GACETA DE OPINION

EL AMOR ETERNO

El amor no es una palabra profana. El amor es una palabra profanada. El amor no fue creado. El amor es eterno, sin principio ni fin, porque el amor es divino, porque Dios es amor. En el principio de los tiempos Dios creó el mundo por amor. Hizo el cielo y la tierra, separó la luz de las tinieblas, colgó las estrellas del firmamento, dio vida a los animales y las plantas, pero la creación no estaba completa, porque faltaba el reflejo de su amor. Entonces "Dios creó al hombre a su imagen, a la imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó." Dios puso en el corazón del hombre un soplo de su amor, un reflejo vertical del amor divino que se proyectó en forma horizontal, en el amor del hombre a la mujer, para instituir el matrimonio, para formar el hogar, para organizar la familia, primer santuario del amor sobre la tierra, creado a imagen y semejanza de Dios, porque, como Dios, es fuente de amor y de vida. De modo que el matrimonio no es un invento del cristianismo, sino una institución de derecho natural, tan vieja como el hombre, anterior y superior a toda ley positiva. La unión del hombre y la mujer difiere radicalmente de cualquier otra Asociación humana y constituye una realidad singular que no puede considerarse como un simple contrato social, que se puede sellar o disolver al antojo de sus protagonistas por simple disposición de las leyes civiles. El amor humano es la unión íntima y total del hombre y de la mujer, un compromiso libre y mutuo de dos personas libres, una voluntad de pertenecerse durante toda la vida, una entrega completa en cuerpo y alma, hasta formar una sola carne, hasta fundirse en un solo ser. El amor humano es bueno. La unión física, dentro del matrimonio es sagrada. El acto conyugal es la expresión del amor. Las mismas manifestaciones de su ternura están impregnadas de este amor que los esposos beben en el corazón de Dios. Sus relaciones sexuales, su entrega carnal, adquieren una nobleza nueva. El impulso que les alienta a unirse es portador de vida. El amor humano se diviniza, porque participa de la obra creadora de Dios. Los análisis psicológicos, las investigaciones psicoanalíticas, las encuestas Sociológicas, las reflexiones filosóficas podrán aportar sus luces sobre la Sexualidad, pero no podrán alertar la significación del amor humano como una realidad fundamental, que no puede ser reducida al deseo físico, al erotismo degradante y destructor, que nos hunde en la ciénaga de la sensualidad. El amor no es una palabra profana, el amor es una palabra profanada por la corriente de hedonismo que nos invade. El amor humano es una gran realidad, excelente en sus orígenes, reflejo del amor d Dios, por la cual el hombre y la mujer se realizan y se complementan, descubriendo su grandeza y fecundidad, encontrando su verdadera dimensión, alcanzando en forma perfecta su plenitud, hasta llegar, en su sed de infinito, al Dios que los creó a su imagen y semejanza, inteligentes y libres, fuentes de amor y de vida. -

El Mundo, San Salvador, 3 de Julio de 1970

MATRIMONIO Y CONTUBERNIO

 El derecho Romano sólo concedía acceso al "matrimonio" a las personas libres o propietarias de su cuerpo, mientras que los esclavos sólo podían unirse en "contu- bernio" o unión ilícita, porque las leyes positivas no les permitían disponer de su propio cuerpo. Las fuerzas civilizadoras del Cristianismo acabó con la esclavitud degradante. Pero el contubernio sigue teniendo vigencia en el amor libre, las uniones pasajeras y el desen- freno sexual. El matrimonio no ha sido inventado por el cristianismo. Es una institución natural, tan antigua como el mundo. El amor del hombre y la mujer es una manifestación del amor de Dios, el amor rige el Universo, el amor que mueve las estrellas, según el verso feliz del Dante, "I" amore que move il sole e I'altre stelle". El amor no es una cosa profana. Es una palabra profanada. El amor es lo primero y más eminente de la vida del hombre. El que ama y es amado lo sabe perfectamente. Ya lo decía el Cantar de los Cantares: "Si un hombre compra el amor con toda su hacienda, creerá no haber pagado nada." Porque ni el oro, ni las riquezas, ni las glorias de este mundo son nada al lado de ese admirablemente con el amor horizontal, el amor humano. Sólo el matrimonio puede dar al amor su verdadera dignidad, porque es la fusión del instinto y la amistad, de las satisfacciones corporales y de los gozos puramente espirituales. El instinto se convierte en el lenguaje de un amor mucho más hondo. La unión de los cuerpos es un signo e instrumento de la unidad espiritual. Aristóteles concebía la unión del hombre y la mujer como "la primera y más estrecha de las uniones", para que el gozo fuese multiplicado por dos, para que las penas se dividieran entre dos, haciendo que todo sea común entre marido y mujer, que "no son dos, sino uno solo". Unión sólida. Como decía San Francisco de Sales, "cuando se pegan dos trozos de madera de abeto formando ensambladura, si la cola es fina, la unión llega a ser tan sólida, que las piezas se romperían por otra parte, pero nunca por el sitio de la juntura, Dios unió al hombre y a la mujer mediante la sangre de ambos, para que antes se separe el cuerpo del alma que el esposo de la esposa." Pero si el amor triunfa muchas veces de la muerte, con frecuencia la vida triunfa contra el amor. El matrimonio no es como las novelas folletinescas o las películas de final feliz, que terminan con la boda de los protagonistas. En el altar comienza el primer capítulo de un libro que sólo se cierra con la muerte, después de una vida en común, llena de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. Ni el matrimonio sin amor, ni amor sin matrimonio. La esposa tiene derecho a que se reconozca la trascendencia del amor en su vida, tan importante para ella, tan distinto a los juegos del varón, pues ella supone una donación total, una entrega completa, en cuerpo y alma. El amor no es la pasión libre, clandestina, de la mujer que puede concebir de cualquier hombre transeúnte en su vida. El amor no es la unión estéril y pasajera de nuestros jóvenes a go-go, que pretenden llenar el vacío de sus almas buscando con nostalgia alguna forma de intimidad, siquiera precaria, de un "togetherness", un "estar juntos" en oscuro contubernio. LA FAMILIA Y LA VOCACION Ya es un lugar común decir que la familia es la célula fundamental de la sociedad su importancia es tan grande en la vida de los pueblos, que nos atreveríamos a decir, sin temor a equivocarnos, que resolviendo el problema de la familia, se habrán resuelto la mayoría de los problemas que aquejan al mundo. En lo que se refiere a la educación de la juventud, la sociedad familiar, es el ambiente ideal para forjar caracteres y para moldear corazones. Cualesquiera que sean las pretensiones de los Estados modernos respecto a los problemas de la educación, jamás podrá reemplazar la influencia preponderante de la familia bien constituida. La autoridad del hogar, por reposar sobre el padre y la madre, es, a la vez, una amalgama de fuerza y de ternura que jamás podrá encontrarse, de manera tan eficaz, en el ambiente escolar, por mucho que se empleen los métodos pedagógicos más modernos y avanzados. Vigilante e intuitiva, clara y amorosa, la autoridad paternal se adapta con precisión a las necesidades de los hijos. Si el padre ordena casi siempre con el cerebro y la madre con el corazón, la disciplina no se confunde jamás con un reglamento escolar rígido, anónimo y uniforme. La obediencia va espontáneamente acompañada por el respeto y el amor, teniendo como base la confianza. La autoridad familiar no se encamina a formar autómatas sino personas. Más, por desgracia, no siempre la familia tiene clara conciencia de sus responsa- bilidades. Con mucha frecuencia, por ignorancia, descuido u omisión culpable, se tuerce la personalidad moral del niño. Muchos padres de familia se imaginan que han cumplido sus deberes con los hijos al proporcionarles un buen colegio. Resulta fácil y cómodo arrojar sobre los hombros cansados de los maestros, el fardo pesado de la responsabilidad educacional. La escuela será un magnífico auxiliar en la formación de la juventud, pero nunca podrá suplir totalmente a la familia. La educación implica deberes que no se pueden cumplir sin sacrificios. Exige una constante atención y obliga a los padres a privarse de una gran parte de su libertad. Así como la madre no puede dar a luz sin el acicate del dolor, así tampoco nosotros podremos ser padres en todo el sentido de la palabra, sin la abnegación continua y prolongada de nosotros mismos, en la noble tarea de forjar almas y moldear corazones. Escuchemos, oh padres de familia, lo que dijo Cristo:" El que sea mayor entre vosotros que sea vuestro servidor." Nosotros, padres de familia, debemos ser los servidores de todos en el hogar. Nuestra autoridad paternal nos da el privilegio de lavarles los pies a nuestros hijos, como Cristo lo hizo con sus discípulos. Pero el momento supremo de nuestra responsabilidad culmina cuando suena la hora de la vocación. Responsabilidad con nuestros hijos, responsabilidad ante la Patria y responsabilidad delante de Dios, ya que en el seno de la familia, nacen y crecen los niños destinados a la infinita variedad de las vocaciones humanas, tanto los que abrazan las múltiples actividades creadas por el ingenio humano, como los que se consagran al servicio divino en la vida religiosa. 

-La Prensa Gráfica, 5 de Agosto de 1967

LA FAMILIA Y LA VOCACION

Ya es un lugar común decir que la familia es la célula fundamental de la sociedad su
importancia es tan grande en la vida de los pueblos, que nos atreveríamos a decir, sin temor a equivocarnos, que resolviendo el problema de la familia, se habrán
resuelto la  mayoría de los problemas que aquejan al mundo.
En lo que se refiere a la educación de la juventud, la sociedad familiar,
es el ambiente  ideal para forjar caracteres y para moldear corazones. Cualesquiera   que sean las pretensiones de los Estados modernos respecto a los problemas de la  educación, jamás podrá reemplazar la influencia preponderante de la familia bien
constituida.
La autoridad del hogar, por reposar sobre el padre y la madre, es, a la vez, una  amalgama de fuerza y de ternura que jamás podrá encontrarse, de manera tan  eficaz, en el ambiente escolar, por mucho que se empleen los métodos pedagógicos
más modernos y avanzados.
Vigilante e intuitiva, clara y amorosa, la autoridad paternal se adapta  con precisión a las necesidades de los hijos. Si el padre ordena casi siempre con el cerebro y la madre con el corazón, la disciplina no se confunde jamás con un reglamento
escolar rígido,  anónimo y uniforme. La  obediencia va espontáneamente acompañada por el respeto y  el amor, teniendo como base la confianza. La autoridad familiar no se encamina a formar autómatas sino personas. 
Más, por desgracia, no siempre la familia tiene clara conciencia de sus  responsabilidades.  Con mucha frecuencia, por ignorancia, descuido u omisión  culpable, se tuerce la personalidad moral del niño.
Muchos padres de familia se imaginan que han cumplido sus deberes con los  hijos al proporcionarles un buen colegio. Resulta fácil y cómodo arrojar sobre los  hombros cansados de los maestros, el fardo pesado de la responsabilidad
educacional.
La escuela será un magnífico auxiliar en la formación de la juventud, pero  nunca podrá suplir totalmente a la familia.
La educación implica deberes que no se pueden cumplir sin sacrificios.
Exige una constante atención y obliga a los padres a privarse de una gran parte de  su libertad. Así como la madre no puede dar a luz sin el acicate del dolor, así tampoco nosotros podremos ser padres en todo el sentido de la palabra, sin la abnegación continua y prolongada de nosotros mismos, en la noble tarea de forjar almas y moldear corazones.
Escuchemos, oh padres de familia, lo que dijo Cristo:" El que sea mayor  entre vosotros que sea vuestro servidor."
Nosotros, padres de familia, debemos ser los servidores de todos en el  hogar. Nuestra autoridad paternal nos da el privilegio de lavarles los pies a nuestros  hijos, como Cristo lo hizo con sus discípulos.
Pero el momento supremo de nuestra responsabilidad culmina cuando suena la  hora de la vocación. Responsabilidad con nuestros hijos, responsabilidad ante  la Patria y responsabilidad delante de Dios, ya que en el seno de la familia, nacen y
crecen los niños destinados a la infinita variedad de las vocaciones humanas, tanto  los que abrazan las múltiples actividades creadas por el ingenio humano, como los  que se consagran al servicio divino en la vida religiosa.
 -La Prensa Gráfica, 5 de Agosto de 1967

                           
La Familia y la Vocación
 II y último
 Aunque con frecuencia se reserva el término vocación para referirse a la elección de estado, más bien diríamos que la vocación tiene un sentido  mucho más amplio. Por encima de cualquier vocación particular existe Ia  general, que consiste en dar al joven la conciencia plena de su dignidad  de hombre, un claro sentido del deber, la preocupación constante por el  bien común y La orientación general de su espíritu hacia Los valores
 superiores de la civilización cristiana.
Con el objeto de preparar al muchacho para una elección juiciosa y  desinteresada de su vocación particular, habrá que empezar por mostrarlo  cómo su propia existencia no se puedo concebir sin Ia colaboración de un  número grande de trabajadores de todos los oficios y profesiones, cada uno  de los cuales aporta. con su trabajo, el sustento del cuerpo y del
espíritu. Hay que decirle claramente que su deber es prepararse para poder  devolver un día con su trabajo siquiera una parte de los bienes que ha  recibido de Ia sociedad que tanto contribuyó a su desarrollo.
Debe tenerse mucho cuidado de no despertar en el joven las ambiciones egoístas, haciéndolo creer que el objetivo de la vida consiste en crearse  una posición lo más ventajosa posible, sin preocuparse del bien común, olvidando Ia deuda que cada uno tiene contraída con Ia sociedad.
Hay que despertar en el adolescente el espíritu de responsabilidad social y el sentido de Ia vocación cristiana, haciéndole comprender que está obligado a servir a Dios y a La Patria, eligiendo una profesión o carrera  de acuerdo con sus mejores aptitudes y sus nobles aspiraciones.
Pero la vocación de un joven no puede serie impuesta desde fuera. Debe surgir espontáneamente de Ia actividad libre y de la orientación general  de sus facultades. Lo cual no quiere decir que el educador no debe ayudar  al joven a descubrir los caminos que Ie permitirán realizar los ideales de  su verdadera personalidad.
No es raro el caso de que un afecto egoísta lleva a los padres a oponerse a toda vocación que los prive de Ia presencia o de Ia ayuda del joven para  el sostenimiento del hogar, o quieran convertir a sus hijos en ejecutores de sus caprichos y ambiciones personales, temiendo incluso que se  desarrolle en su alma el sentido social humanitario o las nobles  aspiraciones hacia una vocación religiosa. Grave responsabilidad de padres  egoístas quo quieren para si solos al hijo que los ha sido encomendado
para el servicio de Dios y de La Patria.
Entendamos de una vez, oh padres de familia, que hemos sido hechos para  nuestros hijos y no ellos para nuestro provecho. Nuestros brazos deben abrirse para ofrecer y no para tomar y sacar ventaja de su trabajo.
Ser padre es una gloria sublime y una tremenda responsabilidad. Ser padre es participar de la obra creadora de Dios Padre, moldeando el barro humano  para formar ciudadanos útiles a la Patria. Ser padre es participar en Ia obra redentora de Dios Hijo, sacrificándonos continuamente, entregando siempre el alma y el corazón para dar a los hijos el ejemplo supremo de
abnegación. Ser padre os participar do la obra santificadora del Espíritu  Santo formando verdaderos cristianos y ciudadanos del Cielo. Ser padre es,  por fin, sacrificar, en el altar de La Patria, Ia sangre de nuestra sangre y en el altar de Dios, como el Patriarca Abraham, los pedazos de nuestro corazón y los jirones de nuestro espíritu.

 -LA PRENSA GRAFICA, 7 de agosto de 1967


                                
En el principio era la Madre

 A la madre de mis amores, que me dio Ia vida; a Ia madre de mis anhelos, que dio la vida a mis hijos.
 "En el principio era la Madre...".  Con La expresiva sencillez de estas palabras evangélicas, un ilustre escritor inicio la biografía de un gran  Santo.

Realmente, "en el principio era la Madre..." Porque en la vida de los grandes hombres, mas o menos oculta en la gloriosa  y fecunda oscuridad de su santuario, hay una mujer abnegada y excelsa, que supo realizar, con
dignidad y acierto, su noble y sublime misión de MADRE.

Muchos factores influyen. sin duda, en la conducta de los hombres; pero bien podemos decir, sin temor a equivocarnos, que debemos lo que somos, en  gran parte, a la mujer quo padeció por nosotros el supremo dolor de dar la
vida.
Madre... nombre sagrado, música para el oído, miel para los labios, deleite para los ojos. Madre... soplo acariciador de suave brisa, límpida pureza de fuente cristalina, encanto misterioso de cielo estrellado.
Madre... calor de abrazo, ternura de beso, sinfonía del corazón. Por la inmensidad de su amor, lleva en el alma un hálito de Dios; y por la espiritual solicitud de su cuidado, tiene más de ángel que de mujer.
Sacerdotisa del rito sagrado del amor, oficia fervorosamente en el recóndito santuario del hogar Maestra por excelencia, posee La sabiduría innata de templar almas, iluminar inteligencias y modelar corazones..
Ella no compuso inspiradas melodías, ni cinceló obras maestras de la escultura, ni pintó con la magia de su pincel la policromía del paisaje; ella no conquistó los secretos arcanos de las ciencias, ni se cubrió de gloria en las batallas, ni deslumbró al mundo con el brillo de su talento y los resplandores de su genio. Pero, en medio de su grandiosa sencillez,  la madre ha realizado obras mucho más nobles y meritorias, más excelsas y  sublimes, porque forjó sobre sus rodillas a hombres íntegros y mujeres valerosas, artistas y escritores, santos y sabios, héroes y libertadores, quo constituyen realmente las más bellas creaciones de Ia naturaleza.
Cuanto más se considere la enorme influencia que la madre ejerce en la vida de los pueblos, más se ha de sentir que costumbres modernas y  prácticas exóticas hayan logrado que hombres y mujeres desnaturalicen y
menosprecien Ia misión augusta de la maternidad.
No hemos de negar que hoy más que nunca, se rinde culto a la madre. Pero  muchas veces nos limitamos a tributarle vacíos homenajes retóricos, que  suenan ya como discos rayados de gastadas canciones sentimentales. La
triste realidad nos demuestra en cambio que La Reina del Hogar es una reina destronada. ¿Como puede ser reina si ya ni siquiera existe el hogar?
En Las clases populares la mujer trabajadora, acuciada por Ia necesidad de ganar el pan de sus hijos con el sudor de su frente, no puedo atender, ni de lejos, sus tareas maternales. Mucho será si no tiene que mantener también al marido borracho que muchas veces paga con azotes sus desvelos. ¿Y por qué no decirlo de una vez? Algunas de ellas tendrán que huir, con
el canasto en la cabeza, para eludir Ia persecución de los agentes del orden, mientras se deja en libertad a las "traviatas" ambulantes, en su vergonzoso negocio.
La mujer trabajadora ya no es la reina del hogar, porque ni siquiera tiene un hogar donde reclinar la cabeza y mecer la cuna de sus criaturas.
En las clases llamadas altas por su influencia intelectual, política y económica, la mujer ha perdido también mucho de su señorío, gracias a las modas y costumbres exóticas, quo han venido a desnaturalizar Ia misión
augusta de la madre.
Hoy los hijos estorban. Su número se limita porque no se pueden mantener.  Se necesita el dinero, mucho dinero, para cosméticos, maquillaje, vestidos  extranjeros, joyas...
Hoy los hijos estorban. Apenas si le queda tiempo a la señora para cumplir sus compromisos sociales.
Hoy los hijos estorban. Que los cuide la criada, que salgan a la calle, que no hagan tanto ruido, porque Ia señora está cansada y nerviosa.
Hoy los hijos estorban. Mejor sustituirlos por un gato perfumado o por un perrito faldero,  ¡qué monada......!
Hoy los hijos estorban. Qué horror... Otro hijo más y las líneas de La  señora se estropean.  ¿Qué remedio queda?
¿Renunciar a los placeres de la carne? No, de ninguna manera. es tan  fácil, un viaje a los Estados Unidos y tenemos asegurado el  "birth-control", asi en inglés, porque suena mejor.
Hoy Los hijos estorban. El señor se "enamoró" de otra mujer. o la señora se prendió de otro hombre. ¿Qué se va a hacer? Es el amor. No queda más  camino que el divorcio. ¿Y los hijos? ¡Ah, los hijos! Pobrecitos.  ¿Pero
qué se va a hacer? C'est la amour...
Ay, lástima grande... Ya no hay hogares. Algunas voces Ia culpa es de la  mujer. Pero, a decir verdad, somos mucho más culpables los hombros. ¿Quién  habla ya y mucho menos practica Ia fidelidad conyugal? ¿Cuántos maridos
hay que ni siquiera se pueden llamar esposos? Hay quienes derrochan el dinero a manos llenas en parrandas y borracheras y regatean los centavos  para el decoroso mantenimiento de su hogar. Cuántos hay que son como los
gatos que pasan noches fuera de su casa... Forman legión los casados que  continúan llevando una vida disipada de solteros disolutos.

¿Cómo puedo haber hogar en semejantes condiciones?  Si, celebremos el día de la madre. Rindamos un homenaje a la madre de
 nuestros amores, que nos dio la vida. Y a la madre de nuestros anhelos que  dio la vida a nuestros hijos. Pero no nos contentemos con llevarles un  obsequio material ni con balbucir unas palabras cariñosas a su oído. El  día de la madre debe ser un día de meditación y una ocasión para formar  propósitos de varonil caballerosidad, que demuestren con hechos elocuentes
no con palabras vacías nuestro aprecio, nuestra fervorosa devoción a toda mujer que pueda lucir con dignidad el nombre dulce y augusto, bendito y  sagrado de MADRE.
 Y que la mujer también vuelva por sus fueros de reina del hogar. Que no pretenda modernizarse e igualarse al hombre, adquiriendo sus vicios. que no busque el engañoso y fementido reinado, conquista de su vanidad y de su artificiosa belleza física. Que no tenga como modelo a la artista de cine que tiene por manía de coleccionar maridos. Que busque en
 nuestra historia y en las propias tradiciones, netamente salvadoreñas y auténticamente cristianas, el modelo supremo de Ia mujer, La figura Santa e inmaculada de la augusta Madre de Dios y Madre solicita de los hombres.


                                         
Paternidad Responsable

Se habla mucho en nuestro tiempo de paternidad responsable. El Santo Padre nos ilustra enseñándonos que paternidad responsable, en relación a los procesos biológicos, significa conocimiento y respeto do sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana, comportando el dominio necesario sobre las tendencias del instinto y de las pasiones.

El ejercicio de una paternidad responsable exige, por lo tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores.

En Ia misión de transmitir Ia vida, Los esposos no son libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos.

Estos actos, con los cuales Los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos."

Lo indigno y deshonesto es precisamente el abuso y el mal uso del sexo, contemplado no como parte importante y noble del amor humano, si no como un acto pasajero de placer.

La explosión de la natalidad se debe, más que todo, al desenfreno sexual nuestro país es una prueba elocuente de que el exceso de población no nace precisamente en el seno de familias numerosas, sino que es el fruto del amor libre y consecuencia lamentable de un momento de placer.

No nos cansaremos de repetirlo. El problema más grave que padece nuestro pueblo, el problema de los problemas y la raíz de todas nuestras dificultades, es precisamente la desorganización de la familia, la cantidad enorme de hijos sin padre, fruto natural y lógico del desenfreno sexual.

Marañón ha probado hasta la saciedad que Ia institución familiar es Ia columna vertebral del progreso humano. Porque sin amor no hay hogar, sin hogar no hay familia; y como Ia familia es la célula vital de la sociedad, sin familia no hay progreso humano ni solución completa a nuestros problemas morales, culturales y económicos, porque nuestros niños, los ciudadanos del mañana, seguirán gimiendo en la miseria y el abandono, sin padre y sin hogar, sin techo y sin amor.

No se trata de un simple padecimiento moral, contemplado con criterio alarmista de fanáticos y mojigatos, sino de un mal grave, profundo, real que tiene grandes repercusiones en Ia vida nacional.

Se impone la urgencia de acabar con el desenfreno de las costumbres. Se necesita orientar la vida sexual de los jóvenes de modo que se convierta en un elemento importante y noble del amor conyugal, para cumplir la sublime misión de dar vida a otros seres, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, pedazos de nuestro corazón, frutos legítimos de nuestro amor, jirones idolatrados de nuestro espíritu.

En vez de control artificial de la natalidad, en vez de la píldora degradante y corruptora, llevemos a cabo una campaña para el control del sexo, para el fomento de la moralidad, para la protección a la familia, para la educación del amor.

Para la inmensa mayoría de los católicos, fieles al magisterio infalible de Ia Iglesia, "Roma locuta est, causa finita est": Roma ha hablado y la discusión ha terminado. Y para todos los hombres conscientes de la tierra, ha hablado Ia más alta autoridad moral del mundo.

—La Prensa Gráfica, 28 de Agosto de 1968

La tragedia de los hijos sin padre

Los pájaros tienen su nido, las abejas tienen su colmena, las fieras tienen su madriguera, pero miles de niños salvadoreños carecen del más humilde hogar.

Podríamos decir, sin temor de caer en exageraciones, que en el país sólo hay un problema, un gran problema, el problema de los problemas, sin el cual es absolutamente imposible resolver todos los demás, ni mejorar las condiciones de vida de nuestro pueblo, ni impulsar el desarrollo de nuestra nación, ni procurar el engrandecimiento de nuestra patria.

Nos referimos a Ia desorganización de la familia, célula primordial de la sociedad, sin la cual no se puede constituir un pueblo, sino una multitud de individuos yuxtapuestos, que crecen y se desarrollan en la más cruda interpérie espiritual y material, sin amor, sin calor, sin rumbo, sin guía.

Nos referimos a la desorganización de Ia familia, la primera escuela, la escuela por excelencia, donde el niño aprende a balbucir las primeras palabras, grabando imágenes, guardando impresiones, reproduciendo visiones, copiando gestos, imitando actitudes, que dejan surcos indelebles en el disco virgen de su personalidad sensiblemente plástica.

Nos referimos a la desorganización de la familia, la micro sociedad, donde el niño aprendo a obedecer a sus mayores, a respetar a los demás, a convivir con sus semejantes, a amar a sus hermanos, a dominar sus impulsos, adquiriendo un profundo sentido social de interdependencia, colaboración y sacrificio por el bien común.

Nos referimos a la desorganización de la familia, Ia pequeña iglesia, donde se aprenden las verdades fundamentales de nuestra religión, donde se erige el primer altar al Dios verdadero, donde los labios infantiles balbucean la primera oración que se eleva al Cielo.

Nos referimos a la desorganización de la familia, pero desgraciadamente en nuestro país, los pájaros tienen su nido, las abejas tienen su colmena, las fieras tienen su madriguera, pero miles de niños salvadoreños carecen del más humilde hogar, porque sus padres irresponsables abandonaron miserablemente a la pobre mujer que sólo les sirvió como un simple instrumento de placer.

Nuestra Carta Magna declara solemnemente que "la familia es la base de la sociedad y que el estado promoverá el matrimonio". Pero francamente no vemos cómo se está cumpliendo este trascendental precepto constitucional. No dudamos en ningún momento de la buena voluntad de nuestras autoridades y reconocemos sinceramente sus esfuerzos ininterrumpidos por mejorar las condiciones de vida de nuestro pueblo. Pero tenemos la profunda convicción de que fomentando y protegiendo a la familia, su labor será mucho más eficaz y económica en todos los terrenos de la vida nacional.

Sin familia la educación es deficiente, sin familia la salud es precaria, sin familia la moral es vacía, sin familia la economía es débil, sin familia el desarrollo es lento, sin familia la vida es inestable, sin familia no hay cultura, ni progreso, ni civilización,

Valdría la pena que en nuestro país se pensara seriamente en crear un ministerio y promulgar una ley orgánica con el exclusivo objeto de fomentar y proteger a la familia, en todas sus necesidades materiales, culturales y espirituales, para poner una base segura y eficaz al desarrollo nacional y al progreso integral de nuestro pueblo.

—La Prensa Gráfica, 5 de junio de 1970

Los Padres ausentes...

La madre no basta

El comercio es muchas veces un termómetro de la vida nacional. En distintas ocasiones se ha notado que en su movimiento repercuten ineludiblemente muchos acontecimientos políticos, sociales, religiosos y aún los más pequeños accidentes naturales que afectan la vida de nuestro pueblo.

Muchas veces las estadísticas comerciales revelan síntomas indicadores del modo de vivir de nuestra gente, no sólo en el aspecto económico, sino también en todas las facetas de la vida nacional.

Nuestra experiencia comercial nos demuestra que todos los años, sin excepción, las ventas comerciales de regalos y tarjetas de felicitación, conceden una victoria abrumadora para la madre y una derrota lamentable para el padre.

No pretendemos demostrar que todas las mujeres sean un dechado de perfección y que los hombres seamos el colmo de la perversidad. Pero no podemos ignorar el plebiscito espontáneo y elocuente de nuestra niñez, que nos demuestra hasta ha saciedad que los hombres estamos muy lejos de cumplir satisfactoriamente nuestra noble misión de padres de familia.

Hay actualmente en el mundo una verdadera crisis de paternidad educadora. Se siente en muchos hogares el gran vacío del padre, la ausencia del valor-hombre, la claudicación paterna. Hoy, como Diógenes, podemos salir con la linterna por las calles de la ciudad, para buscar entre la multitud... a un padre.

Muchos hombres establecen en su hogar un cómodo dualismo de vida, dejando a la mujer toda la carga de criar y educar a los hijos, para dedicarse exclusivamente a la tarea de ganar el pan para la familia. Y se imaginan que así sus hijos serán felices, porque "no les falta nada", olvidando la norma evangélica de que "no sólo de pan vive el hombre".

La presencia del padre en el hogar es insustituible. Más que nuestro pan, nuestros hijos necesitan nuestra compañía. Más que nuestras comodidades ellos tienen necesidad de la alegría vital de nuestra comprensión. Más que nuestro dinero, ellos exigen nuestro rostro de bondad, nuestra boca llena de verdades, nuestro corazón lleno de amor. Más que hambre de pan, ellos tienen hambre de nosotros. Con razón exclamaba Víctor Hugo: "Padre ausente, hijo desgraciado".

Agobiado por el cansancio de  mmmmmmsus ocupaciones habituales, el hombre Llega a su hogar como a un lugar de evasión de los disgustos, problemas y complicaciones de Ia lucha por la vida. Sólo quiere paz, descanso, soledad, silencio, mutismo. No quiere ruidos ni molestias. Todo le irrita. Los chicos le fastidian. Ellos son un mal necesario que hay que soportar, o un apéndice, más o menos amable, que se puede abandonar con toda tranquilidad a Ia madre.

El hombre no debe permitir jamás que su trabajo lo deshumanice, le haga extraño a su hogar, incapaz de gozar de sus serenas delicias ni de respirar la ternura de quienes le aman.

"La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión con propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de los hijos" (Concilio Vaticano II).

En muchos casos, la causa secreta de tantas desgracias morales y espirituales de los jóvenes es el vacío de su padre en sus vidas íntimas. Muchas rebeldías no son mas que la explosión de un corazón insatisfecho, que se niega a obedecer porque primero desea ser amado.

El hierro, para ser forjado, necesita ser calentado. Para forjar corazones se necesita calentarlos, en la fragua del hogar, al rojo vivo de nuestro amor.

El hombre moderno, ese gran analfabeta en la ciencia del amor, debe detenerse, reflexionar, volver sus pasos hacia el hogar, entrando decididamente a ocupar el puesto que le corresponde, física y espiritualmente, para regir, forjar, iluminar, devolviéndole a la familia su solidez, su fidelidad, su santidad, su gran fuerza educadora.

—El Diario de Hoy, 21 de septiembre de 1967

El padre pródigo

Todos conocemos y admiramos la bellísima parábola del Hijo Pródigo. El muchacho atolondrado que reclamó su herencia para ir a dilapidarla en Iejanas tierras. Pronto se le acabó la vida buena y pasó la pena negra en la más espantosa miseria material y moral. Se acordó entonces del hogar que había abandonado, del padre bueno que lloraba su ausencia y que esperaba ansiosamente su regreso, y quien, apenas vislumbró en la distancia la figura desarrapada del hijo, sale corriendo a su encuentro y lo recibe con los brazos abiertos, para estrecharlo contra su corazón y devolverle su noble condición de heredero de su linaje.

Como todas las páginas del Evangelio, esta parábola tiene vigencia eterna. Hoy también hay hijos pródigos que dilapidan sus energías y enlodan su dignidad en los pantanos del vicio y la corrupción. Pero creemos sinceramente que es mucho mayor el número de los padres pródigos, los padres irresponsables, los padres desnaturalizados, los padres que ensucian y envilecen el sentido noble y trascendental de la palabra.

Si Cristo volviera a la tierra, contaría tal vez una versión cambiada y distinta de su parábola, con los términos totalmente invertidos. En vez del hijo pródigo, la alegoría se llamaría el Padre Pródigo.

Sería la historia del hombre relajado que no se une a la mujer en sagrado matrimonio, en comunión sublime de amor, sino que se junta, como macho y hembra, en vulgar relación sexual, que produce, como accidente infortunado e indeseable, el nacimiento de un hijo.

Es el hombre, que después de envilecer a la mujer, usándola como simple instrumento de placer, la abandona cobardemente a su triste suerte, cargando su pesada cruz con el fruto de una pasión pasajera. O si no la abandona del todo, permanece a su lado en forma meramente nominal, sin darle el apoyo material y moral que necesita para el sostenimiento y la educación de los hijos.

El Padre Pródigo es también el hombre que dilapida sus energías en Ia calle y no tiene tiempo para su esposa y sus hijos, y si vive en la misma casa, es sólo el huésped principal de una pensión, porque no puede llamarse hogar la familia cuyos miembros no se identifican en íntima comunión de sentimientos e ideales.

Es el hombre que dilapida la herencia de sus hijos, sus ganancias o su salario, en vicios y francachelas, con amigotes y meretrices, en queridas y sucursales, al mismo tiempo que regatea el centavo que anhela Ia esposa para las necesidades más apremiantes de la vida.

El Padre Pródigo no es Padre porque está muy lejos de participar dignamente en la obra creadora de Dios, en la misión sublime de forjar almas y modelar corazones, dando a la sociedad ciudadanos útiles a la Patria.

Como muy bien lo expresó nuestro Prelado Metropolitano en su reciente exhortación Pastoral: "Es muy fácil que los padres tengan hijos, pero es muy difícil que los hijos tengan padres".

Nuestros hijos no fueron consultados cuando les dimos Ia vida, pero aun antes de nacer, tienen ya el derecho de que seamos para ellos Padres en todo el sentido de la palabra, porque ellos no tienen el mérito ni la culpa de ser hijos legítimos, ilegítimos o naturales.

"Si no queremos una Patria que vaya cada vez más por derroteros de dolor y de lágrimas," dejemos de ser Padres Pródigos. Abandonemos pronto la piara de cerdos de los vicios y volvamos a nuestro pensamiento a los hijos, extendiendo los brazos para estrecharlos contra nuestro corazón, para darles amor, para darles calor, para darles vida y felicidad. Y entonces habrá fiesta en el cielo. Y habrá también fiesta en la tierra.

—La Prensa Gráfica, 16 de Septiembre de 1967

                                                         En el principio era la familia

Actualmente se está llevando a cabo con éxito en todo el país una misión popular, como cruzada de oración en familia. Su iniciador, a escala mundial, fue un oscuro campesino irlandés, que en los últimos treinta años ha logrado difundir su mensaje en más de cincuenta países de todos los continentes.

Conocimos personalmente al padre Patricio Peyton en una ciudad norteamericana, al asistir a una convención mundial de un movimiento católico de seglares. Un hombre humilde, sencillo, que humanamente hablando, no tenía nada de extraordinario. Conocedores de su obra gigantesca, sabíamos muy bien que, tras de su aspecto exterior, escondía una fe que mueve montañas y un celo apostólico capaz de estremecer al mundo.

Al leer su autobiografía nos dimos cuenta de que la misión del padre Peyton no nació por generación espontánea. Su vocación brotó en el seno del hogar y fue cultivada con amor y con cariño por todos los miembros de su familia.

El mismo trata siempre de describir "el bello hogar espiritual" en que nació, "el amor engendrado y protegido por la oración familiar, hasta el punto de que mi madre y mi hermana fueron felices al dar sus vidas para que yo pueda vivir y llevar a cabo mi misión de proclamar sobre toda la tierra la grandeza de Dios y el amor sensitivo de su Madre por cada uno de los hermanos de Cristo".

"Era un hogar de oración". "Desde el día de su boda" y "todos los años de su vida matrimonial", sus padres, "no dejaron ni una sola vez de reunir a Ia familia cada noche para recitar Ia oración centenaria de María".

Dios "bendijo a mis padres con una familia numerosa. "Eramos muy unidos como familia". De otro modo "hubiera sido muy difícil para nosotros sobrevivir. Éramos once por todo y todos vivíamos en esa cabaña pajiza de tres cuartos. La unidad de esta familia se expresaba menos con palabras altisonantes o gestos de amistad que con hechos. Todos trabajábamos juntos, encargándose cada uno, desde su más tierna infancia, de su parte de trabajo, para ganarnos la vida en una tierra pedregosa".

La familia vivía en medio de la pobreza. El trabajo era muy duro. "cosechar patatas en un día frío y húmedo no era tarea para deseársela al peor enemigo". A veces tenía que trabajar como mozo en otras partes o como obrero de carretera, partiendo piedras para rellenar los senderos de su tierra. El mismo nos dice que hoy día puede cenar dos veces sin aumentar de peso. "Tal vez estoy compensando subconscientemente el hambre que era mi constante compañera".

No importa cuán duro haya sido el trabajo del día, habla en aquel hogar "una regla inflexible", por Ia cual todos tenían que participar en el rosario familiar, dirigido por el padre. "Esa escena de cada noche constituye mi recuerdo más remoto y duradero. De Él deriva todo el modelo y el propósito de mi vida."

Es cierto que semejantes prácticas expresaban la tradición y la cultura de la región, su sentido religioso y su escala de valores. Pero en la familia Peyton adquirirían una jerarquía especial por el temple y la espiritualidad del padre. "La cualidad dominante de mi padre, la que daba unidad a todos los demás era su gran espíritu de fe. En su presencia, uno se sentía transportado. No es que predicara. Lo que me impresionaba era su modo de vivir y su modo de rezar, especialmente cuando cada noche nos arrodillábamos juntos para rezar el rosario".

"Recuerdo el último domingo que pasé con él en el mundo. Estaba solo con mi madre cuando me llamó al dormitorio. ‘Arrodíllate,’ me dijo con gran ternura, ‘y promete aquí frente a la imagen del Sagrado Corazón. De hoy en adelante no habrá quien te aconseje y tendrás que tomar tus propias decisiones. Pero tu primera responsabilidad será siempre salvar tu alma y así quiero que prometas que serás fiel a nuestro Señor en América."

Realmente, en el principio era Ia familia. Y esto hay que destacarlo en estos tiempos de la limitación de la natalidad, en los que predomina el egoísmo materialista, en que se busca Ia comodidad, en que se desprecian los valores espirituales y nos estremecemos al pensar que los grandes hombres, como el padre Peyton, han salido de familias pobres y numerosas.

En la vida de los héroes, los santos, los apóstoles, los redentores de Ia humanidad, hay que considerar que, casi siempre, en el principio era la familia.

—La Prensa Gráfica, 18 de Noviembre de 1970


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