — y las enseñanzas tienen mucho sentido.

Cuando la última charla llegó a su fin, sin decir una palabra, se puso de pie delante de aquel pequeño grupo y se puso a cantar una canción. ¡Nunca había cantado esta canción antes, ni los demás tampoco la conocían! El mundo espiritual estaba enseñando aquella nueva canción a través de ella. Era como si la habitación se llenara de vida. ¡Todo el mundo se sintió arrebatado por un gran sentimiento de alegría y empezaron a reírse, cantar y bailar! Fue un momento maravilloso.

La vida de la Sra. Yang cambió repentinamente. Cuando volvió a la universidad le contó a muchos estudiantes esta experiencia. Aunque era una profesora respetada, ya no se preocupaba de lo que pensaran los demás. Se corrió la voz por toda la universidad que un hombre joven en una casa destartalada estaba enseñando algo interesante, y muchas alumnas sintieron curiosidad. Las estudiantes empezaron a investigar por su cuenta. Se hablaban unas a otras y el número de personas interesadas fue en aumento.

Aquellas que venían sentían una fuerza espiritual que cambiaba sus vidas. Era una experiencia tan fuerte que les costaba trabajo concentrarse en sus estudios. Volvían una y otra vez, cuando tenían que estar estudiando sus lecciones. Enseguida las profesoras comenzaron a darse cuenta del cambio de sus alumnas.

— ¿Por qué hay demasiadas chicas que faltan a clase últimamente? — se preguntaban unas a otras — ¿Es que hay alguna enfermedad contagiosa?

— No tengo noticias de que haya ninguna — dijo una — En general nunca se quedan en casa sólo por estar un poco enfermas.

— Es verdad, es verdad — respondió otra — Además parece que siempre tienen la mente en otro sitio.

— Sí, y además tienen los ojos brillantes — se quejó otra.

— Una de mis alumnas me ha dicho que va a visitar a un hombre que está enseñando nuevas cosas sobre la Biblia y acerca de que el Mesías va a venir a Corea en nuestro tiempo.

— ¡Parece cosa de un loco fanático!

— Ciertamente que sí — asintió otra. Así que todas decidieron informar a las autoridades de la universidad.

El presidente de la universidad y los administradores hablaron sobre el asunto. Después de una gran discusión decidieron tomar la actitud de esperar y ver lo que pasa. Quizás las estudiantes se cansarían de ir allí, en especial debido a que muchas de ellas estaban en el último curso y esperaban graduarse pronto.

Entonces, algunos de los padres se enteraron que sus hijas estaban perdiendo su precioso tiempo con un hombre extraño. Los padres se preocuparon mucho. Era un gran privilegio estudiar en la universidad. Los padres habían trabajado duramente durante aquellos años de guerra y habían hecho muchos sacrificios para que sus hijas pudieran estudiar en la universidad, así que no deseaban que surgiera ningún problema ahora que estaban terminando. Estaban muy enfadados y fueron directamente a quejarse al presidente de la universidad.

— No hemos mandado a nuestra hija aquí para que se escape con un loco — protestaron — Queremos que Ud. solucione este problema lo más pronto posible.

— Sí, sí, naturalmente — asintió el presidente — Nos ocuparemos del asunto inmediatamente —. Ciertamente no deseaba que su universidad cogiera una mala reputación.

Ese mismo día se publicó un anuncio: Se prohibe que las alumnas vayan a la casa de Sun Myung Moon a partir de este momento.

Algunas de las estudiantes fueron obedientes y dejaron de ir, pero muchas de ellas estaban ya prendidas por el fuego de Dios. Durante toda su vida se las había enseñado a obedecer a sus padres y sus profesores, pero por vez primera comprendieron que debían obedecer en primer lugar a Dios. Así que continuaron visitando la pequeña iglesia de Abonim, escapándose del dormitorio siempre que podían. Muy pronto se convirtieron en las proscritas de la universidad. Nadie deseaba sentarse a su lado. Nadie quería que las viesen hablando con ellas. Parecía que todo el mundo tenía miedo de acercarse a ellas, como si tuvieran la lepra o alguna enfermedad contagiosa.

Mientras tanto, las autoridades decidieron emplear otra táctica; mandaron a una de las profesoras para escuchar las charlas, entonces, esta profesora explicaría lógicamente a las alumnas las contradicciones de esas teorías. Las inteligentes alumnas se darían cuenta de las falsedades de aquellas enseñanzas mediante la razón.

Cuando la profesora elegida llegó a la pequeña iglesia, escuchó atentamente las charlas y tomó muchas notas. ¡Sin embargo, al cabo de tres días se sintió tan inspirada que se convirtió en miembro! Las autoridades de la universidad estaban rabiosas. ¿Cómo había podido ocurrir esto? ¿Qué es lo que estaba pasando?

Decidieron mandar a otra profesora. De nuevo estuvo tres días escuchando charlas y tomando muchas notas. Entonces, ocurrió lo mismo, ¡la profesora se unió a la iglesia!

Las frustradas autoridades no se dieron por vencidas. ¿Qué podrían hacer? Decidieron mandar a una de la personas más importantes de la universidad, la respetada decana de las estudiantes.

Dios trabajó de nuevo. El corazón de esta señora fue conmovido y se convirtió en uno de los más devotos y amados miembros de nuestra iglesia. ¡Su nombre era la Sra. Won Bok Choi!

¡Los administradores no podían creer lo que estaba pasando! Discutieron el asunto largo y tendido y decidieron intentarlo una vez más. Escogieron a una profesora que había estudiado el cristianismo y otras religiones. Era una persona muy inteligente que se había graduado en tres seminarios. Era también un tipo de persona intelectual y lógica que no se dejaba llevar por las emociones. Se pensaba que algún día podría llegar a ser la presidenta de Ehwa. Esta mujer nunca se dejaría embaucar por ningún loco predicador. Ella era la Sra. Young Oon Kim.

Estaba bastante enferma del riñón, pero accedió a ir a investigar. Encontró la pequeña iglesia, y quitándose los zapatos, entró en la habitación sin decir una palabra. Tenía una cara muy seria y se sentó para escuchar las charlas. Abonim, sentado al lado del Sr. Eu, bajó los ojos para orar en silencio.

En la habitación contigua, muchos miembros, especialmente las estudiantes y profesoras de Ehwa, se reunieron para orar por ella. Hicieron un pequeño agujero en la pared de papel y se turnaron para observar lo que pasaba en la sala de las charlas. Este momento era crucial para ellas. Si la Sra. Kim daba un informe negativo al presidente, se les prohibiría asistir a la iglesia para siempre. Oraron con todas sus fuerzas durante todo el tiempo que duraban las charlas del Sr. Eu. La Sra. Kim escuchaba cortésmente, pero, ¿qué estaría pensando? Nadie podía decirlo. Transcurrió la primera hora de charlas, la segunda, la tercera y la cuarta. No ocurrió nada. Simplemente escuchaba las charlas y tomaba notas.

Entonces, el Sr. Eu llegó a la parte que habla acerca del mundo espiritual. Mientras que explicaba la mente espiritual y el cuerpo espiritual, la vida después de la muerte y todos estos temas, parecía un poco más interesada. Nadie sabía que había estado investigando por muchos años acerca del mundo espiritual. Se había sentido muy inspirada por un libro sobre el mundo espiritual escrito por un hombre llamado Swedenborg. Era un libro muy interesante, pero no contestaba a todas sus preguntas. De hecho, no había encontrado a nadie que pudiera responderlas. Ahora, el Sr. Eu estaba respondiendo a todas sus cuestiones. Por fuera, mostraba un cierto interés, pero manteniendo la calma. Por dentro, estaba creciendo dentro de ella una gran excitación.

Después de la charla, ocultó su excitación y preguntó muchas cuestiones. Discutió con el Sr. Eu tratando de demostrar que estaba equivocado. Pero él siempre tenía muy buenas respuestas a todas sus preguntas. Cuando Abonim empezó a hablar, se sintió aún más inspirada.

Durante los tres días de charlas, se dio cuenta de que mientras que estaba en la iglesia, su dolor de riñón desaparecía. Sin embargo, cuando volvía a su casa por la noche, el dolor volvía. Siempre que dudaba del Principio Divino y discutía con el Sr. Eu o con Abonim, el dolor se hacía más fuerte, pero cuando tenía fe el dolor se desvanecía. Finalmente tuvo que admitir que ésta era la respuesta de Dios a las oraciones de toda su vida. Así que decidió unirse a este pequeño grupo de personas que decían que iban a cambiar al mundo.

Mientras tanto, el presidente de la universidad estaba esperando con ansiedad su vuelta. Cuando por fin llegó con su informe, no era en absoluto lo que estaba esperando.

— He estudiado la Biblia por muchos años y he orado a Dios pidiéndole respuestas — comenzó diciendo — Ahora sé que todo ha sido para poder encontrarme con este hombre, Sun Myung Moon. Todo ha sido una preparación para seguirle y ayudarle. Se me ha mostrado claramente que ha sido enviado por Dios para hacer cosas más grandes incluso que Jesús.

Cuando el presidente escuchó estas palabras se quedó completamente atónito y desilusionado. Cosas así no se podían decir en una universidad cristiana.

— Adiós, Kim Sonsengnim — contestó secamente — Con su ayuda o sin su ayuda acabaré con esta locura.

Ese mismo día convocó para una reunión a los estudiantes y profesores que se habían unido al grupo de Abonim.

— De los estudiantes y los profesores de la universidad Ehwa se espera siempre que se comporten de una manera respetable — dijo — pero vosotros sois una vergüenza para nuestra universidad, sois la escoria del mundo. Debería expulsaros inmediatamente ahora mismo, pero por consideración he decidido daros otra oportunidad. Os doy dos opciones. Primera opción: si dejáis de ir a la llamada iglesia Moon a partir de hoy, entonces podréis seguir perteneciendo a la universidad. Segunda opción: si no dejáis de ir, seréis expulsados de inmediato.

Esta última opción era la más difícil. Asistir a la universidad en Corea significaba ganar mucho dinero y llevar una vida confortable. Era el tiempo justo después de la guerra, y sabían lo que era la pobreza. Algunas de estas jóvenes estudiantes habían estudiado duramente por muchos años simplemente para poder asistir a la universidad. Sus padres habían hechos grandes sacrificios por ellas. Hablaron entre sí sobre ello, y muchas decidieron que no podían sacrificar su graduación. De cien estudiantes, sólo catorce valientes mujeres decidieron seguir a Dios y a Abonim.

— Amamos a nuestro Padre Celestial. Amamos a Abonim, y creemos que el Principio Divino es la verdad — afirmaron — Ningún presidente de universidad puede forzarnos a abandonarle —. Fueron expulsados de la universidad. En el caso de las cinco profesoras, fueron cesadas de sus puestos de trabajo. Tenían un trabajo muy bien pagado y una posición social muy respetable, pero ahora daba la impresión que iba a ser muy difícil para ellas trabajar de profesor en cualquier otra universidad. Cuando salieron por la puerta de la universidad, llevaban la cabeza muy alta y una sonrisa en su cara. Sentían que habían sido condecorados por el cielo. Una estrella de oro del cielo era un millón de veces más valiosa que un diploma o un puesto de trabajo en Ehwa.

Cuando llegaron a la iglesia fueron recibidas como heroínas. Aquella noche hubo una gran reunión de oración, y Dios movió los corazones de cada una de aquellas bravas mujeres. Cuando oraban recibieron el don de hablar en lenguas y profetizar sobre el futuro, igual que los primeros cristianos después de la muerte de Jesús.

Nunca pudieron explicar a nadie exactamente cómo se sintieron, era un sentimiento muy profundo. Pero siempre que se miraban a los ojos unas a otras, se comprendían entre sí. Y siempre que el Padre Celestial y los Verdaderos Padres las miraban, las comprendían y las amaban profundamente.

Sacrificando su educación y sus perspectivas futuras de riquezas y posición, catorce valientes jóvenes mujeres de la universidad Ehwa escogieron seguir a Abonim. Debido a esto recibieron un diploma del cielo y muchos dones espirituales.

 

38. Encarcelado

por Linna Rapkins


Fue en el mes de Mayo de 1955 cuando fueron expulsadas catorce estudiantes y cinco profesoras de la universidad Ehwa. Por aquel tiempo, Won Pil Kim y la abuela Oak llegaron desde Pusan para unirse al grupo de Seúl. Eran tiempos muy agitados, pues en Seúl se había creado un gran revuelo alrededor de Abonim. Empezó con el asunto de la universidad Ehwa y fue seguido por una persecución cada vez más grande. Parecía que todo Seúl estaba en contra de Abonim y sus miembros.

Los periódicos se habían enterado de que las estudiantes fueron expulsadas de la universidad y querían conseguir entrevistas. Habían escuchado rumores de que en una ocasión una persona fue a la casa de Abonim y nunca salió de nuevo. Todos los días estaban al acecho alrededor del edificio de la iglesia, atosigando a los miembros con preguntas y tratando de sacar fotos de Abonim.

— ¿Quién es este peligroso fanático? — preguntaban una y otra vez.

— ¿Por qué habéis abandonado vuestros estudios por un loco? ¿Os tiene encerradas? ¿Os ha torturado?

— ¿Esconde vuestros zapatos para que no podáis marcharos?

— ¿Guarda a todas las jóvenes bonitas en una habitación?

— Es un ingeniero electrónico, ¿no es verdad? ¿Ha instalado un aparato electrónico para lavarle el cerebro a la gente?

Para hacer que sus artículos fueran más interesante, añadían detalles de su propia invención. Un artículo decía: "Hay tres puertas en la Iglesia de Unificación. Cuando entras por la primera puerta, tienes que quitarte los zapatos y el abrigo. Al pasar por la segunda puerta, tienes que quitarte el traje o el vestido. Y cuando pasas por la tercera puerta, ¡tienes que quitarte el resto de la ropa!" Publicaban grandes titulares que decían: "Bailan desnudos en los sótanos de la iglesia de Unificación". No les importaba que nadie hubiera visto a la gente desnuda allí ni que el edificio ni siquiera tuviera un sótano.

Había una mujer que se preguntaba si todos estos rumores eran verdad o simplemente mentiras. ¿Y si fuera verdad que Dios hablaba a través de ese hombre? Realmente deseaba saberlo. ¿Y si fueran verdad los rumores? ¿Y si iba allí y le quitaban toda la ropa? Eso sería terrible. No podía quitarse estas dudas de su cabeza. Un día reunió todo su coraje y se preparó para ir a la iglesia y descubrir la verdad. Encima de su largo vestido coreano, se puso un segundo vestido y encima de este un tercer vestido. De esta manera, si empezaban a quitarle un vestido, quizás podría escaparse antes de que tuvieran tiempo de quitarle los otros dos.

Muerta de miedo entró por la primera puerta. Los miembros le dieron la bienvenida amablemente. Se quitó los zapatos, pues esa era la costumbre coreana. Nadie le mencionó que se quitara más cosas. Pasó temblando por la segunda puerta. No ocurrió nada. Y luego pasó por la tercera puerta, y aún llevaba puestos los tres vestidos. Entonces, se sentó para escuchar las charlas y aprender la verdad de la Iglesia de Unificación. Al cabo de un tiempo de hizo miembro.

Había gente que habían conocido a Abonim en los tiempos de Pyongyang y Taegu, y propagaron las mismas viejas mentiras. Los padres negativos de las alumnas deseaban que arrestaran a Abonim, así que presentaron una denuncia contra él. La gente se puso cada vez más histérica.

El día 4 de Julio de 1955, los periodistas fueron especialmente molestos.

— Este debe de ser el Día de la Persecución — observó el Sr. Eu. Por la tarde, cuando dos comisarios de policía se presentaron delante de la puerta, sabía que estaba en lo cierto.

— ¿Dónde está el Sr. Moon? — preguntaron — Deseamos hacerle unas preguntas en la comisaría.

Abonim salió a la puerta — Pueden hacerme las pregunta aquí — se ofreció — Por favor, pasen dentro.

Los comisarios dudaron por un momento, mirando a su alrededor con un poco de miedo — Bueno, tenemos nuestro coche justo aquí. Podemos llevarle a la comisaría donde podremos hablar más en privado. Le traeremos de vuelta enseguida — le prometieron,

Abonim consintió y el Sr. Eu y Young Oon Kim le acompañaron. Ambos pensaron lo mismo — Puede que nos necesite.

Sin embargo, cuando llegaron a la comisaría de policía, no les permitieron estar en la misma habitación que Abonim. Al cabo de poco tiempo de estar allí, uno de los comisarios les condujo casi a la fuerza hacia la puerta.

— No tenéis por qué estar aquí — les dijo — Nos cuidaremos muy bien de él. Le llevaremos de vuelta con nuestro coche cuando terminemos de interrogarle.

El Sr. Eu y la Sra. Kim volvieron a la iglesia y esperaron con los demás. Pero Abonim no volvía. Aquella noche el Sr. Eu apenas pudo dormir. — ¿Por qué, por qué lo he abandonado? — se lamentó, revolviéndose en su cama y derramando lágrimas sobre la almohada — No soy mejor que Pedro. He fallado a mi Señor.

A la mañana siguiente, todo el mundo estaba ansiosamente esperando la vuelta de Abonim. Miraban calle abajo, pero no había ningún señal de que fuera a volver. Entonces, alguien trajo la prensa diaria, y todos se quedaron atónitos al leer los titulares: "Sun Myung Moon ha sido arrestado".

— Esto es el colmo — dijo dando una palmada en sus rodillas. — Voy a volver a la comisaría. Si me arrestan, está bien, que sea así. No habrá charlas hoy — dijo mientras se precipitaba hacia la puerta.

Cuando llegó a la comisaría de policía, algunos miembros estaban ya allí.

— ¿Dónde está Abonim? — preguntó ansiosamente el Sr. Eu. Nadie lo sabía.

Sólo les permitieron que se quedaran esperando en la puerta. Otros fueron a comprar tantos periódicos como pudiesen para que la gente no leyese las mentiras que ponían sobre Abonim. Luego esperaron en una casa de té cercana para hablar sobre lo que se podría hacer. Cuando volvieron a la comisaría, un policía le dijo al Sr. Eu que entrara en una habitación. Mientras pasaba por el pasillo se quedó sorprendido al ver en otra habitación a Won Pil Kim sentado en una silla. Un comisario le estaba interrogándo y dándole una guantada de vez en cuando.

— ¿Por qué no estás en el ejercito? — le gritaba en la cara — Los jóvenes de tu edad deberían ser soldados. ¿Es que has desertado? — !Plas! Won Pil Kim trató de no caerse de la silla, pero no dijo nada.

Al momento siguiente, el Sr. Eu se encontró sentado en una silla parecida, pero en otra habitación. Empezaron a hacerle preguntas dando grandes gritos — ¿Por qué encierras a la gente en tu casa? ¿Por qué los fuerzas a quedarse tres días en ese maloliente lugar?

El Sr. Eu contestaba aquellas maliciosas preguntas lo mejor que podía. Hacía mucha calor en la habitación y su estómago estaba vacío. Sentía nauseas pero en lo único que pensaba era que Abonim estaría en una situación mucho peor. Finalmente, fue liberado y volvió a casa junto con otros miembros.

Todos parecían preocupados y desamparados, como ovejas que habían perdido a su pastor. Esta persecución fortaleció la fe y determinación de algunos, pero otros estaban llenos de dudas. Es posible que los periódicos tengan la razón. Quizás Abonim sea realmente un hombre malo.

A la mañana siguiente, los miembros fueron a la comisaría para estar lo más cerca posible de Abonim. Estaban llenos de ánimo y coraje por haber estado orando juntos y cantando una canción que dice en una estrofa: "¿Puede incluso la muerte pararme?" Esperaron mientras algunos miembros eran interrogados. Al final del día, Won Pil Kim fue arrestado. No había ninguna noticia sobre Abonim. De esta forma transcurrieron cuatro días. Entonces, el domingo por la tarde salió un comisario y arrestó al Sr. Eu.

— ¡Bien! — pensó para sí — Quizás ahora pueda ver a Abonim —. Sin embargo, más tarde un desilusionado Sr. Eu fue liberado de nuevo, pues no había podido ver a Abonim.

Al día siguiente, fue arrestado de nuevo junto con otros dos miembros y fueron encerrados en la cárcel de la Puerta del Este. Era la primera vez que estaba encerrado tras barrotes y tenía un sentimiento muy extraño, pero en lo único que podía pensar era en Abonim — ¿Dónde estará?

Al amanecer fueron llevados a la comisaría de Chong No y allí, finalmente, se encontró con Abonim. Mientras las rejas se cerraban a sus espaldas, saludó a Abonim y a Won Pil Kim muy contento, como no había estado desde hace semanas. Al cabo de un rato, entró la policía, los esposaron unos con otros y los condujeron a un coche que estaba esperando afuera, que les conduciría a los juzgados.

Cuando el coche se abría paso por el tráfico, vieron a los fieles miembros de la iglesia a lo largo de la calle. Parecían muy tristes y con lágrimas en las mejillas. El Sr. Eu sacó la cabeza por la ventanilla y les gritó — Queridos hermanos y hermanas, no os preocupéis. Estamos todos bien. Sólo orar mucho.

Cuando llegaron a los juzgados, salieron con dificultad del coche, pues estaban encadenados unos con otros y les dolían las muñecas por tener las esposas muy apretadas. Abonim ni se quejaba ni parecía enfadado.

— Estamos enlazados entre sí por la eternidad — dijo — Nada podrá separarnos ahora. Determinémonos a luchar incluso hasta la muerte.

Estas palabras les dio aliento y respondieron al unísono — ¡Sí! — Sus voces sonaron con fuerza. Abonim se volvió hacia el Sr. Eu y le dijo — Hyo Won, estás pasándolo mal, ¿no es verdad?

El Sr. Eu inclinó su cabeza. Trató de mostrarse contento, pero no era fácil.

— Lo siento, Abonim — dijo en voz baja — Siento que tengas estos problemas debido a nuestras equivocaciones. Eres inocente y aún así tienes que ir a la cárcel —. Se le saltaron las lágrimas y se dio la vuelta para secárselas. Abonim apretó sus labios y pareció que se sumergía en profundos pensamientos. Abonim amaba mucho al Sr. Eu y a los demás pero no siempre podía mostrarlo exteriormente.

Aquella noche después de ser interrogados fueron llevados a otro lugar, la prisión de la Puerta del Oeste. Llegaron después de medianoche, cansados y hambrientos, y fueron recluidos en el Edificio 6, Sección 9. Fueron separados en diferentes celdas, así que no podían hablar entre sí. Antes de llegar, Abonim, que ya tenía experiencia de estar en prisión, les dijo que se aprendieran de memoria los números de sus celdas. En vez de ser llamados por su nombre, serían llamados por los números de sus celdas. De esta manera, sabrían lo que le ocurría a cada uno.

No era muy agradable estar encerrados en aquellas celdas, pero lo peor aún estaba por llegar. Al cabo de dos días fueron llevados de nuevo a los juzgados para ser interrogados. La policía condujo a 24 prisioneros, incluidos Abonim y los cinco miembros, a una pequeña sala de espera en la que apenas cabrían dos camas. Era a mediados de Julio, la época más calurosa del año. No podían sentarse, así que se pasaron todo el día de pie apoyándose unos en otros para poder sostenerse. Sus ropas estaban empapadas de sudor. Estaban tan hambrientos y sedientos que sus bocas parecían papel de lija. ¿Era aquello Seúl o el infierno?

Esperaron todo el día, pero sus números no fueron llamados y finalmente los condujeron de vuelta a la prisión. Estuvieron allí dos semanas más. Durante ese tiempo, se sintieron más unidos que nunca, a pesar de estar en celdas diferentes. En sus celdas había una pequeña ventana en lo alto. Cada mañana, Won Pil Kim se subía en la tapa del balde de cerámica que le servía de retrete y asomándose a la ventana saludaba a Abonim inclinando su cabeza. Abonim lo veía y le devolvía la inclinación. Siempre que Won Pil Kim hacía esto tenía más energía para el resto del día.

Decidió hacer en aquella prisión lo que Abonim había hecho en la prisión de Hung Nam, mantener un horario estricto y lavarse cada mañana con una toalla húmeda. No era tan fácil como había pensado. En primer lugar, tenía que levantarse temprano sin tener despertador. Luego, los guardianes siempre le estaban observando para ver lo que hacían. Así que pudo comprender parte de lo que Abonim había experimentado en la prisión de Hung Nam, aunque allí las circunstancias eran mucho peores.

Llegó el día 29 de Julio. Hacía 22 días que estaban en prisión y finalmente los llevaron a juicio. De nuevo, los esposaron a todos juntos y los condujeron a la sala del juicio para ser interrogados. Aquellos jóvenes inocentes, que sólo habían querido trabajar para el Padre Celestial, cuyo único deseo era hacer que el mundo fuera celestial, fueron acusados de lavar el cerebro a la gente y de andar con mujeres. Pero, al final, cuando no pudieron encontrar ninguna otra cosa, los condenaron por evadir el servicio militar. La sentencia fue anunciada por el juez.

— ¡Sun Myung Moon, condenado a dos años! ¡Eu Hyo Won, dos años! ¡Los demás, un año!

Todos se quedaron sorprendidos. Era totalmente injusto.

Mientras estaban en la prisión, los rumores sobre la iglesia se volvían cada vez más dementes. Muchos miembros estaban confundidos y abandonaron la iglesia. Los padres secuestraban a sus hijos adultos para apartarlos de la iglesia. Los periódicos publicaron más historias malintencionadas. Parecía que todo el mundo en Seúl odiaba a Sun Myung Moon. Al cabo de dos meses hubo una buena noticia. Un miembro se lo comunicó a los prisioneros:

— ¡Seréis liberados esta noche!

— ¿Estás seguro? — preguntó con incredulidad el Sr. Eu — ¿Es ya oficial?

— Sí, ya se ha decidido — replicó.

Won Pil Kim miró por la ventana hacia afuera. — ¿Esta noche? — suspiró.

— Sí, esta noche — contestó con convicción el Sr. Eu. Parecía totalmente seguro, pero por dentro, nadie podía estar por completo seguro.

Recogieron sus cosas y esperaron. Se hizo de noche y no pasó nada. Finalmente, desilusionados se echaron a dormir. Quizás mañana. Quizás nunca. No podían saberlo. Entonces, en medio de la noche, de repente se escuchó un sonido metálico, ¡clank, clonk! Se abrió el cerrojo de la puerta y oyeron una voz en la oscuridad que decía— ¡380, sal con todas tus cosas! — Era el Sr. Eu.

Mientras que pasaba al lado de Abonim, murmuró — ¿Por qué yo? ¿Qué está ocurriendo?

— Sal rápido — le contestó Abonim — Así son las cosas. No te preocupes.

Se le saltaron las lágrimas mientras salía cojeando de la celda. ¿Cómo podría dejar a su querido Abonim en la prisión? ¿Estaría bien hacerlo? Antes de que tuviera tiempo de pensar más sobre ello, los miembros de la iglesia que le estaban esperando con un jeep lo llevaron de vuelta a casa.

Una semana más tarde, los seis miembros fueron llevados de nuevo a juicio. Esta vez, un nuevo juez dictaminó que Abonim y el Sr. Eu eran inocentes. Los otros miembros tuvieron que cumplir su año de sentencia por evadir el servicio militar, pero fueron declarados inocentes del resto de los cargos. (Más tarde, Abonim apeló esas sentencias y todos los demás fueron liberados un mes más tarde).

¡Después de tres meses en prisión, Abonim fue liberado al fin! Los miembros se alinearon en la puerta de la prisión para darle la bienvenida. Todo el mundo estaba sonriendo. Después, todos volvieron a casa en un autobús alquilado. ¡Era el 4 de Octubre de 1955, un día glorioso de victoria!

Otro acontecimiento feliz tuvo lugar tres días más tarde; se cambiaron de casa. Mientras Abonim estaba en prisión, los miembros habían podido reunir algo de dinero y por vez primera pudieron comprar un edificio propio. Era un antiguo templo budista situado en una pequeña callejuela del área de Chung Pa Dong. Abandonado por varios años, estaba en un estado ruinoso y lleno de suciedad. Después de restaurarlo y limpiarlo a conciencia, parecía como un palacio. Tenía un gran salón de reuniones donde todos podían caber cómodamente. Detrás del salón había varias habitaciones más pequeñas distribuidas en dos pisos que podían servir para alojarse. Enfrente del edificio había un patio de piedra desde el cual se divisaban los tejados de Seúl.

Se hicieron los preparativos para una gran fiesta de bienvenida para Abonim. Cada persona recibió de manos de Abonim una manzana y varios pasteles. Para ellos era como un gran banquete. Se recitaron poesías y se cantaron canciones. Y Abonim al final cantó canciones santas.

Este pequeño grupo de pioneros celestiales estaban de verdad unidos por la eternidad.

Aunque se enfrentaron a una gran persecución, incluso hasta el punto de ser encarcelados por su fe, Abonim y sus discípulos lograron la victoria y pudieron celebrarla con una gran alegría celestial.

 

39. El príncipe

por Linna Rapkins


La Sra. Hong, la madre de Hak Ja Han, volvió a casa más tarde de lo habitual. Había una nueva luz en sus ojos.

— He tenido un día muy interesante — anunció radiante.

— ¿Dónde has estado, Omma? — preguntó su hija apartando la mirada de sus libros de estudios. La abuela dejó de remover la sopa para escuchar.

— Me encontré con el tío de Kim Jalmoni. ¿Te acuerdas de la Orden del Santo Señor? No, claro que no, tu ni siquiera habías nacido cuando yo iba a aquella iglesia — se rieron juntas — Bueno, de cualquier manera, lo he visto y me ha invitado a una nueva iglesia. Pensé que sería una visita corta, pero he estado allí varias horas. La iglesia se llama la Asociación del Espíritu Santo para la Unificación del Cristianismo Mundial.

— Que nombre tan largo — observó la hija.

— Sí, ellos desean unir a todos los cristianos. Y, ¿te imaginas lo que ocurrió? Tu sabes que he estado hablando toda mi vida sobre el Señor de la Segunda Venida, ¿no es verdad?

— Es verdad, Omma.

— Bueno, ellos dicen que está aquí en Corea, lo mismo que decían Kim Jalmoni y la Sra. Ho. Me explicaron que si estudiaba su libro, sabría exactamente quién es —. Su hija escuchaba embobada.

En los días siguientes, la Sra. Hong llegó a estar muy ocupada. Tenía que trabajar para ganar dinero, pero también pasaba mucho tiempo asistiendo a la pequeña iglesia de Chun Chon o leyendo el libro que explicaba las revelaciones de su fundador.

Siempre que estudiaba el libro en casa, a menudo paraba de leer para comentarlo con entusiasmo con los demás — Debe de ser una persona muy inteligente, un hombre muy espiritual. Muchas de las cosas que Kim Jalmoni y la Sra. Ho me enseñaron, también él las enseña, pero las explica con más detalles. No puedo creerme la buena suerte que he tenido y lo contenta que estoy.

Cuando la Sra. Hong se aproximó a su hija y le preguntó — ¿Te gustaría venir a la reunión de esta noche? — ella estaba ya muy predispuesta.

— Sí, me gustaría — dijo. Deseaba conocer lo que hacía tan feliz a su madre.

Cuando la Sra. Hong se unió oficialmente a la iglesia, su hija se unió también. Excepto por algunas lecturas de la vida de santos, ella no había estudiado mucho otras religiones, pero sentía que aquella era la correcta. Y mientras que estudiaba el libro sabía que iba a dedicar toda su vida a la iglesia.

Al cabo de poco tiempo, la Sra. Hong anunció que deseaba ir a Seúl a conocer personalmente a aquel gran hombre.

— Tardaré sólo unos días — dijo — Puede que sea la persona que he estado buscando durante todos estos años, pero me cuesta creerlo. Tengo que verlo en persona.

La abuela, el tío y la hija se quedaron esperando expectantes su vuelta, porque también deseaban saber como era aquella persona. Pero tuvieron que esperar mucho tiempo, porque una vez que la Sra. Hong llegó allí, no quería volver. Se convirtió en la cocinera del hombre a quien llamaban el Maestro, Sun Myung Moon. Esto sucedía en el año 1957.

Mientras tanto, Hak Ja Han, aunque amaba a su abuela, también echaba mucho de menos a su madre. Una niña de trece años de edad, necesitaba el cariño de su madre. De nuevo se sintió sola, pero esta vez sabía mejor como superar la soledad. Se concentró en sus estudios más que nunca y llevó una vida muy tranquila, casi como la de una monja en un convento.

Sin embargo, cuando finalmente la Sra. Hong volvió a casa no fue para quedarse. Explicó todo lo que había estado haciendo, habló de la gente de la iglesia de Seúl y, sobre todo, acerca de Abonim.

— Es la persona que he estado buscando. Kim Jalmoni y la Sra. Ho y todos sus seguidores se prepararon para encontrar a esta persona, pero yo soy la única que en realidad la ha encontrado —. Sus ojos se entristecieron al recordar los sacrificios que ellos habían hecho, incluso hasta el punto de morir. Bueno, siempre los recordaría al servir y atender a esta persona, y enseñaría a su hija a servirle y atenderle también.

Se volvió hacia su hija y le dijo — Hak Ja Ya, ¿te gustaría ir a Seúl para verlo tu también?

— Oh sí, claro que me gustaría, Omma — contestó su hija inmediatamente — Desde que te fuiste cada día he estado pensando en ti y en él.

Cuando iban de camino a la iglesia de Chong Pa Dong, todo en Seúl parecía diferente a lo que ella recordaba. Había más edificios, más cosas que comprar, más vehículos de todos los tipos, más ruido. Todo era más interesante.

Mientras subían las escaleras de la iglesia, de repente sintió como si estuviera llegando a su hogar. Un sentimiento de calma y paz inundaba su corazón. Su madre la condujo al salón principal.

— El Maestro está arriba — le dijo alguien, así que llevó a su hija al piso de arriba por unas escalerillas que estaban al fondo del salón. Dio unos golpecitos en una puerta corredera y fueron invitadas a pasar a una habitación en la que había un hombre de un aspecto amable y de mirada profunda.

Sin esperar a que se lo dijeran, Hak Ja Han se inclinó respetuosamente. Luego, se quedó en silencio esperando que alguien empezara la conversación.

— Así que es este hombre — pensaba mientras que tímidamente levantaba la vista. Entonces, se dio cuenta que la estaba mirando a los ojos.

— Tienes una hija encantadora, ¿no es cierto? — comentó dirigiéndose a su madre. Luego, con una sonrisa en sus labios le preguntó — ¿Es buena estudiante?

— Oh sí, es muy buena estudiante — contestó la madre con orgullo.

— ¿Como te llamas? — le preguntó a ella directamente.

— Mi nombre es Hak Ja Han.

Se quedó por un momento en silencio mientras la miraba de arriba abajo. Cerró los ojos por un instante y luego en voz baja, casi como si estuviera orando, dijo — ¡Oh, Padre Celestial, Tu has dado a este país de Corea a una mujer así, Hak Ja Han!

Ella miró hacia el suelo, preguntándose — ¿Por qué un gran líder espiritual dice estas cosas de mí?

Más tarde, cuando ya estaba de vuelta en Chun Chon con su abuela y su tío, cada día pensaba sobre aquel encuentro. Se determinó a ser un miembro muy fuerte de la iglesia y seguir al Maestro siempre. Decidió que viviría su vida de una forma más estricta incluso que antes, siempre orando y siendo pura.

Mientras que asistía a la Escuela Secundaria y la Escuela Superior, pasaba sus días con el estudio, el arte, la música, las oraciones, la iglesia, y los pensamientos sobre aquel hombre de Seúl, que era el prometido de Corea y, en realidad, de toda la humanidad.

Omonim heredó gran parte de la dedicación y los esfuerzos de su propia madre por ser una buena cristiana que esperaba la venida de su Señor. Cuando se encontró con Abonim, supo inmediatamente que era una persona muy especial.

 

40. La primera condición de 40 días

por Linna Rapkins


El salón de reuniones de la iglesia de Chong Pa Dong estaba lleno de miembros todos sentados en el suelo de madera. Debido al calor sofocante de Julio, tenían las puertas abiertas de par en par con el fin de dejar pasar la menor brisa que pudiera levantarse. Pero lo peor era que la luz de las tenues linternas atraían a los mosquitos y esto hacia que fuera muy difícil concentrarse en la charla.

Abonim estaba hablando a los miembros. Como siempre hacía, derramaba todo lo que tenía en su corazón. Aquella noche les estaba diciendo una y otra vez lo valioso que eran cada uno de ellos.

— Sois los únicos — dijo — que podéis salvar al mundo y llevarle alegría al Padre Celestial. ¡Nunca, nunca olvidad esto!

No era fácil ser uno de los escogidos en aquellos días. Parecía imposible llevar a tan siquiera un sólo invitado a una reunión. Las terribles mentiras y rumores que continuamente circulaban por Seúl hacía que la gente tuviera miedo de venir a la iglesia.

— Vosotros sois las personas más amadas por el Padre Celestial — continuó diciendo — ¿Podéis creerlo?

Deseaban creerlo. Pero la mayoría de ellos en aquel momento se sentían bastante desanimados. Era muy difícil mantener la esperanza. Hacía una semana que Abonim les había pedido que hicieran un ayuno de siete días. Bueno, ahora el ayuno había acabado. Quizás ahora les dejaría descansar unos días. Puede que este fuera el propósito de esta reunión.

— Habéis concluido vuestro ayuno de siete días — dijo — Habéis establecido una condición de indemnización muy importante con este ayuno. Pero, sobre todo habéis aprendido que no se vive sólo de pan. No debéis nunca olvidar que vuestra fuerza real viene de Dios.

Se secó el sudor de la frente y empezó a hablar en un tono más suave, con mucho amor, casi como si sintiera pena por lo que iba a decir — Ahora comenzaremos algo nuevo — dijo — Conocéis el significado del número 40, ¿no es así? Haremos una condición especial de 40 días.

¿Una condición de 40 días? ¿Qué querría decir? Escucharon atentamente aquellas palabras, pues nunca habían hecho antes una condición de 40 días.

— Llevaremos nuestro mensaje fuera de Seúl, a toda la gente de Corea. Por 40 días, quiero que todos vosotros vayáis a las provincias, a los pueblos de campesinos, a los pueblos de pescadores, a todas las partes de Corea. Enseñaréis el Principio Divino a esas personas. Les hablaréis de la importancia de Corea. Pero primero, debéis servirles, ayudarles en su trabajo, sufrir con ellos.

¿Salir fuera? ¿Sufrir con ellos? ¿De qué iban a vivir? ¿Quién se iba a cuidar de sus familias mientras tanto? Surgieron muchas preguntas en sus mentes.

— Sí — continuó Abonim, ignorando la expresión de sorpresa de sus caras — sois el pueblo escogido de Dios, y esto es lo que debemos hacer.

Mientras que oraban al unísono, en su interior se preguntaban cómo iban a poder hacerlo. Aunque la guerra de Corea ya había acabado hacía seis años, aún no era fácil ganar dinero para vivir. El abandonar el trabajo y la familia durante 40 días sería muy difícil. Pero, de todas maneras, la vida siempre es difícil, ¿no es verdad?

Sus voces se hicieron cada vez más fuertes a medida que oraban. Sus espíritus se revitalizaron y aumentó el coraje de todos. Estaban preparados para seguir a Abonim.

Llegó el día de la partida. Durante todo el día, un autobús alquilado iba dando tumbos recorriendo todos los pueblos de las provincias. Cuando llegaba a un pueblo, alguien se bajaba, y todos gritaban — ¡Annyong-i kaseo! ¡Annyong-i keseo¡ (¡Id en paz! ¡Quedad en paz!) — Se despedían agitando sus manos hasta que se perdían de vista envueltos en una nube de polvo.

Algunos de los miembros que se quedaban como pioneros eran chicos y chicas de enseñanza media, ¡simples adolescentes! Otros eran licenciados de la universidad. Y también había madres y padres que habían dejado a sus hijos con los abuelos.

En un pueblo dejaron a un estudiante de enseñanza media que era cojito. Bajó con dificultad del autobús, y cuando el autobús emprendió la marcha, de repente sintió miedo y empezó a llorar. Los demás que se marchaban en el autobús sentían pena por él. ¿Cómo iba a poder arreglarse sólo?

Era ya por la tarde cuando el autobús llegó a un solitario pueblo de campesinos para dejar a la última de las pasajeras. La chica salió del autobús. Sus pertenencias estaban en un saco que llevaba a cuestas en la espalda. Tenía algunos won (la moneda coreana), la Biblia y un cuaderno con notas del Principio Divino.

Le vino un sentimiento de angustia mientras decía adiós al conductor y al responsable del grupo. Se quedó observando el autobús hasta que desapareció en una curva. Sólo entonces dirigió su mirada a su alrededor.

Algunas mujeres estaban ocupadas en las tareas de casa, preparando la comida, llevando el carbón o recogiendo la ropa limpia del tendedero. Las abuelas estaban remendando la ropa, cortando la col para hacer el kimchi y vigilando a los niños. Alrededor del pueblo había campos de arroz. Los hombres y mujeres estaban con las piernas remangadas metidas en el agua hasta las rodillas, agachados sobre las hileras de plantas de arroz. Las moscas y los mosquitos los atormentaban continuamente, y el mal olor de los fertilizantes era muy fuerte. No había duda que sufrían de agudos dolores de espalda después de estar agachados todo el día, pero aún así continuaban trabajando cuidando de aquellas preciosas plantas que les proporcionaban el sustento diario.

De repente, una gran ola de soledad y miedo embargó a la chica. Se sentía como si estuviese enferma — ¿Qué estoy haciendo? — se preguntaba a sí misma, poniéndose las manos en el estómago — Estas personas han vivido aquí durante varias generaciones. Yo sólo soy para ellas una chica que se ha perdido, una persona que no está en sus cabales.

Siempre había sido una joven más bien tímida, y nunca había tenido facilidad para hablar con personas desconocidas, incluso en una situación familiar. Aquí, probablemente no sería bienvenida. Nadie se le acercaba. Parecía como si la gente sintiera algo extraño. Una lágrima empezó a correr por su mejilla, y ella rápidamente bajó la mirada para ocultar su cara. Caminó hacia un pequeño arroyo esperando recuperar la compostura. Se lavó las manos en el agua simplemente por hacer algo.

Cerró los ojos — Padre Celestial — susurró — no sabía que iba a ser tan difícil. Por favor, quédate conmigo ahora, no puedo hacer esto sola — Pronto empezó a sentirse un poco más fuerte.

— Te oro por estas personas — continuó — Tu has estado esperando durante 6.000 años el poder ayudarlas, y ellos han estado aguardando toda su vida para poder encontrarse contigo.

Dejó el arroyo y caminó de nuevo hacia el pueblo. Se dirigió hacia la primera casa. Vio a una joven madre que estaba tirando un cubo de agua sucia.

Annyong jaseyo — la saludó inclinándose ligeramente y sonriendo. La mujer se detuvo por un momento en la puerta y apenas le devolvió el saludo. Parecía un poco molesta.

La chica caminó hacia ella y le dijo — Acabo de llegar al pueblo y quiero pasar varias semanas aquí. ¿Conoce algún lugar donde pudiera quedarme?

— No conozco ninguno — contestó la mujer.

Sin inmutarse la chica continuó — ¿Necesita que le ayude en algo?

La mujer dijo que no con la cabeza y desapareció tras la puerta de su casa.

La chica se dirigió con rapidez a la siguiente casa antes de empezar a desanimarse. Llamó en voz alta — ¡Yoboseo! ¡Yoboseo! (¡Hola! ¡Hola!) Después algunos minutos salió una persona anciana que andaba con dificultad. Ella se inclinó respetuosamente.

— ¿Qué deseas? — preguntó con una voz temblorosa.

Jarabochi (abuelo), ¿Necesita que le haga algún trabajo? — preguntó con la mejor de sus sonrisas — Voy a estar en el pueblo por varias semanas y me gustaría servir de ayuda a la gente. No tiene que pagarme nada.

La miró con desconfianza y le dijo adiós con la mano. Desilusionada, se alejó de la casa. Cuando llegó a la última casa, era la hora en la que la mayoría de la gente se retiraba a cenar. Parecía que todos ya habían oído hablar de ella. Apenas empezaba a hablar, cuando ya le decían que no necesitaban que les ayudasen.

El sol se estaba acercando al horizonte. ¿Qué podría hacer? Caminó de nuevo hacia el arroyo. No tenía nada para comer aquella noche. Se sentó observando como corría el agua y se puso a orar. Oró por todas las personas que había visitado. Le preguntó a Dios qué es lo que debería hacer. Cuando el sol se ocultó tras el horizonte y se hizo oscuro, extendió su chal debajo de unos pequeños arbustos y reclinó su cabeza en la bolsa de sus pertenencias. Enseguida se quedó dormida, sin reparar en los animales nocturnos que pudiera haber a su alrededor.

A la mañana siguiente se levantó antes que nadie. Cuando aún no había aclarado el día, se dirigió al pueblo y encontró una vieja escoba al lado de un cobertizo. Rápidamente, barrió un patio que era común a varias casas. Después de arreglarlo todo se volvió al lado del arroyo. Cuando la gente se levantó, se dieron cuenta inmediatamente que alguien había limpiado el patio.

— ¿Qué ha pasado aquí? — se preguntaron unos a otros — ¿Quién ha limpiado el patio? — No tardaron mucho tiempo en figurarse que seguramente habría sido la joven forastera. A pesar de todo, continuaron ignorándola.

El segundo día fue más difícil que el primero porque, por entonces, tenía ya mucha hambre. En una casa, en la habitación de la entrada, había hecho como una pequeña tienda. Fue allí y compró una bola de arroz. Tenía muy poco dinero, así que tenía que gastarlo con cuidado.

Había sido criada en la ciudad en una casa acomodada. La vida del campo era algo totalmente nuevo para ella. Observaba a la gente durante el día y veía lo duro que trabajaban y lo poco que tenían. ¡Qué vida tan difícil!

— ¿Cómo puedo ayudar a estas personas, Padre Celestial? — preguntaba a Dios. Se concentraba en amarles. Cálidas lágrimas empezaron a fluir por su cara. Todos los días oraba, y cada vez que pensaba en la vida tan dura que llevaban estas familias, las lágrimas no cesaban de fluir. Se dio cuenta que aquellas eran las lágrimas del Padre Celestial. Durante mucho tiempo Dios había visto el sufrimiento de la gente, y ahora podía llorar por esas personas a través de sus ojos. Así que eran las lágrimas de Dios las que corrían por su cara.

A la mañana siguiente, después de pasar otra noche bajo los árboles, limpió los patios de otras casas y los arregló, ordenando y apilando todas las cosas. De nuevo, cuando los vecinos se levantaban, se quedaban sorprendidos. Al tercer día, hizo de nuevo más limpieza y recogió paja para reparar los tejados. Entonces, visitó de nuevo las casas, tratando de hablar con los vecinos. También se entretenía jugando con los niños en la calle. Una madre le habló un rato y, a través de ella, supo que toda la gente del pueblo ya sabía que era de la iglesia de Abonim. Lo que no sabía decir era cómo se habían enterado. Volvió al lado del arroyo y oró por ellos con más fervor que antes. Por entonces, ya conocía sus caras y podía visualizaros en su imaginación mientras oraba por cada uno de ellos.

Por la tarde, paseaba de nuevo por el pueblo cuando una joven madre sintió lastima de ella y la invitó a tomar una taza de té. Le sirvió algunos pastelitos de arroz. Hablaron acerca de los niños y la vida familiar. Hablaron sobre los problemas de los campesinos, como la soledad y la constante fatiga. La madre comenzó a sentir que tenía una amiga que la comprendía, alguien que se preocupaba por ella.

Una vez más, la chica le preguntó — ¿Puedo ayudarte haciendo algo? Realmente deseo trabajar.

Bueno — contestó la joven madre, no pudiendo resistirse por más tiempo a la tentadora oferta — Si de verdad deseas ayudar, tengo algunas cosas que podrías hacer —. Miró con detenimiento a esta extraña chica y añadió — No comprendo por qué quieres hacerlo, pero yo no puedo pagarte.

— No quiero que me pagues nada — le aseguró ella — Sólo deseo ayudar —. Poco después estaba barriendo y fregando el suelo, lavando los platos y cuidando los niños. Era feliz de hacer todas estas cosas.

Al día siguiente, fue de nuevo preguntado a los campesinos si tenían algo en lo que podría ayudarles. Un hombre le alargó una pala y le dijo — Está bien, si insistes puedes ayudarme a hacer este agujero.

Trabajó duramente desde la mañana hasta la tarde. La gente a las que ayudaba compartían algo de comida con ella. Aquella tarde, los vecinos estaban reunidos en corrillos.

— ¿Por qué estará haciendo esto? — se preguntaban unos a otros.

— No comprendo cómo una persona puede dedicarse a hacer estas cosas — dijo uno.

— Bueno, a mi me gustaría que mi hija trabajara tanto como ella — comentó otro vecino.

— Quizás, luego nos pedirá dinero.

— Será mejor que no confiemos en ella.

Alguien se aproximó a la chica y le preguntó — ¿Quiénes son tus padres? — Si viniera de una familia especial, la tratarían mejor, pero se enteraron que sus padres eran simplemente unas personas normales.

— ¿Has acabado las Escuela Superior? — le preguntaron.

— Sí — contestó — En realidad, soy licenciada universitaria.

— ¿Eres licenciada? — le preguntaron sorprendido — Entonces, ¿por qué estas haciendo el trabajo de un campesino?

Sonriendo cogió una guadaña y se alejó para segar un poco de hierba antes de que se fuera el sol. Ahora la curiosidad se hizo cada vez más intensa. Al día siguiente la pararon de nuevo.

— Vamos, dinos lo que en realidad estás haciendo.

Sonrió y les dijo — ¿Qué es lo que deseáis saber?

— Todo — contestaron — Nuestros parientes y amigos también quieren saberlo.

— Si hacéis una reunión y me dejáis tiempo para hablar todo lo que quiera, entonces, os explicaré lo que estoy haciendo — les respondió la chica.

— Está bien — asintieron — Haremos eso que tu dices.

Al día siguiente por la tarde, después de un largo día de trabajo, muchos de los vecinos se reunieron en la casa más grande. Después de que todos estaban sentados, ella se levantó y empezó a hablar. No era normal que una mujer, en especial siendo joven y forastera, dirigiera la palabra a un grupo de hombres y mujeres mayores. Respiró profundamente y comenzó su historia.

— Me licencié en la universidad Ehwa — dijo — Poco tiempo después, me encontré con un miembro de la iglesia de Unificación y llegué a conocer una nueva revelación de Dios y a un hombre llamado Sun Myung Moon...

Se quedaron escuchando atentamente el testimonio completo. Mientras hablaba a veces se le saltaban las lágrimas. Cuando les habló sobre el corazón dolorido de Dios, lo hizo llorando. Los vecinos se sintieron conmovidos. Experimentaron una nueva vida dentro de sus corazones, Primero, algunas de las mujeres empezaron a llorar. Luego, incluso los hombres lloraron. Sintieron el amor de Dios.

Cuando paró de hablar y se sentó, el padre de familia se levantó y dijo.

— Incluso hasta nuestro pequeño pueblo han llegado las terribles historias de tu iglesia. Pensamos que eras una mala persona. Hablando honestamente, teníamos miedo de ti. Pero ahora podemos ver que no eres en absoluto una persona mala. Siento algo en mi corazón que nunca he sentido antes. ¿Crees que podrías enseñarnos lo que tu llamas el Principio Divino?

La joven sólo pudo llorar y asentir con la cabeza. — Por eso es por lo que he estado orando todo este tiempo — dijo simplemente.

En los días siguientes se dedicó a enseñar el Principio Divino a casi todo el pueblo. Un par de semanas más tarde, mientras que la chica estaba trabajando en el campo de arroz, advirtió que un coche se estaba acercando al pueblo. Ver un vehículo en la carretera era una novedad en aquel pueblo. Se detuvo cerca de donde estaba ella. ¡Era un jeep americano!

Las puertas se abrieron a cada lado y salieron varios hombres y dos mujeres. El hombre que dirigía el grupo rápidamente la divisó y se dirigió directamente hacia ella. Llevaba una camisa blanca y un sombrero blanco que mantenía su cara en la sombra.

Fue entonces cuando ella lo reconoció y le saludó inclinándose respetuosamente. ¡Era Abonim! No pudo creer lo que veían sus ojos. Acompañándole, venía un miembro de la iglesia con una cámara, quizás el único miembro que tenía una. Detrás iban Young Oon Kim y Won Bok Choi. Habían comprado un jeep sólo para poder visitar a todos los miembros.

¡Qué día tan emocionante! Abonim le preguntó qué tal le iba y se ofreció a ayudarla. Ella le explicó que estaban tratando de trasplantar rápidamente en el campo las pequeñas plantas de arroz del semillero, pues era el tiempo adecuado para conseguir una buena cosecha.

— Os ayudaré — les dijo, y ella casi se desmayó de la sorpresa. En un abrir y cerrar de ojos, se remangó los pantalones y se metió en el agua fangosa hasta la rodilla junto con los demás campesinos. Ese día Abonim trabajó más que nadie bajo un sol de justicia. El trabajo se terminó antes de lo previsto y por la tarde los vecinos tuvieron una reunión maravillosa con Abonim. Sólo más adelante se dieron cuenta de lo importante que había sido.

Cuando acabaron los 40 días, el viejo autobús recorrió de nuevo los pueblos para recoger a todos los pioneros. El chico cojo había estado predicando en la calle todos los días y también vendía cosas para ganar algún dinero para comer. La gente se había burlado de él despiadadamente y muchas noches se las había pasado llorando. A través de este sufrimiento había podido sentir el corazón del Padre Celestial. Cuando el autobús llegó al pueblo de la chica, sus nuevos amigos habían dejado ese día de ir al trabajo para poder despedirla. Le ofrecieron regalos y cuando se marchaba se inclinaron una y otra vez llorando. Estaban agradecidos a ella por haber cambiado sus vidas y ella, por su parte, sentía que dejaba a los mejores amigos del mundo.

En la iglesia de Chung Pa Dong, Abonim estaba ansiosamente esperando la vuelta de sus amados miembros. No lo sabían, pero él había estado sufriendo más que ellos. Había pasado horas y horas orando por ellos cada uno de esos 40 días, sintiendo angustia en su corazón y llorando por ellos. Hubiera sido más fácil si hubiera ido él mismo como todos los demás de pionero. Varias noches había dormido al aire libre en el campo sólo para compartir su sufrimiento y sentirse unido a ellos.

Se había preparado una comida deliciosa, y cuando vio sus caras resplandecientes sintió una gran alegría. Comieron, hablaron juntos y cantaron canciones. Se contaron sus experiencias y todos parecían como estrellas que resplandecían en el cielo. Sus espíritus parecían brillantes y fuertes. La oración en común de aquella noche fue muy intensa, el espíritu de Dios se derramó en cada uno de ellos. Sintieron como si hubieran recibido un gran abrazo de su Padre en el Cielo.

La primera condición de 40 días fue muy dura, pero con un corazón de amor y servicio los miembros volvieron a casa victoriosos.

 

41. El novio

por Linna Rapkins


Los tres años que transcurrieron desde 1957 a 1960 fueron realmente muy intensos. No les importaba que los periódicos publicaran sus mentiras, que los padres se quejaran, que la gente los despreciara y se burlara de ellos. Había un gran sentimiento de confianza entre los miembros después de los 40 días de testimonio en las provincias. Habían aprendido que si trabajaban duramente y eran perseguidos, recibirían una gran fuerza revitalizadora del Padre Celestial.

Hubo más condiciones de 40 días y las historias ejemplares de los miembros dedicados podrían llenar todo un libro. En cada condición, Abonim viajó en su jeep para visitar a los miembros y darles coraje. Más de una vez trabajó en los pueblos y se hizo amigo de los campesinos y pescadores. En muchas ciudades y pueblos la Iglesia de Unificación ganó nuevos miembros.

En la iglesia de Chung Pa Dong había una actividad bulliciosa día y noche. Había charlas y reuniones de oración, comidas y grupos de discusión. Las mujeres jóvenes a menudo se congregaban para orar por los hombres que estaban fuera dando testimonio. Se constituyó un coro. Se creó una biblioteca con libros donados. Se estableció un club de estudiantes y un club de mujeres. Todo el mundo estaba muy ocupado.

Abonim hablaba con los miembros con bastante frecuencia, a veces los llevaba a la cima de una montaña donde les enseñaba más cosas acerca del Principio Divino. Durante los tres años anteriores a 1960 les habló con frecuencia sobre el significado del matrimonio.

— Vendrá el tiempo — dijo — en el que seré bendecido por Dios en santo matrimonio y este será el acontecimiento más importante de toda la historia. Luego, vosotros seréis también bendecidos en matrimonio.

Este era siempre un tema que despertaba mucho interés.

— Será un matrimonio celestial — explicaba — y habrá un banquete de bodas celestial. El novio y la novia serán el nuevo Adán y la nueva Eva. Ellos se convertirán en los Verdaderos Padres de toda la humanidad. A partir de entonces el lado de Dios podrá crecer con fuerza y el lado de Satán se volverá cada vez más débil.

Los miembros escuchaban con atención. La esposa de Abonim sería la Verdadera Madre. Pensando sobre este asunto surgía de una manera natural una pregunta en sus mentes — ¿Quién será la novia?

Miraban a su alrededor. Bueno, Abonim ya tenía cerca de 40 años, así que probablemente sería una mujer de treinta y tantos años. De esta manera, sería más joven que él, pero no demasiado joven. Esta mujer se convertiría en la madre de todos ellos, así que con seguridad sería alguien que fuera muy respetada por todos. Quizás sería una de las jóvenes mujeres de la universidad Ehwa. Sí, eso tenía sentido. Aquellas señoritas tenían una buena educación, eran inteligentes y provenían de respetables familias. Eran personas que se habían dedicado por completo a Dios, y algunas también eran hermosas. Serían capaces de ser líderes. Sí, todo esto tenía sentido para ellos.

A principios del año 1960, algunas señoras mayores que recibieron mensajes de Dios se dirigieron a Abonim.

— Hemos recibido mensajes que dicen que tu futura esposa ya está aquí — le dijeron.

— ¿Quién es? — preguntó Abonim.

— No hemos recibido ningún nombre — le contestaron — pero lo que es claro es que ya ha llegado — Abonim escuchó sin decir una palabra más. Estaba esperando recibir una clara señal de Dios.

En Enero, anunció a los miembros — Se me ha revelado que mi ceremonia de compromiso matrimonial tendrá lugar el día 1 de Marzo de 1960. Preparemos todas las cosas desde este momento. El Padre Celestial me mostrará antes quién será mi novia.

Se acercaba el tiempo. Los vestidos y las decoraciones estaban listas. Pero, ¿dónde estaba la novia?

Por aquel entonces, una mujer mayor fue a hablar con Abonim en privado. — Creo que yo debería escoger la que debe ser tu novia — le dijo.

Abonim se quedó por un momento en silencio. Nunca acostumbraba a contestar con demasiada rapidez y arriesgarse así a rechazar la voz de Dios. ¿Era Dios el que hablaba a través de ella? Tuvo un sentimiento claro.

— No — contestó — No puedo permitir que escojas a la novia. Sólo Dios puede hacerlo.

Un día, Abonim fue a una de las habitaciones de la iglesia donde las mujeres mayores a menudo se reunían. Había alrededor de cuarenta mujeres. Se paseó en silencio de un lado a otro de la habitación. Nadie decía nada.

— ¿Ha recibido alguien alguna revelación de Dios acerca de mi futura novia? — preguntó finalmente.

¡Oh, cómo cada una de aquellas mujeres hubiera deseado poder contestar con un sí!

Justo entonces, se escuchó una voz suave y tímida — Con su permiso. Yo he recibido algo.

Todo el mundo se dio la vuelta para mirar — ¿Cómo? Es la Sra. Hong, la cocinera — pensaron — No es una de las mujeres que dirigen los grupos de oración. Y además, ¡es demasiado vieja para ser su esposa!

La Sra. Hong había recibido varias revelaciones pero no se las había contado a nadie. La última era un sueño, pero tan intenso que le pareció real. En su sueño vio un ave que descendía del cielo. Otra ave ascendía desde la tierra. Volaron por un momento juntos y se fundieron en uno. Entonces se dio cuenta que los ojos del ave del cielo eran como los ojos de Abonim. Y cuando se fijo en el ave de la tierra, ¡se quedó sorprendida al ver que sus ojos eran como los de su hija, Hak Ja Han! Cuando se despertó sentía tanta alegría que, sin pensar en su compostura, se puso a saltar y bailar alrededor de la habitación.

— ¡Por fin! ¡Por fin el mundo tendrá Verdaderos Padres! — cantaba — ¡Nosotros somos sus hijos!

A partir de entonces, sintió que su hija estaba en realidad en la posición de su verdadera madre. Cada día después de aquella experiencia, no sólo se inclinaba hacia la habitación de Abonim, sino que también se inclinaba en la dirección de Chun Chon donde vivía su hija.

— ¿Sí? — La voz de Abonim la trajo de nuevo al presente — ¿Qué es lo que has recibido, Soon Ae?

La Sra. Hong se sentía un poco turbada. Quizás no estaba bien hablar delante de todos. Pero se levantó e hizo una inclinación.

— He recibido varias revelaciones acerca de mi hija — dijo.

Las demás mujeres se miraban unas a otras asombradas. No recordaban que tuviera ninguna hija. Algunas de ellas se acordaban que hacía varios años una niña vino a visitarla. Eso era todo.

— ¿Quién es tu hija? — le preguntó Abonim, mirándola tan intensamente que parecía que estaba penetrando en su propia alma.

— Su nombre es Hak Ja Han — replicó ella — Está viviendo con mi hermano en Chun Chon.

Abonim hizo una pausa antes de responder — Me gustaría hablar con ella.

Aquel mismo día, se mandó un nota escrita a Hak Ja Han: "Deberás prepararte de inmediato para un compromiso de boda celestial y para unas futuras nupcias". Esto ocurría a primeros de Febrero.

Al domingo siguiente, la joven Hak Ja Han de diecisiete años llegaba a la iglesia de Chung Pa Dong. Acababa de cumplir los diecisiete años, aunque según la forma de contar la edad en Corea ya tenía dieciocho años de edad. Su madre entró con ella y se sentaron en el suelo esperando a que comenzara el Servicio Dominical.

Durante el Servicio no paraba de mirar de reojo a su hija.

— Qué crecida está — pensaba — Ya no parece una jovencita. Está hecha toda una mujer.

Aquel día en la iglesia todo parecía más brillante que de costumbre. La Sra. Hong se dio cuenta que los demás miembros estaban mirando a su hija. La mayoría de ellos no se acordaban de la visita de Hak Ja Han hacía cuatro años. Entonces, la Sra. Han advirtió algo. Abonim también estaba mirando a su hija. De hecho, no había apartado los ojos de ella durante todo el sermón. La mirada de la Sra. Hong se volvió hacia su hija. ¿Se sentiría aturdida? Era obvio que se daba cuenta que Abonim la estaba observando, pero su cara estaba serena. Era como si ella hubiera estado esperando este momento durante toda su vida y parecía como si hubiera un diálogo silencioso entre ellos dos.

Cuando terminó el servicio dominical, Abonim se acercó a las dos y miró detenidamente a Hak Ja Han por unos instantes. Entonces, Abonim se dirigió a la Sra. Hong y le dijo.

— Por favor, ven con tu hija arriba. Me gustaría hablar con ella.

Le siguieron por las estrechas escaleras hasta su pequeña habitación. Apenas se habían acabado de sentar en el suelo cuando comenzó a hacerle preguntas.

— ¿Qué significado tiene tu nombre?

— Garza blanca — contestó ella.

— ¿Dónde has nacido?

— En la provincia de Pyongan.

¡El había nacido precisamente en la misma provincia!

— ¿En qué fecha?

— El 6 de Enero de 1943.

¡El había nacido también un 6 de Enero! Hay un dicho en Corea que dice que si el marido y la esposa tienen el mismo día de cumpleaños, son personas privilegiadas y su matrimonio está bendecido por el Cielo.

— ¿De qué religión eran tus padres?

— Ambos eran cristianos.

Los suyos también eran cristianos.

— ¿Te gusta leer?

— Sí, leo la vida de los santos cuando no tengo deberes de la escuela.

— ¿Cómo conociste el Principio Divino? ¿Lo has estudiado? ¿Cuál es la parte más importante del Principio para ti? — Las preguntas se sucedían una tras otra.

La Sra. Hong observaba a su hija. Ella era muy joven y no había participado demasiado en la vida de la iglesia.

Oh, Dios mío — pensaba para sí — quizás debería haber estado en casa más tiempo y haberla preparado mejor.

Sin embargo, pronto se sintió aliviada porque Hak Ja Han contestaba muy bien a todas las preguntas. Aunque la reunión se alargó durante casi nueve horas, ella no parecía en absoluto incomodada.

Ya era de noche cuando Abonim dio por terminada la reunión diciéndole — Ahora, te asignaré una tutora. Y nos veremos de nuevo más adelante.

Se arreglaron las cosas para que Hak Ja Han viviera con la Sra. Won Bok Choi en una pequeña casa cerca de la iglesia. Desde que había dejado de enseñar en la universidad Ehwa, la Sra. Choi se había convertido en una discípula muy fiel de Abonim. El le había confiado muchos asuntos. Tenía un corazón profundo y era una persona muy amante y bondadosa.

Su trabajo como tutora consistía en preparar a aquella adolescente para que se convirtiera en la Verdadera Madre de todo el universo. Cada día pasaban largas horas estudiando juntas el Principio Divino. La Sra. Choi le explicaba la importancia de la novia celestial, la importancia de la Verdadera Madre, y cómo debería comportarse y cuales deberían ser sus deberes. Para su asombro, Hak Ja Han comprendía estas cosas con facilidad. La Sra. Choi descubrió que ella había estado orando y estudiando por sí misma cada día y había aprendido ya muchas cosas. Se había mantenido siempre pura. Incluso sus pensamientos eran puros. Se había concentrado en sus estudios de la escuela y en cosas espirituales. Amaba a Dios. No hablaba mucho y tenía un sexto sentido para saber lo que estaba bien y siempre lo seguía.

Durante todo este tiempo, Hak Ja Han y la Sra. Choi asistían a las reuniones de la iglesia.

Una noche, Abonim por sorpresa se dirigió a ella y le dijo — Hak Ja Han, por favor, canta una canción para nosotros.

La Sra. Choi se puso en tensión. En el fondo de la habitación la Sra. Hong también estaba tensa. Hak Ja Han se puso de pie. Su Chogori (Vestido tradicional coreano) amarillo y rojo parecía que era la pieza central de la habitación y su rostro la obra maestra del amor. Cantó una canción tradicional, una canción de amor que decía:

"Cuando llega la primavera

las montañas y las praderas,

los valles y las orillas de los ríos

se engalanan con azaleas.

Mi corazón, también, está en flor

como las azaleas.

Cuando te acerques

a coger las flores,

no me dejes sola;

coge mi corazón, también".

— ¿No era demasiado atrevimiento el cantarle una canción así a Abonim? — Se preguntaba incómoda la Sra. Choi.

Pero Hak Ja Han parecía tener bastante confianza en sí misma y disfrutaba cantando. Abonim también parecía que disfrutaba con la canción.

Después del servicio dominical, Abonim les pidió que subieran a su habitación. Le preguntó a Hak Ja Han más cuestiones sobre el Principio Divino y acerca de ella misma. Luego, dándole papel y lápiz, le pidió que hiciera un dibujo. Con bastante habilidad dibujó un paisaje con colinas, arboles y montañas, en el que también incluyó a una persona. Parecía que a Abonim le gustó el dibujo.

— Mañana por la mañana, por favor, ven de nuevo — le dijo.

Al día siguiente Abonim la llevó a dar un largo paseo. Fueron a una montaña juntos y charlaron todo el día. Le preguntó más cuestiones y le explicó más cosas sobre el Principio Divino y sobre su propia vida. Ella era muy buena estudiante.

Cuando se anunció que ella sería la novia en la ceremonia de compromiso matrimonial del 1 de Marzo de 1960 (según el calendario lunar), fue como un gran terremoto. Casi todo el mundo se quedó atónito. Naturalmente que habían visto a Abonim hablar con aquella adolescente, y muchos habrían pensado que debería ser alguien especial, pero, ¿su esposa?

— ¡Imposible! — exclamaban — ¡El tiene 40 años y ella sólo tiene 18 años!

— Ella es demasiado joven para ser nuestra Madre. ¿Cómo vamos a poder inclinarnos ante ella? ¿Cómo va a poder guiarnos?

— ¡Ni siquiera a ido a dar testimonio o cualquier otra misión pública!

— Además, ¡su madre sólo hace cuatro años que está en la iglesia! ¡Son como bebés espirituales!

Algunas de las mujeres habían albergado la esperanza de que quizás fueran ellas las escogidas, así que les era difícil ahora dar saltos de alegría. De hecho, la mayoría estaban celosas.

El día 1 de Marzo llegó en un abrir y cerrar de ojos, pero, de manera milagrosa, todo estaba listo. Las decoraciones eran muy bonitas, y todo estaba limpio y resplandeciente.

Sólo un pequeño grupo de los discípulos más cercanos asistieron a esta importante ceremonia. Sun Myung Moon y Hak Ja Han estaban vestidos con unos hermosos trajes coreanos, Abonim ofreció una larga y emocionada oración dándole gracias al Padre Celestial por haber preparado a su novia. Después de la oración, explicó a todos los presentes el significado de la ceremonia.

Volviéndose hacia Hak Ja Han, le dijo — Por favor, di unas palabras a todos los miembros.

Se creó una gran expectación. ¿Qué es lo que diría aquella joven tímida en una ocasión tan importante? Quizás estaría tan asustada que no sabría que decir o puede que se pusiera a llorar.

Se puso de pie y posó su mirada en ellos por unos instante. Luego, bajó los ojos y dijo simplemente — Sé que no tengo el fundamento que vosotros tenéis. Pero se me ha pedido desempeñar este papel, y os prometo que me esforzaré al máximo durante toda mi vida. Juro hacer todo lo que se me pida — hizo una pausa dirigiendo su mirada hacia la habitación llena de todos aquellos miembros mayores y más experimentados que ella — Creo que necesitaré vuestra ayuda. Sin vuestra ayuda no puedo cumplir esta misión — Terminó así sus palabras inclinándose ante ellos, inclinándose ante Abonim y sentándose en silencio.

Los miembros se sintieron conmovidos por sus palabras. Algunas mujeres empezaron a llorar. Vieron que ella realmente había comprendido cuál era su papel, ser la Verdadera Madre de toda la gente. Vieron que ella estaba dispuesta a tomar responsabilidad por todas las mujeres. Aunque era más joven que cualquiera de ellas, estaba dispuesta a dedicar su vida para ellas.

Hubo una comida especial que todos compartieron juntos con gran alegría. Después Abonim les pidió a cada uno que cantaran una canción. En un momento dado, cuando un miembro estaba cantando, Abonim, de repente, se puso de pie y comenzó a bailar. Muy libre, se mecía feliz al son de la melodía. Inmediatamente, sin dudarlo un instante, Hak Ja Han se levantó y empezó a bailar también al son de la canción. Se movía de una manera muy natural y seguía los pasos de Abonim perfectamente, como si hubiera estado bailando con él toda su vida.

De nuevo, todo el mundo se quedó maravillado. Muchos de ellos habían estado con Abonim durante cinco o más años, pero nunca podrían comportarse delante del él con tanta confianza y naturalidad. Era evidente que Dios la había estado preparado.

Los cielos estaban cantando una nueva canción aquella noche.

Aunque era algo que no tenía sentido desde un punto de vista mundano, la joven e inexperta Hak Ja Han era en verdad la novia escogida por el Cielo para Abonim.

 

42. Las Bodas del Cordero

por Linna Rapkins


— La Bendición tendrá lugar el 16 de Marzo de 1960 — anunció Abonim a todos los miembros en la iglesia de Chung Pa Dong.

Las mujeres intercambiaron miradas muy significativas. Ya sabían que iba a haber una boda, pero Abonim y Hak Ja Han hacía muy poco tiempo que habían celebrado su ceremonia de compromiso, así que no esperaban que la boda fuera tan pronto. Aquello significaba que habría muy poco tiempo para preparar los vestidos, la comida, hacer la limpieza, decorar la habitación y todas las demás cosas.

— Y además de todo eso — pensaban — habrá una ceremonia de boda al estilo tradicional coreano y otra al estilo occidental.

Esto era algo nuevo, pues nunca se había hecho algo así en Corea. Inmediatamente las mujeres empezaron a pensar en las tareas que habría que hacer.

— Esto significa que habrá que coser a mano dos tipos de vestidos en dos semanas — pensaban ellas — ¿Cuál será el mejor lugar para comprar los tejidos? ¿Quiénes deberían ir a hacer las compras y quiénes confeccionar los vestidos? — Un barullo de ideas daban vueltas en sus cabezas. Tan pronto como Abonim abandonó la habitación se reunieron para decidir las cosas que tenían que preparar y quién se encargaría de cada tarea. Enseguida salieron a toda prisa en grupos, para comprar tejido hacia el mercado de la Puerta Este y el mercado de la Puerta Sur, y para comprar alimentos en el Shiyang (mercado de comida). Aunque en aquel tiempo no tenían demasiado dinero, sabían que todo debería quedar muy bonito y, sobre todo, tendrían que hacer las preparaciones con mucho amor y oraciones continuas.

A pesar de que algunas de las mujeres más jóvenes no habían superado aún su desilusión por no haber sido escogidas como la novia de Abonim, trabajaron desde la mañana hasta la noche, a veces incluso noches enteras, para hacer los preparativos de la boda. Después de todo, éstas eran las "Bodas del Cordero" mencionadas en el Apocalipsis, el último libro de la Biblia. Este era el momento más importante de la historia, en el que el pueblo de Dios llegaría a ser más fuerte que el de Satán, y ellas comprendieron que era un enorme privilegio poder ayudar en aquella ocasión histórica.

A medida que se acercaba la fecha, muchos de los miembros estaban cansados por haber estado trabajando pasando muchas noches en vela. Tenían los ojos enrojecidos por haber estado cosiendo horas y horas sin parar. Además, por si no hubiera suficiente trabajo, se enteraron que todos los asistentes a la boda tenían que llevar túnicas blancas sin estrenar, que tenían que confeccionarse también.

Por fin, el sol se levantó en el horizonte del gran día esperado por todos. La iglesia estaba limpia y resplandeciente una vez más. Se habían quitado algunas de las paredes de papel para que hubiera más espacio. Fue difícil encontrar flores, pero se pusieron exuberantes plantas para decorar el salón. Sobre la pared frontal se había pintado una hermosa escena que representaba al mundo y a todo el cosmos. Colgadas del techo estaban las banderas de todos los países del mundo. Nunca había estado tan bonito aquel viejo y sencillo edificio.

Los miembros antiguos, con túnicas blancas, silenciosamente fueron tomando asiento en el suelo y pronto el salón se inundó del blanco deslumbrante de las túnicas del que resaltaba el pelo negro de las cabezas inclinadas en oración.

El Sr. Eu era el líder aquel día, una especie de maestro de ceremonias. Anunció a todos los presentes que la ceremonia iba a empezar.

Era aún temprano por la mañana cuando Abonim y Hak Ja Han entraron en el salón. Todo el mundo dirigió en silencio su mirada hacia la pareja y una vez más se llenaron de asombro al ver a su querido Maestro de 40 años con aquella jovencita que se iba a convertir en su esposa. A pesar de que ya habían tenido tiempo de acostumbrarse a la idea, aún así muchos de ellos todavía se preguntaba — ¿No es demasiado joven para una posición así? Ser la verdadera madre de todo el mundo, del todo el cosmos, es una misión gigantesca para cualquier persona, y más aún si se es una joven sencilla e inmadura.

Sin embargo, tuvieron que admitir que aquel día estaba radiantemente hermosa. Caminaba con gracia y delicadeza, dirigiendo humildemente su mirada hacia el suelo. Al mismo tiempo había a su alrededor un aire de seguridad y confianza en sí misma.

Esta era la ceremonia al estilo occidental, así que llevaba un bonito vestido blanco que habían confeccionado las mujeres de la iglesia. Aunque, de hecho, tenía un corte tradicional coreano. Pero, al ser blanco y tener un velo de encaje en la cabeza le hacía parecer occidental. Llevaba en sus manos un ramo de flores blancas atadas por un lazo del mismo color. Les seguía la Sra. Choi que le llevaba la cola del vestido.

Abonim llevaba un impecable smoking blanco con una pajarita también blanca. Los miembros nunca le habían visto tan guapo y elegantemente vestido.

El novio y la novia caminaron juntos hacia el frente del salón. Dieron siete pasos, que significaba pasar a través de la Era del Viejo Testamento, y se detuvieron para hacer una inclinación. Luego, dieron otros siete pasos que simbolizaban a la Era del Nuevo Testamento y de nuevo se pararon e hicieron una inclinación. Sus mentes estaban totalmente enfocadas en este profundo significado de recorrer toda la historia providencial. Después, dieron los últimos siete pasos que simbolizaban a la Era del Testamento Completo. Esto les llevó enfrente del altar en donde se inclinaron por última vez.

El Sr. Eu y la Sra. Choi se colocaron a su lado y luego la pareja se dispuso a recitar los votos ante el Cielo. No había ningún Pastor delante suyo para dirigir la ceremonia o indicarles lo que tenían que decir. Todo estaba directamente conducido por el Cielo. Primero Abonim pronunció los votos y luego indicó a su novia lo que tenía que decir. Después, Abonim ofreció una larga oración con lágrimas en los ojos, pues aquella era una ocasión muy seria.

Cuando acabó la oración, salieron juntos del salón.

El Sr. Eu explicó a todos — Ahora esperaremos a que se hagan los preparativos para la ceremonia coreana. Mantengamos una actitud recogida y preparemos con nuestras oraciones la atmósfera para la segunda ceremonia de boda — Entonces, todos estuvieron orando y cantando canciones mientras esperaban.

Cuando volvieron, Abonim y Hak Ja Han parecían muy regios y distinguidos con sus trajes coreanos de brillantes colores tocados con altos sombreros. Su brillantez contrastaba enormemente con la blancura del salón y las túnicas de los miembros. De nuevo, hicieron votos y oraciones asistidos por el Sr. Eu y la Sra. Choi.

Cuando se completó esta parte de la ceremonia, Abonim se volvió a los miembros y anunció que ahora ya estaban oficialmente bendecidos en matrimonio delante del Cielo.

— Ahora hemos sido purificados delante de Dios — dijo — Es el comienzo de un nuevo linaje. Por ello, a partir de este momento será muy importante purificar todas las cosas que usemos. De hecho, una vez que alguien es bendecido en santo matrimonio debería sólo usar cosas nuevas. En realidad, deberíamos cultivar nuestra propia comida y hacernos nuestra propia ropa hilando nuestro propio hilo y tejiendo nuestra propia tela.

Los miembros escuchaban con atención. Esto iba a suponer mucho trabajo, así que deseaban comprender exactamente lo tendrían que hacer. Algunos miembros, como la Sra. Hong se acordaban de la "Iglesia del Vientre" y de cómo ellos prepararon vestidos y comida para Jesús y el Señor de la Segunda Venida. ¿Tendrían que hacer este tipo de cosas de nuevo? Ello supondría que muchos miembros deberían dedicarse por completo a ese trabajo.

— Sin embargo — continuó Abonim — esto no sería práctico para nosotros. Tenemos mucho trabajo que hacer para encontrar nuevos miembros y restaurar el mundo. No podemos pasar nuestro tiempo cultivando algodón, hilando hilo, plantando arroz y todas las demás cosas. Por lo tanto, continuaremos comprando la ropa y la comida en el mercado como hasta ahora. Pero santificaremos todas las cosas antes de usarlas. Por ello, crearé una sal bendecida. Comenzaremos una nueva tradición de bendecir con esta sal especial todas las cosas que compramos. Entonces, todo lo que usemos estará purificado, igual que si lo hubiéramos hecho nosotros mismos. Esta sal se llamará "Sal Santa".

Se volvió de cara al altar y puso una medida de sal en un bol. e hizo una oración especial. Así fue como se originó la Sal Santa. Toda la sal bendecida que usamos nosotros ahora proviene de aquella primera porción creada en la boda de los Verdaderos Padres.

Luego, se volvió hacia la audiencia y empezó a hablar. Omonim se sentó a un lado. Habló sobre el significado de su matrimonio. Explicó por qué su novia tenía que ser tan joven e inocente. Durante varias horas estuvo explicando muchas cosas. Habló tanto tiempo, a pesar de que los miembros habían estado ya mucho tiempo sentados, porque quería estar seguro de que habían comprendido todas las cosas que habían sucedido en aquel día tan importante.

Por la tarde se anunció la hora de comer. Llegó el tiempo del Banquete de Bodas del Señor.

Se colocaron rápidamente mesas bajas y se trajo la comida desde la cocina que estaba fuera del edificio principal. Todo estaba muy bonito y muy bien preparado. En realidad, era una comida bastante sencilla. Había pollo y kimchi fresco y mucho arroz blanco. ¿Quién se hubiera imaginado que se serviría kimchi en el Banquete de Bodas del Señor? Pero, para el pueblo escogido, era un plato exquisito porque muchas veces no habían tenido otra cosa que comer más que el arroz cocido y el kimchi hecho de col china cortada con pimienta roja y ajos. Como postre se sirvió fruta del tiempo.

Entonces, Abonim les dijo — Me gustaría que todos vosotros pudierais llevaros a casa algún recuerdo de esta ocasión. Sin embargo, no hay suficientes cosas para repartir entre todos. Así que hagamos una lotería para ver quién se lleva los recuerdos.

El premio de un miembro fue una colección de huesos de los pollos que se sirvieron en el banquete. — Debes guardar esos huesos para siempre — le dijo Abonim — Aunque puedes compartir algunos con los demás si lo deseas.

A los otros les dijo — Debéis guardar las semillas de la fruta que habéis comido hoy. Son algo precioso que nunca se debería tirar.

Luego vino la celebración. Todo el mundo tuvo la oportunidad de levantarse y cantar una canción. Aquella noche estuvo llena de canciones y bailes. El novio y la novia también cantaron y bailaron juntos. Hubo muchas risas y aplausos, pues aunque aquella ocasión era muy seria, también era una ocasión muy alegre y feliz. En los cielos también había una enorme alegría.

La Bendición en santo matrimonio de los Verdaderos Padres fue el comienzo de un mundo purificado. Abonim creó la Sal Santa para resaltar ese nuevo reino en el que los miembros deberían vivir a partir de aquel momento.

 

43. La Bendición de las 33 parejas

por Linna Rapkins


Había transcurrido un año desde la Bendición de las tres primeras parejas. Las campañas de testimonio de 40 días se sucedían unas tras otras, todos los miembros iban a los pueblos a dar testimonio y enseñar, y había muchos cursillos para nuevos miembros. No podían ni imaginarse la sorpresa que les esperaba.

Un día de primavera de 1961, Abonim anunció ante todos — Habrá otra Bendición.

— ¿Otra Bendición? —. La habitación se quedó en completo silencio mientras que casi se sentían las preguntas que flotaban en el aire. — ¿Bendecirá otras tres parejas como hizo la primera vez? ¿O quizás nueve para hacer un total de doce, como los discípulos de Jesús? ¿Bendecirá sólo a personas solteras? ¿O quizás sólo a los miembros mayores?

Durante los siguientes tres días Abonim se entrevistó con los miembros que podrían estar calificados para ser bendecidos. Uno a uno, fueron llamados para ir a la habitación de Abonim. Primero, un grupo de hombres, luego, otras tantas mujeres; después, otros hombres seguidos de otras mujeres. Cuando oían sus nombres, en general, se quedaban sorprendidos.

— ¿Quién, yo? ¿Estás seguro? Pero, aún no estoy preparado. No tengo suficientes calificaciones — Este era el tipo de pensamiento que pasaba por sus mentes.

Entraban en la habitación como niños tímidos que no saben lo que les espera. Abonim habló personalmente con cada uno de ellos. Estudió sus caras para ver qué tipo de persona eran. Revisó su historial en la iglesia. Habló con los miembros mayores que los conocían.

Primero emparejó a tres parejas, luego, a doce. El emparejamiento se prolongó durante tres días. Nadie podía figurarse cuáles eran las calificaciones, pues los que fueron emparejados eran muy diferentes. Algunos eran mayores, otros eran jóvenes. Había quiénes habían estado casados antes, otros eran solteros. Algunos eran los hermanos mayores, otros acaban de entrar. Algunos habían hecho muchas cosas en la iglesia, otros menos.

Abonim los dividió en tres grupos. El primero de ellos estaba formado por doce parejas, que habían estado casadas antes. Algunos tenían la misma pareja de antes, mientras que otros, que eran divorciados, recibieron otra pareja.

Abonim les dijo — Algunos de vosotros perdisteis a vuestros maridos o esposas cuando os unisteis a nuestra iglesia. Ahora tendréis una nueva pareja, un nuevo cónyuge celestial para la eternidad. Los demás entrasteis juntos en la iglesia como marido y esposa. Ahora recibiréis la Bendición juntos. Estas doce parejas representarán al primer Adán.

El segundo grupo estaba formado por nueve pareja. Abonim les dijo — Vosotros nunca os habéis casado antes, pero quizás, al menos uno de los dos, habéis tenido algún tipo de relación, como el tener novio o novia. La mayoría de vosotros habéis hecho muchas cosas para Dios. Algunas de las mujeres fueron expulsadas de la universidad cuando entrasteis en la iglesia. Vosotros sois un grupo muy especial.

Las nueve parejas se preguntaban por qué eran sólo nueve en vez de doce.

Como si estuviera leyendo sus pensamientos, Abonim añadió — Las tres parejas que fueron bendecidas el año pasado formaran parte de este grupo para hacer un total de doce. Y vosotros representaréis al segundo Adán, Jesús.

El tercer grupo de doce parejas estaba formado por miembros que nunca habían tenido novio o novia, ni ninguna relación por el estilo. Abonim los hizo llamar, y la primera cosa que advirtió era que la mayoría de ellos eran muy jóvenes. ¿Debería escoger a aquellos jóvenes como representantes de todas las parejas bendecidas del futuro? Estas serían las parejas más importantes de toda la historia.

Abonim dirigiéndose a ellos les explicó — Vosotros sois el tercer grupo de doce parejas. Sois todos muy jóvenes. Muchos de vosotros aún estáis estudiando en la universidad. Incluso algunos sois aún estudiantes de la escuela superior. También sois muy jóvenes espiritualmente y no habéis cumplido muchas cosas en la iglesia. Pero habéis sido escogidos por vuestra fe y pureza. Representaréis, por tanto, al tercer Adán, el Señor de la Segunda Venida.

Abonim, luego, anunció a todos miembros — La Bendición será el 15 de Mayo. Los hombres llevaran túnicas blancas y las mujeres irán vestidas con chima chogoris y largos velos de encaje, igual que las tres primeras parejas.

Enseguida, las mujeres de la iglesia se pusieron a trabajar para ayudar a las parejas a prepararse. Confeccionaron vestidos, limpiaron y cocinaron. Se prepararon las actuaciones y se decoró el salón. El suelo estaba cubierto con lienzos blancos. Para el frente del salón se pintó un hermoso telón de fondo con dos aves fénix, el ave preferida de los coreanos. Del techo se colgaron pequeñas banderas de todos los países del mundo. Luego, se celebró la ceremonia del Vino Santo. El día de la boda vino rápidamente.

En Corea, era normal que los padres emparejaran a sus hijos, pero no era normal que sus maestros o guías espirituales escogieran a sus parejas. Y que todos se casaran a la vez en la misma ceremonia era inédito. Naturalmente, la noticia corrió de boca en boca. Una vez más, todos aquellos periodistas negativos vinieron a llamar la puerta.

— Hemos oído que va a haber una boda en grupo — preguntaban poco amables — ¿Es verdad? ¿Qué es lo que en realidad va a ocurrir?

— Por favor, no molesten — contestaban los miembros — Esto es un asunto privado y no queremos ninguna publicidad.

Pero ellos no se daban por vencidos. Para complicar las cosas, los padres de las parejas se enteraron también de la boda y vinieron a golpear la puerta. La mayoría de estos padres eran muy negativos en contra de Abonim.

— Moon me ha robado a mi hija. Por su culpa ella abandonó sus estudios. Ha arruinado la vida de mi hija — Siempre hablaban de esta manera, acusando continuamente. Gritaban cada vez más fuerte y con más estridencia demandando que le dijeran lo que iba a pasar.

— ¿Es verdad lo que se dice? ¿Van a casar a mi hija con alguien que ha escogido ese loco? ¡Decídmelo!

El Sr. Eu trataba de explicárselo a los padres — Sí, vuestra hija se va a casar. Sí, vuestro hijo se va casar. Lo sentimos, pero esta vez no vamos a invitar a la boda a personas de fuera.

— ¿Personas de fuera? — gritaban muy enfadados — ¿Llamáis a sus padres y madres personas de fuera? ¡Dejad salir a nuestros hijos para que podamos hablar con ellos!

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Continuaron golpeando con sus puños sobre la puerta.

— Está bien — contestó el Sr. Eu — Trataremos de encontrar a vuestros hijos e hijas. Esperad un poco.

Algunos estaban fueran y otros mandaron decir a sus padres:

"No quiero salir a verte porque estás muy enfadado y temo que me lleves contigo a la fuerza".

O "Tu me desheredaste cuando entré en la iglesia, así que ahora no eres bienvenido a mi boda".

Algunos padres se fueron, pero otros se enfadaron aún más y se quedaron en el patio de la iglesia armando un gran escándalo, insultando e incluso arrojando basura a la puerta.

— Llamaremos a la policía — amenazaron — e interrumpiremos la boda si no nos escucháis.

Los periódicos escribieron estas historias: "Los miembros de la iglesia Moon son forzados a casarse. A los padres se les prohibe la entrada a la boda de sus propios hijos". Por aquel tiempo, prácticamente todo el mundo en Seúl se había enterado de este asunto de la boda.

Algunos de los padres que pudieron hablar con sus hijos les suplicaron poder asistir a la boda — Estamos muy doloridos de que te hayas unido a este grupo y de que no nos hayas permitido que escojamos a tu pareja, pero aún así deseamos asistir a tu boda — Entonces, sus hijos les contestaban — Bueno, creo que será difícil que podáis asistir, pues no hay suficiente espacio para todos los padres. Además, nadie puede ser admitido a no ser que lleve una túnica blanca.

Mientras tanto, la policía había decidido investigar estos extraños sucesos que ocurrían en la iglesia de Chung Pa Dong. Vinieron preguntando por Abonim, que salió para hablar con ellos, pero no se quedaron del todo satisfechos. Parecía que habían planeado continuar molestando a Abonim, y esto fue lo que hicieron cada día.

Llegó la mañana del 15 de Marzo de 1961. Los miembros se reunieron en el salón principal de la iglesia todos vestidos de blanco. De repente, ¡se abrieron las puertas y aparecieron un grupo de padres que también llevaban las túnicas blancas! De alguna manera, habían conseguido los vestidos blancos para asistir a la boda. Nadie les pidió que se fueran.

La ceremonia comenzó cuando las primeras doce parejas entraban juntas en el salón. En medio del griterío de la gente que estaba afuera, caminaron lentamente hacia el altar, dando siete pasos e inclinándose, dando otros siete pasos e inclinándose de nuevo, y dando los últimos siete pasos antes de inclinarse en frente de los Verdaderos Padres. Estaban concentrados en pasar por los tres periodos providenciales, el Viejo Testamento, el Nuevo Testamento y el Testamento Completo. Entonces, Abonim derramó sobre sus cabezas unas gotas de Agua Santa y los bendijo en matrimonio. Tenían que darse prisa porque el ruido de fuera se hacía cada vez más grande. Había un sentimiento de pesadez en el ambiente, algo que les empujaba hacia abajo y que trataba de impedirles que se movieran. Entonces, unos policías entraron por la puerta y le dijeron a Abonim que debía acompañarles.

— Esperad hasta que vuelva — dijo Abonim. Se cambió de ropas y fue a la comisaría para responder algunas preguntas.

Finalmente, después de un tiempo, que a todos les pareció una eternidad, Abonim regresó.

— Rápido, rápido — dijo — debemos completar la ceremonia.

El segundo grupo de parejas entró y fue bendecido, seguido del tercer grupo. La atmósfera aún estaba revuelta, pero poco a poco los gritos y el alboroto de afuera se fue apagando.

Durante el banquete de bodas, todos pudieron relajarse un poco, cantar y disfrutar juntos. Al final, el ambiente era el de una boda.

Otro año pasó volando. Los miembros de la iglesia estaban tan ocupados que se olvidaban del tiempo. Apenas se dieron cuenta de lo rápido que habían pasado el caluroso verano y el frío invierno. Era primavera de nuevo, la primavera del año 1962.

Cuando Abonim anunció otra Bendición fue de nuevo una total sorpresa. Puede que penséis que por aquel tiempo se esperaban una nueva Bendición, pero, ¡no! Daban por hecho que no habría otra Bendición aparte de las 36 parejas. Seguramente, todos los demás serían bendecidos en el mundo espiritual cuando hubiera más tiempo para esas cosas.

Ahora, muchos más recibirían la Bendición también. Diligentemente trataron de preparar sus corazones. Abonim les dijo — Deberíais estar dispuestos a ser bendecido con la persona que escoja para vosotros. No os preocupéis de lo guapo o guapa que sea vuestro futuro cónyuge. Esto no es lo más importante. Quizás empareje al hombre más guapo con la mujer menos atractiva. No sería bueno para los niños que ambos padres fueran feos, ¿no es verdad? Debéis pensar solamente en si sois o no del agrado de Dios.

Comenzó un torbellino de actividades. Cientos de hombres y mujeres fueron llamados para entrevistarse con Abonim. Cuando acabó de hablar con todos, había 72 parejas que habían sido emparejadas, exactamente el doble de 36 parejas. Se siguieron los mismos pasos que en la Bendición anterior, incluida la ceremonia del Vino Santo y las preparaciones para la boda.

— De nuevo, los hombres llevarán las vestiduras blancas — dijo Abonim — y las mujeres los chima chogoris blancos.

Luego, se dirigió a las esposas de las 36 parejas y les dio unas instrucciones inesperadas — Vosotras tenéis todas los largos velos de encaje de vuestra Bendición, ¿no es verdad? Recordad que os dije que lo conservarais. Ahora quiero que los cortéis en dos y que hagáis dos nuevos velos más corto para estas 72 nuevas novias. Será un gran honor para ellas el poder usar los velos de sus hermanas mayores.

De nuevo el salón se llenó de las banderas internacionales y se decoró el frente con un hermoso paisaje. El 4 de Junio se celebró la ceremonia de Bendición de las 72 parejas, que fue más tranquila y gozosa que la anterior. Al mismo tiempo, todos sentían profundamente la seriedad del momento. La mayor parte del salón estaba ocupado por los novios y las novias, así que muchos invitados tuvieron que quedarse de pie fuera, mirando por las ventanas abiertas.

De nuevo, Abonim y Omonim derramaron unas gotas de Agua Santa sobre la cabeza de cada pareja y las bendijeron en matrimonio. En su oración, las parejas pudieron realmente sentir lo mucho que Abonim se preocupaba por ellas.

— Padre Celestial — dijo — sus padres y madres no les han recibido. Sus amigos íntimos les han dejado de lado. Su sociedad les ha despreciado. Sus compañeros cristianos les han condenado. Sin embargo, Tu les has educado y les has guiado con todo Tu esmero, amor y cuidados... Quiero ahora ofrecerte estas 72 parejas a Ti, Padre. Con ellas, pondré un fundamento para un nuevo comienzo. Si Tu deseas que soportemos más sufrimiento, así lo haremos. Estamos determinados... Ahora concluyo esta ceremonia. Recuerda, Padre, este día 4 de Junio de 1962. Por favor, libera a todos los ángeles, a los 24 ancianos y a todos los santos, y déjales que canten y bailen de alegría por este día. Amen.

Mientras que disfrutaban del banquete que siguió a la ceremonia, las parejas tenían unos sentimientos entrecruzados. Sentían la pesada responsabilidad que había sido colocada en sus espaldas, pero al mismo tiempo sentían la enorme alegría que sentía el Padre Celestial, cantando y bailando con ellos en su boda.

Seis meses después de la Bendición de las 72 parejas llegó el nuevo año 1963. Aún no existía el Día de Dios, pero Abonim dio un sermón en el día primero del año.

— Los tres últimos años han sido especialmente difíciles — dijo Abonim a los miembros — Estoy apenado de que hayáis tenido que sufrir tanto, pero debido a vuestro sufrimiento hemos sido capaz de realizar muchas cosas. Durante los próximos cuatro años tendremos el mismo lema: "Seamos victoriosos dominadores". ¿Sabéis cómo llegar a ser victoriosos? Es a través del sufrimiento. Tenéis que experimentar las mismas cosas que yo experimenté. Esta es la única manera de que vuestro corazón llegue a ser como el mío.

— El año pasado concedí premios a un hombre y a tres mujeres entre las parejas bendecidas que fueron especialmente buenos ejemplos. Ellos abrirán el camino para la primera generación. Todos vosotros sois la primera generación, así que es muy importante que os unáis a quiénes recibieron los premios. Así también vosotros seréis buenos ejemplos.

— Ahora, tengo un anuncio que hacer. Este año deseo bendecir a aproximadamente 120 parejas que sean personas puras y dedicadas, y que no hayan estado casadas antes.

Sus ojos se abrieron por el asombro. ¿No dejará nunca de sorprendernos? ¡120 parejas! ¡Eso significaba 240 personas! Era algo que nunca se había intentado antes. En la Bendición anterior el salón estaba completamente lleno, ¿dónde iban a caber las 120 parejas?

La atención se volvió a Abonim, que continuó diciendo — Debido a que había alrededor de 70 naciones pertenecientes a las Naciones Unidas, el año pasado sólo pude bendecir a 72 parejas. Dado que aún no han alcanzado las 120 naciones, por ahora sólo emparejaré a 120 parejas que se comprometerán en matrimonio. La Bendición tendrá lugar más tarde.

Así pues, el año 1963 comenzó con un emparejamiento. Al final había 124 nuevas parejas, 120 más 4. Sólo cuando se anunció la fecha de la boda, que sería 6 meses más tarde, comenzaron las preparaciones.

Los vestidos fueron confeccionados por las mujeres de la iglesia. Se prepararon las decoraciones, la comida y las actuaciones. Se alquiló para la ocasión un gran auditorio cívico recién construido en Seúl. Todo el mundo podría asistir a la boda, los miembros, sus padres y otros invitados.

El 24 de Junio de 1963 (según el calendario lunar) las 124 parejas se pusieron sus vestiduras blancas. Cientos de personas iban llenando el gran auditorio, y esta vez el público tenía una actitud positiva y estaba muy interesado por el acontecimiento. La policía estaba en la puerta para impedir que mucha gente tratara de entrar a la vez.

El Sr. Eu dio las palabras de bienvenida.

— Señoras y señores — dijo a las 3.500 personas que llenaban el auditorio — les doy la más calurosa bienvenida a todos en esta gran ocasión. Empezaré dando una pequeña explicación de la historia de nuestra iglesia y del significado de esta boda — Les habló durante una media hora aproximadamente.

Luego, Abonim y Omonim entraron en el auditorio caminando lentamente hacia el estrado, con vestiduras blancas y brillantes coronas. La mayoría de los miembros no les habían visto nunca antes así. La audiencia se quedó maravillada. Dos niñas les seguían, llevando dos recipientes de Agua Santa perfumada. Cuando llegaron al estrado, a ambos lados se colocaron alineadas 24 parejas de las anteriores bendiciones. Después de bendecir las 124 parejas con el Agua Santa, Abonim les formuló cuatro preguntas.

— ¿Prometéis tomar responsabilidad por realizar la voluntad de Dios?

Todo el mundo gritó al unísono — ¡Sí!

— ¿Prometéis ser fieles a Dios y obedecer Su voluntad?

— ¡Sí!

— ¿Prometéis llegar a ser verdaderos antepasados dignos de respeto?

— ¡Sí!

— ¿Prometéis ser victoriosos sobre Satán y restaurar vuestra dignidad como señores de la creación?

— ¡Sí!

Después de la oración de Abonim, se intercambiaron regalos. Cada novio le entregó a su novia un anillo de oro, y cada novia le dio a su novio un sello con su nombre. Abonim los declaró maridos y esposas ante Dios. No dijo — hasta que la muerte os separe —sino en cambio — por toda la eternidad.

Una pareja presentó un ramo de flores a Abonim y a Omonim de parte de todas las parejas recién casadas. Esto fue seguido por discursos de felicitación por parte de dos funcionarios del gobierno y de telegramas que venían de todo el mundo.

Después, los Verdaderos Padres abandonaron la sala, y el Sr. Eu saludó a la audiencia una vez más.

— Estamos muy felices de que hayáis estado aquí hoy. Ahora, las parejas irán a hacer un tour por Seúl. Os invitamos a que os quedéis con nosotros para tomar algo. Cuando vuelvan las parejas podréis charlar con ellas.

También os invitamos a que vengáis esta tarde para asistir al festival. Fuera había coches que esperaban por los Verdaderos Padres y sus hijos, las parejas mayores y la 124 parejas. Enseguida, se formó una caravana de 150 coches, seguidas por una escolta policial, que recorrieron las calles de Seúl. Saludaban a toda la gente que se paraba para verlos. Parecía que todo Seúl se había enterado de la boda. Cuando volvieron al auditorio, hubo muchas felicitaciones, inclinaciones y abrazos.

— Ahora que lo he visto, a mí me hubiera gustado casarme de esta manera — dijo uno de los padres.

— El Sr. Moon debe de ser bastante especial para poder casar a tantas parejas — dijo otro — Esta es la cuarta boda. Y los matrimonios parecen que son mejores que los que arreglamos nosotros.

— Es verdad — asintió otro — Parece que realmente se toman en serio su matrimonio.

El día terminó con una fiesta. Los niños cantaron y bailaron. La Orquesta Sinfónica de Corea actuó para todos. Como conclusión se leyeron de nuevo telegramas de felicitación que llegaron de todo el mundo. La celebración se acabó con tres grandes gritos:

— ¡Viva los novios y las novias! ¡Viva los novios y las novias! ¡Viva los novios y las novias! — Incluso la gente que estaba afuera en la calle pudo escuchar los gritos.

Aquellas parejas habían pasado frío, hambre y ridículo. Habían ofrecido su sangre, sudor y lágrimas por el Cielo, pero, ¡hoy pudieron celebrar la victoria!

Sufriendo persecución, estas parejas fundadoras de nuestra iglesia fueron reconocidas por el Cielo y por Abonim y fueron bendecidas en el más santo de los matrimonios.

 

44. Marchemos adelante, soldados celestiales

por Linna Rapkins


¡Prrr, prrr, prrr! ¡Prrr, prrr, prrr! Sonaba el silbato y 120 pares de pies marchaban juntos al mismo ritmo. Como un sargento experimentado, el silbato marcaba el paso de esta larga y muy especial marcha.

Desde 1960, los miembros de la iglesia de Unificación en Corea habían hecho condiciones de 40 días una tras otra. Habían sido mandados a dar testimonio y enseñar todo el día, y en ocasiones hasta de noche. Las cosas habían cambiado bastante desde aquellos días en los que no entraba ningún miembro. Ahora había muchos nuevos miembros. Se respiraba una nueva esperanza en el aire y todos estaban muy animados. ¡Ahora si creían que iban a cambiar el mundo!

Era el año 1963, y estaban en medio de la séptima condición de 40 días. Pero esta vez era bastante diferente. Abonim había escogido a 120 miembros para establecer una condición especial de indemnización. Tenían que marchar desde Seúl hasta la punta sur de Corea. Fue la llamada "Expedición Evangélica."

Hoy se encontraban cerca de Taijun, que estaba a unos 300 kilómetros de Seúl. Había sido un camino muy largo y habían tardado muchos días para recorrerlo. Mientras marchaban al son del silbato, pensaban en Abonim, que había recorrido un largo y penoso camino. Había sido un curso solitario, en el que nadie pudo realmente comprender lo que estaba pasando. Quizás Won Pil Kim, o quizás el Sr. Eu. Pero muy pocos habían experimentado el dolor de sus piernas y pies. Así que, aunque estos miembros estaban cansados y doloridos, se sentían muy afortunados de poder experimentar parte de lo que sintió Abonim, y marchaban adelante con decisión.

Mientras tanto, en Taijun, el Dr. Lee y los miembros allí estaban excitados esperando la llegada de esta inusual marcha.

— ¿Cuándo creéis que llegaran? — preguntó el Dr. Lee.

El líder del distrito, el Sr. Song, replicó — De acuerdo con los informes, deberían llegar el día 10, pero no sé a que hora del día estarán aquí. Estoy preocupado de que no puedan llegar antes del toque de queda de las 10 de la noche.

Llegó el día 10 de Mayo de 1963. El Sr. Song encargó a un grupo de personas que hicieran los preparativos para alojarlos en varias casas a las afueras de la ciudad. Les dijo que encontraran sitio para dormir para 120 personas y que las mujeres se encargaran de preparar la comida.

Pasaron las 12 del mediodía y no había noticias. Finalmente, por la tarde recibieron la noticia de que los soldados celestiales llegarían a alguna hora de la noche.

— Me imagino que esto significa que no llegarán antes de las 10 de la noche — dijo el Dr. Lee — Ahora la cuestión es, ¿qué haremos con el toque de queda? Ciertamente, no deseamos que hayan hecho todo este largo camino para acabar en la cárcel.

— Quizás deberíamos explicar la situación a la policía y ver si podemos conseguir su permiso para que este grupo pueda estar en la calle después de las diez — le contestó el Sr. Song. Pero el Dr. Lee movió la cabeza dudando — ¿No parecerá extraño que pidamos permiso para que un grupo de 120 personas pueda entrar en Taijun después del toque de queda?

Fue enviada una persona a la comisaría de policía, mientras que los demás oraban. Como esperaban, la policía se quedó asombrada. Preguntaron un montón de cuestiones, pero milagrosamente accedieron a que este grupo pudiera venir después del toque de queda. El Sr. Song recibió pronto las buenas noticias, y dando un gran suspiro de alivio indicó a los restantes miembros que fueran a la casa en la cual se iba a preparar la fiesta de bienvenida. Seguramente la mano de Dios había actuado aquella noche.

Aunque la casa era bastante grande, se quedaba demasiado pequeña para alojar a 120 personas. Cocinar suficiente arroz y granos para tanta gente traía muy atareadas a todas las mujeres. Lo cocinaban poco a poco y lo iban guardando en todos los recipientes que encontraban.

Por la tarde, llegó un telegrama de Seúl que decía: "Sois mi orgullo. Glorificar vuestra Patria". ¡Era de Abonim! Como siempre su corazón estaba con su gente.

Dios había estado caminando un largo y solitario camino durante 6.000 años. Abonim había estado recorriendo un curso de 40 años, derramando sudor, sangre y lágrimas, como si se tratara de una marcha forzada. Aunque los miembros habían trabajado y sufrido mucho en los últimos tres años, aún no era suficiente. Por lo tanto, estas 120 personas estaban siguiendo las huellas del sufrimiento de Abonim Celestial y de Abonim. Naturalmente, otras gentes en la historia han caminado también largos trechos. Como cuando los israelitas abandonaron Egipto. Pero, a pesar de caminar durante más tiempo y distancias más grandes, los israelitas siempre se estuvieron quejando. Nunca antes se había hecho una marcha que hiciera completamente feliz a Dios.

— Son la 9 y media — anunció el Sr. Song — Oremos y preparemos nuestros corazones para recibirlos.

El Dr. Lee les había hablado del significado de la marcha y del sufrimiento de los hermanos. No tardó mucho para que todos estuvieran sollozando. Con sentimientos de amor y compasión, se pusieron a orar juntos. La luna brillaba en el cielo, iluminando los campos vacíos. Pasó la medianoche y aún no se veía nada.

— Vamos a mandar a alguien a explorar para ver donde están — decidió el Dr. Lee.

— Tengo dos bicicletas — se ofreció el hombre de la casa — Si las queréis, podéis usarlas.

— Gracias, serán de gran ayuda —. Dos hombres fueron escogidos y rápidamente desaparecieron pedaleando en medio de la noche. Mientras tanto, las mujeres seguían cocinando cantidades cada vez más grandes de comida.

Al cabo de un rato, los ciclistas regresaron — Los hemos encontrado. Estarán aquí en media hora — anunciaron.

El Dr. Lee se movía de un lado para otro excitado — ¡Bien! Ahora reunámonos y marchemos juntos para salirles al paso.

Todo el mundo rápidamente se puso en filas de a dos. Dos hombres llevaban una gran pancarta que decía "Bienvenidos" y "Felicidades". En la cola alguien empujaba un carro para transportar todos los bultos y bolsas de los que venían marchando.

Al cabo de quince minutos, el Dr. Lee se adelantó a todos corriendo, ansioso de ser el primero en verlos venir. Cuando llegó a lo alto de una colina, de repente pudo oír sus cantos en la distancia.

— Encended las antorchas — gritó a su gente — Ya están cerca.

Comenzó a cantar y todos le siguieron. Mientras marchaban con las antorchas encendidas y la pancarta ondeando al viento, sus alegres voces se elevaban en el aire de la noche — ¡So ri chi go i ro na da!

Pronto escucharon a los 120 expedicionarios cantar la misma canción, y a medida que se acercaban sus voces resonaban entre sí. Los expedicionarios llevaban sus propias pancartas. Cuando los dos grupos llegaron uno enfrente del otro sus canciones se hicieron una.

El Dr. Lee y el líder del grupo, el Sr. Lee, se inclinaron el uno al otro y se dieron la mano.

— ¡Annyong jaseo! (saludos en coreano) — gritaron todos los recién llegados como una sola voz.

¡Manse! — respondieron quienes les daban la bienvenida.

Estaban tan felices de encontrarse que se gritaron un saludo todos a la vez. Luego, les ofrecieron todo tipo de ayuda.

— Poned aquí las bolsas.

— Puedes apoyarte en mí.

— ¿Alguien necesita que lo lleven?

El Dr. Lee se dio cuenta que quien portaba la pancarta principal andaba tambaleándose. Apenas se podía sostener de pie.

— Déjame que la lleve por ti — se ofreció.

— No, gracias — contestó el hombre.

— Por favor, me gustaría mucho poder ayudarte — se ofreció de nuevo.

— Yo la llevaré — contestó decidido.

Se ofreció una tercera vez y de nuevo el hombre rehusó dejar de llevar la pancarta. Entonces el Sr. Lee comprendió que para él aquella pancarta simbolizaba a la iglesia y a los Verdaderos Padres. Estaba llevando el futuro de la iglesia y de Abonim. Estaba portando el honor de Dios mismo. Así que aunque se cayera muerto de cansancio la llevaría hasta el final.

A las 4 y media de la madrugada, todos llegaron juntos por fin a la casa. Fue entonces cuando los miembros locales vieron lo maltrechos y cansados que estaban. Tenían los pies llenos de ampollas que sangraban, estaban cubiertos de polvo y suciedad, y tan exhaustos que apenas podían enfocar sus ojos. Un grupo entró en la casa para comer, mientras que el resto descansaban. Cuando todos acabaron de comer fueron llevados a varias casas donde podrían dormir.

— Bienvenidos a casa — les decían las familias que los albergaban — Por favor, pasad adentro.

Los viajeros agradecidos entraban y caían de bruces en las esterillas preparadas para ellos. Al cabo de un momento estaban completamente dormidos. La mayoría de los anfitriones tenían que ir a dormir a otro sitio porque en sus casas no quedaba sitio para ellos.

A la mañana siguiente, después de unas horas de sueño todo el mundo estaba despierto. Frotándose los ojos y medio dormidos se reunieron en la casa que servía de lugar de reunión. El Dr. Lee explicó el plan del día — Hoy iremos a la ciudad y nos encontraremos con el resto de los miembros de la iglesia. Podréis partir de nuevo después de comer, aunque a mí me gustaría que pudierais quedaros otra noche más.

Formaron filas y se pusieron en marcha, no echando cuenta de las agujetas ni de las ampollas de los pies. Simplemente pusieron un pie delante del otro y comenzaron a moverse. Cuando llegaron cerca del centro de la ciudad marcharon de nuevo al son del silbato y desplegando las pancartas en el aire. Los peatones y los coches se paraban para verlos. Los policías se aproximaron para ver de cerca aquel misterioso batallón.

— ¿De dónde vienen estos infelices? — preguntaban los boquiabiertos peatones — ¿Van a alguna batalla o algo por el estilo? ¿Son refugiados?

— He oído que han venido caminando desde Seúl.

— ¡No me digas! ¿Y por qué hacen eso?

Se corrió la voz de que eran miembros de la Iglesia de Unificación que habían venido marchando desde Seúl, y se reunieron cada vez más gente para verlos.

Al final, llegaron al centro regional de la iglesia, y todos se acomodaron como pudieron en cada trozo de suelo disponible, para tomar el arroz y el kimchi que les sirvieron de desayuno.

— Ahora nos ocuparemos de vuestras heridas — dijo el Dr. Lee cuando terminaron de desayunar. Reunieron todos los vendajes que pudieron encontrar y se pusieron a curar y vendar las heridas de los pies. No era fácil en aquellos días encontrar suficientes vendajes, así que el Dr. Lee se disculpó afligido.

— Siento mucho que no tengamos suficientes vendajes para curar vuestros pies.

Ellos simplemente sonrieron agradecidos por lo que habían podido ofrecerles.

Pronto llegó el tiempo de emprender la marcha hacia la ciudad que era su destino final.

— Es hora de formar — llamó el Sr. Lee. Los expedicionarios se pusieron en pie sin quejarse y formaron larga columna de a dos.

¡Manse! — gritó todo el mundo juntos — ¡Manse! ¡Manse!

Quizás sus piernas eran débiles, pero sus gritos eran muy fuertes. Seguramente se oyeron desde una punta a otra de la ciudad. El silbato comenzó a sonar, indicando la partida. Los pies empezaron a moverse. Las caras se contraían de dolor. Los pies se arrastraban. Pero estos soldados celestiales apretaron los labios y pusieron una expresión de determinación en sus caras. Seguirían adelante a pesar de todo. Los miembros de Taijun marcharon con ellos por más de una hora hasta que estuvieron bastante fuera de la ciudad.

¡Manse! — gritaron al unísono de nuevo — ¡Manse! ¡Manse!

¡Annyong-i kaseo! (Id en paz) ¡Annyong-i keseo! (Quedad en paz) — Se despidieron unos de otros.

Los miembros de Taijun observaron como los 120 soldados celestiales desaparecían en la última curva del camino.

¡Prrr, prrr, prrr! ¡Prrr, prrr, prrr! Sonaba el silbato. Aún les quedaba unos 200 kilómetros de marcha.

En esta conmovedora historia, en la que los miembros trataron literalmente de seguir las penosas huellas del Padre Celestial, casi podemos sentir su dolor mientras marchaban con los pies ensangrentados, ofreciendo una condición simbólica para el Cielo.

 

45. El curso de Omonim

por Linna Rapkins


Le gustaba la paz y la tranquilidad. Le encantaba leer y escuchar música. Era inteligente y buena estudiante. Su vida era tranquila y protegida. Era como una hermosa flor dentro de un invernadero, separada del resto del mundo. De repente, fue arrojada en medio de una ruidosa batalla donde la gente de su alrededor se esforzaba en dar testimonio y tratar de restaurar el mundo. Era como una balsa que flotaba en una turbulenta corriente. El 16 de Marzo de 1960 (según el calendario lunar) se convirtió en la esposa de un hombre a quién sus seguidores llamaban su Verdadero Padre. Hak Ja Han se convirtió de repente en la Verdadera Madre de toda aquella gente.

Las mujeres de la iglesia en 1960 estaban muy ocupadas día y noche. Cocinaban, limpiaban, cosían, iban de compras y, aparte de todas estas tareas, también encontraban tiempo para dar testimonio. Algunas de estas mujeres tuvieron dificultades en aceptar a la nueva esposa de Abonim, Hak Ja Han. Sabían que estaba destinada a ser la Verdadera Madre del mundo entero. ¡Su Verdadera Madre! Sin embargo, casi todas eran mayores que ella, habían nacido antes y se habían unido a la iglesia antes.

Algunas de estas mujeres pensaban — Es joven e inmadura. ¿Cómo puedo respetarla? — Otras incluso pensaban que ellas mismas hubieran podido ser una mejor esposa de Abonim. Amaban mucho a Abonim y trataban de no quejarse, pero sus sentimientos de celos se hacían más fuerte cada día.

— ¿Cómo tenemos que llamarla? — Se preguntaban unas a otras — ¿Tenemos que llamarla Hak Ja Nim? (En coreano, Nim después del nombre significa que se muestra un gran respeto por la persona)

Algunas se sentían incómodas con este tratamiento. — ¿No sería extraño para la gente de fuera que la llamáramos Hak Ja Nim? — decían — Para sus ojos, sólo es una cría.

— En realidad, pienso que deberíamos llamarla Omoni (madre) — dijo una de las mujeres.

— Quizás, incluso sería más correcto llamarla Omonim (Honorable Madre) — comentó otra.

— Bueno, sólo hace cuatro años que entró en la iglesia, y no ha dado testimonio ni ha ido a ninguna condición de 40 días — discreparon las demás.

— Tengo que deciros — anunció una mujer — que he recibido en un sueño la revelación de que ella es sólo la madre de la etapa de crecimiento.

Otra mujer añadió — Ahora que los mencionas, he tenido también un sueño en el que se decía que ella está en el papel de Juan Bautista y que la verdadera esposa de Abonim aparecerá más tarde.

Las mujeres razonaron de esta manera — Ahora todo tiene sentido. Una joven inmadura para la etapa de crecimiento y una mujer educada y capaz para la etapa de perfección.

Una puso una objeción — Aún así, nació el mismo día que Abonim. Así que puede que sea la esposa adecuada para él.

— Bueno, eso es lo que ella y su madre dicen — contestó otra — ¿Y si es mentira? ¿Tenemos alguna prueba que nació en esa fecha?

— No, no tenemos — contestaron varias — ¿Y si fuera todo un truco?

— Creo que debemos observarla y ver todo lo que hace — dijo una — Si falla, Abonim se deshará de ella.

— Está bien. Vigilaremos cada movimiento que haga.

Una de las mujeres mayores tenía otra preocupación — ¿Y qué pensáis de su madre, Soon Ae? — preguntó — Seguramente estará pavoneándose ahora de que su hija es la esposa de Abonim, cuando hace sólo cuatro años que está en la iglesia.

Varias mujeres estaban de acuerdo — Debo admitir que yo también he pensado lo mismo — dijo una.

Otras mujeres daban riendas sueltas a sus sentimientos — Supongo que ahora vivirá como una reina.

Estas mujeres no eran malas, solamente estaban confundidas. A algunas de ellas Dios les había dicho — Tu serás la novia del Mesías — Quizás no sabían que a veces se recibían falsas revelaciones. No sabían que deberían orar mucho para comprender su significado y ser muy cuidadosas con los sueños y revelaciones que recibían. Puede que lo que Dios trataba de decirles era que todas las mujeres son las novias del Mesías en un sentido espiritual.

Soon Ae se iba secando las manos agitándolas en el aire mientras salía apresuradamente de la cocina y se dirigía al edificio central de la iglesia de Chung Pa Dong.

— Me pregunto por qué me habrá mandado llamar Abonim — pensaba. Su hija se había convertido en su esposa, las cosas habían cambiado mucho.

— Ahora no sé cómo comportarme — murmuraba para sí misma — ¿Cómo se supone que debe actuar la madre de la esposa del Mesías? — Hasta ese momento Abonim no le había pedido hacer nada. De hecho, era como si se hubiera olvidado de ella. Y, para empeorar las cosas, apenas había podido estar con su querida hija.

Subió las escaleras y pidió permiso para entrar en la pequeña habitación de Abonim. Sus zapatillas las había dejado al pie de la escalera, así que todo lo que tuvo que hacer era inclinarse y sentarse en el suelo delante de él, con la mirada baja como muestra de respeto.

— Tu hija está bien — dijo Abonim, sabiendo lo mucho que deseaba oír esas palabras — Won Bok está haciendo un buen trabajo cuidando de ella y educándola.

Ella asintió con la cabeza, agradecida por aquellos comentarios sobre su hija. Cuánto deseaba hacerle más preguntas sobre ella. Cuánto deseaba ir a ayudar a su hija, pero ella permaneció en silencio.

Abonim continuó — Ahora tengo que darte unas instrucciones. Debo pedirte que, a partir de ahora, dejes de pensar en ella como tu hija. Tu la criaste. Tu la ofreciste al Padre Celestial. Ahora ya no es más tu hija — le dijo mirándola intensamente — ¿Puedes aceptar esto?

Sería muy duro para cualquier madre aceptar una dirección así, pero ella amaba a Abonim y le obedecía en todo. Su mismo nombre, que se lo había dado un Pastor, significaba "Obediente Amor."

— Sí, Abonim — dijo en voz baja sin levantar la vista — Puedo aceptarlo.

— Bien — dijo — entonces Won Bok Choi será su madre a partir de este momento. ¿Lo comprendes?

— Sí — contestó ella. En su corazón, quizás no comprendía completamente todas las cosas, pero sentía que lo que se le estaba pidiendo era una cosa muy importante. En aquellos momentos, aunque era su suegra, se sentía como su hija y su corazón batía lleno de amor por su padre. Estaba a punto de marcharse, cuando recibió otra sorprendente dirección.

— Además, deseo que te mantengas lo más alejada posible — dijo — Si vienes al servicio dominical o cualquier otra actividad, debes entrar por la puerta trasera y sentarte en los últimos lugares. No pidas verla a ella o verme a mí. Simplemente sigue con tu trabajo en la cocina y sirve a todos con humildad — haciendo una pausa, añadió con bastante firmeza — Y sobre todo, nunca debes decir a tu hija que te compadeces de ella o que desearías que no hubiera tenido esta posición. Si le hablas así, será el mayor de los delitos que puedas cometer. Le harías un daño terrible a ella, a ti misma y a todas las mujeres.

En los días siguientes, mientras trabajaba en sus obligaciones, la Sra. Hong sentía como si ya no tuviera familia ni amigos. No podría visitar a su hija. Los miembros de la iglesia se sentían incómodos a su lado, no le hablaban y ni siquiera la miraban, y algunos incluso parecía que la odiaban. ¿Por qué? ¿Qué había hecho ella? Estaba muy sola. Debido a estas dificultades enfermaba a menudo. El estrés le afectó al estómago y tuvo que soportar muchos dolores. Durante meses, sólo pudo comer una poca cantidad de arroz. Se quedó consumida y muy delgada.

Las demás mujeres se dieron cuenta de la vida tan difícil que llevaba y no tardaron en apiadarse de ella.

— Mira el trato que recibe — decían — es una proscrita, un don nadie. Tiene que entrar y salir por la puerta de servicio. No tiene amigos. No tiene familia. No me gustaría estar en su situación, pobre mujer.

Durante estos difíciles años, Soon Ae Hong se concentró en su amor por el Padre Celestial y los Verdaderos Padres. Pensó en cómo había conocido la "Orden del Santo Señor" y la "Iglesia del Vientre" y luego al mismo Abonim. Según sus noticias, ella era la única persona que había estado en estos tres grupos tan importantes y sabía que Dios la había estado guiando. Por lo tanto, sería fiel siempre. Nunca abandonaría su fe.

Nadie podía saber en aquel momento que era muy importante que la Sra. Hong fuera rechazada y sufriera y que, a pesar de ello, nunca se quejara. Nadie podía explicárselo a ella, para que así le resultara más fácil soportarlo. Era una prueba que la mayoría de las mujeres no habrían podido pasar. Soon Ae caminó a duras penas adelante, protegiendo su fe como a una vela encendida en medio de un vendaval.

Muchos años más tarde, Abonim alabaría y honraría a Soon Ae por su fe. Incluso gentilmente le pincharía recordándole lo estricto que había sido con ella en aquellos días. Finalmente le otorgó el título celestial de Daemonim (Gran Madre). Pero, en aquellos años difíciles de la iglesia de Chung Pa Dong, no había las más mínima señal de que eso ocurriría en el futuro.

También, la vida de Hak Ja Han cambió completamente de un día para otro. Un día estaba tranquilamente estudiando en Chun Chon y, un mes más tarde, se encontraba casada con Abonim. Ahora, todo el mundo la observaba para ver si sería una buena esposa y una buena madre. En lo profundo de su corazón, sabía que Dios la había preparado para esta misión. Había sido entrenada para soportar la soledad, trabajar duro, perseverar y mantenerse pura a los ojos de Dios. También había aprendido a amar la maravillosa creación de Dios.

Por una parte, no había nada preparado para su nueva vida. A su madre no se la permitía visitarla. Su marido siempre estaba con los miembros de la iglesia o en las montañas orando o en su pequeña habitación meditando y orando. Sus discípulos más cercanos siempre estaban a su alrededor. Ella vivía en un edificio separado, y de vez en cuando Abonim venía a visitarla. Aunque nadie le decía nada personalmente, podía sentir los celos de las demás mujeres de la iglesia. Podía sentir cómo sus ojos la vigilaban, dispuestas a criticarla si fallaba en la más mínima cosa. No sólo se sentía rechazada por los miembros, sino también por Abonim. Nunca le hablaba de las cosas o le confiaba secretos o compartía sus sentimientos con ella. No le pedía su opinión para nada. Nunca le preguntaba como estaba. A veces era dulce y amable, pero al día siguiente era frío y dictatorial. De hecho, la trataba más como una sierva que como una esposa. Siempre que Abonim daba una charla, ella tenía que asistir, pero debía entrar por la puerta de atrás y sentarse en el fondo del salón. Derramó muchas lágrimas.

A principios del verano, se enteró de que iba a tener un bebé. Mientras que un calor sofocante invadía toda Corea, trataba de ocultar sus ganas de vomitar y mantenerse activa.

La comida en aquel tiempo era mejor que en los primeros días de la iglesia, pero aún así muchas veces comían granos de cebada en vez de arroz. Los coreanos sabían que sólo la gente pobre comía cebada, sin embargo, el arroz era demasiado caro para los miembros de la iglesia. Abonim insistió que ella también debería comer arroz y cebada como todos los demás.

Cada vez que Abonim viajaba con el jeep para visitar a los miembros en otras ciudades o pueblos, ella le acompañaba. Los veranos en Corea son siempre muy calurosos y viajar dando botes en un polvoriento jeep y con el viento dándote en la cara era casi insoportable. El viento pasaba a través de las mangas de encaje de su vestido coreano, pero no era un remedio para el calor húmedo y pegajoso de Corea.

¡Oh, cuánto echaba de menos a su madre! Si pudiera solo estar un rato con ella y descansar en sus brazos. Estaba constantemente cansada. Y siempre sentía una soledad sobrecogedora. Incluso las flores de la isla de Cheju le hubieran hecho sentir menos soledad. Al menos allí, cuando estaba sola en la isla, no había cientos de ojos observándola a cada momento.

Poco a poco, cuando soplaba el viento invernal del norte, fue llegando el tiempo de dar a luz a su bebé. Llamaron a la doctora Kim. Las mujeres que vinieron a ayudar se daban cuenta de lo importante que era aquel día. Mientras preparaban las cosas para el feliz acontecimiento, comenzaron a cantar llenas de alegría una canción improvisada que iban componiendo mientras cantaban — ¡El príncipe ha llegado! ¡El príncipe ha llegado! ¡Aleluya, por fin el príncipe ha llegado!

Aquel día, el 11 de Diciembre de 1960 (según el calendario lunar) nació el bebé. ¡Era una niña, una pequeña princesa! Su nombre era Ye Jin. Pero, ¿creéis que Omonim fue felicitada? Probablemente, no demasiado, pues todos los miembros estaban esperando que fuera un niño. Se sorprendieron que naciera primero una niña.

— ¿Veis? — dijeron algunos — Ni siquiera ha podido tener un primogénito varón. Ha fallado.

Después de este primer año de matrimonio, casi todo el tiempo de Omonim estaba dedicado a tener hijos, darles de mamar y cuidar de ellos. Aún así tenía que viajar siempre que fuera posible con Abonim, pero muchas veces tuvo que quedarse en casa. La Sra. Choi le ayudó a cuidar de la pequeña Ye Jin Nim.

Dos años más tarde, el 3 de Diciembre de 1962, nació el segundo bebé en la misma habitación. Esta vez era el hijo que todo el mundo había estado esperando, y su nombre era Hyo Jin. El Sr. Eu fue el encargado de cuidar de él.

Dos años y medio más tarde, nació el tercer bebé, una niña, In Jin. Y justo un año y tres meses después, nació el cuarto bebé, un segundo hijo llamado Heung Jin. Por aquel tiempo, Ye Jin Nim tenía casi seis años de edad, Hyo Jin Nim casi cuatro y In Jin Nim, un año. Cuando terminó el primer periodo de 7 años, Omonim ya había dado a luz a cuatro hijos y estaba embarazada del quinto, una hija llamada Un Jin.

Después de tres años de matrimonio, Omonim se trasladó a la habitación de Abonim en la iglesia de Chung Pa Dong. Ahora ya no estaría tanto tiempo sola. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que había cambiado los antiguos problemas por una serie de nuevos problemas. Abonim y Omonim tenían una pequeña habitación para ellos. Todo lo que tenían que hacer era cerrar las puertas correderas para tener paz y tranquilidad, ¿no es cierto? Desafortunadamente, las cosas no eran tan sencillas. En primer lugar, las paredes eran tan delgadas que se podía oír todo lo que se decía en la habitación incluso cuando las puertas estaban cerradas. En segundo lugar, siempre había gente en la habitación hablando con Abonim hasta altas horas de la madrugada, las doce, la una, las dos e incluso más tarde. Noche tras noche, el cuerpo de Omonim pedía a gritos un descanso, pero no podía echarse a dormir en el suelo mientras hubiera gente todavía en la habitación.

— ¿Qué puedo hacer? — pensaba — Me caigo de sueño pero estas reuniones son muy importantes y yo no quiero interrumpirlas.

Entonces, tuvo una idea.

¡El baño! — pensó — a esta hora no habrá nadie en el baño —. Así que se iba al baño, se sentaba en el frío suelo, se reclinaba en la pared y de inmediato se quedaba dormida exhausta. Sólo cuando todos los miembros se habían ido y Abonim acababa sus oraciones, podía volver a su habitación y dormir adecuadamente.

Al cabo de dos o tres horas de sueño, Abonim se despertaba de repente y llamaba a la Sra. Choi o al Sr. Eu. Su preocupación eran los problemas del mundo. ¡El tiempo para dormir en esa noche se acababa bruscamente! En pocos minutos, Omonim tenía que levantarse y estar presentable debido a que unos minutos eran lo que tardaban en entrar en la habitación la Sra. Choi o el Sr. Eu. La familia Eu dormía en la habitación contigua a la de los Verdaderos Padres y la Sra. Choi dormía con frecuencia en el salón de estar. Muchas veces dormían vestidos para así poder ir rápidamente cuando Abonim les llamaba. Omonim tenía que ser más rápida incluso que ellos.

Mientras tantos la Sra. Hong tenía sueños. Noche tras noche, el sueño era el mismo. Su hija venía corriendo hacia ella. Llevaba la bata de dormir y tenía el pelo suelto ondulándose a merced del viento. La Sra. Hong podía ver que estaba muy, muy cansada y sus ojos estaban rojos de tanto llorar. Colapsaba en los brazos de su madre y gritaba — ¡Oh, estoy tan cansada y tengo tanto sueño! — Cuando la Sra. Hong se despertaba no podía ir a ver a su hija y consolarla. Sólo podía revivir su sueño en silencio y llorar en silencio.

Había días en los que Omonim pensaba que no iba a poder continuar — Todos piensan que debería ser ya perfecta — se decía a sí misma — Pero, claro que no lo soy. ¡El estándar para ser la Verdadera Madre es demasiado alto! ¡Es casi imposible de alcanzar!

Mientras que Omonim fue a través de este curso de 7 años, nadie le explicó por qué tenía que ser tratada de aquella manera tan terrible. Nadie le comentó — Ves, Abonim te está haciendo sufrir por un propósito. Hay una razón —. Nadie le dijo — No será así para siempre. Persevera durante 7 años y luego las cosas serán mucho mejor —. Nadie le explicó — Debes comenzar desde el fondo, como una sierva, antes de poder alcanzar la cima como la Verdadera Madre.

Los tres primeros años, Omonim sufrió sola. Los cuatro últimos años no sólo Omonim sufrió sino que también sufrieron sus hijos. Todos vivían juntos en el pequeño apartamento dentro de la iglesia. Como niños que eran, lo que querían era correr por todas partes, gritar, jugar y divertirse. Pero siempre había alguien que les decía — ¡Chisss! Abonim está enseñando... ¡Silencio! Abonim está orando — Y, constantemente, los adultos les observaban para ver si eran buenos niños.

Al cabo de algunos años las cosas fueron mejor. Se compró una casa al lado de la iglesia en donde pudo vivir más tranquila con su familia. La primera cosa que hicieron fue abrir una puerta que comunicaba directamente la casa con la iglesia, así que después de todo no pudo disponer de tanta privacidad. Pero, al menos, ahora los niños tenían un poco de más espacio y no tenían que estar todo el tiempo quietos y en silencio.

En aquellos años hubo también buenos momentos para Omonim. Por una parte, La Sra. Choi la amaba mucho y se cuidó muy bien de ella, como si fuera su madre real. Omonim recibió mucho consuelo de su parte.

La parte más maravillosa fue que el Padre Celestial nunca se olvidó de Omonim, y a menudo la abrazaba con Su amor y le daba mucho ánimo. Ella aprendió que cuando alguien pasa por penalidades, el Padre Celestial se acerca a esa persona. El Padre Celestial se siente atraído por los corazones sufrientes y solitarios, debido a que Su propio corazón ha estado sufriendo y en soledad por miles y miles de años.

También, a pesar de las quejas de algunos miembros, hubo otros que fueron muy amables con ella y realmente trataron de ayudarla. De esta manera, aprendió a experimentar ambas cosas, sufrimiento y alegría, rechazo y amor.

El 31 de Diciembre de 1967, el primer curso de 7 años de Omonim llegó a su fin. Abonim la había tratado como una sierva. La había tratado como a una hija. La había tratado como a una hermana menor. Pasando a través de todas estas pruebas, ella se había sacrificado completamente a sí misma. Había mostrado a Abonim una obediencia absoluta. Le había entregado todo su amor. Nunca había permitido que la dominaran los sentimientos de desánimo o los deseos de abandonar. Había sido completamente obediente y, sobre todo, nunca se había quejado. Había madurado hasta el punto de calificarse como la Verdadera Madre.

Ese día, Abonim oró en frente de todo el mundo — Querido Padre Celestial, por favor, mira a tu preciosa hija. Ha tenido éxito. Ha sufrido durante 7 años, pero ha logrado la victoria. Por favor, bendícela ahora — Mientras oraba las lágrimas le corrían por las mejillas, pues le había dolido muchísimo el haber tenido que hacerle sufrir durante 7 años para educarla apropiadamente. Había tenido que ser como el más estricto de los maestros, el más estricto de los padres para estar seguro que esta joven e inmadura mujer creciera adecuadamente y se perfeccionara paso a paso. Nadie se había dado cuenta de cuanto dolor había sentido en su corazón durante ese tiempo.

Al día siguiente, el 1 de Enero de 1968, Abonim anunció el primer Día de Dios. Mucha gente comprendió entonces el importante papel que jugó la Verdadera Madre en la creación del Día de Dios. Después de aquello, muchos miembros se arrepintieron de la manera que habían tratado a Omonim.

— Estamos muy apenadas de habernos quejado de ella — lloraron — Ahora podemos ver que es de verdad nuestra Verdadera Madre. Podemos ver que es la única esposa de Abonim. Y también deseamos que la Sra. Hong sea tenida en gran estima. Son, verdaderamente, la familia central del Cielo.

Omonim permaneció en silencio, meditando sobre estas cosas en su corazón, y no guardando malos sentimientos hacia nadie.

Aunque Soon Ae tuvo que entregar a su preciosa hija a Dios, más tarde sería honrada como Daemonim (Gran Madre). Cuando Dios nos arrebata a alguien o algo, es para hacernos más puros para así poder devolvernos todo lo que nos ha quitado multiplicado por mil. En el fondo de sus corazones, Daemonin y Omonim comprendieron esto y mantuvieron su fe a través del oscuro túnel hasta alcanzar la luz de gloria.