CONSTRUYENDO UN MUNDO DE VERDADERO AMOR

Una introducción a los Principios de la Unificación


Introducción

Estamos a las puertas del siglo XXI, entrando en un nuevo milenio. Ante la gran expectativa que hechos así suelen crear, unos se apresuran a vaticinar para esas fechas el cumplimiento de antiguas profecías de un apocalíptico fin del mundo, fruto de la maldad del hombre o del juicio divino. En cambio otros, con optimismo y esperanza, ven venir para toda la humanidad una era de paz y prosperidad, de despertar espiritual y de justicia social.

Independientemente de como veamos el futuro, debemos preguntarnos si en los tiempos que nos ha tocado vivir, con todo el progreso tecnológico y la abundancia material que nos rodea somos ahora individuos mejores y más felices, o personas más cariñosas, sensibles y responsables. Desgraciadamente, si somos sinceros, la respuesta no puede ser afirmativa.

La tecnología ha traído consigo una mayor producción y mejora de los bienes de consumo, pero no ha logrado el bienestar de nuestras familias y comunidades. Aunque el conocimiento actual del mundo se ha multiplicado enormemente, no somos plenamente conscientes de la dimensión espiritual y afectiva de la vida. Siguen vivos entre nosotros el mismo odio, la intolerancia y la incomprensión que han provocado a lo largo de la historia la separación entre pueblos, naciones y razas.

El mundo se ve plagado de problemas que parecen insolubles, como guerras, hambre, polución medioambiental, drogas, SIDA, crisis del sistema familiar, delincuencia, suicidio, etc. ¿Quién tiene la solución a estos problemas? Las instituciones gubernamentales no parecen tenerla, ni podemos esperar que la tengan. Tampoco parece que la solución definitiva esté en los avanzados laboratorios de investigación científica. Por otro lado, las religiones tradicionales, a pesar de sus sinceros esfuerzos y de su dedicada labor a lo largo de los años, se han visto incapaces de evitar la crisis moral actual que ha provocado gran parte de esos problemas. Incluso en nuestros días ha quedado en entredicho la autoridad moral que en otros tiempos ejercieron las iglesias.

Se necesita una nueva expresión de la verdad

Los problemas que presenta nuestra sociedad no son radicalmente nuevos. Un análisis profundo de la situación que atraviesa nuestra civilización moderna nos llevaría finalmente a ahondar en las raíces mismas de la humanidad, en los orígenes de su historia. A lo largo de la misma vemos que el hombre ha intentado continuamente buscar la felicidad, sin que al mismo tiempo pudiera evitar actitudes y comportamientos que le conducían inevitablemente a la infelicidad y al mayor de los vacíos.

¿Por qué a pesar de ese deseo de paz y hermandad los seres humanos nos vemos envueltos en tanto conflicto y dolor? ¿Estarán destinados a coexistir el amor y el odio, el bien y el mal, como creen muchos? ¿Debemos renunciar a una paz duradera y a la completa armonía entre los hombres? Si nuestro mundo es la creación de un Dios de amor, ¿por qué hay tanto sufrimiento?

Estas y otras muchas preguntas tienen que ver con la esencia misma del ser humano. ¿Qué propósito tiene la vida? ¿Cuál es el origen y el destino del hombre? ¿Existe Dios? ¿Cómo poder conocerle? La humanidad ha intentado responder a estas preguntas por medio de la religión, un camino interior y espiritual, y por la ciencia, un método para estudiar el mundo que nos rodea. Sin embargo, la religión y la ciencia nos han dado respuestas contradictorias, ayudando a sembrar la confusión y el conflicto. Para superar este callejón sin salida, la religión y la ciencia deben llegar a armonizarse por medio de una comprensión más elevada de la verdad que sea capaz de explicar los aspectos espirituales y materiales de la vida, a través de una misma cosmovisión.

Para que esta comprensión más elevada de la verdad cause un verdadero impacto en el mundo debe ser capaz de resolver las contradicciones que existen entre las diferentes religiones y dentro de cada una de ellas, creando las bases para la reconciliación entre estas religiones y las culturas que se desarrollaron a su amparo. Las principales religiones, basadas en enseñanzas dadas en un pasado remoto, tienen dificultades para satisfacer la búsqueda intelectual de las personas de nuestro tiempo. Esta nueva expresión de la verdad debe aclarar por tanto el significado de la Biblia y de las demás escrituras sagradas, abriendo el camino para que las religiones del mundo puedan resolver sus luchas internas y sean un motor para construir un mundo de paz.

Además, debe revelar la verdadera naturaleza de Dios para que seamos capaces de acercarnos a El por la 1ógica y por el corazón, y así, fortaleciendo nuestra conciencia, conducirnos a llevar una vida de amor y bondad. La nueva verdad tiene que descubrir la causa de las contradicciones latentes en el corazón humano, y enseñarnos a resolver el conflicto entre la mente y el cuerpo. Si logramos vivir en paz dentro de nosotros mismos, como individuos, entonces podremos darle una auténtica oportunidad a la paz en nuestras familias, en nuestras comunidades, en las naciones y en el mundo.

Esta publicación da a conocer, de forma resumida, los "Principios de la Unificación", una nueva y revolucionaria comprensión de la verdad basada en las enseñanzas del reverendo Sun Myung Moon, fundador de la Iglesia de Unificación. Los Principios son fruto de la inspiración divina, de la oración y del estudio de las escrituras sagradas así como de una vida absolutamente dedicada al servicio de los demás. La profundidad que aportan se base en gran parte en el sendero de lágrimas e intenso sacrificio que Sun Myung Moon ha debido recorrer durante toda su vida.

Los Principios de la Unificación contienen tres partes principales, la primera trata de la naturaleza de Dios y el propósito de la creación del hombre y del universo; la segunda, explica el origen del mal, la causa que ha llevado al hombre a vivir en conflicto y dolor, incapaz de realizar el potencial de amor para el que fue creado; la tercera parte, finalmente, nos da a conocer el trabajo de Dios en la historia para restaurar a la humanidad y establecer un mundo ideal de verdadero amor.

Con la lectura de estas páginas quizás sea difícil tener una comprensión completa y definitiva de los Principios, pero a quien pueda entrever su capacidad para enriquecer la propia vida, le animamos a que profundice en su estudio.

 

CAPITULO PRIMERO

El propósito de la vida


El hombre y el universo, reflejos de Dios

La armonía, la precisión y el orden son evidentes en la naturaleza y en nuestro vasto universo. A lo largo de millones de años, los ciclos de la vida, de la naturaleza y del universo se han perpetuado con una precisión admirable. Cuesta creer que este universo maravilloso sea fruto del azar. Todo lo que existe, aun la más pequeña partícula o célula, tiene un cierto propósito. Cada parte del cuerpo humano, por ejemplo, cumple una función única y distinta, y al mismo tiempo se relaciona con otras partes del organismo para lograr el propósito más elevado de mantener la vida. Tiene que haber un origen de ese diseño universal, una primera causa que de sentido a todas las cosas y que mantenga la armonía del universo. Esta causa es Dios.

A lo largo de la historia, la humanidad ha intentado comprender esta primera causa. Las religiones nacieron para guiar a los hombres en sus esfuerzos por unirse a esta fuente de vida. Tres de las religiones principales del mundo, el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, enseñan que Dios es nuestro Creador y que es un ser de amor.

Pero, ¿cómo podemos llegar a conocer a nuestro Creador si es invisible e intangible y, por tanto, ajeno a un método científico de investigación? De acuerdo a las escrituras de muchas religiones, la naturaleza de Dios se expresa en el mundo que El ha creado. Podemos entenderle estudiando el mundo que nos rodea.

"Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de Sus obras". Romanos 1:20

Al igual que la obra de un artista nos dice algo de su personalidad, la naturaleza de Dios se refleja en las cosas que creó. Esta relación sigue el principio de causa y efecto. ¿Puede una causa caótica generar un mundo de armonía? ¿Puede un Dios sin corazón crear un mundo que emana belleza por todas partes? Desafiaría cualquier lógica. Por tanto, para comprender más sobre esta causa última, Dios, debemos estudiar su efecto, la creación.

Dios es padre y madre a la vez

¿Qué características comunes pueden encontrarse en el mundo creado? En primer lugar, todos los seres vivos tienen atributos masculinos o femeninos. En el reino mineral esta polaridad se ve en los elementos positivos y negativos de la materia, aspectos complementarios que denominamos características duales. Por tanto, en la creación existen hombres y mujeres, animales machos y hembras, y estambre y pistilo en las plantas. En los minerales descubrimos otras polaridades, como protones y electrones, cationes y aniones, valencias positivas y negativas. El mundo ha sido creado de tal forma que todo existe y se multiplica por medio de una relación recíproca de dar y recibir entre los elementos masculinos y femeninos, positivos y negativos de la creación.

¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto con relación a Dios? Si estas características duales existen en todo el universo, entonces Dios, como causa, debe encarnar no sólo la esencia de la naturaleza masculina en Su personalidad divina, sino también la esencia de la naturaleza femenina. De no ser así, ¿de dónde se originaría la naturaleza femenina? Debe venir del mismo Creador y Progenitor de la vida.

Por tanto, el hombre y la mujer son ambos expresiones de la esencia de Dios. De hecho, la más complete expresión humana del corazón y de la personalidad de Dios es la unión perfecta entre un hombre y una mujer. Algunas religiones llaman a Dios nuestro Padre Celestial, pero siendo Dios el origen de lo femenino, también ha de poseer necesariamente características maternales. Dios es como el Padre y la Madre de la humanidad y nosotros, los seres humanos, Sus hijos.

En Dios la masculinidad y la feminidad están perfectamente armonizadas. En la creación, por tanto, lo masculino y lo femenino, lo positivo y lo negativo, buscan la armonía y la cooperación, que se produce por medio de innumerables relaciones de dar y recibir. Por ejemplo, el cuerpo mantiene su vida gracias a la acción de dar y recibir entre las arterias y las venas, la inhalación y la exhalación. Ambos, animales y plantas, mantienen sus funciones por la acción reciproca de dar y recibir entre sus diversos órganos y sistemas. Los elementos materiales mantienen su existencia a través de las reacciones fisicoquímicas basadas en las interacciones de dar y recibir que se producen entre las partículas, los átomos y las moléculas. Incluso el sistema solar se base en la acción de dar y recibir entre el sol y los planetas en sus movimientos orbitales.

Hay una segunda dualidad o polaridad compartida por todos los seres que consiste en que todo ser, como individuo, posee un carácter interior y una forma exterior. El carácter interior le da propósito y valor a la forma exterior. Podemos observar que en cada nivel de existencia, la conciencia, la razón y las leyes conforman el comportamiento de la energía. Las partículas, los átomos y las moléculas se componen de energía como su aspecto más exterior, pero siguen las leyes invisibles de la naturaleza, que marcan su identidad interior. Las plantas, en su aspecto exterior, están formadas por células, pero siguen la guía de lo que los científicos llaman la mente vegetal, que dirige las funciones fisiológicas de la planta. Se ha descubierto que las plantas son sensibles a su entorno y responden a estímulos musicales y emociones humanas. El cuerpo de los animales esta compuesto también de células, pero siguen un instinto invisible que les guía. El ser humano, por último, tiene un cuerpo compuesto de células, pero, además, posee una mente que le permite pensar y sentir de una forma completamente diferenciada del resto de la Creación.

Ya que todo lo que creó tiene una forma exterior, visible, y un carácter interior, invisible, el propio Dios debe tener aspectos internos y externos en Su naturaleza. El aspecto exterior de Dios es la Primera Energía Universal, el origen de todas las energías perceptibles (por ejemplo, las energías solar y eléctrica, la fuerza de la gravedad, el magnetismo, etc.) y, por tanto, el origen de toda la materia. La Primera Energía Universal de Dios permitió la creación del universo, su desarrollo y su mantenimiento.

La naturaleza interior de Dios tiene que ver con Su personalidad y con los aspectos intrínsecos de la misma (motivación, propósito e identidad). Para comprender este aspecto basta con observarnos a nosotros mismos, ya que los seres humanos no sólo somos la creación divina con mayor complejidad y sofisticación, sino también con el mayor nivel de conciencia.

Los atributos principales de la mente humana son la emoción, el intelecto y la voluntad. Deseamos sentir el amor más grande, conocer la Verdad y vivir una vida buena. Valoramos la belleza de la naturaleza, nos deleitamos con la llegada de un nuevo niño, disfrutamos con la armonía de la música y la danza, y nos gusta expresar nuestra propia creatividad. Aspiramos a tener el mayor conocimiento, a satisfacer nuestra curiosidad insaciable. Nos gusta llevar a cabo acciones de las que sentirnos orgullosos. Nuestra conciencia nos empuja hacia el bien, y a rechazar una actitud injusta o egoísta. Todos anhelamos en nuestro interior un mundo de paz, de bondad y de armonía.

¿Cuál puede ser el origen de estas cualidades y aspiraciones comunes? No son fruto de nuestra propia creación. Tienen un origen común, que es nuestro Creador. Dios es la fuente de los valores que más deseamos, el amor, la verdad, la belleza y la bondad. El poder de Dios se guía por la razón y se basa en unos principios, pero se expresa por encima de todo en un impulso de amar, de dar amor incondicionalmente. El corazón es la esencia de Dios. El corazón de Dios y nuestro corazón nos empujan a amar y a buscar un objeto al que dar amor. Dios siente alegría cuando puede dar y recibir amor de Su ser amado. Dios nos ama a cada uno personalmente, y se regocija cuando correspondemos a Su amor y lo multiplicamos en los demás.

El sufrimiento de Dios

La alegría nace cuando tenemos una relación con un ser u objeto concreto que refleja o complementa nuestro carácter. Un artista siente alegría cuando es capaz de expresarse en su obra de arte. Un arquitecto siente satisfacción al ver terminado su edificio. Cada creación refleja el carácter invisible de su creador. Todos nos vemos reflejados en las cosas que hacemos. Dios también es así.

Dios siente alegría al verse reflejado en la creación. Dios quiere ver Su amor y Su ideal expresados en los seres de la creación. Dios tiene la capacidad de amar, pero necesita alguien a quien amar, de otro modo Su corazón no puede sentirse satisfecho. Nosotros, como Hijos de Dios, somos Su obra cumbre y, por tanto, tenemos la capacidad de recibir y corresponder a Su amor.

Los textos sagrados de diversas religiones ven al ser humano como una creación especial por haber sido creado a semejanza de Dios. La Biblia dice que el hombre fue hecho a imagen de Dios.

"He insuflado en el hombre mi espíritu". Corán 15:29

"Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra". Génesis 1:26

"El hombre superior refleja en su persona la gloria de las virtudes del Cielo". I Ching 35: El Progreso

La alegría más profunda se percibe en la relación entre padres e hijos. Todos las cualidades y rasgos interiores y exteriores de los padres se reflejan en los hijos, y estos, a su vez, tienen la capacidad de ampliar esas cualidades heredadas hasta nuevas dimensiones. Todos los padres se sienten orgullosos cuando ven que sus hijos prosperan; de hecho, desean que sus hijos sean mejores y más felices que ellos. Dios siente hacia nosotros con ese mismo corazón.

Sin embargo, el hombre no ha sido nunca capaz de corresponder plenamente al amor de Dios. Hemos nacido para vivir en el amor de Dios y sin embargo vivimos apartados de El, de nuestro padre eterno. No somos una autentica imagen de nuestro creador, no nos asemejamos a El completamente. Por el contrario, hemos generado un amor egoísta, incompatible con el amor desprendido y sacrificado de Dios. Su amor inmenso no encuentra respuesta. Dios está sólo en medio de Su creación, viendo sufrir a Sus hijos, víctimas de su propia maldad. Dios, como padre, sufre verdaderamente mucho más que nosotros al ver el estado penoso en que se encuentra la humanidad.

Hemos visto a Dios tradicionalmente como un ser autoritario, omnipotente, que desde lo alto se apiada de nosotros, pero no hemos sabido ver que Su corazón estaba roto. Nos hemos acercado a Dios como niños que ven a los padres con respeto y admiración pero que son incapaces de entender los problemas que padecen. A medida que maduramos espiritualmente percibimos esa situación penosa de Dios con mayor profundidad. Por medio de la oración y de una reflexión profunda todos podemos descubrir y sentir el corazón de Dios, Su soledad y Su pesar por la perdida de sus amados hijos, así como Su ferviente anhelo por recobrarnos.

La historia de la humanidad hasta nuestros días es la historia del esfuerzo de Dios por ayudarnos a cambiar y recuperar la íntima relación perdida. Dios no es un juez cruel que nos ve sufrir impasiblemente a la espera del momento oportuno para condenarnos por nuestras faltas. Todo lo contrario, es un padre desconsolado que intenta enseñarnos como salir de nuestra miseria. Por desgracia, le escuchamos pocas veces, y cuando lo hacemos, fracasamos a menudo en hacer lo que nos pide. Debemos vencer nuestras limitaciones y desarrollar el potencial que nos lleve a ser felices y hacer feliz a Dios. Debemos comprender el ideal de Dios para el hombre y la mujer y a través de hacer realidad ese ideal, experimentar una alegría verdadera que llene finalmente de alegría a Dios mismo.

El propósito de la vida es la perfección del amor

Según la Biblia, Dios dio a los primeros seres humanos tres bendiciones: "Creced, multiplicaos..., y dominad la tierra" (Génesis 1:28). La primera bendición, "creced", implica el llegar a ser perfectos o desarrollar nuestra personalidad de forma plena.

Un árbol es fructífero cuando alcanza la madurez y da fruto. De igual manera, un individuo alcanza la perfección cuando es maduro espiritual, intelectual y emocionalmente, y da frutos de amor, sabiduría y bondad. Un hombre o una mujer que llegan a este nivel encarnan la naturaleza y el corazón de Dios, tienen una relación tan íntima con Dios que sienten Su alegría o Su pena como suya propia y pueden comunicarse con El de manera completa. Una persona así vive y actúa naturalmente de acuerdo a la voluntad de Dios.

En el ideal de la creación, Dios quería que alcanzásemos la perfección en el amor y que fuéramos capaces de dar un amor verdadero e incondicional a todos los seres humanos y a todo el universo que nos rodea.

"Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan... Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial". (Mateo 5:44-48)

Jesús encarnaba el amor verdadero de Dios. "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre", llegó a decir en una ocasión. El verdadero amor nos lleva a sacrificarnos por los demás. En una relación ideal, sin embargo, ese sacrificio se ve recompensado, ya que la persona receptora desea de forma natural corresponder al verdadero amor. El verdadero amor es como un imán, atrae a los demás y les inspira a entrar de pleno en su dinámica. Los mayores santos y sabios del mundo, así como muchos de los grandes personajes ejemplares que han pasado a la Historia, se sintieron movidos por una fuerza mayor que ellos mismos, el poder del amor de Dios. Este amor les inspiró a negarse a sí mismos y a vivir por una causa más elevada.

Nuestro deseo de perfección se manifiesta en el hecho que todos ansiamos superarnos en el campo en el que nos movemos, en que aspiramos a lo más alto, a tener el mayor conocimiento y a experimentar el mayor amor. Todos tenemos un ideal del tipo de hombre o mujer con los que formar una familia, y nos gustaría tener los hijos más maravillosos del mundo.

Por otro lado, somos conscientes de nuestra imperfección; vemos la distancia que existe entre lo que nos gustaría ser y lo que somos. Es fácil identificarse con la situación descrita por el apóstol Pablo: "No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero" (Romanos 7:19). Nos sentimos desgarrados entre lo que nuestra conciencia nos pide que hagamos (o que no hagamos) y lo que nuestra naturaleza egoísta nos empuja a hacer. Nos vemos llenos de remordimientos o vergüenza al hacer cosas que contradicen nuestra conciencia. Mientras persista ese conflicto interno, nuestra perfección es imposible.

A pesar de que la humanidad se ha sumido en la mediocridad espiritual, Dios nunca ha dado por perdido Su ideal original, un ideal en el que cada individuo está llamado a alcanzar la perfección del amor. Con la ayuda de Dios y con nuestros propios esfuerzos lograremos finalmente cumplir este potencial. Alcanzaremos esa ilimitada alegría y felicidad original que hombres y mujeres han buscado a lo largo de la historia.

La segunda bendición de Dios a nuestros antepasados humanos fue la de "multiplicarse". Dios deseaba ver a un verdadero hombre y a una verdadera mujer formar un matrimonio, y juntos tener hijos que heredaran la naturaleza divina. Los hijos, educados por este tipo de padres, llegarían a ser también verdaderos hombres y mujeres ya que crecerían experimentado el amor paternal de Dios encarnado en su padre y el amor maternal de Dios expresado en su madre.

Este era el ideal de Dios. Pero, desgraciadamente nunca hemos tenido familias así en la historia. Los primeros padres de la humanidad, a los que la Biblia llama Adán y Eva, no pudieron lograr una familia ideal. En vez de transmitir bondad y amor a sus descendientes, multiplicaron egoísmo y corrupción. En consecuencia, no tuvimos unos "Verdaderos Padres" en el origen de la historia, progenitores de un linaje sin pecado. Nos hemos visto privados de verdaderos padres que viviesen con perfección en el amor de Dios.

De unos padres verdaderos surgirían una familia, una sociedad, una nación y un mundo verdaderos, donde se podría experimentar el amor de Dios como una realidad viva en el día a día. En una verdadera familia el amor de Dios florece en diferentes niveles, el amor de los padres hacia sus hijos, el amor conyugal entre marido y mujer, el amor filial de los hijos hacia sus padres y el amor fraternal entre hermanos. Si los miembros de una familia centrada en Dios viven estos tipos de amor en el hogar, la familia llegará a ser un modelo pare los vecinos, la comunidad, el país y para la gran familia humana. Estas familias son la base para la construcción del Reino de Dios en la tierra.

La fortaleza de una sociedad radica en la fortaleza de sus familias. Si no construimos familias sanas, no lograremos una sociedad sana. Si una sociedad niega la santidad de la unidad familiar tradicional está abocada al divorcio, la promiscuidad sexual y la homosexualidad. Una sociedad así declinará sin remedio. La razón estriba en que las principales víctimas del libertinaje y del deterioro del entorno familiar son los niños, y ellos son quienes van a decidir el futuro de nuestras comunidades, naciones y el mundo.

La tercera bendición, "dominad la tierra", se cumple de forma natural cuando individuos y comunidades que viven plenamente en el amor de Dios se relacionan con la Naturaleza. El maravilloso ambiente natural que nos rodea fue creado para enriquecer nuestras vidas. La belleza de la creación es una expresión del amor ilimitado de Dios por Sus hijos. Dios desea que nuestra relación con la creación se base en el amor y la apreciación, no en el egoísmo y la explotación. Por desgracia, ha s ido este egoísmo lo que ha motivado muchas de nuestras acciones dando lugar a la polución, la destrucción del ambiente y la extinción de las especies. Podremos resolver los problemas medioambientales cuando nos liberemos del egoísmo que corrompe nuestras sociedades.

Dios quería que los primeros antepasados humanos cumplieran estas tres bendiciones, estableciendo así el Reino de Dios del que Jesús hablaría más tarde. Este era el plan de Dios para construir un mundo de verdadero amor. No habría conflictos, ni destrucción, ni corrupción en ese mundo. Hombres y mujeres vivirían juntos armoniosamente como una gran familia. Podemos pensar que la construcción de un mundo ideal es poco menos que imposible. ¿Pero lo es realmente? Si Dios tuvo poder para crear el universo, ¿va a ser incapaz de cumplir Su deseo de un mundo ideal?

Como padre de la humanidad, Dios ha obrado a través de las diversas religiones para liberar a Sus hijos del mal y del egoísmo. Sin embargo, Dios no creó a los seres humanos como robots que pudieran ser manipulados apretando un botón. Nos creó con una voluntad y una responsabilidad personales. Por tanto, necesita de nuestra cooperación. Aunque Dios está decidido a lograr Su ideal original, el cumplimiento de este ideal en nuestra propia vida depende del nivel de respuesta de cada uno a la voluntad de Dios.

Libertad y responsabilidad

Considerando que fueron necesarios millones de años para la creación del universo podemos entender que es necesario un periodo de tiempo para la creación de cada uno de los elementos que lo componen. Nada llega a ser lo que es de forma instantánea. Una planta, por ejemplo, nace de una semilla y llega a su madurez una vez que ha crecido completamente, florece y produce las semillas de las que nacerá la siguiente generación. De la misma forma, los seres humanos necesitamos un periodo de tiempo para crecer física y espiritualmente.

En un contexto ideal, el espíritu y el cuerpo de una persona deberían crecer armoniosamente juntos de forma que cuando alcanzara madurez, lo fuera no solo física sino espiritualmente también. El cuerpo humano, con una alimentación y un cuidado apropiados, crece hasta la madurez automáticamente de acuerdo a la herencia genética. Sin embargo, con el crecimiento espiritual no sucede igual.

Dios dio a los seres humanos una capacidad creadora. Nos dio una libre voluntad y una mente original que tienden hacia la bondad y el altruismo. Al contrario que los animales y las plantas, cuyo crecimiento se ve controlado por las leyes de la naturaleza, los seres humanos se perfeccionan no sólo siguiendo los principios del crecimiento biológico, sino también cumpliendo una responsabilidad propia.

¿Por qué Dios le dio esa responsabilidad a los seres humanos y no a las demás criaturas? En primer lugar, Dios quería que, rigieran la creación con un amor responsable como hijos Suyos. Para concedernos esta autoridad, Dios tenía que elevarnos sobre todas las demás criaturas, haciéndonos responsables por el bienestar de la creación. En segundo lugar, Dios quería dar a cada ser humano el privilegio único de participar en el desarrollo y creación de su propia personalidad. En cierta manera, esto nos haría co-creadores con Dios y nos ayudaría a heredar la capacidad creadora divina. En tercer lugar, la responsabilidad tiene que ver con el amor. Para amar se necesita la libertad. Nadie, ni Dios mismo, puede forzarnos a amar. El amor que no surge libremente del corazón no es verdadero amor.

Sin embargo, si tenemos libertad también tenemos la capacidad de hacer mal uso de esa libertad. Por tanto, Dios dio al hombre y a la mujer una dirección, expresada en el mandamiento que recibieron Adán y Eva, para que pudieran mantenerse dentro del Principio mientras crecían hacia la madurez. Su responsabilidad era cumplir el mandamiento.

Cuando hombre y mujer alcanzaran la perfección, desarrollarían una naturaleza tan responsable y una unidad tan profunda con Dios que nunca podrían traicionarle. Por tanto, el hombre sólo puede apartarse de estos principios antes de alcanzar la perfección, mientras se encuentra en un estado de inmadurez espiritual. Y esto es precisamente lo que les ocurrió a los primeros antepasados humanos. No supieron utilizar debidamente la libertad que Dios les había dado en su camino de crecimiento hacia la perfección.

"Con un esfuerzo continuado, sinceridad, disciplina y autocontrol, edifíquese el sabio para sí mismo una isla inexpugnable frente a cualquier inundación". Damampada 25.

En la sociedad actual, se le da mucho énfasis a la libertad pero no se defiende con el mismo ardor la responsabilidad. Esta diferencia de criterios provoca, por ejemplo, el alto nivel de delincuencia y el aumento de la inmoralidad. Y esto, a su vez, ha fomentado un clima de miedo y desconfianza, que finalmente ha limitado substancialmente la libertad de todos, desde los ancianos que tienen miedo a salir de su casa, al temor de las mujeres a sufrir abusos sexuales en el trabajo. La solución a estos problemas sociales llegará cuando los individuos aprendan a valorar sus responsabilidades tanto como sus libertades.

¿Hay algo más allá de la muerte?

Aunque mucha gente cree que existe algún tipo de vida después de la muerte, no somos plenamente conscientes que ya en nuestras vidas físicas vivimos en dos dimensiones a la vez, el plano espiritual y el físico. Dios creó a cada ser humano con una dimensión física y una dimensión espiritual. Al igual que el mundo físico es el ambiente donde vive nuestro ser físico, el mundo espiritual es el ambiente para nuestro ser espiritual. Pero con la diferencia que nuestra vida en la tierra es temporal y nuestra vida en el mundo espiritual es eterna.

Dios, como padre de la humanidad y fuente del amor, nos creó para percibir Su amor por toda la eternidad. Durante nuestra vida en la tierra, principalmente en el entorno familiar, practicamos los diferentes tipos de amor que serán la base para nuestro eterno desarrollo del corazón. Una vez alcanzado el propósito por el que Dios nos creó en la tierra, no hay necesidad de prolongar la existencia física. Todos los cuerpos físicos envejecen y mueren de forma natural. Por esta razón, Dios creó un mundo espiritual además del mundo físico.

"Este mundo es una antesala del mundo que ha de venir; prepárate en esta antesala para que puedas entrar en el salón". Mishnah, Abot 4:21

"Ahora el hombre es fruto de su decisión; según su decisión en este mundo así será cuando deje esta vida". Shankara, Vedanta Sutra 1.2.1

En el ideal original de Dios, seríamos capaces ya en la tierra de relacionarnos con el mundo espiritual a través de nuestros cinco sentidos espirituales. Sin embargo, debido a que nos separamos de Dios y fracasamos en alcanzar la madurez espiritual, los sentidos espirituales se nos han bloqueado hasta el punto que hemos llegado a ser completamente ignorantes del mundo espiritual.

En nuestro tiempo, quizás el testimonio más dramático de la existencia de la dimensión espiritual ha venido de la mano de aquellos que han tenido experiencias cercanas a la muerte. Muchos de estos individuos, dados por muertos clínicamente, volvieron a la vida describiendo experiencias extraordinarias muy similares entre sí. Estos hechos descritos en diversos libros, como "Vida después de la vida", del doctor Raymond Moody, describir como las personas después de morir comenzaban a flotar fuera de sus cuerpos y a ver sus cuerpos a distancia. En muchos casos, otros espíritus se acercaban a ayudarles y, a menudo, podían reconocer parientes o amigos que habían muerto con anterioridad.

Mucha gente ha tenido experiencias que van mas allá de la percepción puramente física. Existen casos excepcionales en que las personas han sido capaces de comunicarse directamente con espíritus de hombres y mujeres ya fallecidos. En su libro titulado "Vida en el mundo invisible", Anthony Borgia transcribe las comunicaciones que recibió de un sacerdote de la Iglesia Anglicana ya fallecido. El clérigo inglés describe el mundo espiritual como un mundo semejante en apariencia al ambiente físico que nos rodea, con montañas, árboles y flores, pero con la diferencia que sus habitantes residen en diferentes niveles de acuerdo al grado de madurez espiritual que habían logrado durante su vida en la tierra.

La existencia de diferentes niveles o dominios está presente en los testimonios de muchas otras personas que se han comunicado con el mundo espiritual. No es Dios quien decide que nivel nos corresponde tras la muerte, sino que somos nosotros mismos quienes determinamos nuestro sitio en el mundo espiritual. Nuestro destino se corresponde en gran manera con lo mucho que hayamos aprendido a amar durante la vida en la tierra. Los grandes santos que han vivido en este mundo están en el mundo espiritual en los niveles más cercanos a Dios, en un reino de luz y calor. En cambio, aquellos cuyas vidas estuvieron marcadas por la avaricia y la codicia viven en un mundo desprovisto de amor. Un ambiente de bondad, por ejemplo, atrae a un alma cariñosa. Por tanto, los términos tan traídos y llevados de "cielo" e "infierno" no se corresponden simplemente con lugares concretos del más allá creados por Dios como premio o castigo, sino que son ambientes que han surgido en realidad frutos del mayor o menor desarrollo espiritual y la pureza de corazón de los hombres.

En el plan original de Dios, la dimensión espiritual, al igual que el mundo físico, no fue concebida como un lugar de tormento, miedo y castigo. Dios quería que fuera un lugar donde todos los hombres y mujeres, después de alcanzar la perfección, pudieran vivir en armonía con Dios y con sus familias por la eternidad. El ideal de Dios implica que todos los seres humanos, sin importar el tipo de vida que hayan llevado en la tierra, crecerán finalmente hasta el nivel más alto del mundo espiritual, ya que Dios, como nuestro padre, no podría soportar la pena de ver a un hijo Suyo eternamente separado de El. Por tanto, como creador todopoderoso, Dios logrará finalmente que todos Sus hijos vuelvan a El. Ahora bien, ya que los seres humanos tienen su propia libertad, el proceso de restauración depende del grado de respuesta personal. Cada uno es responsable de su propio crecimiento.

¿Cómo se crece espiritualmente?

Existimos en el mundo físico y en el mundo espiritual, para lo cual todos nosotros tenemos un yo espiritual y un yo físico. Nuestro ser espiritual ocupa la posición central, subjetiva, y dirige nuestro ser físico, que se compone de un cuerpo físico y una mente física (que se manifiesta en nuestros deseos más instintivos, por ejemplo, el deseo por la comida o el sueño). De la misma manera, el yo espiritual del hombre se compone de un cuerpo espiritual y una mente espiritual. El cuerpo espiritual se asemeja al cuerpo físico, lo cual permite que podamos ser reconocidos en el mundo espiritual. Así se explica por que los que tienen contactos con el mundo espiritual pueden identificar a amigos y parientes ya fallecidos. La mente espiritual es la esencia del ser humano y contiene el corazón, la emoción, el intelecto y la voluntad. Por medio de la mente espiritual Dios se comunica con nosotros, nos inspira y nos guía en nuestro crecimiento.

El ser espiritual necesita al ser físico para su crecimiento. Nuestras acciones buenas llenan de energía positiva el espíritu, y este, a cambio, da energía espiritual al cuerpo físico. Esta interrelación hace que el espíritu crezca hacia la perfección. Cuando el yo espiritual ha madurado completamente y cumple el propósito de la vida, su apego al cuerpo físico ya no es necesario. Está preparado para continuar su vida eternamente en completa libertad en el mundo espiritual, tras dejar que el cuerpo vuelva a la tierra. Pero los espíritus de aquellas personas que pasaron al mundo espiritual sin alcanzar la madurez deben regresar a la Tierra en espíritu y completar su proceso de crecimiento ayudando a otras personas en la tierra a crecer espiritualmente.

Cada vez que alguien actúa de acuerdo con la voluntad de Dios y los principios del amor y del altruismo, su espíritu recibe vitalidad de su yo físico, experimentando una verdadera alegría, y haciéndole receptivo al amor y la verdad de Dios, lo que le permite crecer aún más. Por otro lado, si el yo espiritual recibe malos elementos de vitalidad como resultado de acciones egoístas, la persona se siente vacía e intranquila, y su espíritu empieza su declive. Entonces, para salir de esta situación esta persona debe arrepentirse de sus malas acciones y cambiar su forma de comportarse. La calidad de las acciones determinará el desarrollo del yo espiritual.

"¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo fe", si no tiene obras?... Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta". Santiago 2: 14, 26.

No es suficiente escuchar y creer la Palabra de Dios, hay que practicarla. Debemos negarnos a nosotros mismos y vivir por los demás. Tenemos que aprovechar esta oportunidad única y maravillosa que es la vida física para crecer espiritualmente. Una vez que termina nuestra vida en la tierra, no podemos recibir elementos de vitalidad del yo físico y el crecimiento espiritual se hace más difícil. Como el yo espiritual se forma con las buenas acciones hechas con nuestro cuerpo físico, el amor, la bondad, la belleza y la alegría que sintamos en la tierra harán que nuestro corazón sea capaz de sentir lo mismo o más en el mundo espiritual. Por esta razón nuestra vida en la tierra es tan importante. La tierra es el lugar donde debe realizarse el ideal de Dios y el propósito original de la creación.

 

CAPITULO SEGUNDO

¿Por qué existe el mal?


La caída del hombre

Dado que Dios es un ser de infinito amor, poder y bondad, es inevitable que nos preguntemos sobre la existencia del mal. Al observar detenidamente nuestra propia naturaleza, vemos que ya vivimos con dos deseos conflictivos, uno que nos anima a preocuparnos por el bienestar de los demás, y otro que nos empuja a cuidarnos de nosotros mismos sin tenerles en cuenta. ¿De dónde viene este conflicto? ¿Es posible que Dios, tras crear algo tan hermoso y armonioso como el universo, tuviera un descuido e hiciera la más sublime de Sus creaciones con una contradicción interna, algo así como una taza hecha a propósito con un agujero en su base? Cuesta creerlo.

No existen hechos históricamente probados que expliquen el origen del mal. La Biblia, por su parte, aporta un relato significativo en el libro del Génesis, donde se nos cuenta la historia de los primeros antepasados del hombre, llamados por el autor bíblico, Adán y Eva, y se explica el modo en que cometieron el primer pecado. El relato está lleno de simbolismos y, por tanto, no nos dice claramente qué es lo que hicieron Adán y Eva. Aun así, su pecado tuvo enormes consecuencias ya que todos nosotros, como descendientes suyos, nos hemos visto afectados. Otras escrituras religiosas presentan el mismo relato, aunque con algunas variantes. Los Principios ofrecen una explicación profunda y clara del origen del mal que hasta ahora ha estado oculto, envuelto en un lenguaje simbólico en los textos sagrados de las grandes religiones. La historia del Génesis, en la que los Principios se basan fundamentalmente, es quizás la más ampliamente conocida y la más profundamente reveladora.

¿Qué ocurrió en el paraíso terrenal?

La historia de la caída del hombre nos habla de un paraíso terrenal en cuyo centro habían dos árboles, el Arbol de la Vida y el Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal. De este último crecía un fruto que Dios había prohibido a Adán y Eva. En el Paraíso había además una serpiente que acabaría engañando a los primeros antepasados del hombre.

Dios dio a los seres humanos un mandamiento, no debían comer del fruto del árbol de la ciencia, de lo contrario, morirían en ese mismo instante. Entonces la serpiente se apareció ante Eva y la tentó para que comiera del fruto; esta desobedeció el mandamiento de Dios, comió del fruto y dio de comer a Adán. Inmediatamente el hombre y la mujer sintieron remordimiento y, cubriendo sus partes sexuales, se escondieron de Dios. Tras descubrir su pecado, Dios les impidió acceder al Arbol de la Vida, y les arrojó del paraíso.

¿Debemos interpretar el relato literal o simbólicamente? Los Principios analizan la historia del Génesis teniendo en cuenta los siguientes criterios: En primer lugar, el conocimiento general que nos aporta la experiencia humana; en segundo lugar, el estudio de la Biblia en su conjunto; y en tercer lugar, los principios básicos explicados en el Principio de la Creación (la primera parte de esta publicación).

Con estos elementos de juicio podemos concluir que la historia bíblica la integran varios símbolos clave, que al interpretarlos correctamente nos permiten descubrir los hechos reales que destruyeron a nuestros primeros antepasados humanos. Algo provocó su corrupción y degradación espirituales. Descubriremos más adelante que en realidad los mismos hechos se están repitiendo y nos están afectando hoy en día.

El fruto que los primeros antepasados humanos comieron no pudo ser un fruto real. Como Jesús dijo: "No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca" (Mateo 15:11). En consecuencia, la muerte que provocó el comer del fruto no pudo ser la muerte física, ya que Adán y Eva continuaron viviendo después de la caída. Se trata, por el contrario, de la muerte espiritual, es decir, la separación entre el hombre y Dios. Un fruto real no causaría una muerte espiritual.

En la explicación tradicional de la historia, el fruto en sí mismo no es lo importante, sino el hecho de la desobediencia de Adán y Eva, a su vez la causa del mal y del pecado de la humanidad. Sin embargo, no se explica por qué Adán y Eva desobedecieron a Dios por una simple fruta. Por otro lado, resulta inaceptable pensar que Dios les creara con un deseo de rebelión innato y estuvieran dispuestos a destruirse por algo tan simple. Por tanto, el fruto que Adán y Eva comieron debió representar algo realmente importante para su felicidad, y no una deliciosa pera o manzana.

Sexo y pecado original

Tras comer del fruto, Adán y Eva, llenos de vergüenza, cubrieron sus partes sexuales. ¿Por que? El relato da a entender que el pecado de Adán y Eva tuvo que ver con un acto sexual. Si Adán y Eva hubieran pecado comiendo un fruto real, se habrían tapado la boca llenos de vergüenza. La Biblia además nos habla de que la caída de los ángeles tuvo que ver con una transgresión sexual (Judas 6-7).

¿Qué pudo significar el fruto del Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal? El fruto es la parte del árbol que contiene las semillas para su reproducción. Si el pecado de los primeros antepasados humanos fue de naturaleza sexual (entre una serpiente, Lucifer, que dio de "comer del fruto" a Eva y que a su vez dio de "comer del fruto" a Adán) entonces el fruto debió simbolizar el amor de Eva en su sentido sexual y en su capacidad de engendrar en su vientre un fruto o linaje bueno o malo.

¿Quiere decirse que el sexo es malo? No. Como se explica en la primera parte, Dios quería claramente que Adán y Eva cumplieran la segunda bendición (multiplicación). Pero el mandamiento de Dios "no comer del fruto" significaba que no debían tener una relación matrimonial hasta que su personalidad hubiera madurado y hubieran llegado a ser un hombre y una mujer perfectos. Entonces y sólo entonces hubieran sido capaces de amarse y dar el amor de verdaderos padres a su descendencia, iniciando un ciclo de bondad, belleza y paz que debía perpetuarse por toda la eternidad.

Al tener relaciones sexuales prematuramente, Adán y Eva permitieron que un amor egoísta, centrado en el cuerpo físico, impidiera el desarrollo de un amor completo, fruto de la perfecta armonía entre el espíritu y el cuerpo y de la unidad total con la fuente del verdadero amor que es Dios. En consecuencia, se degradaron espiritualmente y tuvieron que concebir y educar a sus hijos sin poder evitar transmitirles su propia degradación, su propio pecado. Su descendencia heredó sin remedio la naturaleza mala y egoísta que habían adquirido de la relación con el arcángel Lucifer.

El motivo de la Caída

¿Cómo y por qué Adán, Eva y el arcángel cayeron en el Jardín del Edén? La misión de Lucifer en el paraíso terrenal del Edén era servir y guiar a la joven pareja. A medida que el hombre y la mujer fueron creciendo y madurando espiritualmente, Lucifer se dio cuenta que recibían más amor de Dios que él y empezó a sentirse celoso. Era natural que Dios amara a Adán y Eva de una manera especial ya que habían sido creados como Sus hijos. La situación de Lucifer es comparable a la de un hijo que se siente desplazado por la venida de un nuevo niño a la familia. Hasta el nacimiento del nuevo hijo, el mayor estaba acostumbrado a ser el único receptor del amor maternal. Pero de repente, la atención de la madre gira en torno al recién nacido.

Muy al contrario de lo que Lucifer creía, el amor que Dios sentía por él no había disminuido después de la creación de Adán y Eva. Pero al ver que los primeros seres humanos recibían un amor más profundo, Lucifer sintió que el interés de Dios por él había disminuido. Entonces intentó compensar esta aparente pérdida de amor estrechando su relación con Eva. A medida que su relación fue creciendo, Lucifer se sintió fuertemente estimulado por un impulso de amor hacia ella. Por su parte, Eva, encontrándose todavía inmadura y, por tanto, susceptible a la tentación de Lucifer, se sentía atraída por la sabiduría, la madurez, y la atención que el ángel le prestaba.

Aunque Lucifer era consciente que sus intenciones eran egoístas y contrarias a la voluntad de Dios, su deseo de recibir más amor le llevó a intensificar su relación con Eva y, finalmente, le arrastró a desafiar a Dios y al orden celestial, teniendo una relación sexual con Eva. Esto podía ocurrir ya que Eva, antes de la caída, podía relacionarse libremente con el mundo espiritual por medio de sus sentidos espirituales (la separación entre los mundos espiritual y físico vendría como consecuencia de la Caída).

Llena de miedo, culpa y vergüenza por lo que había hecho, Eva se sintió engañada y comprendió que Adán había sido creado para ser su auténtico marido. Adán estaba todavía en un estado de pureza y podía haberla salvado y restaurado, pero Eva no confesó a Adán lo que había ocurrido. Por el contrario, se acercó a Adán de la misma forma que Lucifer había hecho con ella, y le indujo a tener una relación sexual a pesar del mandamiento de Dios. Adán, aún sintiendo ansiedad y confusión, aceptó la relación sexual con Eva.

Así, Adán y Eva consumaron su relación prematuramente, sin la bendición de Dios, motivados por razones equivocadas. Adán, de esta forma, adquirió de Eva la misma naturaleza mala y egoísta que Lucifer le había transmitido. Lucifer, por su parte, se degradó más y más hasta convertirse en Satán, el ser que encuentra una alegría perversa en oponerse a Dios y destruir todo lo que es bueno. La Caída, en suma, ocurrió por una relación sexual ilícita, un acto de amor que violaba todo principio, entre el arcángel y Eva, y un acto de amor inmaduro entre Eva y Adán.

Los resultados de la Caída

La Caída provocó que el primer padre y la primera madre de la humanidad establecieran un linaje basado en el amor corrupto y egoísta de Satán y no en el amor verdadero de Dios. Por esta razón, Jesús le dijo a la gente que tenían por padre al diablo (Juan 8:44) y Pablo habló de Satán como "dios de este mundo" (2 Corintios 4:4). Por culpa de la Caída, Adán y Eva perdieron su pureza y adquirieron una inclinación hacia el egoísmo que transmitieron a sus hijos como si de una enfermedad hereditaria se tratara. Las consecuencias no se hicieron esperar, Abel no supo como compartir las bendiciones de Dios con su hermano mayor, y los celos de Caín le condujeron a cometer el primer asesinato de la historia. Se había iniciado un ciclo de odio y violencia que ha durado hasta nuestros días.

La Caída del hombre fue en realidad la distorsión y la destrucción del amor de Dios. El amor altruista debía haber sido el eje central de la vida humana, la esencia del Reino de los Cielos en la tierra. Sin embargo, el amor egoísta pasó a ser el pilar del reino del infierno en la tierra.

Las relaciones sexuales debían ser la expresión más santa y hermosa del amor entre un hombre y una mujer, y ese amor debía ser eterno. Pero mucha gente piensa desgraciadamente que el amor es simplemente sexo y, por lo tanto lo reduce todo a una cuestión meramente física. La sexualidad debía ser la consumación del amor en el matrimonio, pero debido al mal uso dado a la práctica íntima de la sexualidad, muchas religiones han practicado el celibato como camino para acercarse a Dios.

La degradación sexual ha representado siempre un grave problema social, pero nunca había llegado a las proporciones preocupantes que ha adquirido en nuestros días. Padres, maestros y líderes religiosos se esfuerzan por inculcar en la juventud los beneficios de la abstinencia sexual, pero deben competir en su labor con la influencia gigantesca de la industria del espectáculo, la publicidad y los medios de comunicación que utilizan a menudo temas e imágenes sexuales para atraer una mayor audiencia.

El mal uso de la sexualidad es el problema social más grave y destructivo que existe. El adulterio, la promiscuidad y la prostitución, junto con las enfermedades y la explotación que les acompañan, son responsables de una miseria y una degradación sin límites. Acabar con todo esto no depende simplemente de la aprobación de leyes restrictivas. También parece imposible detener otras perversiones como la sodomía, las violaciones, las ofensas sexuales y el abuso sexual de niños. Todo esto forma parte de la naturaleza caída del hombre y no puede ser eliminado a menos que cada uno venza su inclinación a pecar. Por esta razón necesitamos al Mesías, ya que sólo él puede liberar definitivamente a la humanidad de la esclavitud del pecado (véase la tercera parte: "La dimensión oculta de la Historia").

El sufrimiento de Dios no ha cesado desde que se produjo la caída. Después de tantos esfuerzos por crear un mundo maravilloso para Sus hijos, Dios lo perdió todo cuando le abandonaron. Nunca llegó a sentir la alegría de vivir en un amor total con Adán y Eva una vez que alcanzasen la perfección. Debido a la relación de Eva con Lucifer y a su relación prematura con Adán, los primeros padre y madre de la humanidad llegaron a ser progenitores de un linaje falso que no tenía nada que ver con Dios.

Para Dios, la mayor tragedia tuvo que ser ver a Sus hijos morir espiritualmente sin poder hacer nada para evitarlo. Dios tenía que respetar la libertad y la responsabilidad que había dado al hombre y mantener intacto el ideal de la creación, según el cual el hombre debía alcanzar la perfección y hacer realidad una sociedad ideal centrada en el verdadero amor. Si Dios intervenía en la Caída, tendría que reconocer a Satán como creador de un nuevo orden en el universo. Dios no pudo intervenir en ese penoso momento, y tuvo que emprender el arduo trabajo a lo largo de la historia humana para lograr que Sus hijos le entendiesen, se arrepintiesen y volviesen a El, haciendo realidad el Ideal de la Creación.

La naturaleza caída

A partir de la Caída, todos los seres humanos tenemos una naturaleza caída que está en permanente contradicción con la naturaleza buena original dada por Dios.

El primer aspecto de esta naturaleza caída es que tenemos la tendencia a ver las cosas desde nuestra propia perspectiva. Juzgamos a los demás y nos juzgamos tomando nuestro interés como punto de partida y nos es muy difícil ver a los demás, o una cierta situación, desde el punto de vista de Dios. Esta tendencia proviene del fracaso de Lucifer en amar a Adán de la misma forma que lo hacía Dios. Muchos profetas y hombres justos en la historia han sido perseguidos e incluso asesinados por sus contemporáneos porque no les veían con los ojos de Dios.

"Cuando un hombre observe las cosas, Mara (Satán) está a su lado". Sutta Nipata 1103

En segundo lugar, tenemos la tendencia a actuar ignorando los límites propios de nuestra responsabilidad o posición. Lucifer, por ejemplo, al sentir menos amor de Dios, buscó una relación ilícita con Eva, abandonando su posición de siervo del hombre y la mujer.

En tercer lugar, como consecuencia del rechazo que sentimos a aceptar la posición en la que nos encontramos, no tenemos reparos en despreciar a otros con tal de conseguir más poder y una mejor posición, aunque para lograrlo, nos sea preciso utilizar cualquier medio a nuestro alcance. Es lo mismo que hizo Lucifer, quien no solamente no sirvió a Adán y Eva como los hijos de Dios, sino que invirtió el orden e hizo que fueran ellos quienes le sirvieran.

Finalmente, la naturaleza caída siempre intenta inducir a otros al pecado, y así poder justificarse a continuación aduciendo que los demás también están actuando de la misma manera. Para construir un mundo de amor verdadero, el hombre debe superar esta naturaleza caída y vivir de acuerdo a su naturaleza original.

 

CAPITULO TERCERO

La dimensión oculta de la historia


La restauración de la humanidad

Después de la Caída, Dios podría haber destruido a los hombres, en vez de prolongar el sufrimiento de verles en ese estado de confusión y conflicto, pero no lo hizo. Como un padre movido por el amor hacia sus hijos, Dios se hizo responsable de que la humanidad regresase al ideal original, una tarea que llegaría a ser gigantesca y aparentemente interminable. ¿Por qué le ha costado a Dios tanto elevarnos espiritualmente y librarnos de esta miseria? ¿Por qué, por ejemplo, se necesitaron tantos años para poder enviar a Jesús, o a Buda, Confucio, Moisés, Mahoma y a los demás grandes líderes religiosos? ¿Y por qué, a pesar de todo ese esfuerzo, el ideal de Dios sigue sin realizarse?

En realidad, no es que Dios quisiese esperar para enviar al Mesías y dar la salvación a la humanidad, sino que se requería una preparación cuidadosa por parte del hombre para llegar a recibir al Mesías. Si el Hijo de Dios apareciera sin una preparación adecuada, no existiría el fundamento suficiente para que sus contemporáneos le comprendieran.

El propósito de la venida del Mesías

El Mesías es un hombre nacido sin pecado (como Adán y Eva), que viene como el Segundo Adán para encarnar y dar el amor total y perfecto de Dios, algo que el primer Adán fue incapaz de conseguir. Durante el periodo de crecimiento hacia la perfección Adán perdió la fe en Dios y no llegó a vivir plenamente el amor de Dios.

El hombre desde entonces se ha mantenido en esta situación. Como consecuencia de la Caída, el hombre ha vivido ignorante del amor de Dios y ha sido dominado por el amor falso y egoísta de Lucifer. Por esta razón, la Biblia habla de Satán, el promotor de la conducta egoísta del hombre, como "el príncipe de este mundo" (Juan 12:31). Dios envió al Mesías para acabar con el dominio de Satán y hacer que los hombres volvieran a Dios. El Mesías viene para liberarnos del mal y del egoísmo y establecer el Reino de Dios.

El ideal de Dios de un verdadero amor debía cumplirse siguiendo el modelo de las tres bendiciones. Tras el pecado de los primeros antepasados humanos y, por tanto, del fracaso en establecer una verdadera familia, el deseo de Dios fue encontrar un verdadero hombre y una verdadera mujer que hicieran realidad Su ideal y, por tanto, cumplieran lo que Adán y Eva no pudieron lograr. Como un nuevo Adán, el Mesías tiene la misión de cumplir las tres bendiciones (explicadas ya en el primer capitulo) uniéndose con Dios y estableciendo una familia ideal, la base de una sociedad, nación y mundo ideales.

El Mesías y su esposa deben formar la primera familia ideal desde la creación del hombre y como tal llegar a ser los Verdaderos Padres de una nueva humanidad. Los Verdaderos Padres representan el inicio de un linaje libre de pecado y, a través de unirnos a ellos, todos los hombres y mujeres podemos cortar los lazos con Satán e injertarnos en un linaje nuevo, libre de cualquier relación con la caída.

El fundamento para el Mesías

Dios cumple Su parte enviando al Mesías para nuestra salvación, pero somos nosotros los que debemos establecer las condiciones necesarias para preparar la venida del Mesías. Estas condiciones, denominadas condiciones de indemnización, son necesarias para invertir el fracaso de los primeros antepasados humanos.

Después de la caída, Dios empezó a trabajar inmediatamente por medio de la familia de Adán para establecer el fundamento que le permitiera enviar al Mesías. Si Adán y Eva hubieran creído la palabra de Dios y hubieran obedecido Su mandamiento, habrían llegado a ser verdaderos hijos de Dios. Pero Adán y Eva perdieron la fe y se separaron de Dios. Por tanto, alguien debe invertir este fracaso demostrando una fe absoluta en la palabra de Dios, estableciendo lo que en los Principios se denomina "el fundamento de fe". Este fundamento debe establecerlo inicialmente un individuo, pero debe gradualmente extenderse a una familia, una tribu y una nación.

"Quien con una obra buena compensa el mal hecho, ilumina este mundo como la luna en una noche despejada". Dammapada 173

Si los primeros antepasados humanos hubieran alcanzado la perfección, tendrían autoridad sobre todas las cosas y todos los seres creados, incluido el arcángel. Sin embargo, Adán y Eva sucumbieron ante el arcángel y permitieron que les dominara. La motivación y el proceso de la caída deben ser invertidos y el orden de dominio original debe ser restaurado como condición imprescindible para que Dios envíe al Mesías. Los Principios denominan este proceso "el fundamento de substancia". Para cumplir este fundamento, Dios sitúa a alguien en la posición de Lucifer (el mayor) y a alguien en la posición de Adán (el más joven). Para restaurar la relación verdadera entre Adán y el arcángel, las personas elegidas deben invertir sus posiciones, y el mayor, representando a Lucifer, debe servir al más joven, que representa a Adán.

"Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos". Mateo 20:16

Caín y Abel, los hijos de Adán, estaban respectivamente en estas posiciones. Caín, el hijo mayor, representaba la posición de Lucifer, y Abel, el menor, la posición de Adán. Abel mostró su fe al ofrecer lo mejor de su rebaño. Y Dios aceptó su ofrenda. Pero cuando Caín ofreció parte de su cosecha, Dios la rechazó y Caín se irritó en gran manera (Génesis 4:3-5). La responsabilidad de Caín era superar los mismos sentimientos que Lucifer había tenido y aceptar a Abel como mediador del amor y la voluntad de Dios. Así se habrían invertido las posiciones del mayor y del menor, y habría sido como si Adán se hubiera elevado por encima del arcángel y hubiera establecido el orden correcto de relación. Sobre este fundamento de unidad entre hermanos, Dios hubiera tenido derecho a reclamar la posición perdida de los padres y, por tanto, habría logrado el fundamento para enviar al nuevo Adán, que sería el Mesías.

Este proceso de reconciliación entre hermanos, Caín y Abel, ha sido la formula constante de Dios a lo largo de la historia de la restauración como el fundamento necesario para enviar al Mesías.

Sin embargo, en la familia de Adán, Caín en vez de amar a su hermano menor Abel, le mató, cometiendo el primer asesinato de la historia. Caín sentía envidia de Abel, al igual que Lucifer la había sentido de Adán. Caín no pudo superar este sentimiento y entender a su hermano desde el punto de vista de Dios. En vez de invertir el proceso de la caída, la repitió, con lo cual Dios no pudo enviar al Mesías.

Habrían de pasar muchas generaciones antes de que Dios encontrara un hombre y una familia capaces de hacerse cargo de la tarea de invertir el fracaso de la familia de Adán. Este hombre fue Noé y su fe quedó sobradamente demostrada obedeciendo fielmente las instrucciones que Dios le había dado, pidiéndole que construyera un arca en lo alto de una montaña durante muchos años.

La familia de Noé representaba un nuevo comienzo en la historia. Tras el juicio del diluvio, los hijos de Noé debían unirse a su padre completamente, estableciendo el fundamento que permitiría a Dios enviar al Mesías. Sin embargo Cam, el segundo hijo de Noé, en vez de mantener una confianza absoluta en su padre, se avergonzó de él, y transmitió este sentimiento a sus hermanos. Noé maldijo a Cam por lo que había hecho (Génesis 9: 20-23) y, en consecuencia, la familia de Noé no supo heredar el fundamento de fe que Noé había logrado. La providencia de Dios para enviar al Mesías tuvo que posponerse de nuevo y Dios emprendió de nuevo Su búsqueda de un hombre y una nueva familia capaces de responsabilizarse por los fracasos anteriores y establecer un fundamento que permitiera la venida del Mesías.

Cuatrocientos años más tarde Dios llamó a Abraham. Siguiendo el relato bíblico, Abraham respondió a la llamada de Dios, se apartó del ambiente caído en que vivía, la ciudad de Ur, y empezó su peregrinar hacia una nueva tierra prometida.

Su esposa Sara restauró de forma simbólica la posición de Eva, resistiéndose a la tentación del Faraón, que estaba en la posición del arcángel. Abraham, sin embargo, fracasó en una ofrenda de pájaros y animales llena de significado providencial. Tras este fallo, su esposa tuvo que restaurar de nuevo la posición de Eva, esta vez resistiendo la tentación del rey Abimelek. Finalmente, Abraham mostró una fe absoluta al obedecer la orden de Dios de sacrificar a su hijo Isaac quien, a su vez, invirtió el fracaso de Cam al unirse completamente a su padre hasta el punto de dar su vida en la ofrenda.

La reconciliación de los hijos de Isaac, Jacob y Esaú, fue el momento más importante de la labor providencial de aquellos tiempos. Jacob, el hijo menor, entendiendo el valor de la primogenitura, se la compró a su hermano mayor por un potaje de lentejas. Más tarde, estando su padre próximo a morir, su madre Rebeca ayudó a Jacob a hacerse pasar por su hermano y engañar al padre para que le diera la bendición que debía recaer sobre el primogénito. Rebeca comprendió la voluntad de Dios y ayudó a su segundo hijo a conseguir la bendición paterna. Esaú se sintió furioso y juró matar a su hermano, pero con la ayuda de Rebeca Jacob huyó a Jarán.

Después de 21 años sirviendo en la casa de su tío Labán, Jacob fue a encontrarse con Esaú quien le estaba esperando con un grupo de 400 hombres armados. Pero Jacob conquistó el corazón de Esaú, le ofreció todo lo que había logrado en Jarán y se inclinó ante su hermano en profundo respeto. Esaú superó su rencor y ambos hermanos restauraron con éxito el fracaso de Caín y Abel en la familia de Adán. Jacob venció el odio de su hermano con un amor incondicional. De esta forma, abrió el camino para superar a Satán y restaurar el dominio del amor de Dios.

Sobre este fundamento victorioso, Dios quiso formar un pueblo con los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob que estuviera dispuesto a seguir, hasta un cierto nivel, una tradición de sacrificio y dedicación para preparar la venida del Mesías. Por medio de Moisés, Dios empezó Su providencia para establecer el fundamento nacional para el Mesías. Dios educó a los Israelitas y les condujo a través de muchas pruebas para crear una nación lista para ese gran momento histórico. Dios despertó en ellos una gran expectativa y les prometió por medio de los profetas que un día les enviaría el Mesías para acabar con el sufrimiento de Israel e inaugurar una historia de paz y justicia.

Jesús vino para que le siguiesen y no para que le crucificasen

Jesucristo vino hace dos mil años como el segundo Adán, para completar la providencia de la restauración y establecer el Reino de los Cielos en la tierra. Para ese gran día, Israel debía construir un fundamento nacional de fe y substancia. Por tanto, una vez que los Israelitas volvieron de Babilonia, Dios preparó al pueblo elegido reformando y renovando el Judaísmo por medio de los ministerios de Ezra y Nehemias. Durante cuatrocientos años, los Israelitas, centrados en la ley y en el templo, mantuvieron su fe y esperaron intensamente la venida del Mesías.

Aunque Dios concentró Sus esfuerzos en la nación de Israel, también hizo preparativos en el resto del mundo para la venida del Mesías. Con anterioridad al nacimiento de Jesús, estableció el gran Imperio Romano, al facilitar enormemente las rutas comerciales. El Imperio Romano creció hasta llegar a las fronteras de las demás civilizaciones avanzadas de la época. Gracias a este fundamento externo, la ideología del Mesías podría esparcirse rápidamente de Israel a Roma y de Roma al resto del mundo.

Cuatrocientos años antes de Cristo, Dios también preparó el mundo internamente para la venida del Mesías inspirando a grandes hombres de diferentes culturas a iniciar movimientos de renovación espiritual e intelectual. En la India, el príncipe Gautama Buda rechazó el placer temporal que le rodeaba e inició la búsqueda de una forma de vida verdadera. De su ejemplo y enseñanzas se desarrollo el Budismo, que llegaría a ser una de las religiones más influyentes en Oriente. En China, Confucio enseñó un humanismo ético altamente desarrollado. En Grecia, los grandes filósofos clásicos, Sócrates, Platón y Aristóteles dieron un gran impulso al nivel ético y la sabiduría del momento, creando las bases de la cultura occidental.

De estas y muchas otras maneras, Dios dispuso el ambiente para el establecimiento de Su reino, del que tanto hablo Jesús. Cristo vino para ser el Señor de la Gloria, tal y como Isaías lo había anunciado. Para lograrlo, Dios inspiró a muchas personas a que se prepararan a reconocer y seguir al Mesías. Sin embargo, Dios también advirtió a Israel que su falta de fe forzaría al Mesías a ir por un camino de sufrimiento y miseria.

Para preparar el terreno, Dios envió a Juan Bautista, quien vivía una vida ejemplar y ascética, dedicada completamente a Dios, lo que suponía realizar el fundamento de fe necesario para recibir al Mesías. Juan le dijo al pueblo, "Arrepentíos porque ha llegado el Reino de los Cielos". Los Israelitas sabían que Juan era un profeta especial. Habían oído hablar de los fenómenos espirituales y los milagros que habían rodeado su nacimiento. Algunos pensaban que podría ser el Mesías o el profeta Elías que debía volver al final de los tiempos. Con todo ese respeto, Juan era la persona ideal que podía servir como puente entre el pueblo y Jesús.

Pero cabe preguntarse si Juan Bautista cumplió su responsabilidad providencial. Juan dio testimonio de Jesús como el Mesías en un momento inicial, diciendo aquellas palabras: "He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Sin embargo, no existen pruebas en la Biblia de que Juan llegara a ser un discípulo de Jesús o trabajara con él. En cambio, el capítulo once del evangelio de Mateo revela que Juan llegó a dudar de Jesús, enviando a dos de sus discípulos para preguntarle, "¿Eres tu el que ha de venir, o debemos esperar a otro?"

Muchos Israelitas creían además en la profecía de Malaquías, por la que el profeta Elías debía volver para anunciar la venida del Mesías. Cuando le preguntaron a Jesús por Elías, les respondió que Juan era el Elías esperado. "Y si queréis admitirlo, el es Elías, el que iba a venir" (Mateo 11:14). Juan, sin embargo, negó que fuera Elías (Juan 1:21), dejando a los Israelitas en la posición de tener que creerle a él o a Jesús.

Juan era un hombre religioso con gran reputación, Jesús el hijo ilegitimo de un pobre carpintero. Sin el apoyo de Juan, era muy difícil que el pueblo judío creyera y siguiera a Jesús. Por tanto, la reacción de Jesús a la pregunta de Juan fue inequívoca: "No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él" (Mateo 11:11).

Desde el inicio de su ministerio Jesús pidió a la gente que "creyeran en el que Dios había enviado". Jesús lo dio todo por convencer al pueblo que era el hijo de Dios. Pero se negaron a creer en él. Si la gente hubiera sabido que Jesús era realmente el Mesías, ¿1e habrían perseguido o, por el contrario, le habrían aceptado y seguido?

"Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: "¡Si también tu conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos" (Lucas 19:41-42).

La salvación por medio de la cruz

Cuando Jesús sintió que era imposible cambiar la falta de fe del pueblo y sus líderes, se decidió a seguir el camino del sacrificio para redimir los pecados del mundo. Jesús fue a la cruz voluntariamente, pidiendo por el perdón de aquellos que le estaban crucificando. Con este gesto extraordinario, Jesús encarnó una vez más el corazón de Dios, siempre dispuesto a sacrificarse y perdonar, y creó un dominio espiritual 1ibre del amor falso y egoísta de Satán.

La vida de Jesús y su muerte son un testimonio eterno del poder del verdadero amor, del amor sin condiciones. Hasta la venida de Jesús, la creencia popular era que la injusticia debía ser castigada o vengada de acuerdo al modelo del "ojo por ojo, diente por diente". Jesús mostró en cambio que Dios no se alegra en la venganza, sino que como padre, perdona y ama a Sus hijos a pesar de sus pecados.

La muerte de Jesús en la cruz fue la consecuencia trágica del fracaso de sus contemporáneos en entender y cumplir la voluntad de Dios. Sin embargo, a pesar de toda la persecución, Jesús siempre mantuvo su fe. Por tanto, todos los hombres, por medio de la fe, podemos heredar su victoria y recibir la salvación espiritual que nos permite crecer a un nivel espiritual más elevado. No obstante, la humanidad debe aguardar el regreso del Señor para erradicar completamente el pecado y establecer finalmente el reino de Dios sobre la tierra.

Jesús vino para ser el Señor de la Gloria pero murió como el Señor del Dolor. Para ayudarnos a comprender que la crucifixión no era un elemento indispensable del plan de salvación de Dios, imaginemos qué hubiera pasado si el pueblo de Israel hubiera creído en Jesús. Si los hombres y mujeres que se acercaron a Jesús le hubieran seguido, ¿hubiese significado un fracaso del plan de Dios? Por supuesto que no. Por el contrario, la voluntad de Dios se habría llevado a cabo plenamente. La oración de Getsemaní, "Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz", revela que la muerte en la cruz no fue el camino que Jesús deseaba. El sabía perfectamente que el rechazo a su ministerio impediría la venida del Reino de los Cielos a la tierra. Por la misma razón Jesús juzgó tan duramente a Judas Iscariote, su traidor: "¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido".

Si Jesús hubiera sido aceptado, no habría sido necesaria una Segunda Venida del Mesías, un hecho que por otro lado nunca fue profetizado en el Antiguo Testamento. Poco antes de su crucifixión, Jesús dijo a sus discípulos, "mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello". Y en otra ocasión les dijo "si al deciros cosas de la tierra, no me creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo?". Y también, "os he dicho todo esto en parábolas y símbolos. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre". La falta de fe en tiempos de Jesús hizo imposible esa revelación, sin embargo la verdad completa que Jesús deseaba dar a conocer verá la luz en los días de la Segunda Venida.

La preparación para el regreso de Cristo

El Principio de Dios no cambia, ni tampoco Su deseo de lograr un mundo de verdadero amor, el Reino de los Cielos en la tierra.

Después de la muerte y resurrección de Jesús, Dios continuó Su labor providencial por medio de los seguidores de Jesús, los cristianos, con el fin de preparar la Segunda Venida del Mesías. El Cristianismo inició su andadura con los doce apóstoles y setenta discípulos de Jesús y, en los siguientes cuatrocientos años los cristianos sufrieron penalidades similares a las de los Judíos en Egipto. A pesar de la intensa persecución, los cristianos no perdieron la fe sino que, por el contrario, propagaron con gran fortaleza las enseñanzas de Jesús por el Imperio Romano.

El premio a su perseverancia llegó en el año 392 d.C., cuando el emperador Teodosio decretó que el Cristianismo fuera la religión estatal de Roma. Después de la aceptación por parte del imperio, la Iglesia Cristiana aumentó su influencia paulatinamente, pero al igual que en el periodo regido por los Jueces del Antiguo Testamento, la Cristiandad tuvo que soportar graves errores cometidos por las figuras claves de la época, que retrasaron aún más la providencia de Dios de enviar al Mesías. Las diferencias culturales y raciales pudieron más que el amor universal cristiano, y las iglesias pasaron a depender de sus respectivas naciones.

El Cristianismo en sus dos mil años de historia de preparación de la Segunda Venida del Mesías ha recorrido un curso similar al de la nación de Israel y sus dos mil años de historia de preparación de Jesús. El periodo de persecución bajo Roma se asemeja al periodo de esclavitud de los judíos en Egipto. El periodo que va desde la caída del Imperio Romano hasta la coronación de Carlomagno, correspondería al periodo de los Jueces en la historia de Israel. El Imperio Carolingio sería la réplica al Reino de Israel bajo Saúl, David y Salomón. A ambas épocas, les seguirían años de divisiones y conflictos. La desobediencia a Dios llevó a Israel finalmente a la corrupción y al exilio de setenta años en Babilonia; de igual manera, el papado de esos años vivió su época más amarga, lo que provocó el caos y la corrupción en la Cristiandad y el exilio de setenta años del papa en la corte francesa de Avignon.

A lo largo de la Edad Media, la Iglesia Cató1ica acumuló un enorme poder temporal pero al mismo tiempo se estancó espiritualmente y oprimió cualquier aire de renovación. La corrupción de la Iglesia en tiempos del Renacimiento era contraria a la voluntad de Dios, y el desarrollo espiritual e intelectual del mundo cristiano exigían una reforma drástica. Al cerrarse las puertas a una renovación completa de la Iglesia, la Reforma Religiosa Protestante del siglo XVI abanderó esas ansias del hombre renacentista y provocó un movimiento en toda Europa semejante a la renovación del Judaísmo ocurrida cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo.

Vivimos por tanto en la consumación de ese ciclo histórico de dos mil años. La historia cristiana ha llevado la providencia bíblica de Israel al nivel mundial. Los Principios enseñan que el motor de la historia es la providencia divina de la restauración, y su fin el fundamento necesario para la Segunda Venida de Cristo. Ese fundamento se ha completado ya.

 

CAPITULO CUARTO

La culminación de la historia en nuestro tiempo


"Sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena en su corazón. Siento el sufrimiento de millones de personas y, sin embargo, al mirar al cielo, pienso que todo tendrá solución, y que la paz y la tranquilidad volverán a reinar". El Diario de Ana Frank

Los increíbles cambios y los traumáticos acontecimientos del siglo XX anuncian, como si fueran dolores de parto, el nacimiento de una nueva era. Nadie puede negar que el mundo esta más interrelacionado que nunca y que han logrado superarse muchas de las divisiones del pasado. Oriente y Occidente, Norte y Sur están dando pasos hacia esa anhelada unidad. Se crean grandes bloques económicos, las Naciones Unidas y numerosas organizaciones internacionales, para fomentar la paz y mejorar la calidad de vida en el planeta. El cese de la principal confrontación ideológica de este siglo, entre el Marxismo-Leninismo y la democracia, ha contribuido definitivamente a hacer esos fines más viables. Además, el espectacular avance de la ciencia y la tecnología permiten disfrutar de la vida a un nivel nunca alcanzado en los siglos anteriores. El desarrollo de las telecomunicaciones y la rápida expansión de los transportes aéreos han hecho accesible prácticamente cualquier rincón del planeta. Nunca ha existido un intercambio tan amplio entre los hombres, las culturas y las razas. Nuestro mundo ha llegado a ser en verdad una aldea global.

Al mismo tiempo, la devastación causada por las guerras y los conflictos a lo largo de este siglo ha sido enorme. El colapso del Comunismo no ha traído de forma automática una nueva era. La industrialización desconsolada del planeta está destruyendo nuestro medioambiente, y la fibra moral de la sociedad se desmorona imparablemente en todas las naciones.

La segunda venida de Cristo

El nuevo milenio dependerá en gran manera de la respuesta que el mundo dé a la Segunda Venida de Cristo. Muchos cristianos creen que Jesús vendrá en las nubes del cielo, y apoyan este punto de vista en la interpretación de algunos pasajes bíblicos, entre ellos, el libro de Daniel: "He aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de Hombre", o en el hecho de que Jesús mismo, al ser interrogado por el sumo sacerdote antes de la crucifixión, predijo la venida del Hijo del Hombre en las nubes.

Pero, tal y como vimos con la historia de Adán y Eva, la Biblia suele utilizar un lenguaje simbólico. Jesús hablaba con parábolas y símbolos. En este caso, en la descripción bíblica de la venida de Cristo, la palabra "cielo" no implica el firmamento literal sino un lugar elevado, sagrado, lleno de bondad. Cristo volverá a la tierra como un hombre, encarnando los valores elevados del "cielo", con la autoridad y la presencia viva de Dios, no de una manera sobrenatural ni descendiendo literalmente del cielo.

Las referencias que la Biblia hace de los Ultimos Días no implican necesariamente que el mundo tenga que destruirse con la Segunda Venida. Si la primera familia humana hubiera seguido el camino del bien, la humanidad habría mantenido eternamente esa tradición de bondad, ya que Dios mismo es un ser eternamente bueno. Sin embargo, ya que los primeros antepasados del hombre cayeron y se apartaron de Dios, la historia humana se ha visto plagada de maldad y pecado. Dios no puede permitir la existencia eterna de esa historia. La historia de la humanidad caída debe terminar. Las referencias bíblicas a los Ultimos Días no anuncian el fin del mundo sino el fin de la historia caída, el fin del mal, y el comienzo de una nueva era en la que el reino de Dios será finalmente establecido.

Puesto que Adán y Eva no cumplieron el ideal de Dios y Jesús no pudo establecer el Reino de Dios en la tierra debido al rechazo de sus contemporáneos, alguien tiene que nacer en la tierra como el tercer Adán para completar la providencia de la restauración. Su misión es destruir el dominio de Satán sobre el hombre y hacer realidad las tres bendiciones de Dios en la tierra. Nacido de una mujer, en algún lugar del mundo, será capaz finalmente de curar las heridas causadas por el amor falso que trajo la caída del hombre, y establecer un linaje puro y centrado en Dios, en el que injertar a toda la humanidad, a todas las razas, religiones y naciones.

El Mesías destruirá todas las barreras que Satán ponga en su camino para llegar a ser un hombre de carácter perfecto. Vivirá una vida de verdadero amor, e invertirá toda su energía y recursos para acabar con el sufrimiento de la humanidad. Para cumplir la segunda bendición, encontrará una esposa, y juntos superarán la Caída y establecerán el ideal dado por Dios a Adán y Eva en el Paraíso Terrenal. De esta forma, harán realidad la posición de los Verdaderos Padres y como Verdaderos Padres guiarán a la humanidad a superar los conflictos entre las naciones, las razas, las religiones y las culturas y construir finalmente un mundo de verdadera paz. Para cumplir la tercera bendición, los Verdaderos Padres encontrarán el camino de unir la religión y la ciencia, la tecnología y los valores, y guiarán al mundo hacia la perfección material y espiritual.

Los Verdaderos Padres hablarán clara y abiertamente de la verdad, liberando a todos los hombres del sufrimiento y de la ignorancia y realizando el Reino de los Cielos en la tierra. Con esa victoria final podrán liberar el corazón dolido de Dios. Pero al igual que Jesús hace dos mil años, tendrán que afrontar persecución e incomprensión. De hecho, Jesús mismo dejó entrever esta posibilidad cuando dijo, "Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?" (Lucas 18:8).

Cómo compartir las enseñanzas revolucionarias de los Principios

Vivimos en la etapa más apasionante y quizás más peligrosa de toda la historia. Mientras unos mantienen que el mundo acabará en un desastre apocalíptico, los Principios anuncian el fin del dominio de la ignorancia, del egoísmo y del temor, y no del planeta Tierra. El amor de Dios vencerá en la división final entre el bien y el mal que tendrá lugar en los tiempos de la Segunda Venida. El futuro de la humanidad está destinado a la esperanza y no a la destrucción. Todos seremos salvados. Un mundo nuevo está a nuestro alcance. La promesa de Dios se está haciendo realidad en nuestros días.

Estas páginas han servido simplemente como una breve introducción a los Principios de la Unificación. Existen innumerables testimonios del poder de los Principios para llenar de esperanza y vida a quienes lo reciben. Aquellos que han examinado su contenido sinceramente han visto en ellos un verdadero regalo de Dios. Los Principios enseñan a hombres y mujeres a establecer relaciones eternas y puras, y ayudan a los padres a guiar a sus hijos en temas tan íntimos como el amor y el matrimonio. Ofrecen soluciones definitivas a los problemas morales y sociales a los que nuestro mundo se está enfrentando hoy. Animamos de todo corazón al lector a estudiar los Principios y descubrir como pueden beneficiar y renovar su vida.