Sexo y Sexualidad

"El sexo no es malo en sí mismo. Como toda criatura de Dios ha sido echo para un fin alto y noble, como un instrumento del amor, para Ia realización plena del hombre y la mujer, como una participación de la obra creadora de Dios, para perpetuar Ia humana estirpe en el mundo..."

Promoción de la mujer

Igual responsabilidad

Se habla mucho, hoy día, de la promoción de la mujer. Se pretende conquistar para ella una igualdad absoluta en todas las actividades de la vida, con el objeto de que tenga las mismas oportunidades que el hombre en el trabajo, en la profesión, en la cultura y en Ia política. Pero se olvida un aspecto básico y fundamental, que constituye Ia esencia misma de su ser y sin el cual toda igualdad resulta poco menos que ilusoria. Nos referimos al reconocimiento pleno de sus derechos como esposa y madre, especialmente en un país como el nuestro, donde el hombre es un desertor de sus responsabilidades paternales y conyugales, dejando a la mujer la pesada carga de procrear, mantener y educar a los hijos.

Ya se da por descontado en nuestro tiempo que el hombre es libre para unirse, en forma más o menos pasajera, todas las veces que se le antoje, con todas las mujeres que se le rindan, por dinero o por "amor". Es lo más corriente, natural y legítimo en nuestro ambiente, que da a los hombres, por el solo hecho de serlo, el derecho al más absoluto libertinaje sexual.

Si una mujer soltera, en un momento de debilidad, se entrega a un hombre, queda marcada para toda la vida por una sociedad cruel e hipócrita. Si una mujer casada es infiel al compromiso sagrado contraído en su matrimonio, todo el mundo se rasga farisaicamente las vestiduras y todos quisieran, sin ser inocentes, arrojar la primera piedra.

A las mujeres, como nos fustigaba Alfonsina Storni, las queremos limpias, las queremos blancas, las queremos puras, aun cuando tengamos podrido el corazón y el alma llena de porquería, de tanto revolcarnos en el cieno de los vicios inmundos.

A las mujeres que practican el comercio sexual les aplicamos un nombre muy gráfico que no se puede escribir en letras de molde, olvidando la dura sentencia de Juana Inés, de que es menos mala Ia que peca por la paga, que el que paga por pecar.

Desgraciadamente los movimientos feministas modernos pretenden conquistar para la mujer los mismos derechos al libertinaje sexual, una fementida igualdad que, lejos de elevarla, la rebaja al triste nivel animal de hembra, a la condición degradante de un vulgar instrumento de placer.

La verdadera dignidad de Ia mujer consiste en el reconocimiento pleno de sus derechos de madre y esposa que sabe vivir toda Ia riqueza de su ser, que ama con toda la plenitud de su corazón, que siente un amor que no sabe contar ni medir, en su capacidad ilimitada de entrega a los seres que quiere más que a su propia vida.

La verdadera promoción del la mujer consiste en corresponder a su dignidad de esposa y de madre, entregándole el corazón y la vida con la misma fidelidad y en la misma medida, compartiendo con ella idéntica responsabilidad hacia los hijos, honrando su maternidad sagrada con una noble paternidad, que constituye la madurez, la perfección la plenitud del amor humano.

-La Prensa Gráfica, 27 de Enero de 1971

Educación Sexual

La viril castidad

Ya nos imaginamos la sonrisa burlona de los que se revuelcan en el fango del vicio, ante Ia sola mención de Ia palabra castidad. Es cosa común y corriente, entre nosotros, la falacia de que el hombre, por el sólo hecho de serlo, tiene derecho a entregarse al desenfreno sexual.

Esta aberración degradante no sólo perjudica al individuo que la practica, sino que tiene graves repercusiones sociales, siendo la causa principal de Ia bancarrota de la familia y de Ia cantidad inmensa de los hijos sin padre, abandonados a su triste suerte, sin amparo y sin amor.

Si nuestros jóvenes tienen derecho a dar rienda suelta a sus instintos sexuales sin compromiso alguno con mujeres fáciles y sin contraer obligaciones con muchachas ingenuas que engañan y abandonan, no tendrán ninguna prisa en contraer matrimonio. Y si algún día deciden hacerlo, después de "gozar de la vida", llevarán al hogar un cuerpo gastado, lleno de lacras y taras hereditarias, un corazón enfermo y marchito y un alma mustia y agotada por el hastío.

Si el hombre tiene derecho a ser infiel a la mujer que ama, no vemos por qué no puede tolerar el deshonor en su novia, en su esposa, en su hija, en su hermana y en su propia madre. Aún cuando la caída de la mujer es más grave que la del hombre, estamos hechos del mismo barro y las leyes de Dios y de la naturaleza rigen por igual para los dos sexos. En resumidas cuentas, si hemos de dar pábulo a nuestros instintos bestiales, en alguna parte habrá que reclutar el numeroso ejército de las traviatas y el no menos numeroso de las ingenuas engañadas.

No nos cansaremos de repetirlo. El problema más grave que padece nuestro pueblo, el problema de los problemas y la raíz de todas nuestras dificultades, es precisamente Ia desorganización de Ia familia, la cantidad enorme de hijos sin padre, fruto natural y lógico del desenfreno sexual.

No se trata de un simple padecimiento moral, contemplado con criterio alarmista de fanáticos y mojigatos, sino de un mal grave, profundo, real, que tiene grandes repercusiones en la vida nacional, en lo económico, en lo social, en lo cultural, en lo político y en todos los aspectos del desarrollo integral de nuestro país.

Se impone Ia urgencia de acabar con el desenfreno de las costumbres. Se necesita orientar Ia vida sexual de los jóvenes de modo que se convierta en un elemento importante y noble del amor conyugal, para cumplir la sublime misión de dar vida a otros seres, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, pedazos de nuestro corazón, frutos legítimos de nuestro amor, jirones idolatrados de nuestro espíritu.

La viril castidad es una virtud de hombres valientes, íntegros, equilibrados y no de cobardes, apocados y enfermizos que se imaginan que el licor de la vida ha sido hecho para derrocharlo en las cloacas inmundas del vicio y la corrupción.

La educación sexual

La educación, decía un lord inglés, debe empezar cuarenta años antes del nacimiento de los niños. Con lo cual quiso decir que hay que educar a los padres y a los abuelos para que sepan educar acertadamente a los hijos.

Muchos padres de familia desconocen o descuidan su trascendental misión educadora y se imaginan que han cumplido su deber al confiar a sus hijos a un buen colegio, echando sobre los cansados hombros de los maestros toda la responsabilidad educacional.

Especialmente hay mucho descuido e ignorancia de parte de los padres de familia, en lo que se refiere a la educación sexual, en los años turbulentos de la pubertad. Hay padres de familia que cometen verdaderas aberraciones, llegando hasta el grado de corromper a sus hijos, con el pretexto de hacerlos hombres.

No hace mucho que un buen amigo nuestro nos hacía la confidencia de que había encargado a uno de sus hermanos menores que llevara a su hijo, con las debidas precauciones, donde mujeres fáciles, para que se hiciera hombre. Y hablaba con la mayor naturalidad del mundo y actuaba con Ia mejor de las intenciones, sin ponerse a considerar siquiera el grave error que cometía al corromper a su propio hijo, confiando su educación sexual precisamente a una meretriz.

Otros padres de familia se limitan a soslayar el problema, eludiendo las preguntas, evitando el diálogo, dejando que los hijos obtengan la información que necesitan en conversaciones maliciosas de compañeros y amigos indeseables, que los empujan al vicio y a la corrupción.

El problema sexual debe afrontarse con valentía y decisión, con naturalidad y llaneza, en el santuario del hogar, en forma gradual y oportuna, respondiendo preguntas, brindando confianza, provocando el diálogo íntimo y afectuoso entre padres e hijos.

Hay que evitar a todo trance la actitud perniciosa de afrontar la función sexual con criterio de mojigatos, considerándola como algo malo y pecaminoso, pretendiendo convertir a los hijos en eunucos: sin caer en el otro extremo, todavía más peligroso, de enseñarles que el desenfreno sexual es la cosa más natural del mundo, haciéndoles creer que es condición necesaria para ser hombres, inclinándolos al vacío y la corrupción.

Los órganos sexuales son dignos y nobles y están destinados por naturaleza a ejercer su función individual y social, dentro del matrimonio, para perpetuar la especie humana, participando de la obra creadora de Dios.

Más que una mera información fisiológica o anatómica, la educación sexual debe ser una formación moral y espiritual del adolescente sobre Ia verdadera función del sexo en el matrimonio y en Ia vida, contribuyendo al desarrollo integral de su personalidad, estableciendo un equilibrio en sus potencias y facultades, para ayudarle a que se convierta en hombre sano de cuerpo y alma, capaz de formar su propio hogar sobre bases sólidas y forjar con acierto su propia felicidad.

—La Prensa Gráfica, 9 de Enero de 1968

Concepto de la vida sexual

Educación para el amor

Predomina hoy día la idea de que la educación sexual es conveniente y necesaria. Y la enseñanza se imparte a troche y moche, en colegios y escuelas, a niños y adultos, con Ia mejor buena intención de dar a nuestra juventud una educación integral.

Pero estamos pasando de un extremo a otro. Antes existía la idea equivocada de identificar al sexo con el mal. Hoy se habla descaradamente del sexo como un instinto natural, cuya actividad no debe sujetarse a ninguna norma moral, cuyo ejercicio no está dirigido a un empeño de amor y fecundidad y que carece totalmente de un sentido de responsabilidad social.

Una instrucción sexual que se limita a enseñar el aspecto físico, fisiológico e higiénico del sexo, sólo servirá para aumentar el desenfreno de costumbres, la exaltación del erotismo, la idolatría de la carne, el reino de Ia "dolce vita", donde Ia palabra amor es sinónimo de lujuria.

Comprendemos que el sexo es importante en la vida, no puede comprenderse al hombre y su comportamiento si no se tiene en cuenta el sexo. Su educación integral y su madurez exigen el respeto de su índole sexual que es totalmente superior a la de los animales.

Pero la sola instrucción sexual no basta. Más todavía, nos atrevemos a decir que es perjudicial, si no se complementa con Ia educación para el amor, si no se encamina hacia el matrimonio, si no sabe fundir, en armónico entendimiento, los aspectos sensibles y los espirituales.

El cristianismo jamás ha enseñado que el sexo sea un mal sino que, como todas las actividades de la vida, debe estar sujeto a normas morales. A pesar de la debilidad de la naturaleza humana, la Iglesia no acepta jamás el determinismo, sino que sostiene que el hombre puede y debe dominar el sexo.

Especialmente en nuestro país, donde nacen tantos niños abandonados, sin padre, sin luz, sin calor, deben combatirse enérgicamente las falacias del amor Iibre, de las relaciones prematrimoniales, de que la castidad es imposible, para que la actividad sexual se dirija exclusivamente al matrimonio y a la familia, primera célula de la sociedad, donde se forman los ciudadanos del mañana.

Debemos reaccionar rápidamente, con operante decisión, especialmente pensando en los jóvenes, contra las ideas erróneas que se difunden hoy sobre el sexo. Los medios de comunicación social deben tener cuidado de no convertirse en escaparates de incitantes desnudeces y almacenes de verdes y picantes escándalos. Y los padres de familia deben controlar mejor a sus hijos en sus diversiones, especialmente en su asistencia al cine, donde muchas veces contemplan los pozos negros de Ia violencia y de Ia sexualidad. Porque desgraciadamente hoy día, como lo expresó hace poco una apreciable señora norteamericana, miembro de Ia comisión oficial de censura del estado de Maryland, los productores sólo necesitan tres cosas para hacer una película interesante: un hombre, una mujer y una cama. Con lo cual el séptimo arte, en vez de utilizar su poderosa eficacia para educar, se ha convertido en un tremendo instrumento de corrupción.

Hay que enaltecer los destinos supremos de Ia juventud, dándoIe al sexo su verdadero sentido y valor, iluminando su corazón bajo la luz de las enseñanzas cristianas, que quieren hacer de la sexualidad el medio de un amor humano auténtico.

La degeneración del amor

El Machismo

La peor desgracia de nuestro país, el problema más grave que afronta nuestro pueblo, es la desorganización de la familia, como una consecuencia lógica del machismo que predomina en nuestro ambiente. Machismo que consiste en el triunfo del macho sobre el hombre y en el triunfo de la hembra sobre la mujer, para unirse en forma transitoria, en una degeneración del amor.

Machismo que se lanza a la conquista de cualquier cosa que lleve faldas. Machismo que encuentra natural el amor libre. Machismo que confunde el amor con el sexo. Machismo que concede al hombre el derecho al desenfreno pasional. Machismo que da por resultado una multitud de seres nacidos en la interpérie espiritual más desoladora, víctimas de la desintegración de la familia, convirtiendo el hogar en una institución matriarcal, regida exclusivamente por la presencia de la madre, que ha concebido de cualquier hombre transeúnte en su vida, con la consiguiente ruina de los hijos.

San Jerónimo escribía que "lo prohibido a las mujeres prohíbese a los hombres y la misma ley rige a entrambos". Desgraciadamente, si antes las mujeres pedían medidas correctivas contra el vicio de los varones, hoy solicitan en cambio que el vicio les sea a ellas permitido en el mismo grado.

La gravedad de estos hechos hace que hasta un Bertrand Russel alce su voz abogando en defensa de la familia.

La mujer moderna ha retrocedido muchos siglos. Su pretendida igualdad con el hombre la ha convertido nuevamente en un simple instrumento de placer, en un bello animal, en un juguete de lujo del macho conquistador, que colecciona mujeres como trofeos de sus ímpetus bestiales.

Marañón ha probado hasta Ia saciedad que la institución familiar es la columna vertebral del progreso humano. Porque sin amor no hay progreso humano ni solución completa a nuestros problemas morales, culturales y económicos, porque nuestros niños, los ciudadanos del mañana, seguirán gimiendo en la miseria y el abandono, sin padre ni hogar, sin techo y sin amor.

Aberraciones Modernas

Cuando hay amor

Una famosa cantante latinoamericana que pasó, como una estrella fugaz, por nuestro cielo artístico, se mostró partidaria de las relaciones prematrimoniales, con tal de que siempre haya "amor". Desgraciadamente para nuestra época, las grandes figuras artísticas están muy lejos de ser un dechado de virtudes. Sus opiniones sobre Ia vida no se pueden tomar como una norma para Ia juventud que admira sus dotes artísticas o se deleita con los hechizos de sus encantos físicos.

El amor libre y las relaciones prematrimoniales se han practicado siempre, en toda la historia de Ia humanidad. Pero se realizaban a escondidas, como una debilidad de la naturaleza caída, como actos vergonzosos que merecían la justa condena de Ia moral y las buenas costumbres.

Hoy, en cambio, nos consideramos gente "civilizada". Estamos perdiendo la noción fundamental del bien y del mal. Se quiere practicar a Ia luz del día lo que siempre se ha considerado como inmoral. Se pretende Iegalizar lo que está condenado por las leyes no escritas de la naturaleza. El amor libre, la homosexualidad, el anticoncepcionismo, el aborto y toda la gama oscura de los vicios, se lanzan hoy a la calle, exigen sus "derechos" y reclaman descaradamente su carta de ciudadanía.

Las relaciones prematrimoniales constituyen, en nuestros días, una plaga social, un mito trágico que destroza Ia vida de muchas jóvenes ingenuas que sucumben víctimas del "amor", sin caer en cuenta de que se trata de una simple atracción sexual, que no se diferencia mucho de la unión física del perro con la perra.

Casi siempre, las llamadas relaciones prematrimoniales no tienen nada de matrimoniales. Y las muchachas desfloradas se convierten, como dice la canción gitana, en una falsa moneda, que, de mano en mano va, y ninguna se la queda.

Y en esta época de Iiberación femenina, la mujer vuelve a ser, como en los tiempos paganos, un simple instrumento de placer, Y el hombre, cuando realmente piensa contraer matrimonio, como cuando quiere comprar una camisa, no busca nunca un objeto "usado", de segunda mano, sino una muchacha limpia, pura, intachable, que no haya sido manoseada, para que sea digna de ser Ia madre de sus hijos, la dulce compañera do toda su vida.

Retorciendo las palabras de la bella mujer que canta como un ruiseñor, pero que parece tener un cerebro tan diminuto como el del ave cantora, podemos decir que cuando hay amor no deben mantenerse relaciones prematrimoniales, porque el amor es sacrificio, abnegación, gentileza, consideración, culto y respeto a la dignidad de Ia persona humana.

—El Diario de Hoy, 20 de Diciembre de 1972

La Epidemia del Sexo

Se habla de combatir la prostitución, de reguIarla, de arrinconarla, de controlarla. Un afán muy noble de las autoridades, de los directores de colegios, de los padres de familia. Un empeño inútil de una sociedad desorientada que da palos de ciego para resolver los graves problemas que Ia atormentan. Porque es absolutamente imposible combatir los efectos sin arrancar de raíz las causas que los producen.

No hace mucho que hubo en el país una epidemia de disentería. Para atacarla y reducir sus estragos, las autoridades sanitarias no se limitaron a administrar medicamentos apropiados a las personas que padecían la terrible y mortal enfermedad. Lo más importante de su labor fue el desarrollo de una campaña de higiene y profilaxis, para que el mal no se extendiera, para que el microbio no se propagase, para que no se contagiara la porción sana de Ia población.

Fue una actitud lógica, práctica, eficaz que dio naturalmente resultados positivos. En cambio, tratándose de problemas morales y sociales, se actúa en forma ilógica, ilusoria, absurda. No se puede combatir la prostitución con medidas de policía o de simple control sanitario. No se puedo curar el cáncer dándole a beber al enfermo una limonada. No se puedo reparar un edificio que se está derrumbando, pintando solamente la fachada. Hay que atacar el mal desde su raíz. Y la raíz de la prostitución es el abuso del sexo.

Hay que partir de ésta base si se quiere hacer algo positivo. El sexo no es malo en sí mismo. Como toda creación de Dios, ha sido hecho para un fin alto y noble, como un instrumento del amor, para la realización plena del hombre y la mujer, como una participación de la obra creadora de Dios, para perpetuar la humana estirpe en el mundo.

Pero el sexo sólo es bueno dentro del matrimonio. El use del sexo de cualquier otra manera es un abuso, un mal, una prostitución. De manera que las extraviadas no sólo son las mujeres callejeras que venden por dinero un momento de placer. Según las leyes de Dios y de Ia naturaleza, actúan mal todos los hombres y mujeres que abusan del sexo o que lo practican fuera del matrimonio, ya sea por dinero o por "amor".

Y en este sentido toda Ia gran ciudad es un centro de prostitución. Empezando por las instituciones sociales y culturales que imparten Ia educación sexual, en su aspecto puramente biológico, anatómico y profiláctico, en vez de educar a la juventud para el amor humano, cristiano, civilizado. Incluyendo a muchos padres de familia que procuran Ia iniciación sexual de sus hijos en el momento que se dan cuenta de que ya son hombres. Incluyendo los medios de comunicación social que se han convertido en los instrumentos más eficaces para la corrupción de la juventud.

Hace algunos años teníamos Ia costumbre de leer novelas de aventuras, escritas en idiomas extranjeros, con eI objeto de practicarlos y familiarizarnos con su literatura. Un día cayó en nuestras manos una obra de ambiente marino, que narraba en forma cruda la vida tormentosa de los tripulantes, especialmente cuando llegaban a lo que los anglosajones llaman "Port of Call", para tomar una licencia. Había entre los protagonistas un viejo marino, un curtido perro de mar, que siempre visitaba la misma casa de citas. Con el objeto de excitarse, antes de buscar a su propia compañera, le pagaba al dueño de Ia "pensión" una cantidad pequeña, para que lo dejara contemplar, desde un agujero, los actos sexuales que otra pareja realizaba en un cuarto contiguo.

En nuestra sociedad moderna y técnicamente avanzada, nadie tiene necesidad de pagar para ver actos sexuales desde un agujero. Basta con entrar al cine para ver íntimamente enlazados en escenas de "amor" a los más bellos ejemplares de Ia raza humana. Basta con agarrar una revista para ver mujeres desnudas. Basta con transitar por las calles para contemplar a muchachas verdaderamente seductoras exhibiendo sus carnes "inocentemente". Basta con ver un anuncio de repuestos de automóviles para ver Ia silueta de una mujer desnuda, con sus "partes altas" y sus "partes bajas". Basta con poner Ia televisión y encontramos al "sex appeal", en la propaganda de productos de belleza, ropa íntima Femenina, licores y cigarrillos y hasta de cuentas bancarias de ahorro.

Naturalmente que con todas éstas excitaciones, en la calle, en la casa y hasta en las Iglesias, es casi imposible dominar los instintos sexuales. Y no es de extrañar que a la salida del cine o después de una fiesta social, en Ia que los sentidos reciben una carga insoportable de lujuria y de alcohol, nuestros jóvenes se encaminen a las casas de ellas, o hagan un "levante" en la calle, o se dirijan donde cualquier "amiga" que les conceda sus favores, si es que antes no han logrado seducir a su "novia" o a su compañera de baile.

No seamos inconscientes ni ilusos. La prostitución prospera por el desenfreno sexual. Si queremos erradicar el mal, no sólo debemos combatir sus efectos, sino que, más que todo, tenemos que atacar sus causas.

—El Mundo, 9 de Octubre de 1970